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Ilustración de Michael Komarck para la edición de Los Jardines de la Luna de 2008, publicada por Subterranean Press

No hay largo viaje que no impresione al viajero. Desde su planificación, afrontar el transcurrir por cada una de las distintas etapas ha acongojado hasta a los más valientes. Por eso, resulta habitual encontrarse con citas o frases o refranes relativos al aliento y la audacia siempre necesarios para dar el primer paso ante estos retos. Algo similar ocurre en la literatura cuando se trata, como en este caso, de sagas largas ambientadas, por si fuera poco, en universos fantásticos extraordinariamente detallados. El lector debe mentalizarse bien antes de adentrarse en las páginas de la que es, con pocas dudas, una de las sagas de fantasía mágica y épica más apasionantes de las últimas décadas. El camino no es sencillo, aunque el viaje sí merece muy mucho la pena. Algo en lo que coincidimos con Steven Erikson (de nombre real Steve Rune Lundin; Toronto, Canadá, 1959) quien, ni corto ni perezoso, dedica el “prólogo revisado a Los Jardines de la Luna” a hacer hincapié justo en esta advertencia.

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La Factoría de Ideas ha respetado la portada de Los jardines de la luna, que guarda ciertas concomitancias con la saga “La torre oscura” de Stephen King.

La esencia de la amplitud creativa de esta saga la encontramos en los orígenes de Malaz. Steve Erikson e Ian C. Eslemont eran dos aficionados a los juegos de rol que, con una imaginación desbordante e ideas a cascoporro, decidieron un día dar un paso al frente y crear, desde la nada, su propio universo fantástico. Partieron del Generic Universal RolePlaying System (GURPS), sistema de juego genérico para el desarrollo de partidas y la creación de historias de rol a partir del cual se diseñan los planos de construcción de edificios, los mapas de territorios y zonas y ciudades, o las fichas de diseño de personajes, además de otros muchos materiales. Un trabajo ingente que quisieron rentabilizar convirtiendo la historia en un guión cinematográfico pero que, en un Hollywood todavía escéptico respecto a la fantasía épica, y ajeno a la explosión que años después daría a partir de la adaptación de El señor de los anillos, pasó sin pena ni gloria por no pocos estudios. Por cosas de la vida, el dúo se distanció y la idea se enfrió un tanto, aunque para ambos permanecerá siempre latente la intención de sacar provecho a una historia diseñada desde la pasión por la fantasía.

El universo vuelve a presentar una nueva oportunidad cuando, en 1996, tiene lugar una feliz coincidencia. Mientras en Hollywood el director Peter Jackson anuncia su intención de adaptar la afamada trilogía de J.R.R. Tolkien al cine, en las librerías triunfa en ventas Juego de tronos el primer volumen de la serie Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin. La fantasía conseguía por fin montar la ola de la cultura de masas. Aquella intuición de años atrás cobraba visos de realidad y ahora, aunque cada uno por su lado, Erikson y Eslemont tenían la oportunidad de dotar al universo de Malaz de una nueva merecida vida. El primero en llegar a las librerías, con la mayor ambición por trasladar al papel el amplísimo universo que habían creado años atrás, fue Steve Erikson, con la primera novela de esta serie: Los jardines de la Luna se publicó en 1999.

En España la saga tuvo alguna dificultad inicial para llegar a los lectores. Los derechos y la publicación fueron inicialmente de Timun Mas y de Planeta, quienes querían rentabilizar tanto la serie que, en una controvertida decisión editorial, partían los tomos originales en dos. Los lectores sancionaron esta decisión e, incluso, llegó a existir algún encontronazo por lo que se consideraba, sobre todo en la blogosfera, una falta de respeto a la obra y al lector. Tal fue la dimensión del revuelo que, sobre todo para beneficio de los lectores, Timun Mas se vio impelida a desistir de su publicación y ceder los derechos a otra editorial capaz, esta vez sí, de rentabilizar y respetar la serie. Años más tarde la serie de Malaz se publicaba, por fin, en tomos completos, con una regularidad normalizada y con una edición capaz de satisfacer a todos, gracias al empeño de La Factoría de Ideas, editorial que publica la serie de Malaz a día de hoy para solaz de la comunidad lectora.

La pasión y el tesón de Steve Erikson e Ian C. Eslemont tienen ahora más que reconocido su mérito. Si bien aquí hablaremos, exclusivamente, de Los jardines de la luna, en posteriores entradas iremos desgranando también los demás tomos de esta inmensa serie de fantasía.

El primer volumen presenta las bases de un universo creativo amplio, lleno de matices y de personajes, en poco menos de quinientas páginas. El Universo de Malaz se estructura en un espacio amplio e indeterminado sobre el que tienen lugar las luchas políticas entre el Imperio de Malaz y la ciudad flotante de Engendro de Luna; el primero gobernado por la emperatriz asesina Laseen y el segundo por el caballero de la Oscuridad llamado Anomander Rake. Aunque esta es la trama central, tienen lugar de forma simultánea otras disputas que la aderezan y enredan con nuevas subtramas, hilos argumentales y personajes. En especial, destaca la lucha de los dioses y sus Casas (Vida, Muerte, Luz, Oscuridad y Sombra) por el gobierno de los destinos de los mortales, y la reaparición de deidades ancestrales que siguen intentando buscar su sitio en un tiempo nuevo a través de sus Sendas Ancestrales de Poder (Kurald Galain, Omtose Phellack, Starvald Demelain y Tellann).

En Los jardines de la Luna ambos bandos ansían el control de una pieza estratégica clave: la ciudad de Darujhistan. Sabida como una pieza deseada en la guerra entre ambos bandos, los distintos grupos cívicos de la ciudad toman posiciones según sus propios intereses, primando en algunos casos la supervivencia (caso de la cábala de T’orrud: grupo de magos encabezados por el alquimista Baruk) y en otros la más pura ambición (como el grupo de ricos hacendados del concejo encabezados por Turban Orr). Cuando la amenaza es grande no se escatiman medios para la victoria, por eso cada bando teje una red de extensas estrategias y relaciones que van desde la alianza con nobles pueblos ancestrales hasta la asociación con asesinos y ladrones, desde el sabotaje mediante bombas hasta el despertar de todopoderosas amenazas hace miles de años olvidadas, desde la movilización de tropas por tierra o mar o aire hasta el envío de misteriosos guerreros de élite pertenecientes a otras especies (humanas o no humanas).

Ante una red de elementos tejida con tal densidad e intensidad, no perderse resulta un reto a tener muy cuenta. La archiconocida dificultad del primer tercio de la primera novela de la Saga de Malaz reside, precisamente, en que al no estar todavía tejida esa densa red de relaciones, es el lector quien debe poner de su parte para comprender los tejemanejes, evidentes o soterrados, que más adelante se desarrollarán y que en estas primeras páginas sientan sus bases. No obstante, confiar en que al superar el primer tercio se acaban los retos resulta una insensatez. Una vez tejida esa red, la novela usa un estilo fragmentario y un cambio rápido de personajes y espacios y tiempos para sorprendernos con escenas de alta carga emocional: poniendo frente a frente a enemigos acérrimos, sometiendo a los mejores amigos a duras pruebas de amistad o confianza, desarrollando diálogos trepidantes fruto de la tensión generada por el cinismo o la hipocresía, o llevándonos al mundo de lo onírico o a lugares de pesadilla para recibir nuevas claves interpretativas de la trama.

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Aunque no lleve un sombrero Fedora, Steven Erikson es arqueólogo. Y de paso, buen jugador de rol.

Por doquier aparece en Los jardines de la Luna la magia y el encantamiento. Osamentas que sirven para la comunicación a distancia. Monedas giratorias que funcionan a la vez de cliffhanger y de metáfora para la representación simbólica del azar y de la suerte. La ciudad voladora como elemento de ambiguo misterio, recurso conocido de antiguo para el lector español gracias a esa gran novela de Gonzalo Torrente Ballester que es La saga/fuga de JB. Dioses u otros seres poderosos con cuyas capacidades se transmutan los cuerpos, así como se intentan manipular o controlar los caminos de los hombres. Y, por supuesto, magos, magos supremos, hechiceros, alquimistas y toda la serie de profesionales de lo extraño o lo extraordinario capaces de, con un chasquido, conseguir los más sorprendentes efectos.

Una historia fantástica de hermosa profundidad y amplitud abierta también a la reflexión metafísica. Porque, al relacionarse con dioses y ancestros, los personajes de Los jardines de la Luna, al entrar la voluntad de la inmortalidad en sus existencias, fraguan los mensajes de la novela alrededor del sentido de la vida, el significado del destino o, en último término, cómo el destino se relaciona de forma complicada con el libre albedrío. Se refleja muy claramente en un momento de la novela cuando se nos dice:

En la vida aspiramos a ejercer el control, como medio de dar forma al mundo que nos rodea, búsqueda eterna y fútil por el privilegio de ser capaz de predecir la forma que adoptará nuestra existencia (pág. 354).

El intento de predecir cómo será nuestra vida, se nos dice en esta primera novela de Malaz, aun siendo consustancial a la naturaleza de nuestro ser por la aspiración a ejercer el control sobre todo, no es más que un intento vano, un imposible, una ilusión. Eso no quita que, como se ejerce en la novela sobre el capitán Ganoes Paran o sobre Apsalar –antes conocida como Lástima-, los dioses u otras entidades no puedan controlar o influir sobre lo que nos pasa. Aquí es donde las nociones de “suerte”, “azar” –nombre de la espada de Paran, “destino” o “libre albedrío”- se cruzan las unas con las otras, chocando en los márgenes de la ilusión de control que ejercemos inconscientemente en todo momento. Una reflexión a la que invita la novela en todo momento, con pasajes excepcionalmente centrados en esta vía metafísica.

La complejidad del universo de Malaz se diseña sobre los detalles. Los jardines de la Luna exige una lectura atenta y reposada para conseguir que nada se escape. Porque lo difícil es, precisamente, evitar que algún detalle se escape. Entre la densa urdimbre de tramas y subtramas, los muchos personajes que existen y se cruzan en constantes vueltas del destino o del azar o de la libre elección, o de las muchas implicaciones que para otros personajes tienen las acciones de los demás, hacen que impere un mapa de relaciones de alta densidad. De ahí que esta novela nos parezca un sublime ejemplo de fantasía no apta para públicos poco exigentes y poco comprometidos. La dedicación requerida por este texto está a la altura del mucho y excelente entretenimiento que proporciona. No en vano, es una de las mejores novelas de la saga y, por extensión a la alta calidad de la saga, una de las mejores novelas fantásticas publicadas en las últimas décadas (estuvo nominada al Premio Mundial de Fantasía en 2000).

Si se decide a empezar este largo viaje, ésta es una de las mejores formas de cómo dar los primeros pasos. Sublime.