The nameless offspring-Mariano Fernández de Henestrosa

“Sir John me condujo al piso alto de aquella mansión, a través de un corredor de vigas y entrepaños de roble antiguo. Cruzamos por delante de varias puertas cerradas. Una de ellas estaba reforzada con barrotes de hierro (…) como los de una mazmorra”. Ilustración de Mariano Henestrosa para Fabulantes.

El relato The Nameless Offspring salió por primera vez en la revista pulp de vida efímera (como casi todas ellas, a excepción de la mítica Weird Tales, que se mantuvo activa más de treinta años) Strange Tales, de la que se publicaron siete números entre 1931 y 1933. En castellano estuvo en el limbo durante mucho tiempo, hasta que Rafael Llopis decidió incluirlo en su fundamental antología Los Mitos de Cthulhu, publicado por Alianza Editorial en 1969, con traducción de Francisco Torres Oliver. Tan complicado es encontrarlo más allá de este libro, que sólo otra editorial, la argentina Alastor, no en vano especializada en literatura oscura y olvidada, acaba de incluirlo en su selección Antiguos relatos de oscuridad y horror (de julio de 2013). En Internet es posible leerlo íntegramente, con la traducción de Torres Oliver. Un detalle a tener particularmente en cuenta por su importancia.

Mito-de-Cthulhu-Alianza

Francisco Torres Oliver y Rafael Llopis impidieron que este relato se perdiera en la más profunda oscuridad de la cripta.

El título elegido por Torres Oliver es Estirpe de la cripta, más literario que literal respecto del original, e igual de apropiado: el cuento trata sobre la decadencia y ruina de un linaje de rancio abolengo, el de los Tremoth, al que pertenece sir John, su último exponente y el que lo extinguirá. Pero no por falta de descendencia: sir John ha sido maldecido, desde hace 28 años, con un hijo monstruoso, el que diera a luz su esposa lady Agatha al poco de padecer un ataque de catalepsia que la llevó a ser enterrada, en vida, en el panteón familiar del clan. Estirpe de la cripta juega con las sombras y pone el énfasis en lo que éstas esconden. Como los ghouls.

El ghoul es un monstruo procedente de la literatura árabe –mencionado por primera vez en Las mil y una noches– con categoría de saqueador de tumbas. En narraciones mucho más contemporáneas, y siempre orientales, es una especie de coco u hombre del saco con el que se atemoriza a los niños malos. Howard Phillips Lovecraft, escritor de vasta cultura autodidacta (y dispersa), entró en contacto con esta criatura a través de las historias de Sherezade traducidas por algunos orientalistas y folcloristas –William Beckford, Richard Burton, Sabine Baring-Gould– que alteraron a conveniencia y discreción la imagen del monstruo, convirtiéndolo en una amenaza necrófaga. A partir de El modelo de Pickman (relato de 1927 aparecido en Weird Tales), fue integrado, por pleno derecho, al bestiario de Cthulhu. Varios de sus seguidores, los que luego a modo de juego y divertimento crearon la cosmogonía de la que se sirvió August Derleth para construir los Mitos, lo usarían en sus relatos. Incluso hubo quien se inventó un tomo maldito que los tenía por protagonistas: en 1935, Robert Bloch escribiría The Suicide in the Study, en el que se mencionaba por primera vez el Cultes des Goules, presuntamente impreso en Francia en 1702 por el conde d’ Erlette François-Honoré Balfour; tras ese nombre se escondía un guiño a Derleth (conde d’Erlette), uno de los muchos que solían tributarse los integrantes de este grupo nunca declarado y que, salvo raras excepciones, jamás llegaron a conocerse personalmente. Clark Ashton Smith, el autor de Estirpe de la cripta, perteneció a la camarilla involuntaria de Lovecraft y, por extensión, de Cthulhu.

Ashton Smith, o Klarkash-Ton según le llamaba Lovecraft en la abundante correspondencia que se cruzaron, compartía con “el Solitario de Providence” un carácter misántropo, una cultura diletante y la pasión por lo oscuro. Singular personaje, uno de los más singulares de todo el “círculo de Cthulhu”, que ya es decir, pasó buena parte de su vida en la aislada granja de pollos regentada por su padre. Fue un escritor tardío, que sólo empezó a publicar pasada la treintena, como consecuencia natural de una formación plástica –como dibujante, pintor y escultor- igualmente autodidacta. La mayor parte de su obra es eminentemente dunsaniana, habla de mundos que van más allá de la imaginación, mágicos. Él mismo aseguraba escribir “historias de belleza exótica, horror, terror, maravilla, ironía y sátira”. Lovecraft lo prefería sobre todos sus “discípulos” (“admiradores” parece una palabra más adecuada para definir la relación que ligaba a esta cuadrilla de inquietos escritores): destacaba muy particularmente la elegancia de su pluma, afectada y siempre a la altura. Características que se pueden apreciar igualmente en Estirpe de la cripta, perteneciente al “canon de los Mitos de Cthulhu” (se abre con una cita, evidentemente apócrifa, del Necronomicón).

En su relato, hace que Henry Chaldane, un ex-apicultor llegado de Canadá a su Inglaterra natal, acabe por casualidad en Tremoth Hall, la mansión de sir John, a la sazón viejo camarada del padre. Chaldane es un joven con iniciativa, que recorre las marismas de la región en moto, un detalle extraordinario dentro de la literatura del “círculo”, en cuanto rasgo de rotunda modernidad que choca frontalmente con las ruinas, los cimientos, que suelen abundar en sus páginas. Ashton Smith no tarda en crear una opresiva atmósfera: “La noche se precipitó con rapidez casi anormal, como si tuviera prisa por atraparme (…) La niebla y el atardecer parecían disimular un paisaje silencioso y lívido, lleno de misterio, inquietante estremecedor”.

Harper, el mayordomo, único sirviente fiel que ha permanecido del lado de sir John, le abre la puerta. Es tan decrépito como la casa que se cae a pedazos. En tan sólo una frase, Klarkash-Ton avala también su pertenencia a otra época: “Tras él, en las tinieblas del recibimiento, fluctuaban las sombras deformadas y acariciaban sus rasgos arrugados como un aleteo de murciélago”. Y detrás de estas sombras, aguarda sir John, un pálido fantasma del recuerdo que Chaldane guarda en su memoria.

Clark Ashton Smith

Clark Ashton Smith, Klarkash-Ton, 1893-1961, el poeta del “círculo de Cthulhu” y el preferido de Lovecraft.

Hay momentos excepcionales en Estirpe de la cripta. El primero es prematuro, cuando el señor de la comarca y su huésped se encaminan por un pasillo sólo alumbrado por la tenue llama de la luz que aquél sostiene: pasan por delante de una puerta enrejada, de la que salen ruidos inhumanos. Un rasgar, un gañido y un hedor insoportable. El autor acrecienta la sensación de desasosiego cuando escoge que su personaje principal pase la noche en una habitación contigua a la enrejada y a la del viejo Tremoth. El sueño vence a Chaldane, pero no sin antes escuchar sonidos frenéticos, que se acrecientan compulsivamente, con el tesón de quien tiene una paciencia ilimitada y un tiempo reducido.  “El constante gotear de la lluvia, el gemido del viento, se resolvieron en un espantoso murmullo de voces casi articuladas que conspiraban contra mi tranquilidad y susurraban abominables secretos en un lenguaje demoníaco”, asegura el joven, poco antes de que la opresiva situación acabe con sir John, enfermo cardíaco.

Lo que sucede después, es literatura de terror con mayúsculas. Si hasta ahora, Ashton Smith nos había angustiado con ruidos, olores, susurros y confesiones terribles, en la parte final de su relato se dispone a darle la puntilla a los nervios del lector al recurrir a espeluznantes y vívidas imágenes. La escena del velatorio de los restos desencajados (por el horror) de sir John, es antológica: Harper y Chaldane protegen el cadáver del monstruo que, al otro lado de las recias paredes, en su horadar, quiere reclamarlo. El instinto del “hijo” se ha despertado, y recrudecido, con el olor de la muerte: el monstruo encerrado no es por tanto el pobre chico de ocho años al que sus padres repudian (Nacido de hombre y mujer, primer cuento de Richard Matheson) sino más bien el homicida que responde a su naturaleza (como en Phenomena, filme de 1984 del director romano Dario Argento). El lector pasa las páginas, las palabras, incómodo, con la misma lentitud expectante con la que el viejo mayordomo y el invitado transcurren la espera, contrapuesta al acecho de lo que escarba y escarba y escarba, sin pausa. La esperanza de que el día despunte y se conjure así la amenaza, se convierte también en la más inmediata preocupación de un lector involucrado en el hecho, que sólo puede contener el aliento.

Existen muchas formas de pasarlo mal, pero pocas se asemejan a las experimentadas por la lectura de Estirpe de la cripta. Un relato que ha trascendido las fronteras del culto al dios tentacular para ser una de las peores pesadillas surgidas de mente humana.