Clockilandia, de Mathias Martinez, es una obra que disecciona uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: la disonancia cognitiva entre lo que se espera y lo que se recibe. Aborda el tema desde una estética aparentemente inofensiva, con personajes de sonrisa eterna, ojos grandes, pero con trazos que insinúan que algo se diluye o que no termina de cuajar, algo amorfo o en cambio constante sin alcanzar nunca su forma final

Las imágenes que acompañan a este artículo han sido facilitadas por La Granja Editorial, y se publican con su expreso consentimiento

El tiempo todo lo cambia, todo lo transforma, todo lo sana; es indetenible, por eso el ser humano vive obsesionado por el tiempo; pero más que por el tiempo que vive, le obsesiona el tiempo que ya no está y el que vendrá, de allí que exista un exceso de nostalgia o de ansiedad que se alternan en el día a día de cada persona.

Suena deprimente, pero ahora toca imaginar una realidad similar, pero desde un mundo fantástico en tonos color pastel, donde un simpático reloj antropomórfico, Clocki, nos desvela todo lo que puede suceder a lo largo de una vida o alrededor del éxito.

Clockilandia (La Granja Editorial, 2026), de Mathias Martinez  (París, 1993) es un cómic que tiene mucho de novela gráfica llena de una nostalgia bastante particular; quienes lo lean recordarán mañanas de sábados leyendo cómics o viendo dibujos animados. Muchos tendrán presentes los infantiles anhelos de Disneylandia y toda la estética de la bondad impulsada por los dibujos animados aptos para todos los públicos.

Pero Clockilandia, tras los hermosos dibujos a medio camino entre Betty Boop y la borrachera del Dumbo original, encierra no sólo un ciclo eterno de expectativa y decepción, sino que también nos enseña de una manera directa el éxito y la fama en nuestra época donde prima la economía de la atención insertada en una cultura de la que se debate entre el deseo de nuevas experiencias y la cancelación de todo aquello que consideren no deseables.

El reloj Clocki es un personaje que funciona en muchos niveles: toda la acción gira alrededor de él y con él, y por tanto representa un personaje-objeto que se vuelve vital, entrañable e importante tanto para los niños como para sus padres. Es tan importante que tiene su parque de atracciones, su merchandising y sus estrategias de mercadeo agresivas que siempre buscan mantener cautivado a su público, siempre ansioso, siempre deseoso de algo más. Clocki debe ser bueno, debe ser perfecto, debe ser ejemplar como personaje para conservar su estatus de producto estrella, pero si como individuo falla, la corporación que lo creó y lo mantiene hará todo lo posible para restituirlo, para reivindicarlo, y más importante aún, para mantener la rentabilidad de su existencia, que al fin y al cabo es su razón de ser.

Como historia que busca evocar la nostalgia de los cómics con que muchos crecimos, funciona magníficamente, porque desde las primeras páginas uno tiene la sensación de haber visto el color, el dibujo, el personaje en alguna otra parte. Por otro lado, el estilo de dibujo que roza lo surrealista, pero que mantiene esa fantasía de los dibujos infantiles donde los humanos conviven con animales y objetos antropomórficos, es realmente maravilloso para el lector.

La estructura de la historia también es un acierto, porque el lector puede visualizar toda la trama a través de pequeñas historias que se desarrollan y convergen alrededor de la estrella y figura central del imperio de Clockilandia. Así, a lo largo de poco más de 100 páginas veremos cómo se construyó el imperio, cómo se busca redimir al protagonista, cómo las expectativas contrastan con la realidad, y cómo los sueños, las aspiraciones y anhelos de los personajes chocan contra un mundo que no pueden cambiar, y que, sin embargo, continúan aferrándose a la idea nostálgica de lo que debe ser, aunque ya no sea o tal vez nunca fue.

Así vemos personajes tan variados que van desde Patón hasta Sergio o Anita, y otros, que, pese a su optimismo y buenas intenciones, tienen la apariencia de tristeza, llevan consigo el signo del fracaso, porque todos están en luchas que ya han perdido de antemano. Cada personaje representa algo, un mensaje, una idea sobre el mundo actual, que vive recordando de donde viene, aunque no quiera volver allí.

De esta manera, cada una de las pequeñas siete historias refleja el conflicto entre autoridad y diversión, la dicotomía entre industria y artesanía, entre orden y subversión, entre lo viejo y lo nuevo, pero también muestran la montaña rusa del éxito y los secretos mecanismos de quienes ostentan el poder para salir siempre ganando.

La tristeza, la nostalgia, la frustración se ven reflejadas en toda la historia, porque tras los dibujos bonachones, tras un lenguaje adecuado para todo el público, tras una narración bien lograda que cuenta todo como una fábula, sin agregar emociones extremas, ni conflictos de interpretación, Clockilandia es una obra que disecciona uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: la disonancia cognitiva entre lo que se espera y lo que se recibe.

Este cisma queda más que claro cuando, en una de las viñetas, un emocionado padre de familia lleva a su hija a Clockilandia, con la ilusión de que su pequeña viva lo mismo que él vivió a su edad, pero al llegar al parque de sus sueños ambos descubren que los recuerdos o las expectativas que podían llevar, que la imagen televisada y omnipresente de Clockilandia, tiene muy poco que ver con la realidad: lo que trató de ser hermoso momento se desarrolla en un mundo en decadencia que sigue insistiendo en una importancia que ya no posee, en una imagen que ya está deslustrada, en una experiencia bastante decepcionante en comparación a lo que una vez fue, en un producto que alcanzó su fecha de caducidad.

Clockilandia es, por tanto, una historia estupenda que aborda un tema muy actual y muy complejo, desde una estética aparentemente inofensiva, con personajes de sonrisa eterna, ojos grandes, pero con trazos que insinúan que algo se diluye o que no termina de cuajar, algo amorfo o en cambio constante sin alcanzar nunca su forma final, que recuerdan a La persistencia de la memoria de Salvador Dalí con sus relojes blandos, derretidos, suaves y extraños.

Esta historia funciona fundamentalmente por dos aspectos: en primer lugar, porque parte y se desarrolla en un recuerdo común de todos los lectores, la infancia, los sueños, el personaje entrañable de la televisión (Popeye, Bugs Bunny, Mickey Mouse, Clearance o Gumball) que todos tenemos en la memoria, archivado con un cuidado que nosotros mismo no entendemos. Y en segundo lugar, porque es real, porque habla de una sociedad que descarta al individuo que no cumple el objetivo impuesto por y para alguien más, habla de la fama y como aprisiona a quién la ostenta, habla de la economía de la atención, de la pugna entre lo corporativo y lo humano, habla de las ganas de salvar un pedazo de un mundo que está sucumbiendo lentamente, y habla, sobre todas las cosas, de lo que es ser humano y formar parte de algo, hasta el punto que una historia infantil, con trazos alegres pero razonadamente descuidados e imperfectos, pueden recordar la canción de Cazuza (1958-1990), “Eu tempo ñao para”, en especial cuando dice:

Yo veo al futuro repetir el pasado
Veo un museo de grandes novedades
Y el tiempo no para, no para, no

Porque en efecto, el tiempo no para por nada, por nadie, ni siquiera para Clocki el reloj favorito de todos los niños y los adultos.