La posibilidad de una isla es el más claro ejemplo de la decadencia de Michel Houellebecq. Es una novela, presuntamente de ciencia-ficción, a la que le falla (estrepitosamente) su enfoque. Houellebecq está más interesado en convertir la historia, con su común tono pesimista, en altavoz de sus mensajes habituales, en lugar de dotarle de una voz propia.

El tiempo ha dejado claro, por si había dudas, que Michel Houellebecq (isla Reunión, Francia, 1955) ya no es lo que era, y en esta reseña os traemos una de las novelas que evidencia, aún más si cabe, esa franca decadencia que lleva siendo habitual desde hace años. La posibilidad de una isla (aunque originalmente publicada en 2005, hemos manejado la edición de Debolsillo publicada en 2016) es síntoma de una carrera más propia de un histrión que de un faro del disgusto contemporáneo, epítome del abandono de un tono y de un estilo característicos devorados por un ácido y presuntuoso criticismo. Si te dejas arrastrar por la tormenta terminarás sepultado entre agua y tierra, y Houellebecq reposa ahora en los limos. Descanse en paz.

Con todo, no podemos dejar de comentar un libro que, usando el marco de la ciencia-ficción, ofrece un análisis del presente y el futuro de las sociedades humanas más pretenciosamente pesimista y cínico que podamos leer. Y lo hace a través de la proyección de la vida en el tiempo y el uso de la clonación (no sabemos si robótica o genética, pero tampoco esta certeza aportaría nada) para comparar el hoy y el mañana. Si pretende ser pesimista, claro, la conclusión es evidente: la vida es una mierda, no tiene sentido, y el futuro lo único que hace es ampliar y empeorar las peores tendencias de la actualidad, conduciendo al ser humano hacia un porvenir sin sentido y sin posibilidad de alcanzar una plenitud de vida.

Sin embargo, uno de los problemas de la novela, quizás el mayor, es que este mensaje que se quiere introducir pierde parte de su sentido (sino todo) al introducir, precisamente, el marco de la ciencia-ficción. Vamos a explicarnos.

La ciencia-ficción entra en la trama a través de la neohumanidad: gente clonada que comienza su vida a los dieciocho años, con la ‘existencia’ de su humano original precargada y una vida limitada para fenecer antes de entrar en la vejez. Este cuerpo y esta vida están limitadas a vivir lo que los liberales suelen llamar “la vida productiva”. Esta humanidad “neo” es totalmente consciente respecto de las carencias experienciales de sus vidas, así como lo irremediable, cierto y presabido de su final, aunque es totalmente autónoma respecto a la gestión de su tiempo. En cierto sentido, nos encontramos ante un ‘replicante’ dopado, en todo momento sabedor de cuándo se acabará su vida y, además, dócilmente resignado a que sea así.

En este caso concreto, nuestro humano ‘original’ y su replicantes comparten nombre, Daniel, y definen su continuidad en la cadena de la vida clonada a través de su número de lista, un poco como las distintas réplicas de Mickey7. Las tres voces narrativas en primera persona que tenemos en esta novela son las del último humano de esta historia y primero de la lista, Daniel1, y las de dos de sus clones, Daniel 24 y Daniel25. A ellos se les une su inseparable mascota Fox, un perro que muere con su dueño y reaparece, también clonado, con la nueva versión de su antiguo propietario. A partir de estos tres testimonios, y mediante una especie de “diario de bitácora” experiencial escrito por cada uno de ellos -testimonio de lectura para las versiones siguientes-, es como nos enteramos de su vida y sus pensamientos.

El corazón de la novela mezcla, por tanto, dos tipos de existencia totalmente distintas: la «humana» y la «neohumana». Daniel y sus clones, se parecen entre sí tanto como un huevo a una castaña. No ya por su mera vida biológica (crecimiento y envejecimiento se usurpan en más de un sentido), sino también por las experiencias y aprendizajes vinculadas a estas etapas robadas, e incluso por las posibilidades de que esas vidas se desarrollen sobre condiciones nuevas o distintas a las de sus predecesores, pues los clones viven un eterno retorno al ambiente físico y social de sus predecesores. Son tipos de vida distintas falsamente congeladas en el tiempo (si esto es posible en un mundo abierto).

Esta decisión narrativa nos lleva a que, más allá de la voz plena de Daniel, única con un sentido auténtico de una vida experimentada sin taras ni faltas, las de sus clones pierdan una parte importante tanto de su sentido como de su veracidad. La pierden respecto a Daniel1, mostrando un tono más gélido, una actitud vital pasiva, una falta de ambición en la búsqueda de un sentido que dan por sentado incluso sabiendo que no viven una vida plena. Y la pierden también entre sí: separados Daniel24 y Daniel25 por una barrera espacio-temporal imposible de franquear, ya que la existencia de uno ha implicado necesariamente la inexistencia del otro, son casi indistinguibles el uno del otro, y resulta más real su diferencia respecto a Daniel1 que la relación epistolar que mantienen entre ambos.

De esta forma, la neohumanidad pretende construirse en cuanto metáfora de una vida humana sin sentido, pero desde una deshumanidad que vuelve imposible la veracidad de esta creencia. De hecho, la única forma que tenemos de creer en su autenticidad es pensar en que ha sido también implantada artificialmente junto con el resto de la historia de Daniel1: o sea, un conjunto de creencias construidas a lo largo de una vida plena que sus clones jamás podrán vivir. Y si los clones son plenamente conscientes de su naturaleza, con todas sus implicaciones y consecuencias, ¿por qué no lo son también sobre la falsedad de las creencias que sostienen esa/su existencia? Y si lo son, ¿es su actitud pasiva y de aceptación algo impuesto? Y si es impuesto y no es, por tanto, una actitud humana, ¿sirve entonces como metáfora válida de lo humano, de manera que lo deshumano pueda representar positivamente a lo humano?

Esta es la falla que rompe la novela en dos, el abismo oscuro que separa a los clones de Daniel1 y que hace que la lógica ficcional de la trama presente problemas, haciendo de la lectura una experiencia ingrata y a veces hasta farragosa.

Foto: EFE/Juan Herrero. Fuente: El Confidencial

Debemos añadir, además, que lo único realmente humano de la novela, Daniel1 y su historia, en todo momento se nos asemeja demasiado a un trasunto del propio autor. Eso sí, se trata de un trasunto claramente excesivo e hiperbolizado. No en vano, Daniel1 es un actor cultural (escribe, dirige, actúa…) experto en transformar la polémica en morbo y en aprovecharse de ello: el racismo, el sexismo, la intolerancia… se asoman por estas páginas. Daniel1 encuentra en el discurso social dominante el espejo que lo enfrenta contra sus fantasmas y lo posiciona, para sorpresa de nadie, como una figura falsamente rebelde -en cuanto esa falsa polémica sólo refleja posiciones mayoritarias y, por tanto, queriendo ser distinto o heterogéneo, muchas veces, no lo es-. Por eso tiene éxito y encuentra el triunfo, pues es masa, mayoría; de otra forma sería imposible. Este es otro hueco en la voz narrativa: la frontera entre el autor y su voz ¿ficcional? es aquí demasiado fina.

Al final, estos y otros problemas hacen de La posibilidad de una isla un texto confuso, situado en algún lugar a medio camino entre el ensayo existencialista de Houellebecq y la novela en sí. Un lugar donde los personajes y su contexto, justo el lugar donde la ciencia-ficción aporta un valor y da un sentido al conjunto, carecen de una transcendencia real más allá de lo que Daniel1 aporta. Todo lo demás es ruido. Por esto es por lo que estamos ante un Houellebecq menor, más entretenido en repetir sus mensajes públicos habituales, que en definir una historia digna de tal nombre. El enfant terrible francés hace así que la voz narrativa suene más como un eco de sí mismo que como un conjunto de voces propias con algo digno de contar.