Ferran Varela, una de las voces más originales y significativas de la literatura fantástica en castellano, debuta como guionista de cómic con Una voz entre las olas, una historia sobre la aceptación de la pérdida (de un ser querido), y lo hace sin cometer ninguno de los errores de principiante, apartándose cuando debe y dejando «hablar» al dibujo de Rubén Koyra «Tunda». Es un cómic que admite, y merece, relecturas, por sus numerosas capas
“El océano entrega y el océano arrebata. Las dos caras de la moneda que rige la suerte del pescador”.
Hay autores a los que se sigue por moda y autores a los que se sigue por convicción. Ferran Varela (Barcelona, 1988) pertenece, sin lugar a dudas, al segundo grupo. Desde que en 2018 debutara con La danza del gohut, al que seguirían El arcano y el jilguero y los relatos de Historias de Hann (todos ellos publicados por Ediciones El Transbordador), se ha ganado a pulso el título de uno de los nombres imprescindibles del fantástico español actual: uno de esos escritores que deberíamos reivindicar con más fuerza de la que se le reivindica.
Lo ha hecho, además, por la vía menos habitual (compaginando la escritura con el ejercicio de la abogacía y sin presencia en redes sociales), dejando que sea el boca a boca de una legión de lectores fieles el que haga el trabajo. Y de este modo, ha construido un universo de fantasía oscuro y fascinante: más de una vez he defendido que alguien debería tomar el universo de Hann y convertirlo en un videojuego español a la altura de lo que CD Projekt Red hizo con Geralt de Rivia a partir de las novelas de Andrzej Sapkowski, y no soy el único que sueña con ello: el propio Varela ya ha dado un primer paso en esa dirección con la reciente adaptación de La danza del gohut a juego de mesa de la mano de GDM Games. Ojalá sea sólo el principio.
Ahora Varela estrena su faceta de guionista de cómic con Una voz entre las olas (2026), editado por Sallybooks. El cómic transcurre en una pequeña aldea de pescadores y arranca con el llanto de Dalena, convencida de haber perdido a su marido, Jun, a manos de una sirena. Pero el mar, tan generoso como cruel, acaba devolviendo el cuerpo de Jun a la orilla, aunque más cerca de la muerte que de la vida. En paralelo, conocemos algo de la mezquindad de la aldea a través de una pareja de futuros padres que funciona, por contraste, como el espejo de todo lo que Dalena y Jun podrían haber sido de no haberlos alcanzado la tragedia. Desde el naufragio, el resto del pueblo margina a Dalena: pasa hambre, pero es incapaz de aceptar la muerte de su amado y sueña que puede recuperarlo tal y como era. De ese modo, sobrevive como puede, aferrada al amor que todavía siente por él.
El lamento de sirena
Varela debuta en el tebeo y lo hace sin cometer ninguno de los errores de principiante que cabría temer. Puede que la explicación esté en que, antes que escritor, debió de ser sobre todo un gran lector de cómic. Mientras algunos guionistas ya consagrados en el Noveno Arte parecen incapaces de callarse y dejar que el dibujo respire (como si necesitaran recordarnos constantemente que siguen ahí), Varela entiende cuándo debe apartarse y dejar que sea el dibujante Tunda quien narre con su trazo característico. Y entiende, sobre todo, cómo el silencio bien dosificado transmite la desolación de esta historia mejor que cualquier diálogo.
Ese acierto tiene mucho que ver con quién dibuja: Tunda, seudónimo de Rubén Koyra, artista formado en la Escuela de Arte de Granada y responsable del dibujo de Dada (Sallybooks, 2020). Aquí despliega un estilo muy reconocible: trazos que a menudo se antojan más esbozo que línea cerrada y sombras que parecen reflejarse en el agua antes que dibujarse sobre el papel. La paleta se mantiene deliberadamente contenida (blancos, negros, grises) y sólo se rompe con algún golpe de rojo y, en momentos muy puntuales, con color pleno. Es una decisión que funciona: el blanco y negro sostiene el tono de fondo, elegíaco, y cuando el color irrumpe lo hace casi como una anomalía, marcando los instantes en los que el relato se abre paso entre la bruma del sueño y la desolación que lo envuelve todo.
Pérdida y redención
En los extras del volumen, además, se incluyen algunos de los arcanos que el autor emplea como sistema simbólico en sus historias: no el tarot convencional, sino los Ignotos Mayores, la baraja que él mismo diseñó para su Guía de lectura de Ignotos Mayores y que aquí cumple la misma función que en el resto de su obra: la de estructurar el azar y el destino que rigen la vida de sus personajes.
Puede sonar excesivamente esotérico contado así, pero conviene recordar que otro genio del cómic, Alan Moore (Watchmen, V de Vendetta, From Hell), es también aficionado a las cartas y se declara abiertamente mago. Varela comparte con Moore la fe en el símbolo como estructura narrativa, y aquí la aprovecha para tender un puente entre su obra en prosa y esta primera incursión en el cómic.
Una voz entre las olas no nace de la nada: transcurre en el mismo universo de Hann que Varela lleva construyendo desde El arcano y el jilguero, y reaparecen en ella elementos ya reconocibles para sus lectores. Sin embargo, puede leerse sin haber leído ninguna de las otras obras de Varela y sirve bien como carta de presentación de este universo que, si por algo brilla es porque defiende que la fantasía es un espejo que nos sirve para reflejar un tema real a través de una gran metáfora.
De lo que habla en realidad Una voz entre las olas es de la aceptación de la pérdida: de cómo nos aferramos a lo que ya está muerto aunque ese apego sólo nos traiga dolor, y de que hace falta mucho valor para romper esos lazos y atreverse a empezar de nuevo. Para plasmar todo ello, se percibe en Varela las influencias que ya ha reconocido de autores como Patrick Rothfuss, George R. R. Martin, Jorge Luis Borges, Tanith Lee o Ursula K. Le Guin.
Así, Ferran Varela centra su mirada en los personajes de a pie y en lo que les ocurre dentro de su mundo, como declaró en una entrevista a la revista Hélice:
«En lugar de poner el foco en los grandes héroes y las grandes gestas, se pone en los antihéroes y las pequeñas victorias individuales. En lugar de enfrentar a los personajes contra un mal monolítico encarnado por un demonio o un dragón, se les enfrenta a adversidades contra las que no se puede blandir una espada: el hambre, la guerra, la enfermedad, la pérdida, el desamparo… Las motivaciones detrás de sus actos están más cerca de los objetivos egoístas que de la defensa de nobles ideales. En definitiva, mis relatos hablan sobre gente imperfecta que hace lo que puede para sobrevivir en un entorno hostil».
El terror atávico de las profundidades
«Llegarás primero a las Sirenas, que encantan a cuantos hombres van a encontrarlas. Aquel que imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos pequeñuelos rodeándole, llenos de júbilo, cuando torna a su hogar; sino que las Sirenas lo hechizan con su sonoro canto, sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor un enorme montón de huesos de hombres putrefactos, cuya piel se va consumiendo»- La Odisea, Homero.
Lovecraft encontró el horror en aquello que escapa a nuestra comprensión. Al alzar la vista hacia el cielo nocturno, cada estrella, cometa o planeta podía ocultar una amenaza inimaginable, recordándonos que el ser humano no es más que una presencia ínfima e insignificante en la inmensidad del universo. De esa intuición nació lo que hoy conocemos como horror cósmico.
Sin embargo, numerosos divulgadores y estudiosos han señalado una paradoja reveladora: conocemos mucho más sobre el espacio que sobre las grandes profundidades de nuestros propios océanos. Con frecuencia se descubren nuevas especies adaptadas a la oscuridad abisal (más de mil en lo que llevamos de año), un recordatorio de cuánto permanece aún inexplorado bajo la superficie del mar.
No es extraño, por tanto, que el océano haya sido durante siglos una fuente inagotable de mitos y pesadillas. Monstruos como el kraken o Caribdis encarnan el temor ancestral a un mundo inmenso, impredecible e indómito. Del mismo modo, los innumerables naufragios y barcos desaparecidos alimentaron leyendas como la del Holandés Errante, condenado a vagar eternamente por los mares. Quizá el miedo a morir ahogado sea solo la manifestación más inmediata de un temor más profundo: el que inspiran los secretos que el océano aún guarda en sus abismos.
Como reseñador criado en una isla, sé bien la fuerza que tiene el mar como símbolo en la literatura, y este cómic se suma con criterio propio a esa larga tradición: el océano como aquello que da y quita a partes iguales, como frontera entre lo que todavía se puede recuperar y lo que ya se ha perdido para siempre. En este caso, Varela aborda la figura de la sirena, criatura fascinante que lleva formando parte de nuestra tradición de historias desde La Odisea de Homero, tan de moda por la reciente adaptación de Christopher Nolan. Sin embargo, lejos de obras donde se vio una visión más edulcorada de esta criatura, siempre nos quedará el horror con el que autores como William Hope Hodgson concibieron el mar y todo lo que habita en él, visión que ha influido a autores como Mike Mignola y todo su equipo de AIDP en el cómic. La talasofobia (el miedo al mar) ha encontrado refugio en muchos de estos relatos y también aparece en Una voz entre las olas.
Sin embargo, el cómic de Ferran Varela y Tunda sostiene que, al final, aunque la sirena causase el mal de Jun, los auténticos villanos son los otros aldeanos, los simples mortales que buscan destruir a Dalena, una mujer que solo quiere recuperar al ser que amaba, hasta que comprende que ese tiempo ya pasó.
Es un cómic que admite (y probablemente exige) una segunda lectura; cada relectura parece desprender significados que la primera vez pasaron desapercibidos. Esto, en esta época de inmediatez, para algunos sería un defecto, para los lectores que amamos la prosa de Varela, es una virtud. Poder seguir encontrando nuevas capas es algo que hace que la obra del escritor sea infinita.
Temáticamente, Una voz entre las olas me ha devuelto a la tristeza y la oscuridad de La danza del gohut, esa novela corta que no me cansaré de recomendar. Si aquella fue la carta de presentación de Varela como narrador, Una voz entre las olas confirma algo que sus lectores ya sospechaban: que su instinto narrativo funciona igual de bien cuando renuncia a la palabra y confía en el silencio (y en el pulso de un dibujante como Tunda) para contar lo que de verdad importa y escuchar una siniestra voz entre las olas.
«Pues todo el que ama, pierde,
y todo el que pierde, pena.
Mas, si no se ama,
muere la vida en nuestras venas».
El lecho de hojas, Ferran Varela.



