En Cero, de Kathe Koja, dos amantes se obsesionan con un extraño agujero que aparece en su trastero. Deformaciones, mutilaciones y toda clase de aberraciones les responderán desde el Otro Lado. Escrita en un estilo agresivo, juguetón y desestructurado, afín al splatterpunk, no es una novela apta para todos los paladares ni estómagos, pero entrará como un tiro a los devotos de lo extremo
La portada de Rafael Martín da mal rollo y es toda una declaración de intenciones, pero es mucho más «bonita» y estética que la original de Rick Lieder -esposo de Kathe Koja- para la primera edición de la novelaLlamadme paranoico, pero tengo por costumbre saltarme las introducciones de los libros. No tanto por esquivar posibles spoilers —que también— como para no contaminarme con sesgos cognitivos. Ninguna editorial encarga un prólogo sin la intención, más o menos explícita, de ponerle una alfombra roja al autor. Pero, más allá de inflar expectativas sobre las cualidades o calidades de la obra —a riesgo de pinchazo—, lo realmente peliagudo de estos apéndices es que puedan condicionar nuestra comprensión lectora: la forma de enfrentarnos a un texto, de decodificarlo. Cada impresión, cada observación, debería ser de cosecha propia. Ya habrá tiempo, luego, de cotejar con el prologuista. No se me escapa lo irónico de abrir esta reseña con una introducción, pero es necesaria para aclarar que no siempre es paranoia. A veces, cuando el río suena, razón lleva.
Si has leído Cero, de Kathe Koja (La biblioteca de Carfax, 2018) o estás en proceso, quizá te ronden las mismas dudas que a mí. Tranquilo, no estamos solos; basta asomarse a otras reseñas. ¿Dónde termina la autora y dónde empieza la traductora? ¿A quién tenemos que aplaudir semejante delirio? No se trata de dudas puntuales; afloran en cada página, en cada línea. Hay quienes exigen la invisibilidad absoluta del traductor; a ciertos lectores, incluso les incomoda que su nombre comparta portada. En lo personal, prefiero la adaptación a una mera transliteración. La fidelidad a la letra, en ocasiones, engendra textos que rozan lo incomprensible. A favor o en contra, lo importante es conocer quién está detrás de lo que disfrutamos —o aborrecemos.
La introducción de Cero corre a cuenta de su propia traductora, Pilar Ramírez Tello, respaldada por una amplia y laureada trayectoria de más de veinte años en la profesión. Por sus manos han pasado autores de peso, algunos nada fáciles, como Terry Pratchett, Brandon Sanderson o el mismísimo Clive Barker. Cito textualmente de sus notas: “Cuando empecé a leerla me vino a la cabeza una situación bastante habitual: iba a ser uno de esos libros en que se duda del traductor”. Cómo de chocante debe de ser para que la propia traductora se anticipe a la reacción del lector. Y vaya si acertó. Nos leyó la mente. Nada más cerrar el libro, fui directo a la versión inglesa para enfrentar párrafos concretos. Siento la desconfianza, Pilar. Como diría Roland Deschain, “dices bien, digo gracias”. Cero es un libro excepcional, como sintetiza la traductora en sus apuntes, en fondo y forma. Especialmente en forma. Y aun así, la traducción no sólo respeta la prosa febril de Kathe Koja, baila a su ritmo, imita sus pasos; conecta con su energía y la transforma sin aderezos ni sacrificios.
Va tocando adentrarse en esta pesadilla literaria, pero antes, una pequeña sinopsis.
Nicholas, un poeta frustrado que malvive atendiendo un videoclub, y su roomie/amante, la insoportable, alocada y manipuladora Nakota —por quien bebe los vientos—, descubren en el cuarto de la limpieza un agujero negro de unos treinta centímetros. El hallazgo, improbable de por sí, abre la puerta a una espiral de fenómenos tan pasmosos como peligrosos.
“Aquí había un agujero, ya no está”. De todos los momentos icónicos de la saga Silent Hill, esta frase absurda que James encuentra en una pared —sin contexto, subtexto ni pretexto— en la segunda entrega de la saga, sigue taladrando, a fecha de hoy, el cerebro de miles de jugadores. Hay algo en los agujeros que nos atrae y nos repele a partes iguales. Freud asentiría, aunque quizás sea mejor correr ese velo. Desde los “inocentes” hoyos portátiles marca ACME a los portales cósmicos de Horizonte final (Event Horizon, Paul W. S. Anderson, 1997) o El abismo negro (The Black Hole, Gary Nelson, 1979), pasando por los malrolleros rostros huecos de Twin Peaks o las anatomías perforadas de Junji Ito en The Chill —kryptonita sin cortar para tripofóbicos—, la cultura pop gravita, una y otra vez, en torno a la misma idea: el abismo devolviéndonos la mirada. John Carpenter condensa esta imagen poderosa en el clímax de En la boca del miedo (In The Mouth of Madness, 1994) en palabras de Linda Styles: “Trent estaba de pie, al borde del abismo. Miró hacia la sima ilimitada de lo desconocido. El mundo estigio bostezaba perezosamente en el Más Allá. Los ojos de Trent se negaban a cerrarse. No gritó, pero las horrendas abominaciones gritaron por él, cuando en ese mismo instante las vio derramarse y subir dando tumbos, saliendo de un enorme e inmundo abismo negro, ahogándose, con los huesos blancos y relucientes de innumerables siglos sin santificar”. Trent somos todos, de alguna manera.
Nunca es mal momento para reivindicar a Carpenter (especialmente el de los 80-90): sobre todo si una de sus escenas (como esta de En la boca del miedo, quizás su obra maestra) es tan adecuada para ilustrar CeroPuede que Cero sea la forma más perfecta de este trazo: un agujero de agujeros. Lo que Nicholas y Dakota encuentran en su trastero no es un simple círculo bidimensional perfecto, opaco e insondable salido de un episodio de Twilight Zone. Esta supernova de bolsillo encarna la idea de Picasso de que para crear hay que destruir; incluso lo que emerge de dentro podría alinearse con la imaginación del artista. La caótica y disfuncional parejita, aclimatada a un ecosistema de universitarios tóxicos y artistas pretenciosos, desarrolla una adicción creciente a los prodigios del agujero. El morbo, la curiosidad y la ilusión de poder —propia de toda exclusividad caída del cielo—, los empujan a cruzar cualquier límite, introduciendo objetos, animales e incluso miembros humanos en su interior. Lo que regresa, sin embargo, nunca es lo mismo: aberraciones reconfiguradas en la muerte, quebradas en geometrías imposibles, portadoras de una belleza ambigua que sólo puede apreciarse bajo los códigos de lo macabro. No se me ocurre mejor gancho narrativo. Yo mismo, reconozco, me acerqué a esta novela sin conocer a su autora ni haber leído nada suyo, guiado únicamente por una sinopsis esbozada en cuatro líneas por Grady Hendrix en Paperbacks from Hell.
El agujero negro funciona, en cualquier sentido, como un pozo sin fondo: todo vale, todo cabe. Su título provisional, The Funhole, lo dejaba claro, aunque a los editores les pareció más sugerente, vendible o vete tú a saber, rebautizarla como The Cypher. La maleabilidad del agujero, en términos creativos, basta para articular casi trescientas páginas con sólo dos personajes confinados en un cuchitril, sin que la narración muestre signos de desgaste. Su potencial es, sin duda, infinito, pero como advertía aquel viejo anuncio de neumáticos, la potencia sin control no sirve de nada. Y aquí es donde entra en juego el segundo pilar de la obra. Koja dosifica el misterio con precisión quirúrgica, mantiene esa carta boca abajo hasta el final, capeando la expectación del impaciente adversario invisible al otro lado de las páginas. La historia no va del agujero, sino de las consecuencias devastadoras que tiene sobre el protagonista. Narrada en primera persona por Nicholas, Cero se convierte en una crónica íntima de su desmoronamiento. Visto así, ni tan mal la traducción española del título; el patético poeta pagafantas tiende al cero absoluto, en sus múltiples acepciones. La escritora amolda su voz narrativa al flujo de conciencia torrencial de un personaje neurasténico y autodestructivo, un monólogo interior maquillado con pulso desbocado que redunda en pasajes verborreicos e intensitos, desvaríos lingüísticos, densidad léxica, discursos febriles y un metralleo paratáctico de frases —cuando no de palabras sueltas— que evoca el síndrome de Tourette. El ritmo ahogado y la puntuación disruptiva subrayan la inestabilidad física, anímica y psicológica del personaje.
Este estilo agresivo, juguetón y desestructurado, por inspirador que nos resulte a algunos, también puede hacer que lectores menos curtidos en el splatterpunk abandonen a la segunda página. “Ojo negro, bichos ratón mano hostia puta y mira, mira bien…ñañaña…mientras gritaba que era un hijo de puta cabrón soplapollas hijo de puta”. A ratos, las ideas parecen más vomitadas que redactadas; no es una novela que invite a complicidades, pero tampoco a apartar la mirada. Y bueno, que a pesar del paisaje entrópico que conforman la narración, la narrativa y lo narrado, hay un orden dentro del caos. Lo valiente no quita lo cortés. Si te has pasado al Stephen King alcohólico y cocainómano de Cujo o Tommyknockers, puede que algunos párrafos incluso te arranquen una sonrisa nostálgica. Y si tienes un pie en el siglo XX, acabarás tropezando, por suerte o por desgracia, con una alfombra de tropos, estereotipos y fórmulas narrativas; ya sabes, personajes que sobreviven a base de sándwiches de atún y galletas saladas, chicas de melenas indomables, piernas torneadas y pechos turgentes, y demás lugares comunes hijos de su tiempo. Gore, sexo explícito, tacos, violencia gráfica, fumadas psicotrónicas, humor negro… Koja conoce al dedillo a su público, quizá porque cuando escribió esta, su ópera prima, todavía formaba parte de él. Por momentos, su fantasía oscura resbala hacia un splastick digno de Sam Raimi, con máscaras parlanchinas y calaveras voladoras que mordisquean pezones. Esto no impide que por detrás se muevan temas maduros, además de adultos, igualmente incisivos, como las adicciones, la pérdida de identidad, la necesidad de trascendencia, la desconexión emocional, la marginalidad, el deseo de validación y otros miedos existenciales.
Comentaba antes, de pasada, que en la historia sólo había dos personajes. Sí y no. Aun viviendo en una ratonera, por ese salón desfilan decenas de secundarios anónimos (amigos/acólitos del dúo protagonista); otra cosa es que ninguno tenga relevancia. Incluso Randy, Vanese o Malcolm, pese a su mayor presencia, no son más que sombras de Nicholas y Nakota: piezas intercambiables y sacrificables en una lucha feroz por el control del Ojo Negro.
He preferido no destripar ciertos nudos de la historia, pese a que probablemente serían un aliciente para el horrófilo, porque a mí me funcionó el viaje a ciegas. Y eso que la ilustración de portada de Rafael Martín para la Biblioteca de Carfax no lo pone fácil. Bonita, pero telita.
No es descabellado que uno de los personajes compare la situación con Face of Death, el polémico mondo de 1978 1 Y tan polémico: es la primera de una serie de documentales -mondo alude a un subgénero fílmico eminentemente exploitatition– centrados en escenas de muerte de varias películas ; esta historia podría encajar sin esfuerzo en cualquiera de los segmentos de la saga V/H/S. Le sentarían como un guante el formato, el enfoque y la duración. Pero si buscamos un equivalente cinematográfico, lo más cercano quizá sea la discreta Deep Dark (2015). En cualquier caso, no esperéis a verlo en vídeo. Cero despliega todo su potencial sobre el papel; difícilmente encontraremos un soporte que absorba mejor su concepto. Oro molido para exploradores de horrores singulares.
