Adoro las cosas bellas, pero en ocasiones, aquello que resulta hermoso de contemplar encierra en su interior iniquidad y vileza” (Joshua Anton York, George R. R. Martin, Sueño del Fevre)

 

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El vampiro literario está más en forma que nunca. Desde que el lector tuviese noticias del primero de ellos, Lord Ruthven, creación de 1816 del inglés John Polidori, dinastías y personajes han ido poblando el árbol genealógico común del monstruo más reverenciado de la historia. Conforme se ha asentado en las páginas de los libros, su poder de sugestión ha ido en aumento y, con él, también sus tormentos y limitaciones.

Si hechiza es porque sufre. Su inmortalidad, don que las leyendas antiguas otorgaban a las criaturas de la noche por el aún no superado miedo a la muerte, lleva tiempo considerándose como un calvario, como una maldición antes que como un privilegio. Las penalidades físicas y psicológicas que sesgan su fuerza omnímoda le han convertido en un ser paradójico, controvertido, tremendamente vulnerable. El todopoderoso vampiro, tan sugerente por sus simbolismos y sus concepciones religiosas, no es más que un ser infinitamente triste.

Por eso, las mejores historias, y las más fascinantes, son las que muestran al vampiro en su vasta soledad. De toda la literatura moderna y posmoderna (de la que es icono) sólo dos escritores han sabido someterlo adecuadamente al prisma de nuestra época. El primero fue Richard Matheson en su canónica Soy leyenda (1954); sacudiendo el arquetipo, ponía al vampiro como víctima de una sociedad apocalíptica en la que carecía de toda identidad –como los zombis– y era “masa”. Su obra sentaba además cátedra, por ser la primera en prescindir del lastre folclórico. Su sucesor más aventajado en la materia, y segundo de estos escritores irreverentes, fue George R. R. Martin, foco de atención de este artículo hasta su extinción. No en vano es el autor de Sueño del Fevre (1982; Gigamesh, 2009, reedición de 2012).

Esta segunda novela en solitario de Martin, y posiblemente su primer gran éxito, deudora, como el resto de su obra, del lenguaje cinematográfico que tan bien maneja este guionista de raza, posee un ritmo endiablado que se refleja en una narración fluida y excelentemente dosificada. La prosa de Martin, certera, vigilante del buen uso de palabras y frases, no rehuye la épica, aunque tampoco se recrea en ella. Al americano le gusta el tenebrismo, y juega con él como un personaje más de la historia: así, luz y sombras se funden en una única realidad común presidida por el horror. Martin es como Friedrich u otros pintores de la escuela romántica: prefieren nutrir su paleta de colores fríos, mortuorios, para dibujar paisajes, situaciones, estados de ánimo. Quizás por trabajar con un lienzo pautado, lo irracional e imprevisible, cuando tienen a bien aparecer (frecuentemente), dejan un poso profundo en el lector, una honda huella que retiene imágenes que no pueden confundirse entre las sombras.

Por encima de cualquier otra cosa, Sueño del Fevre es la crónica de una amistad entre dos personajes. Uno, Joshua York, memorable; el otro, Abner Marsh, antológico. Estamos seguramente ante la más monumental novela de personajes del subgénero, el principal argumento que avala la candidatura de Martin a la categoría de excepcional director de actores. Los dos socios y amigos no pueden ser más dispares: mientras York ha tenido una formación refinada, es culto, exquisito y subyugante, Marsh ha hecho del río Missisipi –el verdadero y gran protagonista de esta obra– su escuela, supliendo sus carencias con la dureza de su carácter; York no duda en encontrar en él al asociado “valiente, discreto, digno de confianza y pragmático” para materializar su sueño, su delirio visionario.

El viaje, luego pesadilla, del vapor Sueño del Fevre (nombre malsano y maldito, que nos remite, con justicia, al término “fiebre”) sería un descenso a los infiernos –e incluso parábola de una época atroz de la construcción de la nación estadounidense– de no mediar esa amistad convertida en poema. La paciencia, y también la lealtad de cada uno de los dos protagonistas es puesta a prueba en la más desaforada alegría, así como en la más sombría tristeza e impotencia. Hay escenas que lo valen todo: la agónica carrera con El Sureño, un vapor rival; la presentación de Damon Julian, el malvado de turno, y su corte de sirvientes, una de tantas estampas que cortan la respiración; la obcecada cacería a bordo del Eli Reynolds, con sus visos de gesta; el modo, soberbio, en el que Marsh descubre la verdadera naturaleza del socio York… Momentos que ya son anales del género, de cualquier género.

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Antes de Canción de hielo y fuego, Martin puso de parte para sacar del tópico a los “monstruos clásicos”: Sueño del Fevre es su sensacional incursión vampírica.

Martin reconstruye al vampiro, al igual que Matheson, a voluntad. Su contribución al mito hay que buscarla, ante todo, en la manera en que describe el proceso de vampirización, antes que el cotidiano vampirismo: es decir, la razón por la que el vampiro se hace vampiro. Y eso a pesar de que su “pueblo de la noche” desdeña a sus presas humanas, se comporta con un atávico salvajismo animal y da muestras escalofriantes de crueldad inhumana: la apropiación de la plantación Garoux por parte de Julian es, desde luego, una de las cumbres del terror literario.

Es casi un sacrilegio que la saga más exigente y conocida de Martin, Canción de hielo y fuego, haya eclipsado a esta obra de referencia. Entre otras cosas, porque tiene también mucho de homenaje, de reconocimiento: hacia Drácula (1897), en contados y muy selectos pasajes (el viaje del Fevre parece el del Demeter, por ejemplo, aunque hay más); hacia Joseph Conrad y su radiografía –y biografía– del horror, El corazón de las tinieblas (1899); hacia la literatura de las leyendas populares (como la del Holandés Errante), cuando la estela del Fevre se funde en la del fantasmagórico Ozimandias; y, sobre todo, hacia la forma de narrar que tuvo en Samuel Langhorne Clemens, Mark Twain para los restos, a su principal exponente. Todos ellos se condensan y cohabitan en las páginas de esta magnífica experiencia que altera irremisiblemente el alma de quien la toca.