Valdemar es una editorial que nos ha acostumbrado a las sorpresas. De no figurar en su siempre rutilante catálogo, muchos autores todavía se consumirían, injustamente, en las nieblas del olvido.
calavera-aullante Valdemar
Arthur Quiller-Couch, William Fryer Harvey o William Wymark Jacobs, con todas sus irregularidades (y con todas sus excelencias), serían hoy por hoy nombres míticos, legendarios, sólo conocidos por los expertos muy expertos o los más tenaces lectores. Francis Marion Crawford estaría también en esa liga de los malditos de no haber sido acogido como inquilino de pleno derecho en la mayor morada del horror literario.

A diferencia de Fryer o Harvey, Crawford nunca ha sido un desconocido “total”: algunos de sus relatos, que gozaron incluso del reconocimiento entusiasta de Lovecraft, son, con todo merecimiento, asiduos de las mejores antologías de terror. El auténtico misterio lo constituía, hasta el día de ayer, su entera producción terrorífica, compuesta por ocho únicos cuentos. La lectura del tirón –única manera posible de sobrevivirla- de La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes subsana esta flagrante omisión y, de paso, convierte al libro en uno de los más destacados de todo el catálogo de la editorial que más esfuerzos ha hecho por dignificar el género de los escalofríos y los espantos.

Crawford fue, como muchos otros autores dedicados a aterrorizar, un personaje singular. Hijo del escultor Thomas Crawford, nació y murió en Italia. Aprovechó bien sus 55 años de vida. Fue un viajero incansable: con poco más de veinte años se desplazó a la India para aprender sánscrito; en aquel país terminaría dirigiendo un periódico. Por su obra, se intuye asimismo que debió de ser un buen marino. En su concepción de la literatura, primó siempre, por encima de cualquier otra consideración, el entretenimiento. Como literato, produjo muchísimo (escribía a razón de unas 5000 palabras diarias), sobre todo novelas históricas y ensayos, que le granjearon fama en su tiempo. Sin embargo, fue Wandering Ghost (o Uncanny Tales en Reino Unido), obra publicada póstumamente en 1911, la que confirió la inmortalidad literaria: sería allí donde se publicarían sus cuentos terroríficos, escritos entre 1894 y 1908, en plena (y muy evidente) madurez creativa. El afán sistematizador de Valdemar se pone de manifiesto por el hecho de recoger en su volumen asimismo el último de los relatos, El Mensajero del Rey, omitido hasta en la versión original y sólo aparecido en una recopilación de 1997.

La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes es tanto una bendición como un completo desafío para el amante del terror literario. Sus cinco primeros cuentos (“La sonrisa muerta”; “La calavera aullante”; “¡Hombre al agua!”; “Pues la sangre es vida” y “La litera de arriba”) son extraordinarios: hay fantasmas tradicionales en un entorno marinero; banshees; vampiresas; cráneos con vida propia… Al menos dos –el primero y el quinto (“uno de los cuentos de miedo más tremendo de toda la literatura”, en palabras del Solitario de Providence- se han leído últimamente en antologías publicadas en España (Miedo en el cuerpo y El horror según Lovecraft), lo que da una buena idea de la relevancia de unos cuentos que desnudan la verdadera naturaleza del terror: la indefensión ante lo extraño, lo enigmático, lo incomprensible.

Estos cuentos, particularmente los cinco primeros, acorralan -con un ritmo inusitado en sus coetáneos literarios- por el crecimiento progresivo de una histérica, agobiante, tensión narrativa. En ellos, se genera una atmósfera asfixiante que nace de una reticencia cerril a creer en lo inexplicable, puesta en boca, o en la falta de imaginación, de rotundos cosmopolitas que creen haberlo visto todo y que, por eso precisamente, descreen. Estos protagonistas acaban envueltos en la espesa red de los hechos, generalmente fatales, conforme van aceptando con reticente estupefacción cuanto les sucede, de manera que cuando ya dejan de dudar, es demasiado tarde para ellos.

Los relatos concentrados en esta antología (más correcto sería llamarla “grimorio”, pues es el vehículo de invocación de terribles pesadillas) no ocultan en ningún momento lo maligno, lo monstruoso, sino que lo enfrentan de cara. Las situaciones construidas por Crawford sólo parecen poder aliviarse con la muerte de quienes las padecen, pues son maldiciones infatigables, vengativas, tercas, que sólo buscan aniquilar, espiritual y físicamente, a sus víctimas.

Si bien el prólogo a esta edición señala que dichos relatos desprenden una sensación de poder maligno, para este reseñador, por el contrario, el gran y auténtico tema que los hermana es la vida, entendida como una fuerza superior que dirige todos los actos. Es de suponer que Crawford fuese un gran vitalista; sus fantasmas son los espíritus, o los ecos, de personas que se resisten a morir o que han muerto demasiado pronto. La negativa a resignarse a esta nueva condición les convierte, como en “La calavera aullante”, “¡Hombre al agua!”, “La litera de arriba”, en instrumentos de venganza, necesaria según sus parámetros, pero perversamente injusta. En “Pues la sangre es vida” y “La sonrisa muerta” queda, entre los vivos, el potente poso de los muertos, que es de tal envergadura que aplasta hasta el sofoco a quienes lo sufren. Todos los muertos de Crawford son muertos acechantes, que esperan una ocasión propicia para destruir, porque en ellos el odio y el amor se confunde, se mezcla, se altera. Los cuentos de Francis Marion Crawford son cuentos de muerte, en los que se percibe un miedo de ojos desorbitados ante el fin decisivo, ante el término abrupto de todas las cosas que aún quedan por emprender o que simplemente deben iniciarse.

También de muerte hablan “Junto a las aguas del Paraíso”, “El fantasma de la muñeca” y el ya citado “El Mensajero del Rey”, pero aquí ya no hay pavor sino una pasión putrefacta por abrazarla, por asumirla. La muerte es ahora amor: hacia la extraña desconocida; hacia la hija; hacia el seductor forastero, el invitado número trece. La sugestión de estos relatos es menor, al igual que su capacidad para aterrorizarnos, quizás porque el mal queda matizado –o contrarrestado- por un sentimiento más benévolo, más catárquico. En este segundo bloque de cuentos hay una cierta esperanza.

Pocos cultivadores del género supieron, además, convertir cualquier pequeño objeto rutinario, cualquier efecto natural, en un certero instrumento para el castañeteo de los dientes. Porque Crawford no tiene intención de ofrecerle a su lector un solo instante de tregua, pillándole las más de las veces desprevenido con el susurro del viento, el frágil titilar de una vela, la inclinación de una colina, el mal cierre de una portilla o el inicio de una encrucijada de caminos. Lugares y fenómenos que suelen habitualmente ser sinónimos de seguridad, quedan convertidos en instrumentos de pesadilla.

Un consejo para terminar: evita, lector, pasar las páginas de este libro mientras oscurece. Sus criptas, sus caserones viejos, sus crepúsculos, las cuadernas de sus barcos, las maderas de sus puentes, pueden resultar un peligro y un tormento si eres lo suficientemente incauto como para recorrerlos u observarlos mientras la luz mengua. Porque en ellos habita un terror tan explícito y, por lo general, perverso, como para dar la (nada descabellada) impresión de ser, más que una pura ficción, una terrible crónica de oscuros sucesos. Avisado quedas.