Jerôme K. Jerôme Bloche, creación de Alain Dodier, es un detective de culto de cómic. En Francia ya va por las veintisiete aventuras, pero en España está mal editado: tan sólo los esfuerzos editoriales de Antoni Guiral por traer entre 1990 y 1991 las cinco primeras, y en 2011 de Kraken por juntar dos de ellas en volumen integral, han intentado enmedarlo. Las historias de Jerôme K. Jerôme Bloche funcionan por cotidianas, y por ser una auténtica celebración de lo policíaco a todos los niveles. En el presente artículo analizamos su impacto desde el análisis de las cinco historias publicadas en España: La sombra asesina, Los seres de papel, Así en la vida como en la muerte, Pretérito definido y Juego a tres bandas.

Las imágenes del presente artículo corresponden con ediciones en inglés o francés de las aventuras de Jerôme K. Jerôme Bloche, pero pertenecen a los álbumes comentados


En 2011 la editorial independiente Kraken -editora de Garfield, El pequeño Spirou, Popeye o el Lucky Luke de (y post) Morris– quiso rescatar los dos primeros cómics de la serie Jerôme K. Jerôme Bloche, La sombra asesina y Los seres de papel, en un único volumen integral. La apuesta tenía sentido, pues la serie, con veintisiete números ya (desde 2007 a razón de uno cada dos años), es un fenómeno de culto en Francia. Labrada en el prestigioso semanario Spirou en 1982, ha sido avalada en el prestigioso certamen de Angoulême (2010) y ha tenido también el honor de formar parte de una suerte de vestíbulo de la fama en la estación Janson, del metro de la ciudad belga de Charleroi, enteramente decorada con personajes del noveno arte. El respeto del que goza su autor principal, y casi solitario, Alain Dodier (1955), se debe a estas aventuras. No obstante, quizás la mención del nombre Jerôme K. Jerôme Bloche haya dejado indiferente o frío al lector en español. Si así fue, ya tiene una explicación del porqué hoy en día el volumen integral de Kraken es una reliquia para coleccionistas.

El fallido esfuerzo de Kraken, no obstante, no constituye una primicia: entre 1990 y 1991 los cinco primeros álbumes de la saga —a los dos mencionados hay que añadir Así en la vida como en la muerte, Pretérito definido y Juego a tres bandas— fueron publicados por Anaya. Salieron en ediciones cuidadas, bien traducidas —por Francisco Pérez Navarro— y editadas, y con una encuadernación en cartoné que las preserva con estupenda salud de los embates del tiempo, algo que no pueden decir muchos libros actualmente. Fueron una pequeña parte de una estrategia editorial bilingüe (en castellano y gallego) de Antoni Guiral, entonces editor de Barcanova, una de las ramas juveniles e infantiles de Anaya.

Guiral es hoy aclamado como experto en la historia de la editorial Bruguera y de sus personajes más célebres; guarda palabras de cariño hacia aquella iniciativa editorial cuando le preguntamos desde Fabulantes: “Escogí la serie porque me parece una delicia, en todos los sentidos. Por el sentido del ritmo, por el elegante dibujo, por esa mezcla entre cotidianidad y saga policíaca, una maravilla a todos los niveles”. Guiral intentó darla a conocer al igual que Gill y Georges, Franka o Los Centauros, antes de que Anaya pusiera fin al periplo de Jerôme K. Jerôme por falta de ventas. No deja de ser paradójico que fuese la economía la que sepultara las esperanzas de Jerôme K. Jerôme Bloche por abarcar nuevos mercados, toda vez que el dinero casi nunca es el móvil principal de los crímenes —al menos de los que tenemos noticias— que le toca investigar.

Página de Los seres de papel (1985): el notario Edmond Poussin encarga una investigación a Jerôme. Es una de las tres aventuras del detective —junto con La sombra asesina y Juego a tres bandas— en que se reflexiona sobre el oficio del investigador privado

El detective niño o el investigador improbable

Porque sí, Jerôme K. Jerôme es un detective privado. Posiblemente, uno de los más icónicos del cómic, y seguramente el más reconocible por sus contrastes: ataviado con una larga gabardina beis, al estilo Colombo, con un sombrero a lo Bogart, y un look trendy en el que se combina lo juvenil con lo informal (camisa con o sin corbata, pantalones vaqueros marrones y deportivas blancas), de aspecto aniñado gracias a unas gafas de montura redonda que le confieren un aire despistado y cándido, es el ejemplo del investigador improbable. Su fisonomía le ayuda a pillar con la guardia baja a los criminales. De hecho, en las amenazas de éstos subyace un cierto fondo de ternura: el tono que emplean para dirigirse a él es condescendiente, el mismo que usarían para dirigirse a un niño travieso que ha ido demasiado lejos. Pero la condescencia con que lo reprueban o riñen no deja de estar cargada de estupefacción, como se percibe, por ejemplo, en el sorprendido elogio del asesino de Los seres de papel: “Es usted un detective del montón, señor Bloche, pero no carece de talento”.

Ese aura de ingenuidad hace que el lector se encariñe inmediatamente de Jerôme K. Jerôme Bloche, así como que no tarde en descubrir, con la misma estupefacción de los criminales de estos cómics, que es la clave de su imbatibilidad. Los mejores héroes lo son por su carisma y no por sus gestas. Y de carisma Jerôme K. Jerôme Bloche anda sobrado, a pesar de sus muchas desventajas.

El gris es la tonalidad dominante en Pretérito definido (1986), cuyo argumento se centra en las mentiras del pasado de un patrón pesquero y su esposa en la isla de Saint-Mathieu, en el departamento de Finisterre (Francia). La narración avanza entre fotografías en color sepia y cartas amenazadoras

Para ser un héroe es preciso tener un nombre que la posteridad recuerde y sepa pronunciar; este detective privado no puede aportarlo como credencial para la gloria, por muy retumbante que resuene. El germen del nombre, que posiblemente se aclare en la ficción en títulos que no conocemos, se debe a la pasión de Dodier por el escritor humorístico decimonónico homónimo, autor del clásico Tres hombres en una barca (1889; edición en castellano de Blackie Books, 2015). En el manual de pasos a dar para alcanzar la eternidad tampoco está bien visto ser aprensivo, y aquí, nuevamente, la candidatura del detective Bloche sufre serios reveses: tiene un “miedo enfermizo y morboso” a la oscuridad, como reconoce en La sombra asesina; es claustrofóbico y posee una “terrible […] aversión enfermiza a todos los medios de transporte: avión, barco, coche…” (Juego a tres bandas), a pesar de que su novia Babette sea azafata de vuelo. Jerôme K. Jerôme Bloche prioriza los paseos a pie a la velocidad de un motor, en los que mientras tanto va juntando las piezas de los enigmas (Los seres de papel o Así en la vida como en la muerte). Si tiene que desplazarse de verdad, prefiere hacerlo en su bicicleta Solex.

Jerôme K. Jerôme Bloche es un niño grande. A sus 20 años reconocidos (en La sombra asesina), colecciona sirenas de coches de policía, traduce novelas policíacas y lee sesudos tratados de criminología que nunca terminará, por sus efectos narcóticos. A veces duerme en el tiovivo del señor Josine, en el parque, cuando ha olvidado las llaves de casa (que es casi siempre: no entra por la puerta, sino por la ventana de su húmeda buhardilla), y el detalle nos sirve para vislumbrar un pedazo de su infancia. A veces las insinuaciones sobre su pasado refuerzan su aura; en ocasiones, son los comentarios de sus parientes de Bergués los que dan claridad al retrato. Su tío Sebastièn, personaje central de Así en la vida como en la muerte, comentará con ironía “la personal interpretación de la puntualidad” del sobrino en un momento de dicho cómic.

Portada de Juego a tres bandas (1987), la historia que examina los orígenes de Jerôme. Su madre será la protagonista ausente de esta historia, a caballo entre París, Bergués y Londres

Lo bucólico y lo policíaco

Si estamos hablando de Jerôme K. Jerôme como si se tratara de un amigo al que admiramos es gracias al magnífico trabajo de caracterización de Dodier y de sus colaboradores de los tres primeros álbumes, Serge Le Tendre (habitual de Loisel) y Makyo (seudónimo de Pierre Fournier). El primero participará en los dos primeros y el segundo desaparecerá tras Así en la vida como en la muerte; ignoramos qué grado de implicación tuvieron, ya que las historias que no llevan su firma son igualmente buenas, pero sospechamos que debieron de dejar una huella profunda. Sea cual fuere, los secundarios de Jerôme K. Jerôme Bloche viven con una amplia gama de matices en apenas pocas viñetas. Valga como ejemplo los seres de papel del título homónimo, o los pobres diablos atormentados de Pretérito definido, esclavos de la endogamia de un espacio y de un pasado común y hasta corriente.

No obstante, lo que más atrapa de los álbumes de Jerôme K. Jerôme son dos aspectos casi míticos. El primero es esa cotidianidad apuntada por Guiral: las historias se ambientan en escenarios semi-bucólicos, en los que de pronto irrumpe el crimen, como la comunidad pesquera de Port-Lesco (Pretérito definido), el pueblecito de Bergués o ese castillo de La Rochelle de Los seres de papel que tan machaconamente remite a la isla de los diez negritos de Agatha Christie. En estos ambientes, la vida se desenvuelve a pesar de los traumas. Florece e incluso a veces —en el tercero de los álbumes, una emulación en clave policíaca del mito de Frankenstein— se niega a marchitarse. Los lugares de las tramas tienen el regusto del déjà vu, de lo reconocible. Los sujetos podrían ser el vecino de al lado, o el parroquiano del bar de la esquina. Las reacciones son perfectamente acordes con las nuestras en situaciones similares, sobre todo cuando somos pillados in fraganti en el momento más incómodo o inoportuno. En este contexto, es inevitable no comprender las motivaciones de las némesis del detective Bloche. Sus móviles son mucho más profundos que la pueril “guerra civil por la propiedad” (según atinada expresión del especialista Manuel Valle en su ensayo Agatha Christie. Historias sin historia de la naturaleza humana, La Vela, 2006) que caracteriza a los asesinos avaros de Agatha Christie, a pesar de compartir con ellos cierto sedimento campestre. Así, los criminales se mueven por despecho, envidia, orgullo o simple afán de reivindicación.

Fragmento de La sombra asesina (1985). Presentación del personaje y sus particulares hábitos domésticos. Jerôme convierte en aventura el cotidiano hecho de entrar en casa. El estilo de Dodier aún estaba puliéndose

El segundo aspecto es motivo de alegría. Las aventuras de Jerôme K. Jerôme son celebraciones del género policíaco, homenajes a todos los investigadores que han hecho posible a Bloche y a todas las gradaciones de esta especie literaria y cinematográfica. Hay en ellas espacio para los whodunits, o enigmas de habitación cerrada, pero también para los hard-boileds, o historias más duras y violentas. Pero sobre todo lo que rezuman es agradecimiento: hacia Boileau y Narcejac, la dupla que cautivó a Hitchcock y que se repartía tareas de escritura y concepción de atmósferas (el guiño es evidente en Los seres de papel); hacia Clouzot, mago también él del suspense y de la intriga (pagó los derechos de Las diabólicas antes que Hitchock), cuyo El cuervo se homenajea de forma rotunda en toda la venenosa trama de anónimos de Así en la vida como en la muerte; hacia Simenon y Leo Mallet en su cartografía de París y de la vida de provincias (y de Corte de los Milagros) francesa. Hacia Agatha Christie, por su conocimiento de la naturaleza humana, aunque aquí subyazca un poso más esperanzador que en la abundante obra de la escritora de Torquay. Hacia Colombo, por la entrañable y despistada apostura de Bloche, y por lo que tienen sus triunfos de justicia poética, al ser victorias de la inteligencia y la perseverancia ante el desprecio de aquellos que se creen superiores a ti. Y sobre todo, es un homenaje hacia Bogart, el favorito de Dodier, y toda la literatura y el cine negro.

Verdaderamente, todo lo apuntado es mucho decir con tan pocos elementos de juicio, máxime cuando nos sobran tantas estampas para hacernos una correcta impresión de conjunto. Pero es suficiente para reclamar, de una manera absolutamente insólita en Fabulantes, el regreso de Jerôme K. Jerôme Bloche a nuestros catálogos. Quizás sea un detective con talento, pero dista muchísimo de serlo del montón. Como los héroes.

Así en la vida como en la muerte (1986), una aventura de esperanzas frustradas y de culpas a expirar, a medio camino entre Frankenstein y El fantasma de la ópera. La portada de Anaya mejora, en tonalidades cromáticas, a la original