Ghost World es una perfecta muestra del «toque Clowes», es decir, de la capacidad de decir más de lo que se muestra. Clowes narra una historia sencilla y clásica, que va mucho más allá de la crisis identitaria de la adolescencia que encierra su premisa: se trata de una obra dramática que oculta una honda crítica social existencial, con altas dosis de humor ácido. Enid y Rebecca, las protagonistas, son las observadoras más lúcidas y honestas de ese proceso llamado «vivir», que implica crecer con dignidad.

Aunque las imágenes de este artículo corresponden a la versión original de la obra, Ghost World está perfectamente disponible en castellano, dentro del catálogo underground de La Cúpula


La obra de Daniel Clowes puede definirse por esa pintada que titula Ghost World. Un mundo fantasmal (1993-97; La Cúpula, última edición en castellano de 2019): existe un fugaz sentido, siempre presente, que va y viene como un eco, siempre escondido entre las páginas, y del que nos percatamos siempre de forma indirecta. Si a ese arte de decir más de lo que se muestra en cine lo llaman “toque Lubitsch”, en cómic debería llamarse “toque Clowes”. Clowes es un genuino maestro de la narrativa, capaz de crear las más retorcidas tramas, de transmitir ideas complejas con una sola línea de texto y una caricatura. Ya lo demostró en su oscuro y psicodélico Como un guante de seda forjado en hierro (1993; edición en castellano de La Cúpula, 2008), y así vuelve a hacerlo, de una forma más sencilla y clásica en Ghost World. Dramatismo y una crítica social y existencial se diluyen con un humor ácido que actúa como desatascador, que permite digerir las puñaladas que Clowes dirige contra ese autoengaño que traducimos en cotidianidad. Sus historias nos tientan para aferrarnos a ese chiste que sustituye las lágrimas, y olvidarnos de cuanto queda de fondo. Pero es imposible: Clowes deja poso. No se puede acabar sus cómics igual que como se han empezado.

Ghost World admite una interpretación fácil, más prosaica: dos chicas en busca de sí mismas, forzadas a sufrir ese paso final de la adolescencia a la adultez. Aun hoy en día se ve en las críticas una relativa estereotipada lectura del cómic de Clowes. Si Como un guante… requería una reconstrucción narrativa y de sentido, Ghost World parece más lineal y evidente. Con todas sus implicaciones, los críticos han perdido más tiempo en interpretar la crisis de identidad que supone la adolescencia que hacer caso al estilo de Clowes y caminar hasta la raíz del cómic con todas las consecuencias, aunque sea una incertidumbre alienada y sinsentido de la que sólo nos queda huir.

Ghost World es más que una moraleja de adolescentes. De hecho, es prácticamente imposible escribir algo sobre la adolescencia, ya que siempre se interpreta desde la adultez. Esta etapa de la vida parece una mera negación, un tránsito. Exploración sexual (para alcanzar una identidad), proyectos de vida relacionados con el trabajo, con el matrimonio, con los gustos… En fin, hablar de adolescencia es siempre remitir a la adultez como meta y muy poco al presente de la adolescencia. Caemos en ese prejuicio que ya advertía Rousseau en su Emilio, o De la educación (1762) de ver a los niños como proyectos de hombres, en lugar de como lo que son. Podríamos decir que Clowes cae en el mismo cliché sino fuera porque, en mi opinión, habla de otras cosas que poco tienen que ver con la adolescencia (si acaso ésta no es más que una excusa, un periodo de crisis donde afloran estas cuestiones). La prueba de ello es que aún hay quien, a pesar de su avanzada edad, admite que la postura de las protagonistas es más honesta, sana y aceptable que su propia vida plagada de responsabilidades ajenas, parcheada con entretenimiento del peor gusto y edulcorada por disputas que, cuando eran adolescentes, reconocían sin valor. Y esto no se debe sólo a que encontramos atractivos a personajes que juegan a la contra, sino que nos cuesta no reconocer en el cinismo de Enid o en la ingenuidad de Rebecca una sinceridad consigo mismas que hemos perdido: ese espíritu del que hablaba Benjamin, que nos invade en la juventud y es sustituida por la más gris de las experiencias, con una profunda negación de nosotros mismos.

Pero manteniéndonos en las categorías preestablecidas, en las que el adulto es quien ve la realidad con mayor crudeza que el joven, en cierto modo, Enid y Rebecca son más adultas que todos los figurantes del cómic. Menos ellas, todos a su alrededor sufren el delirio adolescente de omnipotencia de ser y hacer lo que ellos decidan; están contagiados por las promesas de la sociedad de consumo y se asfixian en sus engranajes. La ironía es que no son más que decisiones “consensuadas”, pequeñas golosinas que endulzan su tristeza. Ellos ven su felicidad, Enid y Rebecca ven el precio que pagan por ella: su dignidad. Así vemos a un punki que piensa que ser empresario le permite mantener su rebeldía contra el sistema; a una chica cuyo futuro es padecer un tumor que la estigmatiza; a cincuentones que aún creen en el amor a primera vista. Una escena que representa esta visión descarnadamente es el segundo encuentro con Melorra, una chica que aspira a actriz y cuyo hipotético novio parece un violador. Curioso paralelismo entre este tipo y el hombre que satisface pedofilia en niños virtuales para no hacer de su deseo algo inocuo. ¿Cómo podemos pensar que Enid y Rebecca son las adolescentes ingenuas, inmaduras, cuando son las únicas que reconocen la enajenación a las que quieren condenarlas? ¿No tienen derecho a la crítica y a ser insumisas?

Que existe una cierta infantilización social en el primer mundo, potenciada por las falsamente favorables condiciones de vida e idolatría a la juventud, es casi una evidencia que se traduce, paradójicamente, en un estado de adolescencia constante, o lo que es lo mismo, en un perpetuo estado de “hacerse a uno mismo”. Cada vez parece que puede alargarse más la transición, y nos situamos en una transición continua. Que se sea adolescente o adulto parece bastante complicado de definir en un mundo en el que los adultos intentan aparentar ser jóvenes, los adolescentes adultos, y todos juegan a que todavía les quedan cartuchos por gastar.

La diferencia entre Enid y Rebecca del resto de personajes es que sus aspiraciones no están naturalizadas por ellas mismas (de hecho, los pocos proyectos de vida que tienen están marcados por personajes ajenos como sus padres y su propia amistad). Por su parte, el resto no son conscientes de que su vida está dislocada, todavía creen que pueden lograr una redención personal, aunque ésta sea acostarse con pervertidos o lograr saciar la perversión de uno mismo. Entre los muchos sentidos que podemos encontrar al cómic y a su título, Ghost World, es esa fantasmagórica realidad que pretendemos vivir, que se define como una aspiración que no termina de satisfacerse nunca, cuya esencia ya la señaló Clowes cuando vinculó el título con la luz tenue que irradia del televisor por las noches y convierte la ciudad en un cúmulo de aislados espacios iluminados sólo por las ilusiones inalcanzables. Para Clowes este no es un debate sencillo y, como vemos, tiene muchas aristas en las que no es fácil distinguir los “bandos”. El individualismo que imperó a partir de la contraofensiva neoliberal de los años 70 no es unidimensional. En Ghost World no se trata de situarnos del lado de Enid y Rebecca o del resto de personajes, sino en reconocer en la falsedad que se esconde detrás de impostura de hacerse a uno mismo. Quizás se pueda achacar a Clowes no ofrecer un horizonte de transformación, o una expectativa. Sin embargo, el mensaje alcanza mayor fuerza con el remate final.

Y de eso, ante todo, va el cómic: expectativas. Expectativas amorosas, de futuro… De hecho, las invenciones de Enid no responden más que a un intento por dar sentido a un comportamiento pasivo, de expectativa constante, mecánico y sin espíritu. Cualquier transeúnte es para ella una aventura, un secreto, un misterio. Lo grotesco es que, tras ellos, no hay absolutamente nada y que lo único interesante que se puede decir de ellos es lo que se inventa Enid. De hecho, podríamos interpretar el cómic como un relato donde se mezcla la subjetividad de ambas adolescentes, pero en particular de Enid. Ella ofrece una narratividad para un mundo estático, con un halo melancólico. Hace que pasen cosas que, en verdad, no ocurren, y que nos hipnotizan. Quisiéramos que fueran verdad, disfrutamos con sus historias. Lo lamentable es que ninguna parece ocurrir y, de hecho, a lo largo del cómic, los mitos se van cayendo: la vida no es tan interesante como la ve Enid en un principio, y conforme crece su lucidez mueren sus expectativas respecto de sí misma.

Esta lucidez está en Clowes tratada con mucha agudeza. Hay quien ha señalado la influencia de El guardián entre el centeno (J. D. Salinger, 1951) en Ghost World. Existe, más que paralelismo, una contraposición. Holden Caulfield, protagonista de la novela de Salinger, ha sido romantizado hasta límites insospechados, convirtiéndose en el epítome de la libertad y del adolescente avispado que ve cómo el mundo está desmoronado. El malditismo y sagacidad que se achaca a la adolescencia se proyecta, curiosamente, de igual modo en los locos, lo cual es bastante sospechoso.

Sin embargo, en esta actitud rebelde del protagonista está la trampa de la novela: donde vemos rebeldía, en el fondo, no hay más que un contestatario con la vida resuelta, de clase alta, que hace una crítica desde la altura, como un espectador más, y que se sitúa por encima de las condiciones materiales. Enid y Rebecca, por su parte, parecen más bien gente de lo que erróneamente llamaríamos clase media. Mientras el primero asiste a la universidad como un privilegio y una impostura social propia de los ricos (expresado en el mandato de los padres), Enid pretende ir a la universidad como una aspiración pequeñoburguesa de su padre, un fracasado del que no se sabe ni con cuántas esposas ha tenido que reconstruir su vida (cada cual a peor), y cuyo sueño es ver a su hija llegar a lo que él no llegó. Rebecca, por su parte, empieza a reconocer en Enid esa aspiración absurda que contemplan durante todo el cómic, y termina por asumir su rito de paso propio, consiguiendo su chico y su trabajo. El giro final del cómic es llamativo por ese oscuro sarcasmo que cierra Ghost World: o caer en la vida del espectador o asumir la fantasmagoría y vivir en un eterno retorno en el que el adolescente se mantiene en su búsqueda a fuerza de rehacerse a sí mismo. No se trata de elegir, sino de admitir la falta de heroísmo en cualquiera de los dos casos, en que no importa qué camino se tome, porque el laberinto sigue siendo el mismo.

El tono melancólico que Clowes utiliza atrapa al lector, y consigue transmitir toda esa problemática a la cotidianidad y subjetividad de los personajes. Naturalmente, lo que aquí hacemos es una lectura; lo que hace Clowes es transportar vivencias difícilmente digeribles. Recuerda esa sátira oscura tan característica de autores como Joseph Heller o John Kennedy Toole, donde detrás de cada sonrisa se esconde una punzada, y detrás de cada chiste una realidad sórdida.

Por último, señalar que en 2001 se estrenó la adaptación fílmica del cómic, dirigida por Terry Zwigoff, y protagonizada por Thora Birch y Scarlett Johansson en los papeles de Enid y Rebecca. El propio Clowes colaboró en la redacción del guión y, si bien existen divergencias con el cómic, él mismo señaló que estaba satisfecho con la película, ya que había logrado plasmar el espíritu de su obra. Por mucho que, pese a los puristas, seguramente sea una de las mejores adaptaciones de cómic que se han llevado a cabo, aun con todas sus limitaciones. Sí es cierto que se pierde quizás cierta crudeza, para mí debido a las decisiones fotográficas que la hacen estéticamente diferente al cómic. Como una recomendación gratuita que hago, quien mejor me parece haber plasmado ese estilo satírico seco que refleja la hipocresía de la vida en la sociedad de consumo es el director Todd Solondz (Happiness, 1998). No es fortuito que Clowes colaborara con él haciendo el cartel para la película Happiness, que es hoy una película de culto fundamental para cualquier cinéfilo.