Apocalíptica novela en la que Nueva York se transforma en “Ciudad Refugio” y en donde se persigue a todo aquel que piensa distinto. Con Staten Island, el escritor de orígenes armenios Arthur Nersesian crea una realidad paralela un tanto caótica y acrítica.

Ir andando hasta Suthpin Boulevard. Coger el autobús Q28 hasta Fulton Street, cambiar al B17 e ir hasta East Village, en Manhattan. Esperar frente a la puerta de Cooper Union a que llegue Dropt. Dispararle una sola vez, en la cabeza. Entonces coger un taxi, volver al aeropuerto y coger el siguiente vuelo.

Esta letanía se repite una y otra vez en la mente de Uli, el protagonista que se despierta en la parada de un autobús sin saber quién es, ni de dónde viene. Padece amnesia y sólo sabe una cosa: las instrucciones para matar a Dropt que resuenan ininterrumpidamente en su cabeza. Así empieza Staten Island (Alpha Decay, 2007), la apocalíptica y futurista novela de Arthur Nersesian (Nueva York, 1958), autor estadounidense de origen armenio que recibió el Anahid Literary Prize for Armenian Literature por Unlubricated (2004).

Tras despertarse, Uli intentará averiguar quién es, de dónde viene y dónde se encuentra. Su viaje se convertirá en una pesadilla extrema y arrebatadora por los cinco distritos de Nueva York. A lo largo del camino se topará con los personajes más disparatados: políticos, guías espirituales, hippies… a través de los cuales irá reconstruyendo una realidad que le resulta completamente ajena e incomprensible. Es el otoño de 1980 en Nueva York. En poco tiempo, Uli descubrirá que esta infernal y caótica ciudad no es la Gran Manzana que él conocía, sino algo muy parecido que todo el mundo llama “Ciudad refugio”. Una copia del original reconstruida en el desierto de Nevada, inicialmente como campo de pruebas para el ejército, luego como campo de refugiados y finalmente como “prisión” para terroristas, disidentes, enemigos políticos y toda clase de opositores a la Guerra de Vietnam.

Foggy Manhattan, Fotografía de Vistale

Cuando el protagonista llega a Ciudad refugio se encuentra con un clima de tensión política extrema. Se acercan las elecciones y los dos partidos principales luchan a golpes de bombas y proyectiles para asegurarse el poder. En un sistema político bipartidista encontramos a los “Puteros”, similares a los republicanos, y a los “Cagaos”, que podrían identificarse con los demócratas. El distrito de Staten Island resultará ser la clave para inclinar las balanzas a favor de uno u otro. Uli se verá implicado en esta lucha de poder mientras intenta cumplir con su misión, primero, y encontrar una vía de escape, después.

En Staten Island nada es lo que parece: el personaje principal debería ser el protagonista pero no tiene protagonismo, no es un héroe ni un anti-héroe, es simplemente un hombre con amnesia y una misión por cumplir; Nueva York no es la Gran Manzana, sino una reproducción a escala de la ciudad en medio del desierto de Nevada. Ciudad refugio resulta ser una inquietante realidad paralela que se distingue de la urbe original, entre otras cosas, por su caos apocalíptico y por la que el narrador llama “protesta léxica”: todos los edificios símbolo de la Nueva York real adquieren nuevos nombres como el “Roca fea Center” (Rockfeller Center), “Union escote” (Union Square) o “Me pide bistec building” (Empire State Building).

Edición de Alpha Decay

¿Una crítica construida sobre lo absurdo y la ridiculez o un puro juego lexical? Me gustaría preguntárselo a su creador.

El autor norteamericano nos pone delante de una distopía post-apocalíptica, un mundo paralelo aparentemente igual al que conocemos pero del cual no hay manera de escaparse. Una distopía que nos despierta preguntas como: ¿qué pasaría si todos los “residuos” de la sociedad y los “rebeldes” fueran enviados a un lugar construido exclusivamente para aislarlos del resto de la humanidad? ¿Qué sucedería si la violencia fuera un acto justificado en cualquier situación? ¿Y si la tecnología fuera capaz de borrar nuestra memoria e inculcarnos en la mente una sola y única orden por llevar al cabo? O… ¿si fuera capaz de reducir a cero nuestras capacidades intelectuales básicas y en cambio nos hiciera capaces de predecir el futuro? Con Staten Island, Arthur Nersesian nos invita a reflexionar sobre muchos temas de un posible futuro (ambientado en el pasado 1980), lamentablemente sin dejarnos un punto de vista, una crítica clara y coherente de todo ello.

Es fácil encontrar en Staten Island influencias como las de Philip K. Dick, George Orwell o J.G. Ballard; sin embargo, aunque se trate de una novela, en parte, original y entretenida, carece de la ingeniosidad y la solidez estructural y narrativa de novelas como 1984 o El rascacielos. El personaje principal, Uli, es completamente llano, no tiene personalidad, impulsos o ideas políticas. Ni siquiera la amnesia que padece llega a justificar esta carencia “sustancial” del protagonista, cuyo único objetivo parece ser huir de la extraña Nueva York en la que se ha despertado. El narrador (y con él el lector) sigue sus pasos, y, como un reportero objetivo e inmune a los hechos, nos cuenta asépticamente lo que pasa alrededor de Uli durante esa semana otoñal de 1980. Una sucesión de escenas y personajes, más o menos peculiares, pasan delante de los ojos de este narrador pasivo.

La trama se desenlaza de forma caótica entre rivalidades políticas, atentados con coches bomba, conciertos, instituciones caritativas, cartillas de racionamiento y experimentos neurológicos. Quizás la mayor debilidad de Staten Island es la falta de una crítica coherente de los distintos temas que abarca, tratados lamentablemente sólo de manera superficial: los problemas de un sistema político bipartidista, las nuevas tecnologías, el terrorismo, el control violento de las masas, la falta de humanidad… Por otro lado, un punto a favor de Staten Island es la capacidad del autor de reproducir los distintos distritos de Nueva York, que seguramente impresionará a los que conocen detenidamente la Gran Manzana y sus detalles geográficos. Para bien o para mal, Staten Island es una novela que no dejará a nadie indiferente.

Arthur Nersesian