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¡Amargo sabor, el que obtenemos del viaje!

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Thedore Poussin afronta su destino en compañía de Noviembre y su hermana Camille en Un pasajero desconocido.

Theodore Poussin posiblemente suscriba estos versos de Charles Baudelaire. Los escucha por primera vez por boca de Noviembre, su destino; como una funesta profecía,

le acompañarán a lo largo y ancho de sus aventuras por un mundo, el de la década de los treinta del pasado siglo, que, aunque hace tiempo que ha perdido la inocencia, sigue siendo todavía un refugio para soñadores y nostálgicos. Un espacio en el que aún caben los ideales, pero con reservas, como recuerda el pirata George Town con sorna: “Hermosos escrúpulos. ¿Cuándo dejarás de ser un idealista, Theodore?”. Town, paternalmente, se niega a admitir con este reproche una realidad que se hace evidente: Theodore Poussin ha madurado. Con todas sus implicaciones: está cargado de más sufrimiento, más preguntas, más resignación.

Podría incluso aseverarse que esta maduración llevara aparejada un mayor conocimiento de sí mismo si no fuese una afirmación netamente errónea. Theodore Poussin vive para demostrarlo. Las aventuras que recoge el segundo volumen integral (El tesoro del rajá blanco; Un pasajero desconocido; El valle de las rosas y La casa de la isla) manifiestan un anhelo por ser, ya no por querer ser. Poussin abandona el pellejo del héroe accidental, con estrella, para transformarse en un hombre. Doliente, falible, roto y en cierto sentido, derrotado. Las cosas no le han salido como pretendió cuando abandonó Dunkerque para seguir la estela familiar: donde creyó encontrar vida, hubo muerte; donde pudo haber verdad, existió el engaño; por doquier, la belleza brotó siempre como prolongación de lo horrible, de lo extraño. En todas las encrucijadas, como una maldición, atendió, con fría determinación, Noviembre. La mayor conquista que realiza el otrora oficinista es la de encararle; Noviembre acepta el reto. Se cierra así el círculo. Theodore Poussin ya es dueño de sí mismo.

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Poussin y George Town divisan tierra tras el naufragio en El tesoro del rajá blanco.

El aventurero no es el único en madurar en estas páginas: también madura Frank Le Gall. Su trazo está más asentado, su confianza es mucho mayor. Se le nota más convencido de lo que cuenta, que reproduce sin las máculas de cómics pasados. Su madurez es ostensible, sobre todo porque niega metáforas en historias muy introspectivas. Estos álbumes hablan de una búsqueda interior; el objetivo de cuanto se muestra pasa a través de la mirada de Poussin. Ahora, narración visual y narración textual son subjetivas, reflejos de una personalidad y también de un estado anímico. Representan cambios. En el protagonista y en el dibujante, que ya es artista consagrado y que, además, vuelve a ser padre. Le Gall tiene margen así para la poesía.

Las páginas de estos álbumes exudan hermosura y esplendor poético. Recogen un “prolongado instante de felicidad” autodeclarado por el autor y, por lo tanto, son un continuo estado de gracia. El tesoro del rajá blanco, la aventura de corte más clásico, quizás la menos interesante, se beneficia también de la bonanza creativa de Le Gall. Finaliza la historia ya empezada en Secretos. Su arranque, mediante un espectáculo de sombras chinescas, avisa al lector de que Le Gall ya se siente capaz de atreverse con todo. Sus viñetas, grandes, muchas a razón de cuatro o cinco la página, nos notifican que, en el arduo camino del aprendizaje, el dibujante ha aprendido a condensar, a contar y enseñar lo esencial. A manejar con mayor brío el lenguaje del cómic. El asesinato del científico parisino a manos de Noviembre; el asalto silencioso al fuerte, o el modo en que Theodore asume la inevitabilidad de su destino al recuperar el diario de George Town del que se había desprendido con anterioridad, son los momentos álgidos de esta mayoría de edad creativa.

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Escena de circo. Al fondo, de perfil, el abuelo de Theodore junto con el protagonista y su hermana. El valle de las rosas.

Precisamente, en el diario que escribe para Town, a partir del cual el pirata aspira a redimirse, Poussin comete su primer acto de rebeldía: rehúsa contar las peripecias del “devorador de archipiélagos” para contar su propia vida, llena de avatares que terminan de forma irremediable. Este es el inicio de su autodescubrimiento personal, que es el que vertebra Un pasajero desconocido: Poussin es una celebridad, un viajero triste sin intimidad. Sus pasos son escrutados; sus gestos, seguidos mundialmente a través del testimonio periodístico. Le Gall no oculta un homenaje a Tintín, paradigma de la fama en el noveno arte, ni a Hergé: el álbum tiene reminiscencias a Los cigarros del faraón y a El cangrejo de las pinzas de oro; uno de los periodistas que sigue la pista de Poussin es belga y de Le Soir, precisamente el semanario en el que debutó un joven Georges Remi y en el que nacería el reportero del chufo.

Un pasajero desconocido es francamente bonito. Es la historia de un regreso a casa. De un volver a la patria, que, según una inspirada definición, “es ahí donde dejamos la mejor parte de nosotros mismos, lo queramos o no”. Poussin vuelve entre los suyos, justo cuando éstos ya le han dado por muerto, por olvidado y desaparecido. Hay una escena magnífica al respecto de su hermana Camille, en una iglesia entre las dunas, plagada de exvotos a la memoria de los idos. En este cómic, el héroe se encuentra al fin y logra disipar sus incógnitas. La trama, ambientada en 1931, cierra el periplo de Poussin por los mares de China y también un recorrido vital. Como Haddock y Tintín, se ve obligado a retornar a su Moulinsart para hallar su particular tesoro en forma de respuesta. Le Gall se justifica: “Las series que nunca dan las respuestas que el lector está tan ansioso por conocer a veces acaban siendo un fastidio”.

Tempestad inclemente: Poussin llega a La casa de la isla.

Llegado a este punto de no-retorno, el autor vira el rumbo hacia los orígenes de su personaje en El valle de las rosas. La idea ya le vino de lejos, de tiempos de Capitán Steene, en el que pretendió contar algo de la infancia de Theodore en diecisiete láminas (se quedó en ocho, en blanco y negro, que no publicó y que reutilizaría en esta ocasión). Le Gall es también el colorista de estas páginas, pues el color se convierte en la herramienta narrativa fundamental de esta historia. Algunas viñetas son como cuadros impresionistas; otras, son más bien fotografías que roban escenas privadas de familia. El valle de las rosas tiene el perfume de los relatos de Guy de Maupassant o de las películas de Jean Renoir: contiene paseos por el campo, por las villas, entre árboles grandes que matizan la luz de un sol que baña macilentamente los campos. No hay argumento, sólo encadenación de recuerdos. Pero sí hay emoción. A Le Gall se le quiebra la voz con el abuelo de Poussin, un patriota que quiso alistarse en la primera guerra mundial y que fue rechazado cruelmente en la oficina de reclutamiento. La despedida de este personaje, y del volumen, dejará tocados irreversiblemente a los corazones más sensibles.

Para recuperar de nuevo la iniciativa de los sentimientos de su protagonista, Le Gall hará, en 1993, La casa de la isla, su obra más incomprendida. En ella, presuntamente, llena lagunas de El devorador de archipiélagos, de la que es, en la ficción, cronológicamente simultánea. Poussin es estudiado desde varios prismas de su personalidad. Desnudo para la psicología, su “yo” se revela intrépido, sensible, determinado. Más maduro, vaya.