Die wilde jagd, óleo de Franz von Stuck (1863-1928)

Los tres impostores (1895) es una de las novelas más influyentes y desconocidas del galés Arthur Machen. Adelantada en años al horror cósmico, y con una estructura de celdas (una serie de relatos unidos por un argumento común que los vuelve siniestros), ya mostraba ese interés por una realidad macheniana ajena a nuestro mundo, arcana e inmisericorde.

Borges lo incluyó entre sus libros favoritos. Quizá por su estructura laberíntica, su lenguaje stevensoniano o por el misterio encriptado, como la piel moteada de un jaguar, que parecen esconder algunas de sus páginas. Y sin embargo, Los tres impostores (Alianza Editorial, 2003)), de Arthur Machen, es una de las obras más desconocidas de la literatura de terror, a pesar de su carácter pionero al introducir el género del horror cósmico ya a finales del siglo XIX, y de su influencia en autores como H. P. Lovecraft, Robert E. Howard, Ramsey Campbell, Stephen King o Thomas Ligotti.

Imaginen un relato en espiral, donde la entrada está en la salida y la salida en la entrada, y donde existen distintas dimensiones de lectura que se entrecruzan, al mejor estilo borgiano, y llevan a un abominable desenlace. Imaginen sombras que se entrecruzan persiguiéndose en Londres, “la ciudad vaga e inmensa entre los velos de niebla”, y, a la manera de unas modernas Mil y una noches, esconden sus secretos en un segundo nivel de relatos. Imaginen un mundo perverso que corre paralelo al que consideramos como real y que perturba todas las leyes de la razón, al corromper la propia esencia del ser humano. Todo ello, además, envuelto en una atmósfera inquietante y opresiva que recuerda al mejor Lovecraft, aunque en realidad sería éste quien habría de recalar, décadas después, en tan insanos puertos.

Cubierta de la edición de Ballantine Books

El autor galés Arthur Machen (1863-1947) publicó Los tres impostores en 1895 en la editorial The Bodley Heads. Esta novela corta, integrada por varios episodios y fábulas de posible lectura independiente, recibió un segundo gran empujón en los años setenta del siglo pasado, cuando se revigorizó la lectura de los autores del género fantástico y de terror de la primera mitad de siglo de manos de la editorial Ballantine Books, que la incluyó en su serie Ballantine Adult Fantasy. Machen ocupa un lugar especial en el panteón de los escritores del género por esta obra y por otros destacados trabajos, como El gran dios Pan (1894), La pirámide luminosa (1895), El pueblo blanco (1904) o El terror (1917), referentes de una transformación en la literatura de horror que vio su punto de inflexión en el cambio de siglo y en las primeras décadas del siglo XX.

Entonces, al igual que en los años setenta, Los tres impostores fue considerada como una obra muy especial, tanto por su estructura, como por la temática que adelantaba. Sin romper definitivamente con el aún vigente estilo gótico del terror victoriano, Machen introducía el horror cósmico y esa visión materialista del origen del miedo, aderezado con un marcado ambiente ocultista.

Faltaban aún cuatro años para que ingresara en la orden hermética de la Golden Dawn, a la muerte de su esposa, pero en Los tres impostores ya mostraba ese interés por una realidad ajena a nuestro mundo, arcana e inmisericorde, que algunos conjurados pretenden recuperar de lo más oscuro del ser humano por medio de horrendas transmutaciones.

En este sentido, y también en el trágico y oscuro manierismo de las historias narradas y sus antihéroes protagonistas, se advierte la influencia de Robert Louis Stevenson y su “estilo desenvuelto”, como diría Lovecraft. El autor de La isla del tesoro había publicado años antes, en 1886, El extraño caso de el doctor Jekyll y el señor Hyde. En uno de los relatos que configuran Los tres impostores, el titulado “La novela del polvo blanco” se advierte ese paralelismo con esta obra de Stevenson y antecede en unas décadas a algunos de los mejores relatos del propio Lovecraft, aquellos en los que se cuenta cómo la materia humana puede ser modificada por sustancias químicas o por conjuros que, en realidad, son simples llaves a la entrada de espantosas entidades, tan viejas como el universo y hostiles a la propia razón. Al igual que le ocurría al pobre doctor Jekyll, aunque si cabe con consecuencias más terribles, el joven Leycester de “La novela del polvo blanco” veía como, “merced al poder del vino embrujado, a unos cuantos gramos del polvo blanco, la casa de la vida se partía en dos, se deshacía la trinidad humana y el gusano que no muere, sino que aguarda dormido en cada uno de nosotros, se convertía en algo tangible y exterior, recubierto de una vestidura de carne. A la medianoche se repetía y representaba la caída original, y volvía a manifestarse el misterio velado en el mito del árbol del Paraíso”.

“La novela del polvo blanco” es uno de los textos de Machen preferidos por los antologistas de relatos de terror bajo el título de “Vinum Sabbati”. Aunque es una de las piedras angulares para entender el cuerpo literario de Los tres impostores, este relato corto puede ser leído independientemente sin que pierda un ápice de su fuerza. Lovecraft señaló que este cuento “se aproxima a la culminación absoluta del horror repulsivo”. El español Rafael Llopis lo incluyó en Los mitos de Cthulhu (Alianza Editorial, 1969), esa antología que nos introdujo a muchos en la obra no sólo de Lovecraft y Machen, sino de los principales autores de los llamados Weird Tales y sus continuadores, buena parte de ellos también bajo los parámetros del horror cósmico como eje de sus textos. En su relato “Aire frío”, algunos críticos han querido ver la inspiración de Edgar Allan Poe y El caso del señor Valdemar, pero la clara influencia proviene de “La novela del polvo blanco” y el proceso de transformación y corrupción de la carne del joven Leycester por la ingesta de ese polvo maldito para dar lugar a algo mucho más horrendo, pútrido y gelatinoso, que desploma los fundamentos del darwinismo y convierte en falaces balbuceos el proceso evolutivo.

Sisxtystone. Ilustración de Marcela Bolívar

Sobre el autor de Los tres impostores, Llopis señala en el prólogo de Los mitos de Cthulhu que Machen comprendió pronto la necesidad de “revisar a fondo el cuento de miedo”. Se trataba de dejar de lado las fantasmagorías y otros ingredientes que habían aportado el romanticismo y la literatura de terror gótico, y acudir a lo más “recóndito” del ser humano, a ese “gusano” interior que Machen saca a la luz y que autores como Bram Stoker, W. H. Hodgson o el propio Lovecraft convertirán en la esencia de la literatura de horror. Estos escritores y otros, según Llopis, siguieron a Machen “por debajo de los terrores más superficiales y banales” y “descubrieron nuevos mundos – viejísimos mundos- de caos y horror”.

Machen fue también admirado por Oscar Wilde y Arthur Conan Doyle, quienes veían en el autor galés un pionero en lo que después ha venido a llamarse “psicogeografía”, esa capacidad literaria para integrar paisaje y mente, y dotar al primero de características casi humanas y capaces de modificar y conducir una historia. Llopis recuerda que Machen transmutó Londres, con sus oscuras callejuelas, cafés que apestaban a tabaco y mansiones decadentes, en un lugar inquietante y extraño. Convirtió a la ciudad “visible” que cada día se despierta con el sonido de los pasos y voces de los transeúntes, las puertas de los comercios que se abren y el traqueteo de los vehículos que la atraviesan, en un entramado de conjuras y niebla que puede albergar el horror en cualquiera de sus casas de elegancia burguesa. En la “Novela de la doncella de hierro” –otro de los episodios que reúne la obra analizada- uno de sus personajes explica esa trascendencia que adquiere la ciudad y las calles por las que transita en la madrugada: “Me encontraba en medio de una inmensidad que me hacía pensar en las tinieblas externas del universo; pasaba de lo desconocido a lo desconocido por un camino señalado por faroles como por estrellas, y a ambos lados se extendía una región misteriosa en que habitaban y dormían miríadas de seres humanos y en que las calles sucedían a las calles como hasta el final del espacio”.

The Black Queen. Ilustración de Bastien-Lecouffe-Deharme

Esta psicogeografía adquirió en Machen un significado peculiar y distinto al de otros intentos literarios, pues el autor galés no dudó en trasladar a los paisajes de su Gales natal y de otras regiones de Gran Bretaña algunos de los escenarios de sus relatos, recurriendo a esa atmósfera mítica y legendaria, céltica y romana, que aún pervivía en esas geografías. Otro de los episodios incluidos en Los tres impostores, la “Novela del Sello Negro”, transcurre en su mayor parte en uno de esos parajes, también subordinados a esa novedosa apuesta argumentativa que pone en jaque y amenaza la propia esencia humana de los protagonistas, hasta hacerlos víctimas de algo horrendo e innatural que cuestiona todos los planteamientos científicos. No es, como sucede en otros cuentos de Machen, la intuición de la pervivencia de razas ancestrales, de enanos o gnomos supervivientes de épocas prehistóricas: en la “Novela del Sello Negro” hay una amenaza más oscura, que recurre a entidades anteriores al propio ser humano y que se manifiestan con ciertos conjuros inscritos en esa arcaica “piedra de los sesenta signos”. Podríamos esperar ver a algún “primordial” extraterrestre de Lovecraft surgir de tales encantamientos, que, en realidad, son el despertar de especies arquetípicas que duermen en nosotros mismos y no deberían ser molestadas. Cuando uno lee El horror de Dunwich no puede sino comprobar la influencia que el relato de Machen tuvo sobre el maestro de Providence.

Contendiendo con estas “aventuras” de Los tres impostores, aparecen dos personajes, Dyson y Phillips, a los que recurrirá Machen en algún libro posterior. Sobre ellos se tejerá la telaraña laberíntica de la novela. Sin acabar de convertirse en protagonistas desencadenantes de la acción ni en víctimas del horror que repta por las páginas del texto, estos dos típicos ciudadanos británicos acaban descubriendo al final de la historia la trama enrevesada de la misma y sus “imposturas”, pero comprendiendo a la vez que “la vida misma se viste el manto de la coincidencia y monta una representación”. Es decir, han asistido a la tragedia casi por azar, como espectadores curiosos. Quizá como unos privilegiados entomólogos que, tras seguir las pistas que ofrecen objetos malditos y atemporales como la moneda del tiberio de oro, el polvo blanco, el sello negro o los anteojos de la que será la auténtica víctima propiciatoria de la novela, acaban advirtiendo con pavor que la mariposa que observan bajo su lupa es en realidad un monstruo protoplásmico y tentacular.

Edymion. Ilustración de Samuel Araya

Lovecraft, Machen y Los tres impostores

En su estudio El horror sobrenatural en la literatura (1927), Lovecraft consideraba a Machen como uno de los autores más “intensos” a la hora de describir “los extremos del terror puro” y uno de los creadores “que han alcanzado el mayor nivel artístico en su tratamiento del miedo cósmico”. A algunos críticos ortodoxos les parecerá, quizá, muy osada la siguiente afirmación, pero a quien haya leído al escritor de Providence y al Machen de Los tres impostores no le quedará duda de que la fuente más íntima y oscura de la que bebió Lovecraft, especialmente en sus últimas etapas, no fue la obra de Edgar Allan Poe ni mucho menos la de Lord Dunsany, sus otros dos grandes autores favoritos. Fueron los relatos de Arthur Machen, entre ellos y de forma significativa Los tres impostores, los que marcaron el antes y el después de la absoluta dedicación de Lovecraft al horror cósmico. Lovecraft descubrió a Machen en el verano de 1923 y casi un año después, en una carta fechada el 2 de febrero de 1924 y dirigida a J. C. Henneberger, editor de los Weird Tales, el autor de El caso de Charles Dexter Ward (1927-28) explica cuál era el origen de su admiración por el escritor galés: “Es el único maestro con vida, y digo maestro en el sentido completo de la palabra, que podría nombrar en este campo”, una realidad, continúa Lovecraft, “que cualquiera podría apreciar al comparar su episodio de “El polvo blanco” con cualquier otro cuento de terror conocido por esta generación”.

Años después, Lovecraft matizaría su admiración por Machen. En una carta de 1932, se muestra crítico con la imaginación de éste, que califica como “poco cósmica” y “científica”, y también manifiesta sus dudas sobre la influencia que la religión y el sentido del concepto del “pecado” tuvieron sobre el corpus macheniano. No obstante, y pese a tales observaciones, Lovecraft seguiría considerando hasta el final de sus días a Machen como uno de sus mentores literarios y el más grande de los autores del género.

Años después, Lovecraft matizaría su admiración por Machen. En una carta de 1932, se muestra crítico con la imaginación de éste, que califica como “poco cósmica” y “científica”, y también manifiesta sus dudas sobre la influencia que la religión y el sentido del concepto del “pecado” tuvieron sobre el corpus macheniano. No obstante, y pese a tales observaciones, Lovecraft seguiría considerando hasta el final de sus días a Machen como uno de sus mentores literarios y el más grande de los autores del género.

Rafael Llopis, en el prólogo de su antología Los mitos de Cthulhu, abunda en esta dirección y subraya que el escritor de Providence asimiló de Machen “los cultos de la antigüedad clásica, los afanes arqueológicos, la desintegración de la figura humana en un magma amorfo, los símbolos resplandecientes y tetradimensionales, las doctrinas esotéricas de ciertas sociedades secretas, el materialismo de explicar lo sobrenatural mediante secretos científicos hoy olvidados”. No se podría haber explicado mejor ese lazo entre los dos autores, que se refuerza tras la crisis existencial que Lovecraft tuvo a principios de los años veinte y cuya superación, apuntalada por el armazón de grandes lecturas, como las de Machen y otros, le permitiría en la década de 1927 a 1937 sacar adelante sus mejores creaciones.

Los tres impostores pone de manifiesto cada uno de esos préstamos tomados por Lovecraft de Machen, quien, además, habría de aportar un estilo fluido que en algunas ocasiones no sería capaz de repetir el autor de La llamada de Cthulhu. No obstante, los rasgos más perennes de la citada novela de Machen, como la recurrencia a cultos y saberes prohibidos, la imposibilidad de escapar al destino (el brutal final del relato pone especialmente de manifiesto este punto) o la incapacidad de la ciencia para plantar una barrera ante el horror, aparecen muy marcados en algunos de los mejores cuentos de Lovecraft, como El horror de Dunwich, El color surgido del espacio o La llamada de Cthulhu. El comienzo de este relato repleto de alusiones machenianas recuerda inmediatamente al maestro de Gales: “Vivimos en una plácida isla de ignorancia, en medio de negros mares de infinitud”, dice Lovecraft. Según avanza La llamada de Cthulhu, rememoramos una y otra vez “El sello negro” de Los tres impostores, con investigaciones sobre cultos execrables y antiquísimos grabados en piedra alusivos a un espantoso horror antediluviano.

Un terror que amenaza a la especie humana y que hace todo lo posible para surgir, desde el propio interior corrupto del hombre “iniciado” o desde el desconocido espacio exterior, y destruirla. Estamos leyendo a Lovecraft, pero al tiempo leemos al mejor Machen.