La antídoto, nueva novela de Karen Russell, se impone como una obra imprescindible para quienes buscan una fantasía literaria profunda y reflexiva. Russell nos ofrece un texto que desafía lo establecido a partir de la recuperación de la memoria perdida, denunciando con fuerza las manipulaciones históricas, voluntarias y sobrevenidas, y reconociendo las injusticias cometidas durante la construcción del relato nacional estadounidense
La ambiciosa idea de la «Gran Novela Americana» lleva siendo perseguida desde hace más de un siglo, pero siempre a tientas o sin atreverse demasiado a decirlo. Una abrumadora mayoría de los que han osado hacerlo, la abordaron sin la intencionalidad explícita de conseguirlo, lo que da una idea clara sobre lo gaseosa, esquiva y poco concreta, tanto a las luces del público como de la crítica, que es esta tipología de novela.
La antídoto, de Karen Russell (publicada originalmente en inglés en 2025 y en español por Sexto Piso en este 2026) rompe con este esquema ya desde su misma construcción, pues no sólo abraza con fuerza desde el inicio esta idea y sus esquemas más habituales, sino que además los deconstruye y los resignifica con descaro a partir de la memoria, como mecánica narrativa, y la construcción del mito nacional, como hilo argumental principal. Sobre esta base, su texto propone una recuperación realista del ‘ser’ estadounidense a partir de la reconciliación con el territorio y con los pueblos originarios que lo ocupaban -hoy encerrados en “reservas” como resultado de tratados jamás cumplidos y numerosas veces violados-, volviendo a poner en el centro el hecho de que “nadie es ilegal en tierra robada”.
En esta propuesta, los elementos fantásticos poseen un rol central y, especialmente, el personaje principal de “La antídoto”, Antonina Rossi, una bruja capaz de eliminar y plantar recuerdos a quien se acerca a su trompetilla, y la cámara fotográfica de la representante de la Sección Histórica de la RA (Resettlement Administration, en sus siglas en inglés), una Graflex Speed Graphic capaz de extraer instantáneas de momentos aleatorios tanto del pasado como del presente de los puntos geográficos que retrata. Ambos personajes/objetos trastocan la relación de la persona con su tiempo y su espacio, o sea, su cultura.
A partir de aquí, la novela se abre en abanico, desde sus distintos personajes, a distintas dimensiones de la construcción nacional de los Estados Unidos. «La antídoto», la fotógrafa Cleo Allfrey y el sheriff Vick Iscoe retratan, desde distintos puntos de vista, a las instituciones estadounidenses y sus prácticas habituales: el abuso de poder, la brutalidad, la ignorancia. Por su parte, el clan Oletsky, de origen polaco, proyecta su mirada sobre la migración y la construcción del país en distintas direcciones: las familias estadounidenses que migraron desde el este para ‘colonizar’ nuevos territorios, las familias de los pueblos originarios que fueron salvajemente desplazadas, o las familias europeas que llegaron a aquellas tierras por Ellis Island en la búsqueda de un sueño bastante distinto de la realidad que les estaba esperando allí.
E, individualmente también, los personajes se construyen sobre historias que conectan con otros aspectos estructurales de la identidad colectiva estadounidense. «La antídoto», vincula su historia con el clasismo, la religión y la lucha de las madres solteras. La fotógrafa, Cleo Allfrey, mujer de raza negra, conecta su vida con el racismo, y la lucha de las personas de color por conquistar un lugar en la sociedad yanqui. El tío de la familia, Harp Oletsky, nos ayuda a retratar a través de su granja y su papel en el Consorcio agrícola de la decadente localidad de Uz, en Nebraska, a las clases populares blancas (hoy conocidas como White Trash) y su rencor, inherente a su tradicional olvido y miseria. Y la joven sobrina, Asphodel Oletsky, se conecta con su madre y sus compañeras de equipo de baloncesto para mostrarnos el frágil papel social de la mujer a lo largo del tiempo.
Karen Russell retratada por Michael Lionstar. Fotografía cedida por Sexto PisoSi situamos todas estas historias en un contexto tan concreto como el de la decadencia del Oeste y la transformación/modernización del Estado, impulsada a partir del New Deal de Franklin Delano Roosvelt, lo que nos queda es una novela ansiosa, ávida por contar historias, a la que le encanta meterse en charcos y abrir nuevos argumentos secundarios… pero que se muestra menos clara a la hora de cerrarlos. Y es que, si las dos primeras partes de La antídoto son maravillosas en lo creativo y lo literario, la tercera y última ya no convence tanto. Hasta el punto de desdibujar a los personajes, introducir elementos de azar poco agraciados, y optar por algunos ‘finales’ discutibles desde el punto de vista de la coherencia respecto a lo hasta entonces narrado. Un final mejorable, con todo, que no resta un ápice a todo el talento demostrado en las páginas anteriores.
Los dos primeros tercios son magistrales, con un manejo del pulso narrativo, la construcción de personajes, y la gestión de los puntos de vista, solidísima. Además, su uso de lo fantástico o lo sobrenatural es potente y coherente, evitando el Deus Ex Machina, y aportándole una coherencia dentro del conjunto que convierte a esta novela en una de las mejores historias fantásticas publicadas en los últimos años.
De esta forma, La antídoto se impone como una obra imprescindible para quienes buscan una fantasía literaria profunda y reflexiva. Russell nos ofrece un texto que desafía lo establecido a partir de la recuperación de la memoria perdida, denunciando con fuerza las manipulaciones históricas, voluntarias y sobrevenidas, y reconociendo las injusticias cometidas durante la construcción del relato nacional estadounidense. Contra el revisionismo histórico que propone recuperar y reforzar viejos mitos, Russell echa mano de la fantasía para proponer justo la dirección contraria: darle voz a los silenciados.


Muy de acuerdo con lo del último tercio, y creo que el problema está en el propio mecanismo. Quitar y plantar recuerdos por encargo tiene una genealogía larga en la distopía, y casi siempre el depósito es institucional: en El dador de recuerdos, de Lois Lowry, la comunidad designa a una persona para que cargue con la memoria de todos, y eso da un tercer acto claro porque hay un sistema al que enfrentarse. En Russell el trato es voluntario: la gente va a Antonina a descargar lo que no soporta. Es más incómodo, porque señala al vecino y no al Estado, pero deja el final sin adversario, y sospecha uno que de ahí viene el azar que señalas.
Lo de la cámara que fotografía momentos de otro tiempo del mismo sitio me ha parecido lo más interesante que cuentas, y es lo que se suele quedar fuera de las reseñas.