The Verge, Arthur C. Clarcke, lightfarmbrasil

“The Verge” Ilustración realizada por Lightfarm Studio

La inmensa obra de Arthur C. Clarke (Reino Unido, 1917 – Sri Lanka, 2008) ha tenido un efecto amnésico devastador sobre su memoria: lo decadente de su producción más reciente ha ido ensombreciendo poco a poco a un conjunto trufado de títulos eternos.

Entre los imprescindibles, algunos son reconocidos más por sus derivados que por sí mismos, como el evidente ejemplo de 2001 una odisea espacial (1968) –¿cuantos espectadores de la película de Stanley Kubrick habrán leído el libro?-, otros están restringidos por su estilo al lector de ciencia-ficción más puro, con casos como Cita con Rama (1973) o Las fuentes del paraíso (1978), y otros están tan alejados en el tiempo que su eco apenas resuena ya en la mente del público más joven; véanse sin ir más lejos El fin de la infancia (1953) o La ciudad y las estrellas (1956). Por su influencia o calidad, todas estas novelas podrían merecer el calificativo de clásicas dentro de un género que Clarke contribuyó a popularizar y a dignificar como muy pocos.

Eso sí, a esta sepultación amnésica de Clarke y su obra contribuyó él, inconsciente pero animosamente. Lo hizo cuando permitió, sin razón clara aparente, la cesión de sus derechos literarios y su nombre a muchas deformaciones de sus obras anteriores o a nuevos engendros de infumable lectura, banalizando así sus capacidades y su legado. Con todo, las joyas creadas por él para nuestro solaz aún están ahí, incólumes, y ellas son ahora la única voz capaz de restañar tamaña sangría e incluso, por qué no, volver a situarlo en el pedestal del que jamás debió haberse caído.

De entre sus joyas elegimos, en esta ocasión, una de las menos conocidas: La ciudad y las estrellas (Alamut, 2013; originalmente publicada en 1956). Además, quizás sea su texto más problemático, ya que muchos confunden esta novela con otra novela breve anterior titulada A la caída de la noche (1946), que además fue la primera publicada por el autor. A esta confusión alude Clarke en las dos introducciones, la de 1955 y la de 2000, incorporadas por Alamut en su edición, en la que además resuelve con bastante claridad las dudas respecto a los paralelismos entre ambas en el epílogo de Julián Díez -traductor del texto al castellano- titulado “En un futuro distante, todavía humano”.

En esta novela, Clarke hace un ejercicio extraordinario de literatura de ideas cuando, a partir de un tema central, desgrana toda una miríada de subtemas relacionados, orientados a explicar y ahondar en la idea central: la necesidad de que la humanidad pierda el miedo a lo desconocido para afrontar el único reto cuya superación alarga las posibilidades humanas de supervivencia, salir al espacio y vivir en nuevos mundos. Un tema principal muy acorde con el contexto sociohistórico general: un año después de la publicación de La ciudad y las estrellas la URSS lanzaba el Sputnik 1, dando comienzo a la Guerra Espacial, y dinamizando los proyectos dirigidos en ambos lados del Telón de Acero por los ingenieros Sergei Korolev (URSS) y Wernher von Braun (USA). No en vano, otras obras de la época dedicaron también sendos esfuerzos a la expansión de este mensaje, cuyo máximo exponente sea (quizás) el Elijah Baley protagonista de Bóvedas de acero (1954), una de las cumbres de la ciencia-ficción, escrita por otro gigante, Isaac Asimov.

Para el desarrollo de este tema central se opta por un esquema narrativo lineal y sencillo, donde un personaje de espíritu explorador (Alvin) se embarca en una aventura individual de descubrimiento que, no obstante, acabará teniendo decisivas consecuencias también para toda la humanidad. La idea general exige que el espacio literario esté primigeniamente cerrado y, de hecho, la ciudad abovedada de Diaspar donde vive nuestro protagonista es, presuntamente, el único espacio de la Tierra donde vive la humanidad, apartada en su día de toda ambición espacial por decisión propia tras casi sucumbir ante el intento aniquilador de unos extraños Invasores. Allí viven hacinadas más de diez millones de personas que, en más de mil millones de años, han conservado su forma de vida a partir de materiales eternos y vidas probeta: replicadas sin cesar en una Sala de Creación a partir de la información conservada en los Bancos de Memoria de la ciudad. Sin embargo, nada es como a simple vista parece.

La ciudad de Diaspar fue diseñada en su día para generar, cada cierto tiempo, personalidades “únicas”, ajenas a los instintos predominantemente conservadores orientados a la supervivencia a cualquier precio a través de la reclusión ante lo extraño y la indiferencia ante lo ajeno. Alvin es el “único” de este tiempo presente. Inconscientemente, el día en que entra en la edad adulta se potencian en él esos instintos aventureros hasta empujarlo a hacer lo que en Diaspar nadie hace (ni quiere hacer): subir a la torre más alta y mirar más allá de su ciudad, observando los límites de su mundo y, con el tiempo, comprobando si, efectivamente, es imposible ir más lejos de allí donde las leyendas dicen que nadie podrá llegar jamás.

Esta aventura lo conducirá primero hasta otra ciudad terrestre, Lys, donde la humanidad también ha conseguido sobrevivir, si bien gracias a una organización social diametralmente apuesta a aquella de Diaspar: desarrollando una fuerte comunidad a partir del uso de capacidades psíquicas o hábitos sociales más valorados, como consecuencia de su más fuerte sentido de lo efímero (optaron por una vida mortal frente a la vida eterna de sus vecinos). Sin embargo, el origen común de ambas ciudades ha hecho que, aunque separadas y olvidadas la una de la otra, los instintos aislacionistas de conservación gobiernen también en Lys. El primer reto de Alvin será el de romper el muro de olvido e indiferencia entre ambas ciudades, combinar los esfuerzos de quienes no quieren siquiera saber de su mutua existencia para, a partir de aquí, llegar algún día a conseguir la meta final: convencer a la humanidad de que vuelva otra vez a caminar entre las estrellas.

A modo de matrioska, la perspectiva de la voz narradora abre su foco en saltos progresivos y, así introduce en la trama a los nuevos subtemas y a los nuevos personajes, con varias consecuencias relevantes. Por un lado, el espacio literario se va abriendo progresivamente para, desde una ciudad aparentemente única y abarcable, acabar extendiéndose (a Lys, a Shalmirane o a Siete Soles) hasta ocupar el total conjunto del espacio y el tiempo. Por otro lado, Alvin se sitúa como eje, pues es el “único” personaje capaz de saltar por todos estos espacios, lo que, implícitamente, limita de forma perceptible a los demás personajes en cuanto a la riqueza de su elaboración interior. De hecho, si bien es cierto que la interacción con los secundarios enriquece y matiza notablemente al personaje de Alvin –quien acaba resultando más imperfecto de lo que, por destino, parecía llamado a ser-, no ocurre que esta interacción enriquezca a unos secundarios generalmente unidimensionales.

Al escarbar en los subtemas es cuando nos encontramos con el mayor caudal de ideas de toda la novela: desde la filosofía de las religiones  hasta el ecologismo, pasando por la psicología social, la antropología, la biología o la física. Incluso, en un alarde de futurismo al que Clarke era muy dado, con notables éxitos en su haber, encontramos en personajes como la Mente Loca ciertos paralelismos que nos podrían recordar a la teoría de los agujeros negros, o en Vanamonde alguna de las especulaciones más interesantes (y recientes) sobre la aplicación de la física cuántica a la inteligencia artificial. De forma que el juego con los espacios literarios configura distintas capas de lectura donde, aunque toda la novela es transversalmente accesible a todo tipo de lectores, el lector tradicional de ciencia-ficción gozará de un mayor placer a medida que se van introduciendo nuevas perspectivas y enfoques.

En La ciudad y las estrellas todo resulta ser un artificio simbólico puesto al servicio de la idea principal, donde su mayor virtud descansa más en la brillante inteligencia tras su modelización narratológica que en su estilo o en su coherencia interna. Otro aspecto destacable es la capacidad del narrador para resultar ameno en todo momento, desarrollando ideas complejas a partir de figuraciones sencillas, aunque existan ciertos momentos donde la tendencia a la explicación excesiva dote al texto de una momentánea farragosidad desmerecedora respecto al conjunto. Por lo demás, el interés de la novela no decae, gracias a una estructura que abre nuevas incógnitas a cada paso. Sólo esa intensidad por una trama donde la curiosidad se estimula constantemente, sirve de motor para seguir adelante, desentrañando las muchas incógnitas que trufan un texto rico en matices.

No todos los días uno se enfrenta ante un clásico monumental poco conocido. Ésta es, sin duda, una de esas ocasiones.