La-huella-de-Cthulu-August-Derleth

Aunque Alianza ha publicado este mismo libro bajo el título El rastro de Cthulhu, la edición de Felmar es la que hemos manejado para la presente reseña.

Howard Philips Lovecraft jamás escribió sus relatos de horror cósmico con afán sistematizador. Fueron sus compañeros de correspondencia, su único contacto con el mundo exterior, los encargados de crear un corpus a partir de la ordenación de los prejuicios, la misantropía, el racismo, del solitario de Providence. Lovecraft escribió lo que escribió por su miedo a la humanidad. Su vasto saber arqueológico, antropológico, es de biblioteca, y sus antisociales protagonistas son reflejos de sí mismo. Sin quererlo, a veces como concesión a esos admiradores suyos con los que se carteaba, creó un universo desquiciado que revolucionó un género, el terrorífico, que ya estaba pudriéndose entre tanto caserón fantasma.

De todos los apóstoles de los Mitos (Frank Belknap Long; Clark Ashton Smith, Robert Bloch…), el que más hizo por convertirlos en una religión fue August Derleth (1909- 1971). Católico conservador, Derleth fue en vida un afamado escritor de literatura fantástica que rayaba en lo pulp. Creó Sac Prairie tomando como referencia una localidad real en Wisconsin, Saulk City, se embarcó en la literatura policíaca con el detective británico Solar Pons, y escribió también algo para jóvenes y niños. Pero si por algo se le recuerda es por haber fundado el sello Arkham House, junto con Donald Wandrei.

Arkham House nació en 1939 con el objetivo inicial de recopilar toda la dispersa obra, aparecida generalmente en revistas de pésima calidad, del fallecido -en 1937- Lovecraft, aunque, durante los seis años que duró la sociedad Wandrei- Derleth, se publicaron a las mejores plumas del fantástico, como sigue siendo aún imperativo editorial de la casa. Así pues, los Mitos de Cthulhu se forjaron en los hornos de Arkham House y se moldearon según las creencias de Derleth. Si hoy se habla de dioses -Mayores y Arquetípicos- es precisamente por él, ya que Lovecraft, ateo y nihilista furibundo, concibió sus pasivos monstruos extraplanares como entidades extraterrestres cuyo interés por los destinos de la humanidad era meramente accidental.

Derleth introdujo en sus cuentos y novelas “sobre Ctulhu” conceptos eminentemente católicos: en su bibliografía hay esperanza y redención, dos abstracciones nunca contempladas por el muy materialista Lovecraft. En La huella de Cthulhu, de 1962, encontramos bastante de ambas cosas: en ella, un comando de seis miembros, que van conociéndose progresivamente gracias al enigmático doctor Laban Shrewsbury, debe procurar por todos los medios a su alcance impedir que los adoradores del monstruoso pulpo antropomorfo consigan invocarle y traerle a la Tierra. Derleth compone una suerte de parábola cristiana que hunde sus raíces en la figura del ángel caído. Es más: cuenta una lucha entre el bien y el mal, dicotomía insólita en Lovecraft, perfectamente marcada. Una de las frases que puede leerse en la novela es precisamente: “El mal es el enemigo de todo lo bueno”.

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Auguste Derleth, el San Juan Bautista de Lovecraft: gracias a él hoy hablamos de “Mitos de Cthulhu”. Y también de Lovecraft.

Así pues, Derleth intenta hacer proselitismo. Narra con el propósito de convertirnos, no de convencernos, con una imprecisión fanática que desdibuja personajes y situaciones. La cuadrilla de Shrewsbury parece compuesta por cruzados con una misión divina; la forma, y sobre todo la rapidez, en que se convencen de su cometido, ciertamente fantástico, tiene mucho de conversión milagrosa y poco de progresión psicológica. Como una oración, Derleth repite hasta la extenuación (una extenuación cansina en verdad) párrafos y argumentos que constituyen el sustrato ideológico y moral de sus protagonistas. Nos hartaremos del mantra sobre los dioses Arquetípicos que se levantaron contra los Dioses Mayores, de las citas del Necronomicón, del loco Abdul Alhazred, de los calcados diálogos en los que se toma conciencia de la santa tarea que asiste a los protagonistas, de los rituales que se ejecutan. De la estructura entera.

Las cinco partes en que se divide el libro, una por cada acólito de Shrewsbury, parecen la repetición de un único relato, el primero, que, bien sea porque el lector se enfrenta a él aún fresco y no hastiado o bien porque tiene su punto interesante, es el único con algún viso de originalidad. Los cuatro restantes apenas aportan nada, y eso que suceden cosas. A veces, estas cosas se cuentan con una solemnidad tal que convierte en parodia lo narrado; otras, se resuelven en las últimas páginas, atropelladamente, porque Derleth ha estado más centrado en el proselitismo que en la acción, gracias al azar o a los convenientes deus ex machina que el autor pone a disposición de sus héroes. El hecho de que se sepa cómo van a empezar y terminar cada fragmento de la novela no contribuye al mantenimiento de la atención. Y así las páginas se rematan entre prisas y bufidos.

Lo que sí tiene de bueno el libro es que es una espléndida antología. Derleth es francamente bueno como hagiógrafo. Por La huella de Cthulhu campan toda una serie de ideas ajenas que acorralan a las escasas de factura propia, que son contextualizadas e interpretadas al gusto del autor- recopilador. Hay pasajes de La sombra de Innsmouth y de El ceremonial (entre otras obras lovecraftianas), de referencias a miembros del “círculo de Cthulhu” (al Wendigo de Algernon Blackwood, a las deidades de Clark Ashton Smith). Incluso Lovecraft es personaje in absentia: es el profeta, el visionario, del culto secreto a los dioses silentes. De él se dice, por ejemplo, que “[tenía] una profunda aversión al mar y a todas las cosas relacionadas con él […] que le llevaba tan lejos como para producirle malestar físico sólo ante la vista del pescado”. Excelente explicación del aspecto batracio de los Profundos y de su obsesión por las simas marinas. Y todavía mejor comprensión de las causas del “universo Cthulhu” en cuanto sublimación de taras y prejuicios.

La edición castellana, a cargo de Felmar (colección La fontana literaria), es deplorable. Erratas en casi cada párrafo, mala puntuación que hace ilegible la novela, traducciones literales, son las lindezas más recurrentes con las que nos toparemos en nuestra odisea lectora. Ejemplo sacado al azar: “Yo tenía noticia de ciertos acontecimientos que me parecía de lo más extraño el poder contemplar estos sucesos acaecidos hace siglos…” La labor del traductor, y más del de literatura de género, era ingrata, esclava y mal pagada, pero eso no es dispensa ni óbice para las aberraciones que encontramos por aquí. Menos mal que en algún momento el terror cósmico se vio bendecido por Francisco Torres Oliver.

La huella de Cthulhu sólo será disfrutada por los adoradores del mito y por los estudiosos de civilizaciones y cultos antiguos. Aquellos que ya tenían fe en la insignificancia humana.