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Si el efecto que buscaba era el de dar miedo, la portada de Berserkr lo consigue, junto con no pocas dosis de repugnancia.

En El libro de los hombres lobo. Información sobre una superstición terrible (Valdemar, 2004) se ofrece una definición de la palabra berserkr: “[…] Atribuida a un hombre poseído por fuerzas sobrenaturales, y sujeto a accesos de furor diabólico, se aplicaba originariamente a uno de esos valientes campeones que salían cubiertos con pieles de oso, o con túnicas hechas con piel de oso” (página 50). La curiosidad de su autor, Sabine Baring-Gould, antropólogo absurdo al estilo decimonónico, pastor protestante, teólogo y coleccionista de cuentos populares y de folclore, convierte al guerrero alienado de las sagas nórdicas en uno de los embriones de la mitología sobre los licántropos. La propia definición explicita los rasgos que se les atribuyen: transformismo, locura, pérdida de voluntad, frenesí, compulsión. Un poco más adelante, afirmará además que es “objeto de aversión y terror entre los pacíficos pobladores del país”. El berserkr es, por tanto, un monstruo con potencial inmisericordemente desaprovechado por la literatura de miedo. Ignoramos si Tim Lebbon leyó este pasaje, o el libro completo del guía de almas británico, pero sí podemos asegurar que supo sacarle partido a tan jugosa premisa en Berserk (edición original de 2006; traducido al castellano en 2013).

Lebbon, londinense de pura cepa (añada 1969), es un escritor muy prolífico y, según La Factoría de Ideas, su editora en castellano, también “codiciado conferenciante”. Su obra alcanza ya los 30 títulos, distantes en la medida de lo posible de los convencionalismos del género terrorífico. Tanto es así que redactó la novelización de La cabaña en el bosque (The Cabin in the Woods, Drew Goddard, 2012) la película más inclasificable, desmitificadora, sorprendente, y cualitativamente superior que ha dado el terror fílmico en los últimos lustros. Ganador de innumerables galardones y reconocimientos, Lebbon entiende de construcción narrativa, como acredita su desempeño del ocasional cargo de profesor de escritura creativa, reservado tradicionalmente a autores con espíritu de cuentacuentos.

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Si hay una película de Terror de los últimos años que merezca ser vista, ésa es The Cabin in the Woods. Empieza como una matanza adolescente y termina de manera sorprendente e inteligente.

Su monstruo berserkr (o berserk) es un cruce entre licántropo (sólo puede ser herido por balas de plata) y vampiro (la sangre le revigoriza) con poderes telepáticos, furia asesina y reflejos inhumanos. Lebbon utiliza esta amalgama de elementos prestados como si fueran nuevos. Lo logra porque más que con una idea, trabaja a partir de una idealización, que es lo que hace que el libro funcione muy bien en primera y última instancia. Es decir, mientras el bersekr es una aterradora leyenda de pesadillas susurradas, la novela cumple perfectamente como producto terrorífico. Cunde la impresión de que cuando Lebbon escribe teniendo muy presente la imagen del mito, interiorizada y aprendida, sabe cómo llevar la historia y producir congoja. Como mito, el berskr da miedo; como presencia, despierta simple curiosidad, primero, y una cierta hilaridad después. Quizás porque no es más que una niña.

Comparemos momentos: Tom Roberts, músico frustrado de cincuenta y tantos, gris oficinista, feliz en su matrimonio con Jo, sangra de tristeza por la muerte presuntamente accidental durante unas maniobras militares de su hijo Steven, paracaidista. El vacío dejado por el hijo muerto ha ido llenándose con el mutuo cariño que se profesa el matrimonio Roberts. No obstante, la pérdida no deja sólo secuelas sino también hábitos. Y uno de ellos empuja a Tom regularmente al pub. Una tarde en que se ha retrasado más de lo debido, capta sin querer algo que jamás debió escuchar. Dos militares hablan de Porton Down, el laboratorio cercano a Salisbury, la zona en la que se produjo el accidente mortal de Steven y otras catorce personas más. Visiblemente interesado, agudiza el oído, y entonces se sobresalta. El más histérico de los dos confidentes ha espetado tres palabras que, aunque apenas masculladas, suenan amplificadas: “Allí tenían monstruos”. Excelente gancho para contener el aliento.

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A la hora de escribir sobre horrores y pesadillas, Tim Lebbon no abandona la sonrisa pícara.

Empieza así la “parte afortunada”, la que parece milimétricamente planificada e imaginada, de la novela: Tom, devastado por las dudas, logra entrevistarse con el militar nervioso, un tal Nathan King, quien no tarda en confesarle que quince familias recibieron quince ataúdes vacíos, puesto que los cadáveres aún están enterrados en la zona del “accidente”. King lo sabe muy bien porque fue él quien los enterró: buscando redención y conjurar fantasmas, da datos precisos a Tom, y le espolea a realizar una exhumación clandestina y peligrosa. Pretextando la celebración del inminente aniversario de la tragedia, Tom, luego de separarse de Jo, procede a hacer exactamente lo que King, ya cadáver por su indiscreción, le sugirió hacer. Ajeno a una amenaza que le acecha, en forma de ex militar obsesionado, o cruzado fanático, llamado Cole, Tom va desenterrando cadáveres que tienen poco o ningún aspecto de haber fallecido en fatídicas maniobras. La tensión alcanza su punto álgido cuando se topa con cuatro cuerpos unidos por una cadena, tres decapitados, el último aparentemente intacto. Cuando éste le habla con la voz debilitada de una niña pequeña, los latidos del corazón se aceleran por última vez en la novela. Han transcurrido aproximadamente cuatro capítulos y más de setenta páginas.

Lebbon ha dado tanto de sí mismo en la construcción de la angustia de Tom y de una atmósfera truculenta que, a partir de ese instante, parece desinflarse progresivamente. Berserk se transforma en una especie de partida de tenis o de frontón entre dos bandos: Tom y la niña Natascha, de un lado, y Cole, el perseguidor implacable, del otro. El escritor londinense abusa demasiado de los poderes telepáticos de Natascha, se detiene mucho en describir cómo ésta moldea pensamientos a voluntad, e incide con fruición en la persecución por carretera. Prácticamente toda la novela se convierte en una road movie violenta, cuajada de tiros, de odio, de errores garrafales. Como en The Cabin in the Woods, la trama toma otro derrotero que se aproxima a la parodia. Cole y Tom podrían ser perfectos personajes de Tim Powers por sus martirios: Lebbon se ceba con ellos con crueldad, hace que reciban disparos, sean atropellados, estén a punto de morir y se mantengan en pie por simple tozudez. Tom debe saber qué ha sido de Steve; Cole quiere zanjar lo que tiempo atrás dejo inconcluso. Ninguno representa ni Bien ni Mal sino el servicio ferviente a una causa. Entre medias de ambos, humanizados y simpáticos por sus desgracias y patanerías, se yergue un monstruo desamparado, desvestido de todos sus adornos monstruosos.

Así pues, Lebbon empieza escribiendo un libro de terror y luego, en un giro encomiable, termina por imponerle un tono sarcástico, satírico, que tiene todo el aspecto de ser más bien una introducción a un posible universo bersekr que podría desarrollarse en nuevas novelas, de las que aún no hay noticias. Quizás el género esté ahora mismo abocado a la parodia para sobrevivir. Sorprendente estado de las cosas: más que un abismo, del terror a la farsa apenas media una grieta.