Madrigueras: Una antología de imaginación, de la joven editorial Entretierras, recoge varias visiones fantásticas procedentes de Venezuela. En ella uno tiene la sensación de ingresar a un mundo donde lo sorprendente y lo inusual forman parte de la cotidianeidad, donde la gente está tan familiarizada con lo fantástico que no lo distingue de lo ordinario. Seres espectrales, brujas o implantes biotecnológicos desfilan en los relatos como cosas o situaciones rutinarias, sin perder por eso su carácter de sorpresa y misterio.
Imaginemos un país en el que existen bandas de ladrones de pelo, un (ex)presidente que aseguró haber hablado con su predecesor por medio de un pajarito, que fue además asediado por la flota naval de la principal potencia militar del mundo, y en el que en el imaginario colectivo parece traslaparse una realidad muy común a toda América Latina con lo fantástico. Ese país existe: se llama Venezuela, un país de llanos y petróleo, de fantasía y pensamiento mágico.
Ahora figurémonos que toda esa imaginación desbordante se concentrara en un libro del género fantástico, en el que diversos autores plasman sus ideas sobre temas tan dispares como peleas de gallos o asuntos celestiales utilizando no sólo un lenguaje muy literario, sino también el marco narrativo de los intersticios de la realidad y lo imaginario, en espacios liminares que se superponen para crear imágenes que recordarían pueblos fantasmales como el Comala de Juan Rulfo. Ese libro se llama Madrigueras: Una antología de imaginación (Entretierras Editorial, 2026), y en él uno tiene la sensación de ingresar a un mundo donde lo sorprendente y lo inusual forman parte de la cotidianeidad, donde la gente está tan familiarizada con lo fantástico que no lo distingue de lo ordinario. Así, seres espectrales, brujas o implantes biotecnológicos desfilan en los relatos como cosas o situaciones rutinarias, sin perder por eso su carácter de sorpresa y misterio.
Los doce relatos de esta antología beben de tradiciones muy distintas, y están escritos en estilos variados, pero todos con una destreza literaria notable; estas particularidades quizás sean las que les confiere su carácter peculiar, cosmopolita y ecléctico, que deja entrever el bagaje cultural de los autores, la mayoría del campo de las letras y varios premiados: logran ensamblar los tropos, técnicas y recursos de la literatura gótica, la ciencia-ficción o el terror del mundo anglosajón con el folclor caribeño, con las tradiciones orales venezolanas y también con leyendas, rurales o urbanas, de Latinoamérica, en un mecanismo que recuerda levemente el estilo de algunos escritores del Boom, que combinaban sus experiencias americanas con una narrativa europea. En estos relatos nos adentramos no en doce mundos sino en uno solo con múltiples dimensiones, en el cual se adaptan sus temas al mundo actual (moderno), aun tomándolos del folclore y la literatura clásica, y en donde la magia es algo que parece figurar en múltiples espacios. Así también parece hacerlo el terror no racional, sin nombre, en países donde la tradición cristiana coexiste con creencias esotéricas y ancestrales, y en los que la tecnología aparece con la misma sutileza que un conjuro o un ser sobrenatural.
En cada uno de los cuentos se dejan ver algunos puntos muy propios del venezolano, y el latino en general (las difíciles relaciones familiares, el arraigo a la tierra, la creencia en lo sobrenatural), pero también se expone un sutil cambio generacional, ya que las tramas se desarrollan en algunos espacios que bien podrían ser televisivos o incluso de videojuegos, lo que le da a la antología una riqueza de voces y escenarios que, aunque podría agruparse por subgéneros o temáticas, se pueden resumir de manera notoria como un choque entre lo rural y lo urbano. La diferencia quedaría así:
– El encantamiento rural: en la que abunda la magia y la acción se desarrolla en entornos campestres, donde además de lo sobrenatural convergen la idiosincrasia, las virtudes y los defectos de comunidades cerradas, estrechas y que sobre todo temen y creen en un mundo lleno de posibilidades más allá de las físicas. A esta especie pertenecen “Cocuyo” (Annya Rivas), “Receta” (Liwin Acosta), “La danza de los tamarindos” (Luis Perdomo), “Paniculata” (Natasha Rangel), “Una melodía para aquello que ya no es” (Tito Herbonniére) y “Fénix” (M.M.J. Miguel)
– La vertiente más urbana, más moderna (que no por eso deja de beber y mostrar sus propias tradiciones, costumbres y mitos), en la que las ciudades representan ya no el espacio sorprendente, sino la anomia y el vacío, y donde la tecnología coexiste con lo sobrenatural. Aquí descubrimos “En el Sena” (Andrea Leal), “Amar y Servir” (Paola Alzuru), “Mecanismos internos” (Edgar A. Ortega), “Crepúsculo” (Enza García Arreaza) y “Cuerpo de agua” (Jessedith García Cordero). En esta categoría podría encajar también perfectamente “Angelomaquia” (Gian Paolo Bonsignore), aunque el escenario parezcan más un mundo abierto.
Según sea el camino que se elija en la madriguera, nos podemos encontrar con brujas, insectos malignos, transmutaciones prodigiosas, aparecidos, o incluso con divinidades gladiadoras y fantasmas (y hasta con un sacerdote influencer). Con cada trama, los autores de la madriguera logran presentar visiones muy particulares tanto de la literatura que aman y profesan, como de su visión de la realidad, donde lo sobrenatural y lo violento aparecen como una constante. Estos doce relatos perfectamente podrían suceder en el mismo marco temporal, pese a que en ellos se hable de gallos de peleas que actúan como un familiar o de prótesis robóticas: porque en todo el Sur Global contrastan dos dimensiones, la de la modernidad que viene aunada de la tecnología, la globalización y el progreso, y el imaginario folclórico, casi siempre sobrenatural, que se resiste a desaparecer y se mantiene latente incluso en medios de comunicación “serios” como noticieros.
Además, los cuentos deben lidiar con el signo de que lo fantástico en Latinoamérica siempre se asocie al realismo mágico; sin embargo aunque muchos relatos rocen este estilo narrativo, algunos son terror sobrenatural o terror rural puro, y, en casi todos, uno se encuentra con un elemento que genera placer al lector (la existencia de referencias reconocibles, con narraciones tipo leyendas, con la mujer como protectora pero también como ser mágico, con la religión que aún se mantiene vigente aún en entornos modernos… sumados a algunos clichés o imágenes literarias fácilmente reconocibles), y que crea una extraña mezcla proveniente del reconocimiento, que podría equipararse a morder por accidente una semilla de una naranja dulce, que, si bien no altera el resultado, sí deja ese regusto amargo. En algunos relatos la influencia del estilo pesa en los nombres, la trama y el desarrollo de ésta, pero en todos se logra llevar al lector por caminos de agradable sorpresa o incluso de complicidad.
Madrigueras es una antología que bien podría representar la nueva narrativa venezolana, encabezada por autores con una formación intelectual y literaria sólida, y que deciden conscientemente desarrollar el género fantástico para exponer temas de mayor profundidad cultural como la violencia, el fanatismo, la fe y sobre todo, la imaginación de un pueblo al que le ha tocado sobrellevar grandes apuros políticos y económicos, sin perder por eso una vivacidad y fantasía desbordante.
Los lectores latinoamericanos entrarán en estos cuentos como quien regresa al pueblo de los abuelos a una celebración de Navidad u otra fecha importante, con el ansia y necesidad de reencontrarse con lo propio. Por otra parte, los lectores de otras latitudes descubrirán en este libro un mundo lleno de riqueza y tradiciones que han sabido actualizarse conforme el progreso o la tecnología invaden los cauces naturales por donde han fluido creencias y folclor, pero también una tradición literaria amplia y variada que se nutre no sólo de los autores del Boom más universales, sino también de Rómulo Gallegos, de Salvador Garmendia, de Arturo Uslar Pietri 1 Fue el primero en definir el realismo mágico en “La consideración del hombre como misterio en medio de los datos realistas. Una adivinación poética o una negación poética de la realidad” (Ensayo “El Cuento Venezolano”, en Hombres y Letras de Venezuela, 1948) . Esto es lo que define no sólo a los relatos reunidos en Madrigueras sino a una buena parte de la literatura de América Latina, donde el hombre y su entorno se confrontan con un mundo cruel, duro, cuantificable y lleno de elementos, pretendiendo negar un fantástico que, como la naturaleza, siempre encuentra la forma de cómo presentarse con todo su esplendor.


