Superlópez nació como una parodia al cómic de superhéroes, que evolucionaría como icono del tebeo español y como poderosa conciencia crítica y cívica. En El señor de los chupetes alcanza el estatus de mito. Jan ofrece una historieta dinámica que parodia la obra de J. R. R. Tolkien. El autor aprovecha la tesitura para denunciar adicciones y poluciones, y situará a su criatura en un entorno de violencia insólito en el cómic juvenil de la época. Jan homenajeará a la gran literatura de aventuras en este viaje en pos del Chupete Único.

Superlópez lleva salvando a la humanidad a base de carcajadas desde hace más de 40 años. El personaje, nacido como un encargo rutinario de la editorial Euredit a uno de sus dibujantes, Juan López Fernández, «Jan«, evolucionó desde el mero trazo (el oficinista gris y con boina que sueña con ser un superhéroe y, como aquel señor López de Altuna, vive preso del matrimonio) hasta el reconocible icono del cómic -o historieta- conforme Jan tomó las riendas del personaje. El primer Superlópez no entusiasmaba a Jan: las historias, breves y mudas, se basaban más bien en sus peripecias oficinistas, y no daban para mucho. Cuando en 1979, el dibujante propuso a su personaje para una serie de historietas que debían publicarse en la editorial Bruguera, tenía un plan en mente: convertir al gris empleado en un personaje con entidad propia. En esa primera etapa, Jan experimentó con el lenguaje del cómic, haciendo que su creación se expresara mediante onomatopeyas y toda suerte de eficaces recursos gráficos.

El plan de Jan cobraría forma a partir de su colaboración con el guionista Francisco Pérez Navarro, «Efepé», gran conocedor del cómic de superhéroes: las tres primeras historietas independientes de Superlópez, El origen de Superlópez, El supergrupo y ¡Todos contra uno y uno contra todos! (publicadas en 1979 en diversas revistas de Bruguera y, en 1980 como álbumes) se leen como frescas e ingeniosas parodias de superhéroes, que todavía hoy siguen funcionando. Aquellos tebeos eran estupendos, pero poseían el riesgo del anquilosamiento. Jan, una vez asume enteramente las labores de guión y dibujo, tras disolverse su asociación con Efepé (entre 2014 y 2015 realizarán tres nuevas historietas, sin la chispa de las primeras), da un vuelco al personaje. La mera parodia se convierte en un vehículo para la crítica social. Durante toda la década de los 80, Superlópez será una poderosa voz de la conciencia absolutamente insólita dentro del cómic juvenil. Por ejemplo, en su primera historieta en solitario, Los alienígenas, editada, con carácter profético, un 23 de febrero de 1981, Jan critica los extremismos (regresará al tema con mucha mayor profundidad en Los cabecicubos [1983], considerada una de sus mejores obras), al hilo del «ruido de sables» que, por aquel entonces, contaminaba la política española. Pero será en la siguiente, El señor de los chupetes (1980), en la que afiance una manera abradacabrante de contar y de inculcar valores.

El Chupete Único, causa de todos los vicios que denuncia Jan. La narración es muy fluida

Hoy las adaptaciones de El señor de los anillos están a la orden del día, merced al enorme éxito de las películas de Peter Jackson, pero en 1981 apenas había material con el que confrontar la saga de Tolkien con sucedáneos. Ralph Bakshi había realizado una fallida película en 1978 que abarcaba La comunidad del Anillo y parte de Las dos torres (no pudo rodar lo que restaba, como era su intención, por la pésima acogida del filme, de discutible calidad), y que el español Luis Bermejo, autor, por ejemplo, de Vampirella, adaptó al cómic entre 1979 y 1981. Quizás Jan conoció esa versión cuando se dispuso a realizar su contraparte paródica. Sea como fuere, al catalán le salió una parodia doble: el émulo castizo de Superman se enfrentaba al Gran Tchupón, Señor de los chupetes, el anverso en plan pitorreo de Sauron.

La historieta empieza rutinariamente, aunque Jan ya muestra los agobios de la gran ciudad, con su polución, sus prisas y ruidos. López ha quedado con Luisa Lanas para ir al cine; en la esquina en la que espera recibe el impacto de un chupete. Al ir a devolvérselo a su pequeño propietario, recibe los bolsazos de su abuela, y se forma un buen barullo. De él le saca un misterioso señor bajito, que le introduce en su próxima misión: recuperar los seis chupetes negros desperdigados por el mundo para destruirlos y evitar que caigan bajo el yugo del gran Tchupón. La parodia no puede ser más extrema, ni más brillante. El Chupete Único, por supuesto, hace invisible a su portavoz, pero genera un berrinche si se le quita violentamente.

Detalle de la gran capacidad de Jan para contar su historia. Las viñetas parecen elásticas, como si se extendieran o contrajeran con la acción

A partir de un objeto asociado con la inocencia más pura (el primer juguete de todo bebé), Jan aprovecha para criticar toda clase de vicios y perversiones. Así, El señor de los chupetes arremete contra la ludopatía, el alcohol, el fumar (y el humo), principalmente, y procura señalar las consecuencias negativas de esas adicciones. Jan ofrece una visión de la humanidad al borde del colapso. Sorprende la virulencia y la violencia soterrada del cómic, pensado para un público juvenil. Pero sorprende para bien, porque el contexto le sienta fenomenal a la historieta; se trata de una historieta dinámica, para nada anodina, que cambia de escenario cada ocho páginas (el límite que tenía cada ilustrador de Bruguera para desarrollar las historias que aparecerían regularmente en las publicaciones del sello). Superlópez vive aventuras constantes sin tomarse en serio a si mismo. Jan nunca se tuvo por humorista, pero en este cómic utiliza chascarrillos muy eficaces. Por ejemplo, rompe la cuarta pared por necesidades narrativas siempre que la acción lo demanda: Superlópez interpela al lector para explicar algunos saltos temporales; el propio autor avisa a su criatura de ciertos peligros; el Gran Tchupón reconoce, en el enfrentamiento final, haber tenido conocimiento de Superlópez a partir de la lectura de un Mortadelo Especial

El señor de los chupetes se mantiene lozano gracias al espíritu aventurero de sus páginas, ligero pero no trivial. Superlópez recorre el mundo en pos de los chupetes negros: visitará el centro de la Tierra (será la primera incursión de Jan en este entorno, al que dedicará una historieta exclusiva en 1987), el Amazonas, las profundidades abisales, el desierto, los infiernos helados y la Luna. Es decir, los grandes escenarios de la novela de aventuras.

A la izquierda un gag que «simultanea» la acción con la actualidad (la lucha de Superlópez tiene consecuencias entre la humanidad). A la derecha, la fusión de dos elementos puramente aventureros: una ballena y el desierto

Han transcurrido muchos años desde que Superlópez mandara al cuerno a su némesis más carismática, pero la odisea en la que se vio envuelto para destruir los chupetes negros aún permanece en el imaginario como una de las aventuras más divertidas jamás contadas. Tienen la culpa cada monstruo a la vuelta de la esquina, lo exótico de los paisajes que se nos ofrece visitar, el desparpajo de su narración y de su desarrollo, y la tensión bien dosificada que germina en una adicción por el suspense, por querer seguir pasando páginas. El señor de los chupetes es una historieta que demanda más. Leerla en edad adulta garantiza toneladas de diversión, pero leerla cuando se es adolescente es una experiencia irrepetible. ¿Cuántos lectores habrá creado Jan? Desde Fabulantes no tenemos respuesta a la pregunta, pero sabemos que El señor de los chupetes ocupa un lugar destacado en nuestro panteón de clásicos. Es la historieta que abre el camino. El Anillo Único de la literatura de aventuras.