Celama es un reino mágico, y también, desde hace un año, una recoleta librería en pleno corazón del distrito Salamanca. Alejada del trajín del lujo, en un local que fue una antigua floristería, irradia luz y calidez. Una campanilla anuncia a cada nuevo cliente; en sus paredes cuelgan toda una serie de memorabilias ilustrados que le dan una personalidad especial. Es una librería que transmite calidez, que invita a entrar ya desde su espacioso y ordenado escaparate.
La librería es el proyecto personal de la ilustradora de largo recorrido Andrea Reyes, especializada en dibujar precisamente santuarios libreros y a escritores. No es habitual encontrarse a una ilustradora metida a librera, y en el proyecto se percibe claramente la influencia de la artista, en su aprovechamiento del espacio y también en la elección de las cosas que acompañan al buscador de libros que atraviesa el umbral.
Esta entrevista tuvo lugar el pasado día 14 de febrero. La fecha resultará clave para entender algunos de los hechos referidos a continuación. Andrea Reyes nos atendió con paciencia, y encanto, siempre con una sonrisa ancha y meditando unas palabras que destilan entusiasmo, pasión y esperanza.
Fotografías de Luna Rueda Retamar
Fabulantes: Buenos días, Andrea, gracias por recibirnos y, ante todo, felicidades. Habéis hecho ya un año. ¿Sabes que Celama y Fabulantes cumplimos años el mismo día, somos quintos? ¿Cuál es tu balance de este año?
Andrea Reyes: Guau, cómo resumir algo que ha sido tan emocionante. Por suerte ha sido muy bueno en todos los aspectos, en lo espiritual, en lo emocional, en lo personal… En ver también que la gente ha respondido. Un año después, he sobrevivido [risa], porque los comienzos siempre son los más complicados, porque para montar algo así tienes que poner mucho dinero, mucho esfuerzo y trabajo, hay mucha incertidumbre y muchas emociones… Por suerte, la gente ha respondido muy bien y siguen caminando conmigo.
F.: ¿Desde hace cuánto que querías tener tu propia librería?
A. R.: Pues es una imagen que yo creo que todos los amantes de los libros hemos tenido alguna vez, pero es algo tan difícil, tan irreal, que la guardas en un cajón… Para mí se empieza a convertir en un objetivo más real cuando empiezo a trabajar en las librerías.
F.: Montas Celama en el distrito Salamanca, en Madrid. ¿Por qué esta ubicación? ¿Es azarosa, responde a alguna razón?
A. R.: Pues tiene una mezcla de voluntad y de azar. Cuando empecé a mirar locales -por varios barrios- lo hice pensando sobre todo en una consideración: que no hubiese librerías muy cerca, que yo pudiese aportar algo. Lo que me enamoró de esta zona fue este local, que era antes una floristería; me pareció encantador, mágico, con sus recovecos y escaleras. Me dio la impresión de que podía crear algo que pudiese quedar bonito… Porque los libros podían estar en cualquier parte, pero quería que el ambiente, que el sitio, tuviese encanto. Cuando entré por aquí por primera vez -fue mi primo el que encontró el local y me avisó, porque yo estaba de vacaciones en aquel momento-, me encantó. Tuve una muy buena sensación por dentro, una intuición, y aquí me quedé.
F.: ¿Por qué Celama?
A. R.: Le di muchas vueltas al nombre y al final surgió por el libro El reino de Celama, que no conocía -sí a su autor, Luis Mateo Díez, sabía que tenía una obra muy extensa y que había ganado el Cervantes- hasta que, preparando en una de las librerías para las que trabajaba un envío para una biblioteca, me topé con el libro y hubo algo en él que me llamó. Me pasó lo mismo que con el local: tuve una intuición, una sensación especial… Me lo leí, me gustó un montón, comprobé que era una especie de realismo mágico a lo castellano-leonés. Fue un guiño: creo que el realismo mágico encaja muy bien en lo que es una librería; creo que es un espacio en el que el propio lugar y lo que se genera entre todos sus habitantes es más importante que la persona individual. Se crean muchos momentos bonitos con la gente que entra, sale, los vecinos que se encuentran aquí…
F.: ¿Ha estado ya Luis Mateo Díez aquí? ¿Qué opina?
A. R.: ¡Sí! [con entusiasmo, y risa]. Le gustó mucho, le pareció muy bonita. Es un tipo encantador, muy cercano, parece como si te conociera de toda la vida, es muy simpático… Me regaló un tarrito de miel de una marca que se llama precisamente Celama. Y ahí lo tengo [en el mostrador].
F.: En la biografía de tu web destacas, como primer rasgo, que te gusta la vida lenta. ¿Es posible regentando una librería en Madrid? ¿Y es un condicionante como ilustradora?
A. R.: Sí es posible, pero en un porcentaje mucho menor del que parece, o del que se desearía. La vida lenta es tomarse las cosas más despacio, con más atención y dedicación, y que esa atención se centre sobre todo en lo importante. Una librería tiene muy poquitos ratos de tranquilidad “de puertas para dentro”; si no tienes que terminar una devolución te llegan cajas con novedades, o tienes doce correos nuevos y una llamada de un cliente que quiere saber la disponibilidad de un libro, y organizar las actividades, y compartir novedades o reseñas en las redes sociales, y contestar a su vez a los mensajes que te llegan desde ahí… Por desgracia es imposible ir despacio, o hacer las cosas con tranquilidad. Pero cuanto más movimiento hay, más vida tiene la librería, es buena señal.
F.: Según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España de 2025, la lectura crece como ocio entre la población (un 66%), pero se reduce un 4% respecto al año pasado las compras en librerías. ¿Cómo es posible? ¿Lo has notado como librera?
A. R.: Aunque lleve desde 2021 en librerías, en Celama llevo sólo un año, y lo que puedo hacer un análisis más diario, más a pie de calle. De esta calle, claro, es muy difícil valorar la realidad global de estas cifras. Para empezar, soy bastante escéptica con cualquier tipo de estudio en general, me parece que nunca te puedes fiar al 100%, porque no sabes bien a quién le han preguntado ni cuándo… Me es más fiable el día a día, pero no sólo el mío: habría que valorar si esas cifras se corresponden con lo que yo veo aquí y juntarlo con la experiencia de todas las librerías. Porque esa sí que es una realidad: saber cuánta gente entra, cuánta te compra, qué edades y qué gustos tienen, así te haces una idea. O preguntarles directamente a las personas cuántos libros al año leen, por ejemplo. Lo que sí que he notado es que la gente a la que le gusta leer sí que apoya a las librerías, vienen y repiten, hacen turismo de librerías cuando van fuera… La gente que es muy fiel lo vive con pasión: el ver las novedades, el regalar libros que le han gustado… Luego ya que esa gente sea un porcentaje mayor o menor del que nos gustaría, eso ya es otra cosa… No sé si son muchos, pero los que son, son de forma intensa y entusiasta [risas].
F.: También, según este estudio, casi un 77% de los jóvenes entre los 14 y los 24 años son lectores habituales. ¿Tú te encuentras a muchos lectores jóvenes, de esa franja de edad? ¿Qué se suelen llevar?
A. R.: Tengo más público infantil que juvenil. Pero esto me pasa a mí en particular, varía según el barrio, la calle… El público juvenil suele llevarse los libros de Eloy Moreno (Invisibles, Redes), con mensajes muy positivos en contra del bullying o a favor del compañerismo, o incluso la colección de cómics de El club de las canguros, más enfocadas a niñas que a niños… Hay bastante mezcla entre esas sagas que se ponen de moda, que son las que tiran y hacen que los niños se enganchen a la lectura, y alguna recomendación que hagamos desde librerías, o que les hagan los suyos, así como cosas que les compran los padres. Por ejemplo, les apetece mucho que lean Momo, La historia interminable… Esos clásicos imperecederos que siguen pasándose de generación en generación.
F.: ¿Qué sueles recomendarles?
A. R.: Yo suelo ser más del tipo de recomendación de los clásicos, o libros que me leí yo a su edad y no pasan de moda, como Jules Verne, Las crónicas de Narnia, que a mí me encantaban, o Laura Gallego, una autora que leía cuando era adolescente y que sigue publicando… Cosas de las que me fío porque conozco. Es muy bonito ver cómo lo mismo que yo leía a esa edad lo siguen leyendo los chicos. Aparte de las cosas nuevas que yo no leo y que están saliendo ahora. Es especial ver cómo un mismo libro puede marcar a generaciones diferentes: los tiempos cambian, también lo hace la forma de hablar, pero que un libro que lleva tanto tiempo publicado le pueda servir a los chicos de ahora a mí me reconforta.
F.: ¿Qué te parecen los discursos sobre cierto tipo de cancelación (Roald Dahl y los gordos, Astérix colonialista, Tintín…), como amante de los libros y librera?
A. R.: Al final es caer un poco en la censura, con una presunta intención buenista de proteger a los niños… Pasa también en el cine… Si sólo nos limitásemos a leer libros con mensajes limpios, positivos, amistosos, estaríamos perdiéndonos muchos libros que quizás tienen otros mensajes igualmente positivos o que se limitan a transmitir la realidad a como era en ese momento. Hay libros adultos que han sido cancelados por llamar negros a los negros o por usar unos términos despectivos. Vale, sí, esto estaba mal, pero ¿no es mejor conocer cómo era la realidad entonces para procurar que no se repita? No podemos negar la realidad; además, tenemos que saber distinguir entre lo que es ficción y realidad. Porque el hecho de que tú leas algo no quiere decir que lo vayas a replicar en tu vida. ¿Por qué no prohibimos entonces los libros sobre asesinatos? No nos vamos a poner a matar gente ahora…
F.: Por lo que sé de otras entrevistas que te han hecho, a ti te preocupa mucho la forma de hablar. La censura también vigila mucho la forma en la que hablamos, evitamos muchos tabúes o hablamos para intentar agradar a las personas…
A. R.: Sí, el lenguaje es muy poderoso. Depende de la palabra que escojas, del momento que escojas y a quién te estés dirigiendo puede hacer que el sentido y la intención del mensaje cambie totalmente.
F.: Hiciste Humanidades, ¡qué bonito! ¿Qué te aportaron y por qué son importantes?
A. R.: Me aportaron conocimientos muy amplios de muchísimos temas. La única “pega” que tiene esta carrera es que al abarcar tanto se profundiza poco. A mí particularmente me gustaban sobre todo la literatura y el arte. Es una carrera preciosa que da una base sobre la cultura en general, porque estudias sociología, historia del arte, literatura, filosofía, metafísica, también breves nociones de derecho… Había muchas enseñanzas diferentes metidas en una sola carrera. Es fascinante, porque por ejemplo aprendías algo de latín, ibas al origen de nuestro idioma, de la raíz de muchas palabras, de pensar la realidad… Te daba una imagen muy amplia del mundo, y encima relacionabas un montón de cosas, porque la literatura, por ejemplo, estaba muy unida al cine, a la música. Todo influye en todo; tener todas esas referencias es muy enriquecedor. Por eso las humanidades son importantes, porque te hacen reflexionar, pensar. Son temáticas que te llevan a profundizar, a ir más allá. Vas tirando del hilo y es muy bonito.
Es especial ver cómo un mismo libro puede marcar a generaciones diferentes
F.: Y a esta carrera le sumaste luego un máster en Periodismo Cultural. ¿Hasta qué punto es necesario ese rito de paso para montar una librería? ¿Cuánta de tu experiencia en ese máster has extrapolado a tu labor como librera?
A. R.: El máster no me ha servido de mucho en lo profesional [ríe]. Sí en lo personal, porque me ha permitido conocer a compañeros que luego han sido amigos, o algunos profesores en concreto que por su forma de transmitir me han aportado muchas cosas.
F.: La primera vez que entré aquí no sabía quién eras. Vi tus dibujos, sin saber que eran tuyos, y pensé: “Mira, qué bonitos son. Es una coleccionista de dibujos, de imágenes”… Me monté toda una historia que podría dar para un relato. Aprovecho para preguntarte: además de hacerlos, ¿coleccionas dibujos, ilustraciones?
A. R.: Más o menos sí, no de forma obsesiva, porque todas las colecciones son muy obsesivas… Me he encontrado con clientes que coleccionan marcapáginas y que querían llevarse todos los que tuvieran, fueran los que fueran. Y en la Feria del libro igual. Me fascina, y me pregunto: ¿cuántas carpetas tendrán? ¿Las mirarán en algún momento? Porque es inabarcable, es imposible tenerlos todos. ¡O sea, quieres tenerlos todos como los Pokémon! (risas). Dicho esto, no estoy empeñada en coleccionar dibujos, aunque si voy a un museo (me gusta mucho ir a museos), siempre me paso por la tienda y me llevo algo. Y de las librerías que visito me gusta siempre llevarme algo, ya sea un marcapáginas, una postal, la bolsa de papel. Eso es una bolsa (señala a una bolsa enmarcada en la pared detrás de nosotros). Pero colecciono de manera tranquila, sólo si algo me encanta o me sirve de recuerdo de algo que haya sucedido ese día o en ese lugar.
F.: ¿Tienes alguna joya en tu colección?
A. R.: Pues mira, justo esa bolsa de la librería Walden que señalaba porque es de mis librerías españolas favoritas. Es sencilla, acogedora. Y no tiene redes sociales. Está en Pamplona y su librero, Daniel, es muy amable, muy discreto, es un poco la antítesis de lo que se lleva ahora. Parece que tengas que estar presente en todas partes, hacer quinientos vídeos, hablar de forma exagerada, es un poco agobiante, y él es lo contrario. Además, me parece una librería muy coherente, tanto con el origen del nombre como consigo misma. Me encontré muy a gusto.
F.: Mira, antes hemos hablado de marcapáginas. No sé si en Celama tenéis muchos modelos, pero desde luego tenéis uno con una cita de C. S. Lewis y que creo que alude un poco a ti, ¿no? ¿De dónde es la cita? ¿Sigues leyendo cuentos de hadas?
A. R.: Me encanta esta pregunta. Ahora voy a cambiar esa cita porque la quiero poner en la bolsa, quiero visibilizarla más, que dé qué pensar a la gente. Porque cuando yo la leí me dejó un poso, me parece que tiene profundidad. Esa cita procede de El león, la bruja y el armario, que es el segundo libro de Las crónicas de Narnia, y es la dedicatoria que C. S. Lewis le hace a su sobrina. Es un poquito más larga, pero ese fragmento es el que tiene más enjundia.
Ahora leo menos “cuentos de hadas”, y mira, me entristece. Creo que cuando vamos creciendo el mundo deja de tener tanta magia, vas viendo que la realidad es más cruda de lo que pensabas. Precisamente esa dedicatoria es para revertir esa situación, para que cuando la niña crezca vuelva a ese mundo de fantasía, que no es menos real que la realidad que nosotros consideramos “real”, lo que pasa es que la fealdad a veces se impone. Es una frase que da alegría y esperanza a nuestra visión del mundo.
F.: Sabes, cuando planteé esta entrevista la hice pensando: “Voy a entrevistar a Celama, ¡pero es una librería!” Todavía no sé si ésta es una entrevista a Celama o a Andrea Reyes, de Celama. ¿Se puede mantener un discurso con una librería?
A. R.: ¿Sabes? ¡Me está pasando esto justamente con las redes sociales! Tengo mi cuenta, con mis dibujos y los libros que leo, y en paralelo la de la librería. Ahora soy dos, me he desdoblado. El perfil de la librería tiene que ser un poco más formal; puedo tener opiniones personales que a lo mejor “como librería” no expreso, y es muy raro porque al final soy la misma persona. Tengo los mismos gustos, opino igual, pero… Ahora mismo estás hablando con Andrea, pero con la Andrea que está representando a una librería. Es extraño. Sí que hay diferencia. Es verdad que dependiendo de con quién hables o a quién representes puedes cambiar; no en lo que pienses, porque los principios son los que son, pero sí en la forma, la cantidad, los detalles.
F.: O sea, que esto no es como lo que decía Groucho Marx, ¿no? “Aquí tiene mis principios, si no le gustan, tengo otros”.
A. R.: No, los principios son los que son y si son buenos, que no cambien nunca. Crees en ellos, te mantienen en una tierra firme, y debes mantenerlos.
Ahora leo menos “cuentos de hadas”, y me entristece. Creo que cuando vamos creciendo el mundo deja de tener tanta magia
F.: ¿Has hecho relecturas de aquellos libros que te gustaban de pequeña? ¿Y qué tal esas relecturas?
A. R.: Sí, en esos aún sigo reconociéndome. Sigo encontrando lo que me gustó entonces y lo que me transmitieron en su momento, y me refrescan, me devuelven aquellas sensaciones.
F.: ¿Puedo preguntarte cuáles son?
A. R.: El fabuloso mundo de las letras, de Jordi Sierra i Fabra, que es de mis libros favoritos de la infancia, Las crónicas de Narnia, las colecciones de El pequeño vampiro o Kika Superbruja, muchos de Laura Gallego, la colección de «El barco de Vapor» de SM, que hoy en día continúa… Mantengo un poco encendida esa chispa, perderla me parece horrible.
F.: ¿Has podido conocer a alguno de tus ídolos literarios de la infancia? Supongo que ahora que eres librera podrá ser más fácil…
A. R.: Precisamente en 2016 fui a saludar a Jordi Sierra i Fabra, que firmaba en la Feria del Libro de Madrid, con mi librito de cuando yo tenía ocho o nueve años. Aún no era librera, pero sí adulta, y más comprometida con los libros. Me daba muchísima vergüenza pero me alegró animarme. No he conocido a ninguno más, pero… igual es mejor así. Cuando eres niño, incluso aunque ya empieces a desarrollar tu raciocinio, de alguna manera de verdad crees que los libros los han creado los personajes, o una mágica voz narradora. Mirar detrás del telón no siempre mola. (En absoluto lo menciono por Jordi Sierra, fue amable, es una reflexión general).
F.: Veo que sigues apostando mucho por los libros de dragones y unicornios. La primera vez que vine aquí tenías varios, veo que los sigues teniendo. ¿Tanto te gustan o es que gustan?
A. R.: Gustan. Más los unicornios y los dinosaurios que los dragones, creo, hoy en día. A mí todos los animales me encantan. Los dragones sí eran mi fascinación particular.
F.: Hace unas semanas nos despertamos con la noticia de que cerraba Tipos Infames. ¿Crees que es un aviso a navegantes para el sector o se trata de un hecho puntual?
A. R.: Lo pasé mal unos días. Primero porque me dio mucha pena; si tuvieras que imaginarte el posible cierre de una librería, nunca hubieras dicho que se trataba de ellos. Era una de las librerías -digo era porque justo cerraban hoy- que aparentaba tener siempre mucha gente, presentaciones todas las semanas, con muchos autores jóvenes… Tenían bastante movimiento, llevaban ya 15 años y estaban en el centro de Madrid; que cuando iba por la zona siempre aprovechabas y te asomabas. Nos quedamos todos muy en shock. Piensas: “¡Cuánto les han tenido que subir el alquiler para valorar cerrar de manera tan repentina!”. Tiene que haber algo más, algo personal. Pero sí que pensé en un aviso a navegantes, porque si les pasó a ellos, a los demás que somos más pequeñitos, más endebles, ¿qué nos espera? Es verdad que el panorama no es muy halagüeño: me refiero al precio de los alquileres, a los impuestos… De hecho, creo que estos dos temas juntos son peores que Amazon u otro tipo de competencias (obviamente hacen daño, pero la gente que lee y aprecia estos oficios, nos compra libros a nosotros. Que además también tenemos servicio online). Contra los impuestos, el alquiler, la luz, y todo ese tipo de gastos no puedes hacer nada. Cada día abiertos es un milagro, y así lo vivo, de verdad. Cada vez que vengo aquí me digo: “¡No sabes cuánto vas a durar, disfruta!” Por muy bien que pueda irte en el primer año, por muy buena recepción que tengas entre la gente, no sabes cuánto va a revertirse la situación…
F.: Bueno, esto te lleva a pensar en qué concepto de ciudad queremos. O más bien quieren. Y no sólo pasa con las librerías, también con las salas de concierto… Parece que se prefiere tener un Airbnb o un el típico sitio que es fotocopia de otro que a su vez ha sido fotocopia de otro. Es desalentador.
A. R.: A mí me da mucha pena. Creo que la ciudad de Madrid ha cambiado mucho desde que yo era pequeña, y a peor. Desde la famosa gentifricación a cosas aparentemente menos importantes como los edificios o del mobiliario urbano, todo cada vez más barato, malo, mal hecho y feo. Es posible que hayamos mejorado en muchas cosas como sociedad, pero también creo que se está perdiendo mucha atención al detalle y humanidad. No sé, no me gusta el futuro. Las cosas que me gustan me seguirán gustando, y creo que las demás personas opinarán igual. La gente que aprecia las cosas sigue apreciándolas y apoyándolas, pero creo que en conjunto cada vez se aprecia menos, o hay cada vez menos gente en la “resistencia”. Hace diez años no había tantos Airbnb… Recuerdo que la primera vez que vi uno de estos locales, en mi barrio, pensé: “¿Qué es esto, todo blanco, con persiana? ¡Qué local tan raro!” Ahora son una invasión, es tremendo.
F.: Ciudades escaparate…
A. R.: Sí, pero sales de España y pasa igual, todo está convirtiéndose en lo mismo. Se pierde mucha identidad cultural.
Aún sigo reconociéndome en las lecturas que hice de pequeña
F.: Bueno tú estuviste en la resistencia. Diste la batalla en la Cuesta de Moyano… ¿Qué batalla fue aquella?
A. R.: Bueno, son dos batallas, en realidad, desde dos lados. Una, de reivindicar el espacio, porque hay gente que aun viviendo en Madrid no lo conoce. Es un lugar centenario, me parece muy meritorio haber sobrevivido cien años vendiendo libros a la intemperie. ¡Es totalmente decimonónico y bohemio! [risas]. Esta es la batalla de cara a la galería, digamos, de promoción y revalorización. Y luego la segunda era interna, para los libreros, para que tuvieran más orden y motivación, porque cada uno abría cuando quería, el baño no funcionaba… había un poco de caos y de dejadez. Ahora, pasados unos años desde que nació la Asociación, la primera batalla creo que ha tenido muchos frutos, ¡espero que la segunda también!
F.: Acabamos de hablar de ciudades escaparate. Una de las cosas que me gusta de las librerías, que creo que las definen y que muestran su alma, son sus escaparates. Veo que el de Celama está muy cuidado. ¿Cuánto le dedicas?
A. R.: Decorarlo me gusta mucho. En realidad prácticamente todo lo que hago aquí me gusta. En el escaparate todas las semanas cambio cosas: voy incluyendo novedades destacadas, puedo hacer algo temático (por ejemplo, hace poco hice uno entero sobre Jane Austen, para el aniversario, y ahora viene el homenaje a Villa Diodati), y sobre todo mezclo novedades con fondo, porque es un resumen de lo que es una librería por dentro, de su identidad.
F.: Una mezcla entre lo que te gusta y lo que pide el público…
A. R.: Sí, eso es lo que yo creo que debería ser una librería: un equilibrio entre tu apuesta personal y las preferencias mayoritarias de tu público, de lo que con el paso del tiempo ves que solicitan más. En mi caso he tenido mucha suerte porque, en general, ambas cosas coinciden. Con la noticia del cierre de Tipos Infames se habló mucho de esto: que les iba mal porque sólo vendían lo que querían. ¡Pero es que entonces seríamos todos iguales! La gracia reside precisamente que cada librería tenga un estilo, unos temas que predominan… Esas son sus ventajas, su personalidad y sus valores. Si luego además podemos pedir el libro que quieras.
F.: ¿Qué es un caligrama y por qué empiezas a dibujarlos?
A. R.: Un caligrama es un dibujo hecho con letras, con palabras, en vez de con pinceladas, manchas o sombras.
F.: ¿Por qué empiezas a hacer caligramas?
A. R.: Pues empecé sin intención, surgió. Y luego vi que me gustaban y que gustaban a la gente. El primero que hice fue uno de la cantante Lana del Rey, fue un retrato suyo con letras de sus canciones, y luego ya me fui especializando en la literatura. Hice uno de Alejandra Pizarnik, una poetisa que para mí es fundamental, usé unos versos… y luego ya fui haciéndolos más breves y sencillos, para que se pudiera leer mejor lo que ponía. Y hasta hoy. ¡Y hasta hacer un libro, fíjate!
F.: Un proyecto con Impedimenta. Háblanos de él, de ese libro (Caligramas, 2024)
A. R.: Fue una aventura súper bonita, porque además Impedimenta es una editorial que me ha gustado mucho siempre, con Enrique (Redel, su editor) he tenido muy buena relación… De hecho fue él quien me propuso hacer el libro, que ya es la bomba. Sucedió así: estaba en la librería donde trabaja entonces, pasó Enrique, me saludó, nos pusimos al día y entonces me dijo: “Siempre he querido hacer algo con tus caligramas, me gustan mucho”. Yo casi me desmayo en ese momento. Me puse en sus manos, sabiendo que iba a salir un libro precioso conociendo su trabajo. Nos pusimos a trabajar; tuve la suerte de conocer a toda la editorial, porque cada uno tiene una labor. Caligramas era un libro muy peculiar, una rara avis, en general y en su catálogo. Era un libro muy bonito que había que pensar y montar desde cero. Establecimos una serie de temas que le dieran un motivo, y fuimos agrupando a los autores. Para ser originales, y esto me gustó mucho, no fuimos por el típico orden cronológico, los pensamos más por sensaciones o temas, que hacía más difícil la catalogación pero también más sugerente.
F.: Me dijiste además que tenías que haberlos leído, que era la condición.
A. R.: Para mí sí [risas]. Este libro es como mi biblioteca personal, y yo soy muy honesta: si comparto algo, si recomiendo algo, es porque realmente creo en ello. Les planteé a los que autores que más me habían marcado y para completar o hacer más variada y completa la selección ellos me propusieron otros autores que consideraban relevantes. Un ejemplo es Cărtărescu, autor fundamental en Impedimenta, así que corrí a leer un par de textos suyos. Por suerte me gustaron (risas), de hecho he continuado descubriendo su obra y me parece muy bueno.
F.: ¿De todos estos escritores caligrámicos cuáles son los más especiales para ti?
A. R.: Por un lado los iniciadores; los libros que lees de niño te acompañan durante toda tu vida, y descubrir la literatura tan pronto es muy beneficioso. También tengo mucho cariño a ese grupo de autores que hablan mucho de la soledad, los que son soñadores, los que están perdidos siempre, los que tienen una incomodidad vital permanente, porque su sueño o su ideal de las cosas nunca va a ser como la realidad. Me siento muy reflejada también en ese grupo [risas].
F.: ¿Y cuál fue tu escritor iniciador?
A. R.: Gloria Fuertes, Elisabetta Gnone (de la serie Fairy Oak, que sigo recomendando mucho), Richard Bach, el autor de Juan Salvador Gaviota, un libro precioso que, como El principito, puedes leer a cualquier edad y siempre te va a decir algo. Me parece increíble que leas un libro a cualquier edad y sea capaz de decirte algo.
F.: ¿En qué momento empiezas a ilustrar librerías?
A. R.: Recuerdo cuál fue la primera, la de San Ginés, sobre el año 2014-15. Lo que no recuerdo, porque soy muy desmemoriada, es por qué. Supongo que porque siempre me gustó leer y las librerías, y esta es de las más antiguas y emblemáticas. Lo que no hubo en origen fue la intención de realizar una colección de ilustraciones.
F.: ¿Pero recuerdas por qué seguiste dibujándolas?
A. R.: Sí, porque se me ocurrió hacer un calendario. Mi madre me regaló en las Navidades del 18-19 un calendario hecho con dibujos míos (fue a una imprenta, los escanearon… me pareció un detalle muy bonito). Lo enseñé en las redes sociales y a la gente le gustó tanto que me lo querían comprar. Y yo: “Que no, que no, que esto es un regalo, ¡que sólo hay uno!” [risas]. Al año siguiente, recogí la idea tras comprobar que a la gente le había gustado mucho la idea y me dije: “Venga, voy a probar”. Y hasta hoy, que lo sigo haciendo.
Tengo mucho cariño a ese grupo de autores que hablan mucho de la soledad, los que son soñadores, los que están perdidos siempre, los que tienen una incomodidad vital permanente, porque su sueño o su ideal de las cosas nunca va a ser como la realidad
F.: ¿Y al igual que hiciste con tus caligramas, harás un libro sobre tus librerías ilustradas?
A. R.: Estamos en ello. ¡Noticia velada pero inédita! (risas).
F.: Has trabajado en absolutamente todos los procesos de la industria librera. Has ilustrado, editado, creado, vendido… y también has encuadernado libros. Cuéntanos un poco cómo es ese proceso. Porque suena muy artesanal, y me encaja muy bien con el concepto del artista.
A. R.: ¿Lo preguntas por la tienda de encuadernación en la que trabajé? Te voy a desilusionar: no he encuadernado un libro en mi vida. Yo vendía los materiales de encuadernación [risas].
F.: ¡Vaya!
A. R.: ¡Lo sé! ¡Hubiera sido demasiado romántico! [risas]
F.: Te imaginaba ya cosiendo las hojas…
A. R.: ¡Pero me encantaría! Porque me fascinan los puzzles, las maquetas… Y lo haré, pero será un libro para regalar a alguien, por ejemplo. Disfruto más haciendo algo para alguien especial.
F.: ¿Y ahora mismo, ¿qué te sientes más? ¿Ilustradora, lectora? ¿Librera?
A. R.: Ahora mismo no sé quién soy en general [risas]. Ahora soy más librera porque es lo que me ocupa más tiempo y en lo que estoy más enfocada, pero no me importa ser más una cosa que otra, según la época desarrollas más unas actividades o un papel que otro. Mientras lo que hagas sea auténtico y sincero, no importa el porcentaje. Lo que se ha mantenido de forma estable y permanente y es la base de lo demás es el ser lectora. Y va a estar siempre, al margen de lo que yo haga hacia fuera. No sé si siempre tendré la librería, porque eso depende de la gente (ojalá). Y sobre el dibujar, llevaba mucho tiempo sin ilustrar un libro y justo ahora sale uno por encargo a comienzos de mayo, unos cuentos de Virginia Woolf de cuando era joven que ya llevaban su ironía y su chispa. Se llama Violet (Páginas de Espuma, 2026), y ha sido una delicia formar parte de él.
F.: Me acabas de mencionar los libros de encargo. ¿Cómo los trabajas? ¿Cómo funcionas con ellos?
A. R.: He tenido la inmensa suerte de que todo lo que me han encargado me ha gustado. La idea, el libro, el autor o la editorial como proyecto. Normalmente, si es la editorial la que te contacta, te comentan la idea, te plantean cómo es el libro (incluso te mandan un adelanto, o el libro entero), y comentan cómo imaginan ellos la portada o las ilustraciones. A partir de ahí, tú recoges todas esas impresiones y vas preparando bocetos combinando lo que te dice a ti el libro y las indicaciones de la editorial si las hubiera. Es muy artesanal, hacer un libro, y muchas personas forman parte del proceso.
F.: ¿Y te dicen también cuántas ilustraciones tienes que hacer?
A. R.: A veces sí y a veces no. Incluso se puede variar sobre la marcha. Depende de con quién estés trabajando y del libro que sea, porque los hay con un diseño muy marcado y no se salen de ahí (y está perfecto). Otros te dan más juego… Aunque suele haber patrones, luego cada editorial, como cada persona, es un mundo.
F.: ¿Qué tiene que tener, para ti, un buen libro ilustrado?
A. R.: [Piensa brevemente] Coherencia entre los dibujos y el texto. Es decir, que se vea que, aunque las autorías sean manos diferentes, o incluso de generaciones diferentes), que se perciba la complicidad y que todo ha estado pensado, cuidado. Que fluye, que hay un diálogo.
F.: ¿Ilustrar es, como escribir, un oficio solitario?
A. R.: Sí. Se requiere soledad, introspección, concentración. Una comunión a solas con el papel y las ideas. Primero está esa parte introspectiva, de pensar y trabajar contigo mismo, y luego está la parte más pública; primero el medio camino de compartirlo con la editorial y cerrar el trabajo juntos y luego la recepción del público.
F.: ¿Cuáles son tus ilustradores favoritos?
A. R.: Andrea Serio, Benjamin Lacombre, Rebecca Dautremer, David de las Heras, Alberto Gamón… Gustave Doré, por supuesto. Beatrix Potter, Maurice Sendak…
F.: He estado buscando a escritores que fueron libreros; encontré a George Orwell, que odió la experiencia, en lo fantástico me topé con George R. R. Martin… Pero todavía no he encontrado ningún librero/escritor en activo…
A. R.: Máximo Huerta, por ejemplo.
F.: ¿El que fuera ministro?
A. R.: Sí, y Marina Sanmartín, de Cervantes y Cía, que además acaba de sacar un libro (La doble desaparición de Abril del Pino, Salamandra, 2026).
F.: ¿Y se nota que son libreros además de escritores?
A. R.: No he leído a ninguno todavía [risas], pero tiene fácil remedio, tengo los dos últimos libros de cada uno aquí. No lo sé. Es verdad que el libro de Marina es novela negra -su especialidad como librera y lectora-, cuyo misterio transcurre en el club de lectura de una librería. Su experiencia habrá influido seguro en el libro, porque será más creíble y estará mejor expresado todo lo que cuenta. Debe influir, como todo lo que consumes, escuchas o lees… Todo se te cuela dentro. Otra cosa es que voluntariamente decidas que influya.
Para mí un buen libro ilustrado tiene que tener coherencia, que se perciba la complicidad y que todo ha estado pensado, cuidado. Que fluye, que hay un diálogo
F.: Hay una cosa que me ha gustado mucho en la web de Celama, las guías de lectura. ¿Surgen porque fueron peticiones que te hicieron o porque considerabas que tenían que ser un añadido a la librería?
A. R.: Sí, eso fue cosa mía. Y de hecho tengo que hacer más. Haría muchas más cosas si tuviese más tiempo. Fíjate, en la pregunta sobre el balance de este primer año, tendría que haber añadido que el tiempo no cunde nada y que hay muy poco tiempo en general. Estas Navidades, por ejemplo, preparé distintas secciones temáticas en las estanterías para ayudar a la gente a encontrar los libros, tener un primer filtro, y que me aligerase a mí un poquito el trabajo. En la web hago algo parecido: hago una selección, bien por autores o temas, para que suscite curiosidad a la gente, y si un título les ha gustado, puedan tirar del hilo a otros parecidos.
F.: Vale, esa es una de las cosas que has aprendido de este oficio. ¿Y las otras?
A. R.: [Carcajada]. Una que me obsesiona tras lo de Tipos Infames es pensar que todo es muy frágil, que te estás jugando el proyecto constantemente. Me explico: es como si tuvieras que estar dando el tipo a un nivel muy exigente. Como es un comercio “débil”, como ya hablamos antes, y que depende muchísimo de que la gente lo aprecie y lo apoye, tropezar te puede conllevar una mala, reseña, o que alguien decida no volver. Porque un libro tarde más de lo que debiera en llegar (yo enseguida me agobio y me disculpo mucho), o porque un día te cueste más estar simpática por algo personal, o se te despiste algo… ¡Cualquier cosa! Tiene que estar todo perfecto siempre: la librería ordenada, los pedidos que lleguen en el plazo que le prometiste al cliente, que el escaparate esté actualizado, responder cuanto antes a los correos, a las redes sociales… Como te despistes un poco se puede echar todo a perder, o quedar mal. Pero son tantos frentes abiertos que es imposible llegar a todos de forma impecable, como se debería.
F.: ¿Crees que una biblioteca tiene que ser un punto de apoyo a una librería? Porque estamos en un distrito que sólo tiene una biblioteca. ¿Cómo se convive en un distrito un bibliotecario? ¿Ves a las bibliotecas como una competencia, como un complemento?
A. R.: No no, son un complemento total. De hecho, la biblioteca es más necesaria que la librería. A ver, entiéndeme, son necesarias ambas, pero si hubiese que elegir una, piensa que en una biblioteca no tienes que pagar por el libro, y eso es muy importante, porque a lo mejor hay gente a la que le gusta mucho leer pero no puede estar permitiéndose el comprar libros con asiduidad. Llegas a más gente con una biblioteca, aunque tardan más tiempo en tener novedades, también a propósito, claro, porque si no, ¿nosotros qué haríamos? [risas]. Son lugares que se pueden complementar bien: cada uno organiza sus fondos y sus propias actividades y queda en la decisión del usuario decidir a cuál ir según lo que apetezca en cada momento.
F.: Veo que en tu librería tienes muy presente a Snoopy. Siempre que vengo tienes algo suyo. ¿Por qué?
A. R.: Me parece un personaje muy entrañable. Yo no leía a Snoopy de pequeña; leía de vez en cuando tiras cómicas como podías leerlas de Mafalda, pero no es que me encantase de forma notoria. Me gusta, pero el verdadero motivo es que casualmente han salido reediciones (sobre todo por el 75 aniversario) y productos de papelería a la vez. ¡Es la segunda vez que la respuesta no es la romántica, qué mal!
F.: Bueno, pero Snoopy es un personaje que va mucho a bibliotecas. Los Peanuts tienen a esa chica, Marcia, precisamente la mejor amiga de Snoopy, que es muy bibliófila…
A. R.: Sí, ya has visto que me gusta todo lo que tenga que ver con libros, aparte de los propios libros. Y aunque éste sea un motivo secundario, hacer guiños que la gente luego pueda pillar me gusta…. Astérix me encanta también… Sobre todo Ideafix.
F.: ¿Sabes que el anterior guionista a Fabcaro, el primero tras la retirada de Uderzo, decidió suprimir a Ideafix de sus historias? Ahora ha vuelto…
A. R.: Ya, me parece muy feo. ¡Hay personajes secundarios que son muy importantes también! Yo eso lo reivindico mucho: todo el mundo es el secundario de otro alguien. El secundario es un personaje fundamental. ¡Cómo quitas a Ideafix!
F.: Veo que tienes en Celama una balda dedicada a Historias de librerías…
A. R.: ¡Mi favorita!
F.: Tu favorita… ¿Se ha escrito tanto sobre historias de las librerías?
A. R.: Hay muchos más libros de los que pensamos, lo que pasa es que no son libros que el gran público lea o conozca, son más para “frikis” (entendido en el mejor sentido y con el mayor cariño, porque además yo soy una de ellas). Hay un montón, pero son más de nicho. Ahora se están publicando más, son sólo libros sobre librerías, a veces se ambientan en la cafetería de Fulanito o en la lavandería de Menganita… Se han puesto de moda este tipo de libros que tienen como base un pequeño comercio de barrio, que también es una manera de acercarlo a la gente y de darles un valor.
Los libros de este “género” que más me gustan son los testimonios reales de libreros. He leído muchos de ellos para aprender, curiosear, saber cómo eran las librerías y la relación con los editores y los escritores en otra época o en otra cultura…. Me gustan más que los de ficción, porque suelen ser demasiado románticos e irreales. En los verídicos ves un amor de verdad y reflejado en un montón de personas que forman parte de tu día a día.
F.: Hombre, el de La librería de Penelope Fitzgerald no era muy romántico… Ese en el que la librera escandaliza a su pequeño pueblo inglés al traer una copia de Lolita de Nabokov…
A. R.: No, ese no, ¡pobre mujer! Pero la mayoría suelen ambientar historias de amor en librerías, se quedan en eso.
F.: Sí, hay ahora mismo un concepto de que todo lo que tiene que ver con los libros es muy romántico, muy sexy… Hay creo hasta una tendencia en Instagram de gente sacándose fotos hasta con tres libros a la vez…
A. R.: No sé, las redes yo las uso porque vienen bien y llegas a más personas, pero me dan un poco de pereza porque enganchan con mucha facilidad y ofrecen poco de calidad (o cuesta más dar con algo de valor, y algo auténtico). Creo que romantizar las cosas está bien, pero en su justa medida, sin negar el resto de realidad. Lo idealizado forma parte del encanto de las librerías y seguramente sea lo que más atraiga a los lectores menos habituales, pero eso es una muy pequeña parte del oficio.
F.: Cuando ves una película, ¿siempre estás al quite de si sale una librería? Porque tienes una línea de ilustración al respecto…
A. R.: Ah, ¡me encanta! Sí, ese fue el último calendario que hice, para 2026, escenas de películas en librerías o bibliotecas. Recuerdo a este respecto una película de hace uno o dos años (no recuerdo el título pero era mala, mala) en la que los protagonistas salen de la librería La Mistral para aparecer, acto seguido, en su conversación, en la Cuesta de Moyano. Me partía de risa porque en la vida real se tardaría un rato bastante más largo en llegar. Es como la gente que trabaja en el cine, seguro que se fija más en el cómo se hizo que en distraerse y centrarse en la historia, en la magia. Aun así, me lo paso bien con eso, con los guiños.
F.: Estamos terminando, Andrea. ¿Lees literatura fantástica?
A. R.: Leo muy poquita literatura fantástica ahora. De hecho, no sabría decirte qué leo ahora, porque mezclo muchas cosas: clásicos con novedades, para estar al día de lo que se va publicando… Sí que tengo más estilos -antes que temas- de literatura que me gustan más… Pero literatura fantástica a lo Canción de hielo y fuego, por ejemplo, no leo nada. La literatura “fantástica” que habito más es la de Italo Calvino, o Elena Garro, o José Donoso.
F.: ¿Crees que hay alta y baja literatura?
A. R.: Esto es un melón. Más que alta y baja literatura, creo que hay literatura buena y literatura mala. No tiene que ver con la temática o el género literario, sencillamente hay libros muy malos porque están muy mal escritos y libros muy buenos porque están muy bien escritos. Se puede llamar baja y alta si queremos. Y se pueden disfrutar ambas. Hasta cierto punto [risas].
Romantizar las cosas está bien, pero en su justa medida, siempre que no se niegue la otra parte de realidad
F.: Imagínate que soy un cliente que entrase ahora en tu librería, y te pregunto sobre todo por cómic y literatura ilustrada. ¿Qué me recomendarías?
A. R.: Diría que Ethel y Ernest de Raymond Briggs (Blackie Books, 2021) o Celestia de Manuele Fior (Salamandra, 2021).
F.: Como dijo Borges, ¿el Paraíso está en algún tipo de biblioteca?
A. R.: Depende de para quién. Para los que leemos, sí. Aunque yo añadiría más cosas a ese paraíso, por ejemplo, un jardín. Un bosque. Naturaleza, quiero decir.
F.: ¿Cuál es la mayor sorpresa que te ha dado una librería y la mayor sorpresa que te han dado como librera?
A. R.: ¿Buena o mala? Siempre saco tres pies al gato.
F.: Tú misma.
A. R.: Pues la buena. Que la librería ya forme parte del día a día de la gente del barrio. Cuando pasan de vuelta del colegio y me saludan, cuando sale el nuevo libro del autor favorito de un cliente y viene corriendo… Que este sea uno de sus lugares cotidianos me resulta precioso. Uno agradable, claro, no como ir al ambulatorio. El sitio de mi recreo, diría Antonio Vega.
F.: Hemos terminado, muchas gracias, Andrea.
A. R.: Ay, ¡gracias a vosotros!









