Todd Keisling convierte el suicidio en tema terrorífico en su novela La cinta Duncan, con la que llegó a optar al premio Bram Stoker. Un fantasma implacable, una suerte de Sadako estadounidense, persigue hasta el final a tres críos que verán por Internet, en bucle, el suicidio de un político. La novelita se basó en un traumático hecho real, televisado en abierto una invernal jornada de 1987: el responsable de las finanzas del estado de Pensilvania se suicidaría a cámara tras proclamar su inocencia. Tenía 47 años, una larga trayectoria política, y era inocente.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), alrededor de 720.000 personas se suicidan en el mundo. La tasa de suicidio a nivel mundial, en ambos sexos, es de 10,8 por 100.000 habitantes/años, pero es superior en hombres que en mujeres (13,5 por 7,7 por 100.000 habitantes/año, respectivamente). Hace tan sólo tres años, en 2021, los suicidios fueron la tercera causa de muerte frecuente entre personas de 15 a 29 años. En España, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), citados en el último informe de la Fundación Española para la Prevención del Suicidio (FSME), en el año 2022 el suicidio se mantuvo como la primera causa de muerte externa, con 4.227 fallecimientos, lo que refleja un incremento del 5,6% con respecto al año anterior (4.003 fallecimientos). Estos datos escalofriantes justifican la calificación del suicidio, por parte de la propia OMS, como un problema grave de salud pública.
Toca hablar de suicidios porque Todd Keisling los convierte en tema terrorífico en La cinta Duncan, su novelita de 2020 que acaba de incorporar La biblioteca de Carfax al catálogo de su colección Démeter. La obra parte de un terrible hecho real ocurrido en 1987 (precisamente el año de ambientación de la trama): el senador republicano Budd R. Dwyer, entonces responsable de las finanzas del estado de Pensilvania, se suicida en directo ante las cámaras de televisión que habían acudido a cubrir una conferencia de prensa convocada por él mismo, justo un día antes de ser procesado por hasta once cargos variados (desde el soborno hasta la connivencia con el crimen organizado). Tras leer un corto comunicado, en el que acusa a sus enemigos de hostigamiento y en el que se despide de familiares y amigos, se dispara. Miles de personas asistieron al suicidio en directo del senador Dwyer: ese día, una fuerte nevada interrumpió las clases y miles de familias estaban conectadas al televisor. El impacto mediático del hecho trascendió lo puramente local -un suceso de crónica en Pensilvania- para convertirse en uno de los traumas generacionales de la tardía década de los ochenta estadounidenses. Una década edulcorada en lo televisivo pero que fue dura, rijosa y restrictiva.
Portada de la edición de La biblioteca de Carfax. Ilustración de Ana GalvánKeisling era apenas un crío -tenía tan sólo cuatro años- cuando el senador Dwyer se voló la cabeza, pero su fantasma ha ido persiguiéndole desde entonces. Decidido a exorcizarlo, y a anular otros malos pensamientos, escribe La cinta Duncan, una novelita que interpela directamente al suicida en abstracto, conminándole a seguir adelante. La novela, surgida de oscuridades muy profundas (Keisling la redacta tras una depresión y su tratamiento), es todo lo gráfica que pretende ser una alerta de seguridad. Keisling muestra sin tapujos porque quiere ayudar a prevenir.
Sus personajes protagonistas, tres chavales que un día, mientras intentan descargarse porno, ven en bucle el suicidio a cámara de un Budd Dwyer llamado Benjamin Hardy III, seguramente existieron en algún momento de la memoria colectiva estadounidense de los ochenta. La recreación de la época, basada tanto en recuerdos personales del autor como en cierta labor de archivo, es demasiado fidedigna como para ser fruto de una imaginación muy viva. Las frases de Keisling tienen el impacto de una bala, pero además rememoran olores, sensaciones, visiones… Su implacable fantasma, muy emparentado con la Sadako de The Ring, es de los seres más chungos que haya dado el terror literario.
Muchos son los temas que aborda, en muy poco espacio, La cinta Duncan. Es una oda a Internet antes de su masificación y un cántico nostálgico a un tiempo pasado, que se intuye no fue mejor. Trata de los problemas (psicológicos) de la juventud y de la adolescencia, de ese momento clave (el del elevado riesgo de suicidio según la OMS) en que la personalidad se está desarrollando y en el que cualquier estímulo externo afecta al estado de ánimo. Además está vigente ahora porque trata sobre el poder de las fake news (en este caso en estado embrionario), y de los medios de comunicación para difundirlas. Pero habla sobre todo de culpa. De ese sentimiento entremezclado con la impotencia que hace que nos preguntemos hasta qué punto somos responsables, mediante nuestras acciones e inacciones, de lo ocurre a nuestro alrededor. Keisling no para de evidenciarlo, y consigue que nos sintamos mal ante su dedo acusador, ante lo incómodo de la pregunta explícita. De alguna manera, nos dice en estas escasas páginas, todos somos culpables de algo. Si tienes escrúpulos o remordimientos de conciencia, te recomiendo mantenerte lejos de este libro, porque no es una lectura agradable.
Si por el contrario eres capaz de mantenerte a una distancia prudencial de tus propios fantasmas, entonces quizás tengas tragaderas para enfrentarte a lo que depara una lectura que engaña en su volumen: contiene toneladas de mal rollo. Todd Keisling logra en muy poco espacio el objetivo de todo buen escritor de terror: conjugar sensaciones y atmósfera de tal modo que te persigan en tus próximos sueños. Igual que el rostro destrozado, y distorsionado por la estática, de un senador muerto hace años y que reclama tu alma desde algún espantoso rincón del infierno.
La cubierta de la edición de Perpetual Motion Machine Publishing es, si cabe, todavía más explícita que la española. Y muy malrollera
