Así, después de pasar otro mes entre calistenia logística e instrucción militar, a 2 G constantes, pudimos ver por primera vez el planeta que íbamos a atacar. Éramos invasores del espacio exterior, claro que sí.” (La guerra interminable, Joe Haldeman)

Ilustracion realizada por Eduardo de Jevenois Howlett para Fabulantes.

Ilustración realizada por Eduardo de Jevenois Howlett para Fabulantes.

Las tragedias se sufren en solitario pero se superan en compañía. Joe Haldeman (Estados Unidos, 1943), volvió de la guerra de Vietnam rodeado de fantasmas. En 1967, recién licenciado en Física y Astronomía, fue llamado a filas para luchar en un conflicto que no comprendía, contra un enemigo que no conocía, por unas razones que no compartía en absoluto.

Fue herido en combate y regresó a Estados Unidos con un Corazón Púrpura y la determinación de no dejarse atormentar por los fantasmas que le acompañaban. Expurgó parte de sus traumas en War Year (1972), su primera novela, pero no fue hasta La guerra interminable (1974, Edhasa, 2012) cuando su alegato antibelicista encontró su eco en la ciencia-ficción literaria.

Aunque la década anterior fuera prolífica en ciencia-ficción militar -o precisamente por ello-, Haldeman tuvo que luchar contra viento y marea para publicar su obra. En 1959, Robert A. Heinlein había lanzado con éxito Starship Troopers, que cuatro décadas más tarde tendría su adaptación cinematográfica dirigida por Paul Verhoeven. Tropas del espacio, como la traduce al castellano La Factoría de Ideas, es una glorificación triunfalista de la guerra y del papel que la infantería juega en ella. Heinlein creía firmemente que lo más honorable que alguien puede hacer es dar la vida por su país. Él mismo sirvió en la marina de Estados Unidos en tiempos de paz, entre 1929 y 1934. Haldeman, sin embargo, defendía que el patriotismo es el último refugio de los canallas, además de la justificación perfecta para todo tipo de salvajismo. El autor de La guerra interminable, a diferencia del de Tropas del espacio, sí había combatido cara a cara en un conflicto bélico, como también lo hará William Mandella, el protagonista de la novela que nos ocupa.

Mandella, casi un acrónimo de Haldeman, es un estudiante de Física al que reclutan para luchar en la primera guerra espacial que libra la humanidad. Los enemigos a los que se enfrenta son los taurinos, unos seres de los que no se conoce prácticamente nada, excepto que han destruido una nave terrestre a varios años luz de la Tierra. Las Naciones Unidas organizan una fuerza de choque para ocupar y defender varios planetas lejanos, alrededor de los cuales se encuentran unos fenómenos físicos llamados colapsares, cruciales en la expansión espacial, puesto que permiten a las naves trasladarse instantáneamente de un punto a otro de las estrellas. El soldado Mandella forma parte de la primera generación de reclutas a los que entrenan para combatir a los taurinos, sean quienes sean y hagan lo que hagan. A medida que se desarrolla la trama bélica, Mandella sufrirá los efectos de la vida castrense lejos de su planeta: adquirirá hábitos y habilidades que le le repugnen profundamente, se verá condicionado en combate contra su voluntad y, poco a poco, se convertirá en un descastado que ya no encaje en la sociedad. Por si el condicionamiento militar fuera poco, el protagonista además sufrirá los efectos de la deuda temporal, consecuencia de viajar a velocidades cercanas a la luz. Cuando se encuentre en campaña, el tiempo pasará para él mucho más despacio que para los terrícolas. Así, mientras él apenas envejece una década durante el libro, en la Tierra pasan más de mil años. Su incapacidad para adaptarse a los cambios sociales que sufre la humanidad se convertirá en el engranaje maestro de la obra de Haldeman. Mandella, después de su paso por el ejército, nunca más podrá reengancharse a su vida anterior como civil.

De las ideas que propone Heinlein a las que elabora Haldeman, hay 15 años de distancia. Una década y media convulsa en EEUU, con la lucha por los derechos civiles y contra la guerra como puntas de lanza de una intelligentsia abochornada por la miopía política de Lyndon B. Johnson y la arrogancia descarnada de Richard Nixon. La guerra interminable es revolucionaria porque cuestiona por primera vez desde la literatura popular la moralidad estadounidense de la guerra: el heroísmo asociado al combate, el idealismo como motor de masacres, el optimismo frente a la muerte, la superioridad tecnológica como argumento definitivo y, por encima de todo, el maniqueísmo militar. Haldeman consigue que el lector nunca perciba a los taurinos como el gran enemigo de Mandella. Al contrario: los alienígenas son víctimas, como el protagonista, de un sistema perverso, amoral e inhumano. Hay un episodio clave para explicar esto. La primera vez que los soldados humanos se encuentran cara a cara con los taurinos, se activa en ellos un condicionamiento psicológico que despierta un odio irracional contra el enemigo.

Sentí que la mente me daba vueltas frente a fuertes recuerdos falsos: moles velludas que representaban a los taurinos (en nada parecidos a los que ahora conocíamos) abordaban la nave de unos colonos y devoraban a los bebés ante los mismos ojos de las madres, que gritaban aterrorizadas (los colonos nunca llevaban bebés, pues éstos no resistían la aceleración); después violaban a las mujeres hasta matarlas con enormes miembros purpúreos y surcados de venas (era ridículo pensar que podían sentir deseo por las humanas); y sujetaban a los hombres para arrancarles la carne viviente y devorarla (como si pudiesen asimilar proteínas extrañas).”

El soldado Mandella sabe que lo que está recordando es falso, pero no puede reprimir el instinto de matar a aquellos seres, “firme en la convicción” -tal y como defendía Heinlein en Tropas del espacio– “de que el acto más noble para un ser humano sería morir matando a uno de esos monstruos horribles”.

Precisamente para desarmar esta visión del honor en el sacrificio del soldado, el autor no se detiene en las muertes en combate. Donde sí hace especial hincapié es en las bajas por accidente, las que se producen durante la formación militar y las provocadas por los trastornos derivados del estrés post-traumático (PTSD, por sus siglas en inglés), un síndrome que durante la redacción de la novela no estaba plenamente aceptado dentro del ejército estadounidense.

Joe Haldeman estuvo a punto de abandonar su carrera como escritor de ciencia-ficción sin haber publicado una sola novela de género. Su agente había paseado el texto de La guerra interminable por la mayoría de editoriales y de todas ellas había recibido la misma respuesta: demasiado polémico. Hasta que Ben Bova, que por aquel entonces dirigía la revista Analog, le presentó a Thomas Dunne, editor de St. Martin’s Press, que hasta ese momento nunca se había atrevido con la ciencia-ficción. Dunne, convencido antibelicista, tuvo “el valor y la visión”, según cuenta Haldeman, de apostar por la novela. Su valentía recibió, un año más tarde, los tres grandes premios de literatura de género en EEUU y la novela se llevó en 1975 el Hugo, el Nebula y el Locus.

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La narración plana de Haldeman, en primera persona, introduce trajes espaciales, armas devastadoras y vehículos interestelares, describe el entrenamiento de los soldados y las batallas en las que combaten, y deja espacio para la sexualidad y la ciencia. Con estos elementos y ciñéndonos a su calidad literaria, La guerra interminable preside el panteón de las obras consideradas como ciencia-ficción militar. Junto a ella se encuentran algunas de las novelas de Heinlein, como la ya mencionada Tropas del espacio, y también la ingeniosa Bill, héroe galáctico, de Harry Harrison. Estos tres escritores supieron dar una vuelta de tuerca a las obras pioneras de H. G. Wells y John Wyndham (La guerra de los mundos y El día de los trífidos, respectivamente) poniendo a la humanidad al frente de la ofensiva militar. Orson Scott Card y Lois McMaster Bujold recogieron el testigo y lo aligeraron de carga social con las sagas de Ender y Miles Vorkosigan.

Por último, hay dos aspectos espinosos a los que se tendrá que enfrentar el lector de La guerra interminable. El primero es superar la horrible portada de Edhasa, que deforma la visión de la novela para acercarla, quizá, a un público juvenil. Con ella en la mano, nunca fue más cierto el tópico de “no juzgar un libro por sus tapas”. Probablemente, aquellos que se sientan atraídos por el arte de la cubierta se verán defraudados por el texto y viceversa. El segundo contratiempo es que Ridley Scott tiene en mente llevar al cine la obra y cada año que pasa, cada filme que estrena, este problema se hace mayor.