El pasado 10 de marzo fallecía a los 73 años el gran Jean Giraud, así como el inmenso “Moebius”: Fabulantes rinde su particular homenaje a este último con una propuesta de recorrido por una obra mítica, El garaje hermético (Norma Editorial).

La estructura de esta obra es peculiar: por un lado tenemos paquetes narrativos distribuidos en secciones de por lo general dos páginas cada una, con su correspondiente cabecera para el título y, según los casos, una breve sinopsis de lo precedente, acentuando así el carácter no lineal de la misma, su pretensión de plasmar un producto azaroso dentro de ciertos límites; por otro, el privilegio de lo representado sobre lo que se representa, pues excepto en las últimas páginas, suele existir una preponderancia del dibujo sobre todo lo demás, que rebasa el marco de la narración, recreándose en viñetas sin aparente valor narrativo, y detalles accesorios que al autor a menudo se le van de las manos deliberadamente.


Es decir, existe una fraccionalidad mínima que podrían sugerir cierto orden y que invita a pensar, si estiramos este concepto, en las aglomeraciones por ensamblaje en apariencia arbitrarias que se manifiestan en la naturaleza (y en la obra del ser humano como reflejo primordial de la misma) como la totalidad de las hojas individuales que componen un follaje de un árbol, las cuales, a modo de caprichoso mosaico establecen un patrón y permiten la lectura de un texto unitario que se desprende de lo particular si se es visto desde la perspectiva adecuada, como invitaron a hacer los neoplatónicos por un lado, y por otro aquellos que buscaban las escritura de Dios (die Ursprache) en las manifestaciones sensibles del mundo. Esta divagación no está en vano aquí, pues los lugares, personajes, incluso los mismos episodios de mínima expresión a modo de monemas, y en general todos los detalles que abundan este cómic, son componentes del mismo mundo, un mundo artificial creado por su protagonista el Mayor Grubert, perseguidor de Jerry Cornelius.

En efecto, atravesando los varios niveles que componen esa realidad ficticia, la caza a la que Grubert somete a Cornelius se va tornando en una trama cada vez más espesa, relativa esta vez a la seguridad textual del mundo que habitan, el cual, como si de una maquinaria se tratara, corre el riesgo de entrar en una disfunción si no se cumplen los procedimientos y rituales exigidos. La crítica socio-cultural me parece demasiado banal para comentarla aquí, baste decir que para la época (1976-1979) en la que esta historia aparece en el número 6 de Métal Hurlant (revista fundada por el propio Moebius junto a Bernard Farkas, que ejercía de director financiero, y los oscuros autores Philippe Druillet o Jean-Pierre Dionnet) el desencanto incipiente producido por la inconclusión de los proyectos (demagógicamente) utópicos de los primeros 70 enfilaba ya hacia su desolación melancólica de los 80, dando lugar, por cierto, a algunos de los mejores cómics europeos que nunca se han hecho. Pero eso es otra historia.

La realidad como texto entra en confluencia con muchas de las teorías deconstructivas de aquellos años, que desvelaban el carácter lingüístico de las identidades, tanto sexuales como culturales, y la inserción del yo y del otro en la textura del escenario-mundo: Grubert es una entidad de poder, la autoridad que ha nombrado, clasificado y jerarquizado el mundo de su creación, como una enorme taxonomía por estratos de los que él ocupa el superior y cenital (es la nave espacial Ciguri) él atraviesa sus niveles camuflado como un individuo más, hasta poder llegar a infiltrarse entre los andamiajes: él es Dios. Un dios no obstante que se somete al riesgo de su propia creación, saboreando el peligro que entraña todo sistema cultural, si entendemos por cultura la economía de determinantes que rigen la convivencia de los individuos en pos de un ficticio equilibrio para la mayoría (hasta el punto de perderse en los varios niveles de la existencia en las secuelas de años posteriores como son El hombre de Ciguri para el mercado estadounidense).

Él realiza una labor de Salvación (es el dios que camina entre los hombres) pero relativa a su propio mundo; se está por consiguiente salvando a sí mismo como motor de lo exterior, de lo que se deduce que en tanto que divinidad, asume su fallo, su defectuosidad (como ocurre con el ente cristiano) pues debe sacrificarse en un acto de violencia contra el cuerpo de hombre que ocupa (las espléndidas escenas dentro de la Habitación Seis son las de la transformación sublimada del cuerpo del hijo) para redimir la antigua falta durante la creación. El Bakalita que es el antagonista, es sólo la representación demonizada del yo díscolo, al que la ley somete; pero es la propia ley atrofiada de los hombres la que agrede al juez primordial (las creaciones siempre se revelan al creador): el castigo de anonimato final es voluntario, asumiendo el fracaso de la Cultura al diluirse en ella ¿Es inevitable el orden que impone la cultura para la vida del hombre? ¿Es inevitable su violencia epistémica? Es ésta una parábola sobre la germinación de la Cultura en la humanidad, que emerge cuando el mundo primordial fisurado por culpa de la acción del ser humano social es sanado cuando se culpa al propio ser humano (el cuerpo habitado por la divinidad) y se le castiga a tal efecto, penando la culpa del crimen original contra la autoridad primera.

El hecho de que se descubra, llegado al final de la historia, quién está detrás de la disfunción del mundo corrobora esta hipótesis, pues el culpable (atención: spoiler) son todos y cada uno de los personajes secundarios, cada cual más insulso en la trama, que han ido apareciendo: la humanidad. Las páginas de la disfunción, provocadas por accidente mítico en la nave cablera del ingeniero Barnier, son las dos primeras del cómic, que Moebius pensó en desechar cuando las hizo inicialmente, desconociendo lo que originarían más tarde.

Con todo, cuando Moebius dibujó su primera página, como admitió en una ocasión, no tenía ni idea de por dónde iba a derivar la historia y su estrategia de improvisación es apabullante (“dibujaba dos páginas como si fuera una historia, pero al mismo tiempo con un tema, un personaje y un título tan aberrante que cualquier continuación parecía imposible…”),  con varias líneas que no se cierran jamás y otras que se van recuperando (“de un mes para otro me llegaba a olvidar de lo que había dibujado en el envío anterior”), con el vértigo lúdico de jugar con el caos, modalidad que ya había practicado en lo que podría considerarse como una precuela, o spin-off anterior, El empalmado loco, de 1974 (jamás un título fue más elocuente) en el que ya aparece Madam Kowalsky, el planeta Flor, etcétera. En esta sensación de caos colaboró el hecho de que los primeros Métal Hurlant en los que apareció publicado El garaje… fueran trimestrales, suponiéndose un final inconcebible en el tiempo (sólo cuando fue por fin fue mensual el ritmo de elaboración de la historia se hizo más dinámico).

Por estos motivos leo esta obra como un mosaico oceánico cuya visión total ofrece la esencia del mundo de Grubert, sin detenerse quizá demasiado en cada uno de los elementos particulares, en una experiencia del todo visionaria (cuando visión es apertura). En efecto, el culto surrealista al azar, la alucinación inducida, sus escarceos con el budismo, con otros pensamientos residuales místicos europeos como la tristemente famosa psicomagia del chileno Alejandro Jodorowsky, hacen que muchas de sus propuestas pierdan un tanto de atractivo al comprobar que no es un recurso estético ni poético, sino que en efecto, Jean Giraud/Moebius comulgaba con esta metafísica de salón de fórmulas periclitadas y demasiado exotismo eurocéntrico en sus venas: a mi entender estamos leyendo (y esto ocurre de manera flagrante con El Incal), un texto que es también vanamente religioso.

Así, propongo una lectura en tanto que escenario o ficción, en tanto que representación de una representación que es el mundo cultural, gracias en parte a la sutil ironía de la que siempre hace gala en sus historias, ridiculizando un poco sus propias creaciones, caricaturizando los magníficos diseños de sus personajes, llevando hacia la paradoja situaciones dramáticas y proponiendo el desconcierto cínico como resolución, muy en la línea de todas aquellas publicaciones de ciencia-ficción para adultos de los 80 como 1984 o Comix que planteaban, sobre todo, historias cortas sorpresivas, casi juegos de ingenio, desplazamientos surrealistas de excelente dibujo y negro sentido del humor que hoy ya han sido lamentablemente superadas. El distanciamiento irónico es lo que nos salva de leer en Moebius un texto en exclusiva espiritual, permitiéndonos en cambio inspeccionar las tramoyas de dicho escenario con todo su fascinante trasfondo, pues esta es otra de las virtudes de Moebius: su poder de sugerencia.

Tanto en Arzach como en otras obras suyas, el dibujante francés sostiene en el aire el interés del lector por averiguar más sobre algo que nunca se le desvelará, de ahí lo “hermético” de la obra, que nos invita a conocer superficialmente un sinnúmero de detalles que adivinan todo un mundo más allá cuyas ramificaciones sólo se imaginan. De ahí también el recurrente empleo de los escenarios desérticos en las obras de Giraud/Moebius, elemento que adoptó desde su experiencia mística en México, y que le permiten abrir infinitas potencialidades de espacio y tiempo sobre las que sin embargo pesa inexorable la suave desolación melancólica que tiñe sus bellas páginas.

Porque sobre todo este autor es un dibujante superior, que se concede a sí mismo absoluta libertad, como él mismo reconoce, porque domina varios registros y sabe construir un mundo, esta vez sí, al que dota de una inconfundible personalidad y profundidad y al que se enfrenta como Jean Giraud en la que ha sido una de sus últimas obras, Inside Moebius (2000-2010), un repaso autocrítico por la totalidad retrospectiva de su producción confrontándose, en un discurso muy clásico, a sus propios personajes y escenarios (el desierto) en una metáfora del conflicto eterno (y demodé) del artista frente a la página/lienzo en blanco, o del creador ante sus criaturas, infiltrándose por entre las tramoyas de su mundo para resolver la crisis, esta vez, de su vida como autor, que en esas páginas premonitoriamente ve terminar a manos de su propio Mayor Grubert.