-¡Eh!-grité. Tráiganme el desayuno. ¡Habitación cuarenta y ocho! Durante un momento, nada ocurrió. Luego se oyeron unas voces que gritaban, juntas. Parecían centenares, y no se podía distinguir claramente una sola palabra. Era como si yo hubiera puesto un disco con las voces de una multitud… una multitud malhumorada. Una fugaz visión de pesadilla me pasó por la mente mientras me preguntaba si me habrían trasladado durante la noche a algún manicomio. Quizá éste ya no era el hospital de St. Merryn. Esas voces no me parecían normales.” (John Wyndham, El día de los trífidos)

La industria del cine nos ha enseñado que si un día despiertas en un hospital, nadie atiende a tus llamadas, el edificio está aparentemente desierto e impera el desorden en los pasillos y las habitaciones, ha llegado el apocalipsis zombi. Pero esto no siempre fue así. En la década de 1950 la gente no temía a los muertos vivientes sino a una invasión de plantas carnívoras.

La culpa de ello la tuvo John Wyndham, un escritor inglés que nació en los albores del siglo XX y murió en 1969. Wyndham comenzó probando fortuna en Wonder Stories, una de las primeras revistas pulp norteamericanas, pero sus relatos resultaban planos e intrascendentes. El joven Wyndham, que por aquel entonces publicaba bajo otros seudónimos, describía a extraterrestres con la cabeza embutida en poco menos que peceras, persiguiendo en bata a las mujeres terrícolas

Al escritor de Birmingham la maduración le llegó impuesta. Cuando ya estaba animado a publicar, convencido de su vocación y puliendo su estilo, estalló la Segunda Guerra Mundial. Al igual que le ocurrió a otros autores de las islas, como a Graham Greene y a Evelyn Waugh, la producción literaria de Wyndham se estancó durante el conflicto. Desde 1939 a 1945 trabajó como censor en el Ministerio de Información, se alistó en el Real Cuerpo de Señales y tomó parte en el desembarco de Normandía.

De vuelta a casa, mientras la sociedad británica intentaba superar los seis años traumáticos y afrontar el nuevo terror nuclear de la Guerra Fría, Wyndham retomó su carrera como escritor. En 1951, trasladó los demonios que azuzaban a la clase media inglesa a la novela que le daría la fama: El día de los trífidos (Minotauro, 2010). En ella, la raza humana, cegada casi en su totalidad por un fenómeno desconocido, se enfrenta a su desaparición a manos de unas enormes plantas carnívoras.

Estas plantas asesinas nacen, casi por error, en un laboratorio secreto soviético, como esqueje de una nueva especie vegetal de la que se extraen unos aceites altamente rentables. En una jugada del destino, sus semillas se expanden por todo el mundo y empiezan a crecer, salvajes, en los campos y los jardines de Inglaterra. Lo más sorprendente llega cuando la primera de ellas alza sus raíces y echa a andar. Estos nuevos seres tienen un temible lado oscuro: agazapados, lanzan un aguijón que mata a los humanos para luego devorarlos. Por ello, son anclados y recluidos en granjas para cultivarlos.

Un día “que usted sabe que es miércoles pero comienza como si fuese domingo”, la extraordinaria iridiscencia de un cometa que pasa rozando la Tierra deja invidentes a todos los que la contemplan. Bill Masen, el narrador y protagonista de la historia, se salva de la catástrofe al estar recluido en un hospital con la cara vendada. Cuando se da cuenta de lo sucedido intenta buscar a otras personas que hayan podido correr su misma suerte. Masen, un biólogo que trabajaba en las granjas de trífidos, teme que éstos se apoderen del planeta ahora que los humanos han perdido su gran ventaja evolutiva: la vista. Además de preocuparse por sobrevivir y por organizar un grupo de resistencia, debe concienciar a sus compañeros del enorme problema que suponen los trífidos, una amenaza que puede acabar con la existencia de la humanidad.

El día de los trífidos es un relato precursor en muchas cosas y maestro en muy pocas. La habilidad principal de Wyndham como escritor es articular el terror latente de la burguesía sin alzar la voz, con tranquilidad, casi parsimonia, como si el caos post-apocalíptico fuera un reptil que se arrastrara con ruido quedo al otro lado de la puerta. Hace ver que la condenación quizá ya haya llegado, aunque nadie se haya dado cuenta. En sus dos trabajos posteriores, Kraken acecha y Las crisálidas, ambas descatalogadas en España, abunda en esta idea y presenta de nuevo la lucha de las clases medias ante la desestructuración de la sociedad.

Sin embargo, la influencia de Wyndham es puramente visual, muy lejos de este trasfondo sociológico. Sus principales deudores son el ganador de un Óscar, Danny Boyle, y los ganadores de un Eisner, Robert Kirkman, Tom Moore y Charlie Adlard. El primero, por su película 28 días después y los segundos por la serie de cómics The walking dead (Planeta de Agostini). Ambas obras empiezan con la misma premisa -protagonista despierta en un hospital abandonado- y ambas tratan sobre la supervivencia en un entorno post-apocalíptico.

Pero sería un error quedarse en lo más evidente; en realidad, todas las obras de zombis son herederas de esta novela. Ya sea por las imágenes de desolación en grandes urbes, por los paisajes arrasados y la decadencia prematura, por los perfiles que adaptan los personajes en situaciones de resistencia, por las opciones de organización social desde el caos, por el constante runrún de las masas antagonistas o, simplemente, por las escenas de acción y lucha, El día de los trífidos es una constante a la que los guionistas recurren incesantemente. Una vez leída la novela es imposible ver una película con zombis en la que no se encuentre una clara referencia.

Posiblemente Wyndham no hubiera estado orgulloso de su herencia. Tras la guerra, intentó alejarse de la etiqueta de ciencia-ficción con la que se catalogaba a sus obras. Para él, la ciencia ficción de su época, que se ambientaba en el espacio, no eran más que “aventuras de gánsteres galácticos”, mientras que a lo que él escribía, una prolongación racional de su realidad, lo llamaba “fantasía lógica”.

El británico no es el primer ni el último escritor acomplejado por verse en las librerías de género: Barry Hughart, el autor de las novelas de Li Kao y Buey Número Diez, o el poliédrico Stanislav Lem también rechazaron los moldes editoriales y las definiciones comerciales. Y aunque a Wyndham no le gustaría que le pusieran en la misma línea que a George A. Romero, seguro que sacaría pecho al ver que su pluma se considera ya sucesora directa del pionero de la ciencia-ficción en Inglaterra: H. G. Wells.