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Self Portrait with a Dragon, 1906, dibujo del dibujante mago británico Austin Osman Spare.

Todo lector de fantasía ha albergado alguna vez el deseo de poder dejar atrás sus problemas y viajar a aquellos lugares imposibles sobre los que lee. En torno a este concepto de la evasión definitiva Lev Grossman (Lexington, Massachusetts, 1969) ha escrito Los magos (edición en castellano a cargo de Ediciones B, 2009), primer libro de una trilogía que subvierte, amplía y enriquece la narrativa fantástica con elegancia contenida e inteligencia desbordante.

Quentin Coldwater es un brillante adolescente de Brooklyn que se dispone a ingresar en Princeton prácticamente por inercia pero acaba en la Escuela Brakebills de Pedagogía Mágica, una universidad para magos en el norte de Nueva York. Para magos de los de verdad, se entiende: magos de los que no respetan las leyes de la termodinámica ni de la conservación de la materia, de los que hacen caso omiso de los principios de causalidad e incertidumbre. [Nota: Supongo que lo de la escuela de magia les resultará bastante familiar. No obstante, y a pesar de lo que pueda leerse en reseñas y contraportadas, los parecidos con la saga de J.K. Rowling no van más allá de lo superficial. Y quiero que sepan esto cuanto antes, porque la que nos ocupa es una novela profundamente original. Sigamos.] La atmósfera de la Escuela (con sus rincones olvidados, amplios jardines solitarios y fuentes encantadas) es sobria y un tanto crepuscular; en ella lo mundano coexiste orgánicamente con lo mágico y lo mágico asombra sin abrumar. Si existiera una universidad para magos, sería exactamente como la describe Lev Grossman.

Aunque no sea tan genial como la de Scott Bakker ni tan evocadora como la de Ursula K. Le Guin, la magikepraxis que se enseña en Brakebills convence y satisface. Tal y como explica el lingüista J.L. Austin en Cómo hacer cosas con palabras[1] (título que podría valer para un grimorio de hechizos), el lenguaje no sólo describe la realidad, sino que actúa sobre ella a través de los actos del habla performativos. La magia de Los magos vendría a ser un lenguaje —verbal y gestual— pura e intensamente performativo, gobernado por un conjunto de reglas gramaticales endiabladamente complejas que rigen la concordancia de los hechizos consigo mismos pero también con las Circunstancias de cada mago. Aprender a hacer magia pasa por memorizar e interiorizar esta gramática, lo que requiere un intelecto de primerísimo orden y una fuerza de voluntad inquebrantable. Y puede que algo más.

Contra todo pronóstico y convención del género, nuestro protagonista no parece hallar la felicidad en las aulas de la Escuela, pues es incapaz de sacudirse de encima la tristeza del que espera otra cosa de la vida sin saber muy bien qué. El hastío vital de Quentin marcará el tono de una historia en la que melancolía y magia manan de la misma fuente: una realidad distinta a como queremos que sea. O, en palabras del decano de Brakebills:

¿Qué creéis que os convierte en magos? […] Creo que sois magos porque sois infelices. Un mago es fuerte porque siente dolor. Siente la diferencia entre el mundo que es y el que le gustaría que fuera. […] Habéis aprendido a romper el mundo que ha intentado romperos.[2]

The-Spell-by-William-Fettes-Douglas

William Fettes Douglas, The Spell, 1864.

Si bien es cierto que muchos de los protagonistas de la novela necesitan Prozac a tope, litio o dos tortas, resulta fácil identificarse con ellos. Quentin es un héroe imperfecto que tropieza una y otra vez en su camino hacia la madurez, pero sus errores (y los de sus compañeros) nos son familiares porque podrían ser los nuestros. Estamos ante jóvenes magos que han leído los mismos libros que nosotros, visto las mismas películas y jugado a los mismos juegos: en más de una ocasión el lector se sorprenderá al leer en boca de algún personaje reflexiones u observaciones que habría tomado como propias. Y cuando se preguntan por la naturaleza de la magia (¿vulnerabilidad del sistema? ¿Herramientas de un Creador ausente?), su curiosidad es tan auténtica como la nuestra.

Hablamos de pensamiento mágico cuando atribuimos a nuestros deseos la capacidad de alterar el mundo que nos rodea, un fenómeno que se da en todos los niños y en un número sorprendentemente alto de adultos. Pero antes o después solemos entender que la realidad no está sometida a nuestra voluntad y recurrimos a la ficción: Alonso Quijano se refugiaba en los libros de caballerías y otros lo hacemos en los de Tolkien, que hablaba precisamente de la fantasía como principio de renovación, escape y consuelo[3]. Si para Lev Grossman (que escribió Los magos al borde la depresión) este consuelo terapéutico estuvo en Las Crónicas de Narnia, para Quentin está en las novelas de Fillory and Further, corazón de la historia que nos ocupa.

Reflejo y deconstrucción de Narnia, la ficción dentro de la ficción que es Fillory no puede entenderse sin la influencia de C.S. Lewis sobre las generaciones de escritores de fantasía que le sucedieron, una impronta que se manifiesta claramente en las distintas maneras (más o menos freudianas[4]) de ajustar cuentas con su obra. Especial interés revisten aquellos autores que abrazan el legado de Lewis y se inspiran en él incluso cuando le cuestionan: nos viene a la cabeza Neil Gaiman y su relato The Problem of Susan, reflexión en torno a la controvertida caída en desgracia de la mayor de los Pevensie. Pero a día de hoy ninguno de los admiradores de C.S. Lewis ha hilado tan fino como Lev Grossman en su homenaje crítico a la candorosa incoherencia del país al otro lado del armario. Cuando Quentin viaja a Fillory en plena huida de sí mismo, espera —esperamos— encontrar una tierra mágica de alta fantasía, animales parlantes, reconfortante maniqueísmo y finales felices, pero al poco de llegar una mantis religiosa gigante le intenta matar con una ballesta y las cosas no mejoran a partir de ahí. Más allá de eso, se diría que Fillory es la manera que tiene Grossman de rechazar la noción de fantasía como escapismo: si Quentin no es capaz de ser feliz en su mundo, tampoco va a poder serlo en ningún otro lugar.

En el agridulce final de la novela resuena con fuerza el leitmotiv de la trilogía, que no es otro que el alto precio de la magia. Para descubrir si vale la pena pagarlo, lean Los magos.

NOTAS:

[1] Austin, J.L. How to Do Things With Words. Harvard University Press, 1975. Disponible aquí.

[2] Grossman, L. The Magicians. PLUME, 2009, pág.282. Traducción propia.

[3] Tolkien, J.R.R. ‘On Fairy Stories’. En Tolkien, C., The Monsters and the Critics and Other Essays. Londres: George Allen and Unwin, 1983.

[4] Para Michael Moorcock la prosa de Lewis es reaccionaria y ramplona; Philip Pullman habla de Las Crónicas de Narnia con el rabioso desdén que el resto de personas reservamos para aquellos que escuchan música en el metro sin auriculares.