Si sois fans del Terror literario, coleccionistas malsanos y admiradores de lo macabro (y del exceso), Paperbacks from Hell, de Grady Hendrix, es vuestro libro. El ensayo, amenísimo y divertido, repasa el boom del terror literario en las décadas de los 70′ y 80′, y explica las causas de su declive en los 90′. Al final: muchos cadáveres, sustos, y una colección de anécdotas y portadas para el recuerdo
Hablar de un libro que habla sobre libros ya es tarea difícil; criticar a un autor a partir de su crítica a otros autores, todavía más. Lo más rápido, sencillo y honesto sería instarte a leer Paperbacks from Hell (2017; Minotauro, 2024), de Grady Hendrix: cierra el navegador, hazte con un ejemplar y devóralo. Porque “devorar” es, en este caso, el verbo. No se trata de una hipérbole vacía ni de una floritura retórica. Si te interesa el terror y la literatura (y te interesa, de lo contrario no estarías aquí) querrás leerlo de una tacada. Mejor dicho, no podrás evitarlo. Y si la riada de datos amenaza con empacharte, no te preocupes: otra riada — la de portadas sórdidas, descaradas y magistralmente ilustradas— te hará salivar lo bastante como para seguir engullendo sin pausa. Es difícil que esta chuchería te deje insatisfecho. Aunque, paradójicamente, justo eso podría dejarte con ganas de más. Pasa en los mejores conciertos.
«La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo». Partiendo de la manoseada cita de Lovecraft, todo lo demás se pierde en una espiral de lugares comunes. Decides probar suerte con algún bestseller mainstream para validar eso que has oído de “pasarlo-bien-pasándolo-mal”, porque los Pesadillas que te han regalado por el cumple están bien, pero no han hecho justicia al título. Quieres adentrarte en la oscuridad, no bordearla. Mesar sus tentáculos. Palparla. Pero dentro de un círculo de sal. Stephen King conoce esa puerta. Stephen King es la puerta, la llave y el guardián de la puerta ¡IÄ, Stephen King! Y sí. Flotas. L-U-N-A; es decir, flotas. Al cabo de veinte novelas, recibes tu pin de Constant Reader. Pero antes de que te des cuenta, ese gusanillo ha mudado de piel en serpiente, y la serpiente en dragón. Tu biblioteca, en otro tiempo hotel de un sólo huésped, se ha convertido en un espacio liminal, un vecindario ruidoso de fabuladores que hacen compañía (y sombra) al de Maine: Clive Barker, Ramsey Campbell, Edgar Allan Poe, W. H. Hodgson, Anne Rice, Edward Lee, Richard Laymon, Dean Koontz, Richard Matheson, Mary Shelley, Shaun Hutson… No haces ascos a la edad, el sexo o la nacionalidad: talento y género son tus únicas cláusulas. Antes de que la montaña de libros amenace con echarte de tu propia casa, te preguntas cómo has llegado a esto, en qué momento te convertiste en un yonqui de los escalofríos encuadernados. Y, sobre todo, por qué. No buscas desintoxicarte: sólo una constatación. Saber dónde terminó el pasatiempo y empezó la pasión. Y encuentras la respuesta caminando, no ya sobre tus huellas, sino sobre las de quienes te han ido marcando el camino. Ellos entraron en tu casa. Toca devolverles la visita.
Ediciones en castellano de algunos libros mencionados en Paperbacks from Hell. Las portadas son idénticas a las originales.Fotografía de Rubén Pajarón, de su colección particular
Tu estantería de novelas se abre a un ático abuhardillado de biografías y bibliografías que logran que tus dioses parezcan más humanos. Más cercanos. Pero no basta. Necesitas llegar a la raíz de tu obsesión, entender qué te une a toda esa gente extraordinaria, más allá de un crisol de inquietudes y sensibilidades: desentrañar la esencia misma de la literatura de terror, en todas sus iteraciones y configuraciones. Invocas a los expertos: David J. Skal, Jesús Palacios, Pilar Pedraza, Stephen Jones, S. T. Joshi, Kim Newman, Rafael Llopis… y entonces, llegas a él.
Aunque el Grady Hendrix que hoy encontramos en las librerías parece, por su raigambre, salido del caldo primigenio de la ficción, hubo un tiempo en que trabajaba desde el otro lado, para el otro bando. Más conocido por sus novelas de terror juvenil, como El exorcismo de mi mejor amiga (2016; Minotauro, 2022) y Grupo de apoyo para Final Girls (2021; Minotauro, 2022), Hendrix entró en la oscuridad con paso firme durante sus años como bibliotecario en la American Society for Psychical Research, la institución más antigua de Estados Unidos dedicada a la parapsicología. Intrigado por la forma en que esta pseudociencia permeaba el imaginario estadounidense a través de la industria del entretenimiento — y viceversa—, dio el salto al periodismo y se labró una sólida reputación como articulista y crítico en medios como Variety, Playboy, The New York Post o The Sun.
El siguiente movimiento, aunque previsible, se hizo de rogar. En 2014, tras unas cuantas colaboraciones en la sombra, vio la luz su primera novela, Horrorstör (2014; primera edición en castellano en Hidra, 2022). Toda una declaración de estilo e intenciones. Porque puede que Hendrix comparta balda con sus coetáneos —Stephen Graham Jones, Adam Nevill, Paul Tremblay— pero su corazón late al compás de otra época: la que despertó su fascinación por el oficio, la que mamó compulsivamente en sus años de investigador. La misma que intenta replicar en sus novelas con una fórmula patentada de nostalgia, fanservice y autoconsciencia.
Demonios, brujas, casas encantadas, asesinos en serie, vampiros… Hendrix llama a todas las puertas, una por una, en su particular truco o trato. Es su manera de dar las gracias y saldar una deuda con el género que ha marcado su trayectoria, pero también una vía de escape para el torrente de referencias y obsesiones temáticas que hierve en su cabeza, canalizado por una pulsión taxonómica —casi patológica— en narrativas remozadas. No sorprendería que sus próximas novelas versaran sobre robots, niños malditos, animales rabiosos, extraterrestres o críptidos. Lo extraño, en realidad, sería que no lo hiciesen. Igual de metódico se muestra en la que muchos consideramos su obra más ambiciosa.
Paperbacks from Hell es una máquina del tiempo que nos devuelve a uno de los periodos más fértiles y convulsos de la cultura pop. Y, por extraño que resulte, también a uno de los menos explorados. Cuando buscas empaparte de literatura gótica, pulp, weird, noir, folk y otras herencias, encuentras ensayos a patadas. Sin embargo, nadie se atreve a diseccionar el terror contemporáneo, quizá a la espera de un cambio real de paradigma que permita analizarlo a toro pasado, como un cadáver frío sobre la mesa.
¿Por qué en los ochenta se vendían novelas como churros? ¿Qué propició la avalancha de autores macabros? ¿Por qué sólo sobrevivieron cuatro afortunados? ¿Qué se cocinaba en los despachos de las editoriales? ¿A qué hitos sociopolíticos responden las tendencias de los setenta? ¿Qué despertó el apetito por las portadas truculentas? ¿A qué obedecían los criterios de publicación en esos tiempos? ¿Por qué el género fue considerado tabú en los noventa? Piezas de un puzle disperso que, gracias a Grady Hendrix, podemos recomponer (casi) en su totalidad.
Más portadas geniales y más libros espeluznantes. Fotografía de Rubén Pajarón, de su colección particularPaperbacks from Hell combina la lección de historia con una visita guiada a un museo muy particular. Comienza al ocaso de los arrolladores años sesenta, una década en la que el fiasco de Vietnam, la retahíla de magnicidios, las grietas económicas, los escándalos políticos, la crisis espiritual, las revueltas incendiarias y las sombras del progreso le sacaron la careta al Tío Sam de una bofetada. De los escombros de los esquemas culturales, los valores sociales y los mitos nacionales floreció una literatura de terror ajena a abadías arcaicas, vampiros polvorientos, monstruos de cartón piedra, platillos volantes y fantasmas quejumbrosos: una literatura rabiosa, subversiva e iconoclasta, hecha a medida para una generación que ya no tragaba cuentos viejos en bocas viejas.
El mercado editorial recuperó el pulso gracias al boom de las ediciones de bolsillo y, con él, la literatura de terror, que por fin dejó de esconderse tras eufemismos como “extraño”, “inesperado” o “asombroso”. Sus lectores, también dejaron de hacerlo. Antes de tropezar con una copia barata y roñosa de Little People (John Christopher, 1966), Hendrix no imaginaba que acabaría cayendo en el coleccionismo compulsivo de libros de terror. Fue amor a primera vista. Un auténtico stendhalazo. En la portada desfilaba una horda de duendes nazis encabronados —los gestapochauns—, látigo en mano y esvástica en el brazalete, frente a un castillo irlandés. Lo compró a ciegas, hipnotizado por la ilustración de Héctor Garrido, y pronto comprobó, para su absoluto regocijo, que el contenido no desmerecía al continente. Aquel fue el germen de la obra que nos ocupa, y no es para menos: nos machacan con el mantra de que está feo juzgar un libro por sus pastas, pero esa convicción flaquea cuando confrontas la mentada edición de Little People con su homóloga española, publicada por Bruguera como Gente menuda (1978), que, de encontrarla en un mercadillo, no tocarías ni con un palo.
Otro ejemplo ilustrativo —si me permitís el chascarrillo— es el caso de Tiburón (Peter Benchley, 1973), que Hendrix desarrolla en su ensayo. En su edición original de tapa dura —con una suerte de falo desdentado sobre fondo negro como portada—, vendió cerca de ciento veinticinco mil ejemplares. Cuando Bantam lo reeditó en bolsillo, pidieron al dibujante Len Leone que mantuviese el diseño, pero con un tiburón hiperrealista de dientes afilados. Vendieron seis millones doscientos mil copias. No se trata de juzgar un libro por su portada, sino de reconocer el cariño, la convicción y la complicidad que hay detrás de lo que nos venden. Una editorial debe creer en lo que publica. Que se lo pregunten a Adam Nevill, que prefirió hipotecarse para montar Ritual Limited y trabajar con un ilustrador afín, antes que seguir en manos de editores acomplejados que disfrazaban sus cuentos de terror con cubiertas propias de thrillers de sobremesa. El cambio, por si os lo preguntabais, le salió a cuenta. Vamos con el último ejemplo. Todos conocemos el fenómeno Blackwater, la hexalogía de Michael McDowell que ha arrasado recientemente en medio mundo (publicada en castellano, en historiadas ediciones de bolsillo, por Blackie Books). Podría parecer el enésimo boom de fantasía Young Adult, otra saga moderna que aprovechó la ola para colarse entre los más vendidos. Pero lo cierto es que hablamos de unos libros que en 1983 pasaron sin pena ni gloria, publicados por fascículos, mes a mes, y que permanecieron décadas descatalogados. Y de repente, resucitan como un pelotazo editorial. ¿El truco? Las portadas. Ni más ni menos. Relieves negros y dorados, diseño recargado, texturas artesanales, tipografías barrocas, ilustraciones de Pedro Oyarbide, cofres para coleccionistas… una presentación tan llamativa como adictiva. Desde su reedición, se han vendido más de tres millones de ejemplares. Ni Hendrix, que en su ensayo elogia las siniestras cubiertas de la tirada original, pudo prever que los mismos gimmicks editoriales que circunscribe a los años 80, volverían a funcionar cuarenta años después y convertirían esta saga olvidada en una mina de oro.
Aunque tendamos a separarlos, el arte no es baladí para la literatura. Paperbacks from Hell lo reivindica en más de doscientas páginas de imágenes sórdidas, morbosas y provocativas: un anzuelo sangriento que en su día enganchó a miles de curiosos al hábito de la lectura. Cualquiera que conserve libros de Martínez Roca reconoce al instante el embrujo sensorial de sus cubiertas: títulos en relieve, troquelados, tintas fluorescentes, reflejos iridiscentes, estampados metálicos, láminas holográficas… como si fueran tarjetas de cumpleaños o postales navideñas. A su manera, también eran una celebración.
Las ilustraciones que acompañan al texto, lejos de ser meros embellecedores, cumplen un papel fundamental en la narrativa. Pero Hendrix no se limita a reivindicar dichas obras ni a sus artistas; su homenaje a la literatura que marcó a toda una generación es completo, y parte de tres eslabones clave para articular su crónica: El exorcista (William Peter Blatty, 1971), La semilla del diablo (Ira Levin, 1967) y El otro (Thomas Tryon, 1971). Tres joyas literarias, respaldadas por tres joyas cinematográficas, que marcaron la pauta de lo que estaba por llegar. El terror se había mudado a barrios residenciales, crecía en el seno de familias modélicas, destruía matrimonios, corrompía a los menores, se matriculaba en universidades, esnifaba coca en baños pijos, volvía locas a las mascotas, envilecía las relaciones sexuales, seducía a los chavales con música estridente, rol y videojuegos. Básicamente, como en la vida real, pero disfrazado de críptidos, experimentos genéticos, vampiros sensuales, cangrejos gigantes, niños psíquicos y ciberdemonios. La clave estaba en los excesos, terreno fértil en unos ochenta donde la contención brillaba por su ausencia.
La literatura de terror, ese nicho apestado y maldito, se reinventó bajo un pique electrizante entre sus estrellas emergentes: Herbert James, Shaun Hutson, Stephen King, Clive Barker, Graham Masterson, Whitley Strieber, Ramsey Campbell… Aquella imagen romantizada del escritor solitario murió en los sesenta y dio paso a un colegueo sano, donde todos procuraban fotografiarse juntos y citarse mutuamente en sus portadas. Se veían como una banda punk detrás de sus máquinas de escribir, transgresores y rebeldes, y la chavalería se dejó contagiar por su entusiasmo.
Hendrix organiza el género en ciclos temáticos y los conecta bajo una lógica tan causal que la espontaneidad acaba pareciendo ciencia-ficción. En su reconstrucción, las modas no se solapan, caen unas tras otras como fichas de dominó. Las ideas se ensamblan, las tendencias reaccionan a sacudidas históricas y el éxito de los autores parece obedecer a un cúmulo de carambolas profesionales y personales. Su afán clasificatorio puede parecer forzado, pero es preferible a dejarlo todo en manos del azar. Y no nos engañemos: cada persona es un mundo, pero todos orbitamos alrededor del mismo sol. El género fue, es y seguirá siendo causa y efecto, sin excluir la cuota inevitable del libre albedrío. Impagable el capítulo en el que explica por qué las editoriales tuvieron que reformularse de arriba abajo para sobrevivir —no lo destriparé; es mejor llegar virgen a esa revelación.
Conviene señalar que, para tratarse de un ensayo forense sobre un fenómeno blindado por el culto y la nostalgia, resulta inesperadamente ameno. El cóctel de anécdotas, sarcasmo, frikismo y dramatización desenfadada le sienta de maravilla. Le quita hierro. Y plomo. Por lo que sea, los ensayos literarios suelen ir sobrados de ambos; aquí, sin embargo, Grady se desmarca por completo del clásico peñazo solemne y hagiográfico. Opera sin guantes, a corazón abierto, con la autoridad de quien sabe de lo que habla y la cercanía de quien ama lo que conoce. Un libro de fan para fans, que no necesita elevaciones artificiales para ofrecer contenido de altura. No es de extrañar que en 2018 se alzara con el premio Bram Stoker al mejor libro de no ficción. La gozada de edición por parte de Minotauro, en perfecta comunión con el discurso del autor, echa el resto: carne de coleccionismo. Estimado horrófilo, hazte un favor y píllate Paperbacks from Hell. Los muebles de tu casa lo agradecerán. Y los de tu cabeza también.
Nota final: Paperbacks from Hell despliega sus páginas como una navaja suiza: divierte, fascina, instruye, descubre, reivindica y evoca. Pero su alcance rebasa los márgenes del papel. El ensayo de Hendrix ganó tal relevancia que Valancourt Books lo convirtió en un sello de calidad para toda una línea editorial dedicada a rescatar libros de bolsillo descatalogados. Y, por supuesto, con sus portadas originales. El neoyorquino no sólo ha devuelto viejas glorias a nuestra memoria, sino también a las librerías. Más de uno habrá flipado al encontrarse el logo de Paperbacks from Hell en portadas españolas, como la de Los extraños, de Mort Castle, publicada por Dimensiones Ocultas. Recuerdo a Lisa Tuttle contarme, en una entrevista, que su novela Familiar Spirit había pasado de puntillas en su día, y que ahora, gracias a la reedición de Valancourt, le llovían felicitaciones e incluso propuestas de adaptación cinematográfica. Ganan los lectores, ganan los editores, ganan los autores. Gana la literatura. Todos ganamos.


