La ciencia-ficción francesa (o en francés) creció lozana y fuerte gracias a los cuidados y la buena alimentación que le dispensaron sus muchos padres. Jules Verne o Maurice Renard aportaron al género la necesaria pimienta, el enfoque atípico, el tono acovencional, que otros escritores anglosajones decimonónicos, como el fabiano H. G. Wells, no supieron o pudieron darle por culpa de los corsés y tabúes de la época victoriana. Leer hoy Veinte mil leguas de viaje submarino o Las manos de Orlac, tantas veces llevadas al cine, es recrearse en las miserias y grandezas de la humanidad, y sobre todo en sus miedos.

Verne y Renard estuvieron secundados por J. H. Rosny, nombre de guerra literario que ocultaba a los hermanos Joseph Henri y Seraphin Boex, belgas de nacimiento pero franceses de adopción. En comunión, forjaron obras de corte prehistórico, aventuras fabulosas y, cómo no, también engendraron sueños cientificistas. A partir de 1907, sus caminos se separaron y empezaron a firmar como Rosny “el mayor” (Joseph Henri) y Rosny “el menor” (Seraphin). La producción más consistente es la de Joseph Henri. La posteridad se ha encargado de insinuar que la aportación de su hermano más joven no pasó nunca del mero testimonio.

Dicen los pocos apuntes biográficos que han pervivido de J. H. Rosny que fue el autor de La guerra del fuego (convertido en filme en 1981 por Jean Jacques Annaud), La muerte de la tierra (El Nadir, 2011), o Los navegantes del Infinito. Esos mismos apuntes le atribuyen la práctica paternidad del género en Francia (toda vez que las obras de Verne entroncadas en lo científico son casi escritos de madurez cuando no obras póstumas), así como su vertiente rupturista y racionalista. Pero no sólo: Rosny fue también el primer autor (más adelante le seguirían otros, como Chelsea Quinn-Yarbro) en tratar un tipo de vampirismo “genético” en El joven vampiro, y en acuñar la palabra “astronáutica” en Los navegantes del Infinito, su obra maestra, una novela que describe de manera positiva el choque entre dos cultura alienígenas distintas. Rosny el mayor escribió además, en 1913, La fuerza misteriosa, publicada en fecha muy reciente por la editorial valenciana El Nadir.

La fecha de gestación de la novela es fundamental para comprender de qué se va a hablar en el libro. Es el año anterior al inicio de la primera gran contienda mundial, un periodo de tensa calma en el que la violencia latente impide la normal realización de la vida rutinaria. La “Europa de los Bloques” y de los grandes imperios está a punto de sumirse en una gran oscuridad que va a hacer aflorar el bestialismo y a apagar la razón. Sobre esa sinrazón va a especular Rosny en este pequeño elogio de la locura. Para el novelista, la demencia que arrastrará a la perdición al hombre se encuentra en ciertas variaciones en la calidad de la luz que conllevan cambios en los estados de las personas, y que conducen a la muerte o a un estado próximo al paroxismo salvaje. El problema es que “dada una luz, suponemos que se desdobla sin que intervenga ni la refracción ni la reflexión, ni tampoco podemos recurrir a la polarización”.

Las alteraciones, y los acontecimientos derivados de ellas, son contadas con la preocupada gravedad del científico y con una rigurosidad solemne más de párroco que de novelista. Así, el tono empleado da la falsa imagen, el efecto óptico, de estar dirigido a un público preparado y bregado en los entresijos de la llamada ciencia- ficción dura, cuando en verdad no es así: lo único que sucede es que la cadencia del libro es lenta y se centra en una explicación racionalista que termina, las más de las veces, imponiéndose al desarrollo de los hechos. Los experimentos de Georges Meyral y de Gerard Langre, pupilo y maestro, son más importantes en el libro que la tragedia humana, que es puramente coyuntural. O al menos lo parece, a juzgar por la manera distante, impersonal, “científica”, con la que el escritor la observa y analiza. El mismo tratamiento de los personajes es esquemático y se pone a las órdenes de la imperiosa necesidad de discurrir racionalmente.

Rosny se permite en ocasiones exteriorizar alguna emoción: “Execro a mis contemporáneos […] y aún así me siento avergonzado por haberme mantenido tan alejado de su drama”. En frases como ésta, una de las no tantas que pueblan la obra, se percibe una discreta militancia que es mucho más evidente en el carácter general del libro. Rosny está resaltando tanto el poder y el valor de la ciencia como la figura del “buen científico” (al igual que hará a su debido momento la ciencia-ficción filmada de los cincuenta), capitales para el desarrollo y la evolución de la humanidad. Claro que aún siguen siendo tiempos en los que está consentida la esperanza, la ingenuidad, la candidez, rasgos distintivos del género en su fase primordial. Ese brillo en los ojos, esa media sonrisa, ese ovacionado discurso ante multitudes, como el que supone la redención y consagración universal de Meyral, todo eso, es en suma el símbolo de un futuro que es posible y que no se percibe tan lejano en el horizonte.

Pero mientras se alcanza ese estado de bonanza utópica o esa mejoría al que todos tienen derecho a aspirar, el desdoblamiento de la luz -eufemismo que esconde el animalismo del ser humano y que sólo hacia el final de la novela va a cobrar espantosa y repugnante consistencia- va precipitando de forma fatídica los sucesos. Para cuando el problema deja de ser problema, la humanidad ya ha logrado lo que mejor sabe hacer: exterminarse. Ahí, en apuntar esta atrocidad, es donde la voz de Rosny alcanza su mayor fuerza e indignación.

Rosny denuncia en La fuerza misteriosa, que tanto cuesta leer a ratos, el desalmado rumbo de la historia, los peligros que cree ver en el fantasma del comunismo, en el poder de las masas descontroladas, en la ausencia de orden, en el desconcierto. En todas aquellas cosas o acciones históricas que se escapan a la comprensión o al conocimiento humano. Su prevención de científico, antiséptica, es, no obstante, vana. Porque Rosny “el mayor” olvida que la historia es una realidad circular en la que el hombre tropieza siempre en el misma piedra. Como no tardaría mucho en comprobar, por desgracia.