Monje y robot, de Becky Chambers, es un libro reflexivo, que utiliza la fábula del robot antropólogo y del monje insatisfecho e itinerante para abordar temas más filosóficos como la existencia, la identidad, la insatisfacción, la delicada tensión ecológica-humana o la inmortalidad, así como también la otredad, ya que el robot se sabe objeto, pero en su proceder, su hablar, su pensar, a veces parece profundamente humano. Es una historia de trasfondo esperanzador, que insinúa más que describe

La ilustración de la edición española es de Sofía Sanz

Actualmente, en este 2026, existe una preocupación cada vez mayor sobre qué va pasar cuando las máquinas alcancen la singularidad. Ingenieros de Meta, Google, Anthropic y otras empresas dedicadas a la inteligencia artificial exponen periódicamente los riesgos existenciales y los problemas que surgirán para la humanidad. Se llega a hablar, por ejemplo, de Moltbook, una red social para inteligencias artificiales, entre otros numerosos rumores que quieren hacer palpable una amenaza tecnológica para toda la humanidad… Frente a estos escenarios poco esperanzadores existen libros que ayudan a ver todo desde otras perspectivas, como es el caso de la bilogía Monje y Robot de Becky Chambers.

Escritas durante los años de la pandemia de coronavirus (2020-2022), ofrecen un relato carente de los conflictos tradicionales del género de la ciencia-ficción. La historia se desarrolla en dos novelas cortas: “Salmo por quienes se construyeron en la naturaleza” y “Plegaria por la timidez de los árboles”, publicadas en español en un solo volumen como Monje y Robot (Crononauta, 2023).

A medio camino entre el hopepunk y el solarpunk, esta obra tiene un profundo y bien logrado mensaje esperanzador, donde se percibe la necesidad de la autora de crear certezas en un mundo que se antoja caótico y desalentador; de ahí que la historia se inicie con la insatisfacción existencial de Dex, que le lleva a cambiar de vocación y vida, para convertirse en otro tipo de monje dedicado a servir té. En este nuevo rol, viajará de pueblo en pueblo con una bicicleta eléctrica y un carromato que funciona tanto como casa móvil como templo ambulante. Una de las grandes fortalezas de las novelas es que no se ponen a explicar su mundo, ni a dar una charlas didácticas o históricas, sino que a través de las acciones y los personajes se insinúan a lo largo de la trama los aspectos necesarios para entender el entorno. Podría decirse que son novelas emparentadas al bildungsroman o novela de crecimiento, donde los protagonistas además de crecer y aprender, desaprenden y se llenan de dudas y preguntas. Monje y robot es en esencia un libro reflexivo, que utiliza la fábula del robot antropólogo y del monje insatisfecho e itinerante para abordar temas más filosóficos como la existencia, la identidad, la insatisfacción, la delicada tensión ecológica-humana o la inmortalidad, así como también la otredad, ya que el robot se sabe objeto, pero en su proceder, su hablar, su pensar, a veces parece profundamente humano.

Chambers ambienta la acción en la luna Panga, orbitante alrededor del planeta Motan, en la cual la humanidad y la naturaleza viven colindantes pero separadas. Dex se presenta como un monje no binario de la orden de Allalae, el dios niñe de las pequeñas comodidades. De hecho, en las novelas se usa lenguaje inclusivo que solamente en las primeras páginas parece discordar, y que luego se normaliza, ya que no es una novela impositiva, sino que fluye con absoluta naturalidad. El principal conflicto de la obra es la profunda insatisfacción personal que le monje Dex siente en un mundo donde todas las necesidades humanas están cubiertas; de manera errante decide alejarse de la zona humana y buscar algo en la naturaleza: ahí conocerá a Onfalina con Motas Preciosas, un robot.

Dex y Onfalina (abreviado según la costumbre humana de acortar nombres) empiezan un viaje juntos de descubrimiento, en el cual el lector se entera de que en Panga sucedió algo hace 200 años, cuando los robots decidieron separarse de los humanos; no se explican los motivos, aunque se insinúa que pudo haber sido el desarrollo del libre albedrío. El hábitat de los robots, al contrario a lo que nos muestran las distopías del género, no es un espacio dominado por máquinas ni edificios monolíticos, sino que es la naturaleza, el bosque. En Panga la mitad del planeta es humana y la otra mitad naturaleza, y aunque sigue siendo injusto que una sola especie tenga 50% de todo, al menos hay un equilibrio en el que se respeta el 50% restante. A través de los diálogos de Onfalina y le monje Dex vamos descubriendo que Panga tuvo un colapso medioambiental, que existió una época llamada «Edad de las fábricas», y que un par de siglos atrás se produjo un “despertar” en todos los robots, que dio como resultado el “pacto de despedida”, en el que un robot llamado Planta AB-#921, como portavoz de su especie, declaró la decisión de su comunidad de no continuar con la humanidad y mudarse a la naturaleza.

Ilustración de portada de la edición original de Plegaria por la timidez de los árboles de la artista Fei Fei Ruan

En ese mundo de Panga existe una única ciudad, rodeada de pueblos satélites interconectados tanto por caminos como por tecnología de comunicación; entre los humanos hay nuevos dioses como Allalae, representado por un oso. Toda la tecnología es sostenible, y se usan materiales biodegradables en impresoras 3D ubicadas en los talleres o fabricabañas. Uno de los elementos más destacados de esta ficción es el sistema económico basado en los “nitos” o granitos de arena digitales (digital peebles), que son puntos que se transfieren a cambio de recibir un servicio, pero que funcionan como una especie de sistema de karma digital, ya que no son valor en sí mismo, sino redes de ayuda y reconocimiento.

Del lado de los robots, se sabe que durante el Despertar decidieron no constituir un cerebro enjambre, y no conectarse siquiera en línea: su comunicación se realiza mediante buzones dispuestos por todo el bosque, en los que depositan mensajes mientras deambulan contemplando la naturaleza. Los robots desean entender a la humanidad y a toda la naturaleza, por eso abandonan una potencial inmortalidad pese a poder constituirse en máquinas perpetuas. Onfalina explica que cuando los robots se van descomponiendo ofrecen sus piezas como refacciones para otros robots, y que de hecho él mismo está formado por varios robots de la «Era de las fábrica». Esta forma de vida, plenamente consciente de su caducidad, es consciente y voluntaria, y lleva a una eventual extinción de su comunidad. También explica los nombres de los robots, ya que se bautizan según el primer objeto que ven al despertar o activarse (de allí que se llamen cráneo de ratón, dos zorras u onfalina).

Becky Chambers logra magistralmente presentar un mundo totalmente nuevo, pero de una forma natural, insinuando más que describiendo, proponiendo más que reciclando clichés o fórmulas habituales, y sin bien la historia tiene un tono positivo, esperanzador e incluso plausible, no es ingenua en su optimismo, ni plantea dicotomías de buenos y malos, sino de un lugar donde cada cual acepta su lugar como parte de un todo imperfecto pero suficiente. Chambers crea una historia profunda y más realista y reflexiva, que, por ejemplo, la novela gráfica Robot Dreams (magistralmente adaptada por el español Pablo Berger) o que la serie con robot ecologista Wild Robot, pero que deja una sensación de esperanza, que al fin y al cabo es lo que más se necesita en este mundo. Y aunque también arroja muchas dudas o preguntas, motivan a imaginar todos esos elementos de Panga que la autora no reveló aún, y tratar de soñar con un mundo mejor, aun con sus imperfecciones o inconsistencias.

Ilustración de portada de la edición original de Salmo por quienes se construyeron en la naturaleza, a cargo de Fei Fei Ruan