El cuento del cortador de bambú, el monogatari (cuento) japonés más antiguo del que se tiene constancia, es una excelente puerta de entrada a la literatura nipona. Se disfruta como un cuento maravilloso, pero pronto deja ver una ironía que complica esa aparente sencillez. Inspiró El cuento de la princesa Kaguya, del estudio Ghibli

«—Dime, hija mía, qué es lo que te sucede para que te pases noche tras noche contemplando la luna cuando lo tienes todo en este mundo. ¿Hay algo que te atribule?

Y la princesa le respondió:

—No hay nada que me suceda a mí, pero contemplar la luna me hace reflexionar sobre la pena que inunda el mundo».

Una mañana, Hayao Miyazaki se despierta cansado y se levanta como puede. Y cree ver en pequeños hechos aleatorios (una puerta abierta, el sonido del viento…), la voz de Isao Takahata (Ise, 1935-Tokio, 2018). Su antiguo amigo y rival lleva años muerto, pero todavía lo acompaña 1 Tal y como se relata en el documental Hayao Miyazaki y la garza, como lo hace la última película que hizo, El cuento de la princesa Kaguya (2013). ¿Qué tiene un cuento de hace siglos para seguir fascinando y cautivando la imaginación de los que están y de los que ya no están?

Pienso que los clásicos pueden descubrirse en cualquier momento y que esa es parte de su gracia. Llevan siglos esperando, ajenos a nuestras prisas, hasta que un día encontramos una razón para abrirlos. Yo descubrí El cuento del cortador de bambú, la historia de la princesa Kaguya, mientras estaba en el hospital.

Su lectura me acompañó durante los días de convalecencia. Mientras intentaba superar el dolor, seguí los pasos de Kaguya-hime y las peripecias de sus pretendientes. Una historia tan lejana en el tiempo acabó formando parte de unos días muy concretos de mi vida. De pronto, alguien de un pasado y un tiempo muy, muy lejano te cuentan una historia que no debería significar nada para ti y, de repente, lo significa todo, mientras te hace preguntas como ¿qué significa querer a alguien? ¿Cuánto hay de generosidad y cuánto de vanidad en nuestros deseos? ¿Cómo se acepta una despedida para la que nunca estamos preparados? Pienso que ahí está parte de la magia de los clásicos.

Los orígenes de la princesa lunar

Conocido en japonés como Taketori monogatari, el relato El cuento del cortador de bambú es anónimo y suele situarse entre finales del siglo IX y comienzos del X, durante el período Heian (794-1185 d. C.), una etapa fundamental para la literatura clásica japonesa.

Históricamente, se considera el monogatari (o cuento) más antiguo conservado, una de las obras fundacionales de la ficción narrativa de Japón. En la edición de Chidori Books, aparte de las hermosas ilustraciones de Abe (seudónimo de Ana Belén Villalba), tenemos una introducción de Iván Hernández Núñez donde se hace un entretenido repaso por todo el contexto que vio nacer el comienzo de la literatura nipona.

Por su estructura clara y su imaginación, El cuento del cortador de bambú me parece una excelente puerta de entrada a la literatura japonesa. Se disfruta como un cuento maravilloso, pero pronto deja ver una ironía que complica esa aparente sencillez.

Pero ¿de qué va esta historia? Un anciano cortador de bambú, que no ha podido tener hijos, encuentra a una niña diminuta dentro de un tallo luminoso y la lleva a casa, donde la cría junto a su esposa. Como recompensa divina, empieza a encontrar oro en los otros bambúes que corta.Mientras, la niña crece de manera prodigiosa y su belleza acaba atrayendo a quienes desean convertirla en su esposa. Ella solo pedirá lo imposible a estos pretendientes que intentarán engañarla, pero ¿cómo se engaña a una joven que no es de este mundo, sino que pertenece a la mismísima luna?Los cinco pretendientes y las tareas que Kaguya les impone constituyen la parte más juguetona del relato. Sus aventuras permiten observar la distancia entre proclamar un amor extraordinario y estar dispuesto a actuar con honestidad. Bajo el cortejo hay también una sátira hacia los cortesanos que creen que el dinero es capaz de comprarlo todo, incluso el honor.

Del amor y la pérdida

El libro habla del amor y de lo que hacemos (o evitamos hacer) en su nombre. Sí, hay un emperador que se enamora de la joven nacida de la luna, pero también unos padres que no pudieron tener hijos y adoran con toda su alma a la joven Kaguya. La despedida de la muchacha nos habla por un lado del adiós que los padres tienen que dar a sus hijos cuando crecen, pero también se puede hablar como del adiós a los seres queridos. Por mucho que amemos, la muerte siempre nos separa aunque nos aferremos al corazón del ser amado.

Testigo de ese adiós estará el Monte Fuji, en cuya cima siempre se verá el humo del elixir de la vida eterna que los selenitas dejaron a los mortales y que estos decidieron sacrificar en memoria de la hermosa Kaguya, porque ¿de qué servía vivir para siempre si se vivía una vida sin la princesa?

Material de leyendas, El cuento del cortador de bambú ha sobrevivido mediante diversas adaptaciones. En 2013, el director Isao Takahata, el genio tras La tumba de las luciérnagas (1988), volvió a contar esta historia en una obra maestra, El cuento de la princesa Kaguya, a la postre, su último largometraje como director. Compañero de trayectoria de Hayao Miyazaki, cofundador de Studio Ghibli y una personalidad creativa con la que Miyazaki mantuvo afinidades y tensiones, Takahata encontró en el relato una materia perfecta para su forma de ver el mundo y, a su vez, despedirse de éste. El resultado fue una obra maestra única, que daba más alma si cabe a la joven Kaguya, a través de unas imágenes de una belleza extraordinaria.

En 2026 se estrenaría una versión más pop y otaku, La princesa Kaguya del cosmos, en la cual se aprovecha cierta vertiente space opera. Acaso, ¿la princesa Kaguya no viene de la luna? Acaso, ¿no pertenece a una raza, los selenitas, que son, al fin y al cabo, alienígenas? Puro delirio otaku, pero otra muestra de cómo los cuentos tradicionales sobreviven a través de las formas más inusitadas.

Más allá de esto, siempre es interesante volver al original. Quizá haberlo leído durante la convalecencia hizo que me acompañara de una manera especial. En unos días marcados por el dolor, encontré una historia capaz de divertirme y entristecerme sin que una emoción anulara la otra. Pensé, al fin y al cabo, que Kaguya era una de esas estrellas que brillan tanto que parecen destinadas a apagarse demasiado pronto. Pero, después de leer el cuento, la metáfora se me quedó pequeña. Kaguya no se apaga: vuelve a la luna. Y quizá esa sea la tristeza más hermosa que deja este libro, la de una luz que continúa brillando sobre nosotros, aunque ya no podamos ser capaces de alcanzarla.

«Como no podré verte jamás,

en un mar de lágrimas

me ahogo.

¿Quién querría tomar

este elixir de vida eterna?».