El grimdark cambió las reglas de la fantasía por su ambigüedad, su cinismo y su crudeza. Se caracteriza por omitir la idea típica del bien absoluto contra el mal absoluto. La mayor contribución del grimdark no ha sido la introducción de la violencia, sino la demolición de la complacencia moral en la fantasía. Pero, ¿qué es el grimdark? Os lo contamos en este artículo
«De vuelta al barro». Con esta frase, los personajes de La Primera Ley (2006-2008, publicada en castellano por Alianza Editorial) de Joe Abercrombie sellan su destino. Con cuatro simples palabras se nos habla de la muerte, pero también de la barbarie de una vida dura y terrible, una que, lejos del oropel de la alta fantasía, marca a antihéroes como Logen Nuevededos o el inquisidor Glotka, dos iconos del grimdark. Pero ¿qué es el grimdark, cuál es su origen y cómo ha cambiado la fantasía épica?
Ilustración de cubierta de Joel Daniel Phillips para una de las ediciones especiales firmadas de La primera Ley (proyecto Kickstarter). Sentado, Glotka, quintaesencia del grimdarkEl origen del grimdark
Con la publicación de El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien en 1954 se inició una nueva época para el fantástico. El profesor encontró un modo de dar vida a las lenguas que había inventado mediante la creación de otro mundo con sus propias civilizaciones, razas, leyendas… Era difícil que este libro no enganchase a generaciones, incluso algunas en apariencia dispares, como la hippie, que vio en la vida hobbit todo un ejemplo de sus ideales (es más, muchos niños nacidos en comunas hippies acabaron con nombres como Galadriel). En el panorama literario, el triunfo de Tolkien llevó a que muchos autores intentasen imitarlo. Sin embargo, las malas copias de la Tierra Media y las obras que eran tediosas partidas de rol apenas disimuladas llevaron a que la fantasía se convirtiese en un género simplista y maniqueo. Siempre trataba de lo mismo: un grupo de héroes de diferentes razas debían masacrar a orcos, trasgos y todo tipo de seres que servían a un señor oscuro. No había nada más.
Sin embargo, el grimdark lo cambió todo mediante su ambigüedad, su cinismo y su crudeza. La génesis del término proviene del eslogan publicitario del juego de mesa Warhammer 40.000 en 1987: «In the grim darkness of the far future there is only war» (“En la sombría oscuridad del futuro lejano, sólo hay guerra”). Pero antes de que existiese el nombre, ya teníamos el concepto en obras que desmitificaban la fantasía tolkiniana. Un ejemplo sería Michael Moorcock, autor de Elric de Melniboné, quien llegó a escribir un artículo contra el creador de El Señor de los Anillos. En el ensayo Pooh épico (incluido en Hechicería y amor salvaje, 1987), Moorcock elabora una de las críticas más influyentes y polémicas contra la fantasía épica tradicional. El autor británico acusa a autores como J. R. R. Tolkien, C. S. Lewis y Richard Adams de practicar una «literatura de guardería» que busca confortar al lector en lugar de desafiarlo, comparando su efecto con el de las historias de Winnie the Pooh de A. A. Milne. La crítica de Moorcock se centra en una supuesta pobreza estilística y en una ideología política conservadora o «tory», que según él idealiza lo rural y rechaza el cambio social y tecnológico.
Más allá de quedarse en artículos incendiarios, Moorcock buscó que la fantasía regresase a una oscuridad que, para él, siempre había estado presente en el género. Realmente, puede que esté en lo cierto: si profundizamos en cuentos, mitos, leyendas e historias clásicas, hallamos siempre una parte sombría en todas ellas (véase el origen del rey Arturo, Sigfrido y otros personajes épicos). De ese modo, en 1972, Elric se convirtió en un príncipe albino amoral, con una espada sedienta de sangre y una cruzada donde su búsqueda de poder era capaz de condenar su mundo. Elric pronto ganó una gran legión de fans y fue el modelo para otros antihéroes albinos de la fantasía, como los Targaryen de Canción de Hielo y Fuego, de George R. R. Martin, o el Geralt de Rivia de la saga de The Witcher de Andrzej Sapkowski, que comenzarían a publicarse en los años ‘90.
El grimdark se caracteriza por omitir la idea típica del bien absoluto contra el mal absoluto. En realidad, tenemos a personajes grises con sus propias motivaciones. ¿Acaso el héroe de una historia no sería el villano si se narra desde la perspectiva contraria? Por eso, el héroe, lejos de ser un elegido por una profecía, noble e incorrupto, aquí no existe: sólo hay individuos con fallos e intenciones dudosas. Más allá de la maravilla de la Tierra Media, en el grimdark tenemos un mundo profundamente oscuro donde todo es hostil. En él tampoco tenemos la magia como una fuerza redentora, sino como todo lo contrario, es peligrosa y decadente. Tampoco tenemos finales felices, como tampoco los hay en realidad. Y todo se narra con un tono alejado de lo épico; más bien es nihilista e incluso satírico.
Un tono perfecto para los años ‘80, una década oscura donde la situación política mundial aportó pesimismo a la deconstrucción de géneros consagrados. Ahí surgió el primer título grimdark con todas las letras: La Compañía Negra (1984; Montena, 2019) de Glen Cook. En ella, seguimos a un grupo de mercenarios bajo las órdenes de una entidad maligna. Es imposible no detectar en el inicio de esta saga el aire oscuro y sombrío de otra obra tan celebrada como Malaz, el Libro de los Caídos de Steven Erikson, larga y compleja saga que empezaría a publicarse en 1999 hasta su culminación -en diez volúmenes- en 2011 (todos ellos publicados en castellano por Nova).
La búsqueda de la oscuridad en el fantástico estuvo tanto en Occidente como en Oriente. Por ejemplo, en Japón, a finales de los ‘80 tuvimos el manga Berserk de Kentaro Miura, que cuenta la historia del mercenario Guts y cómo lo pierde todo una y otra vez. A la oscuridad de haber nacido de la muerte se le suma la hiperviolencia, la traición, la mezquindad… No obstante, el título supo evolucionar y darle la oportunidad a Guts de volver a levantarse y tener una familia. El propio Miura, antes de fallecer, reconocía que le gustaría darle un final feliz a su obra. Tras la muerte de su creador, el estudio Gaga ha continuado con su obra bajo las indicaciones que le dio Miura a su mejor amigo, Kouji Mori. Queda por saber si conseguirán darle ese final feliz.
Hablando de obras sin final: en 1996, George R.R. Martin comenzó a publicar el inicio de una trilogía que, pronto, evolucionó a una saga de libros y a todo un mundo: Canción de hielo y fuego. Poniente, con sus guerras, sus conflictos dinásticos y su visión oscura de la naturaleza humana se convirtió en un gran éxito, avalado por la mítica serie de HBO que la adaptaría (con final polémico incluido), Juego de Tronos. Martin, quien trabajaba en la industria de la televisión, cansado de no poder llevar a cabo sus proyectos tal y como quería, decidió escribir una saga y en ella plasmó su visión del mundo. Para ello, deconstruye a los personajes, los muestra ambiguos y presenta un realismo poético inspirado en conflictos reales como la Guerra de las Rosas. Si bien hay magia, es oscura y temible, más cercana a la brujería de los relatos de Conan el Bárbaro que a la de Gandalf el Gris. Mientras que en otras obras los héroes estaban protegidos en todo momento y los malos malísimos estaban condenados a caer, en el primer volumen, éramos testigos de cómo uno de los personajes más memorables terminaba siendo decapitado por las órdenes de un joven rey malcriado. Fue toda una declaración de intenciones. Aunque muchos la consideran el máximo exponente del grimdark, en realidad, este término empezó a utilizarse para referirse a las malas copias de Juego de Tronos, es decir, aquellas que se quedaban con la violencia, el sexo y la muerte, pero se olvidaban de la complejidad, las intrigas y el mensaje de la obra de Martin.
Todo un clásico: ilustración de Enrique Corominas para la edición de Festín de cuervos de Gigamesh. Asamblea de sucesión en las islas de Hierro. Fuente: El caballero del árbol sonrienteDe lo peyorativo al halago
No sería hasta el año 2000 cuando el término comenzaría a utilizarse en foros para describir la obra de autores como Joe Abercrombie. Según los aficionados, en La primera ley, su debut (por la puerta grande en el fantástico) Abercrombie robaba lo mezquino y cruel de la obra de George R. R. Martin, pero se quedaba muy lejos de su grandeza. Fue así como el estilo del autor inglés fue visto como oscuridad extrema, violencia gratuita y simpleza adolescente. Igual que Tyrion le decía a Jon que debía usar el insulto de bastardo como él usaba el de enano (con honor, hasta hacer que sus enemigos se diesen cuenta de que ya no les ofendía), Abercrombie, lejos de amilanarse, utilizaría el apodo de Lord Grimdark en redes sociales y continuaría deconstruyendo el género fantástico con su obra.
Lo mismo que hizo Alan Moore (gran amigo de Moorcock) con Watchmen y los superhéroes, Abercrombie lo hizo con La Primera Ley y el fantástico. Lejos de tener a magos como Gandalf, tenemos a un brujo manipulador llamado Bayaz, más cercano al sombrío Merlín del mito artúrico. Lejos de un Aragorn, tenemos a un bárbaro como Logen Nuevededos. No hay espacio para héroes, sino para inquisidores sangrientos como Glotka o espadachines arrogantes como Jezal. Todo ello con un estilo lleno de humor negro y ritmo, que lo hacen una trilogía que pronto se expandiría con otros títulos, cuentos y obras conclusivas que, seguramente, llegaron a su culmen con Los Héroes (2011; Alianza Runas, 2018), libro que narra una gran batalla desde diferentes puntos de vista, y muestra la grandeza y la bajeza del ser humano en todos los niveles.
También en 2006 surgiría la obra sobre un joven huérfano que se criaba en un nido de ladrones y buscaba una forma de prosperar en un mundo cínico. No, no hablamos de El nombre del viento de Patrick Rothfuss, sino de Las mentiras de Locke Lamora (2006, publicada ese mismo año en el catálogo de Alianza Runas) de Scott Lynch, que mezcló la novela de fantasía con las obras sobre robos y estafas de un modo distinto a como lo hizo Brandon Sanderson con el primer volumen de la saga Nacidos de la Bruma ese mismo año.
El juego del grimdark
Que en 2011 se estrenase la serie Juego de Tronos de HBO llevaría a que el grimdark perdiese su connotación despectiva y se consolidase como un género con miles y miles de fans que ambicionaban una fantasía que nos hundiera en el barro. Ese mismo año, Mark Lawrence publicaba la trilogía de El Imperio Roto con Príncipe de espinas (Nocturna Ediciones, 2026), una obra, que, como si de un Robin Hood se tratase, hablaba de un joven noble caído en desgracia que debe vengarse y recuperar todo lo que perdió tras convertirse en un forajido. Con el auge de la serie de HBO, aparecerían también obras como La corte de cuchillos rotos (Oz Editorial, 2025) de Anna Smith Park, con personajes que ambicionan un trono mancillado por la sangre.
Con el tiempo, al grimdark se le han ido aportando nuevas visiones y perspectivas. No todos los títulos surgidos son buenos, aunque sean loados por la crítica. Por ejemplo, en 2018 se popularizó en redes La guerra de la amapola (Editorial Hidra, 2023) de R.F. Kuang, por cómo usaba tropos de la dark academia con la fantasía militar para sumar elementos grimdark para denunciar lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial entre Japón y China. Lejos de lograr su propósito de desmitificar a un banda que consideramos héroes al principio para luego ser villanos, se queda en un remedo infantil y pueril de lo que sí consigue, por ejemplo, el manga Ataque a los titanes (Shingeki no Kyojin, 2009-2021, publicados en castellano por Norma Editorial), donde los héroes del comienzo se van transformando en villanos en la última parte de la obra, justo cuando se cambia la perspectiva. Pese a todo, las estrategias de marketing convirtieron La guerra de la amapola una obra que muchos aplauden.
¿Hay futuro para el grimdark?
Es una buena pregunta. Hacia el futuro, el género parece dirigirse hacia una mayor hibridación. El «grimdark puro» de finales de la década de 2000 está dando paso a narrativas más sofisticadas que integran el trauma, la política de la identidad y la resistencia colectiva.
En los últimos años, han aparecido subgéneros como el romantasy (donde el romance juega un papel fundamental, con obras como Una corte de rosas y espinas de Sarah J. Maas o Alas de sangre de Rebecca Yarros como ejemplos). Pese a algunos arranques violentos que pueda haber en estos libros, el componente sexual, explícito o no, juegan un papel fundamental.
Más interesante resulta una fantasía grimdark como la mostrada por Jay Kristoff en obras como Nuncanoche, trilogía que sigue a una asesina en serie y que es amada y odiada por igual entre los lectores, y la estupenda El Imperio del Vampiro, donde al grimdark se le agregan vampiros.
Toda corriente literaria, en el fondo, es una especie de metrónomo: cuando surge un estilo, después hay otro que lo rechaza. Si el grimdark se enfrentó a la alta fantasía, un subgénero como el hopepunk rechazó al grimdark, buscando reivindicar la esperanza, como su propio nombre indica. Cuando le preguntamos por este subgénero a Abercrombie en nuestra entrevista, comentó con tono jocoso que dudaba que existiera, al igual que dudaba sobre que realmente existiera el grimdark. Y es que, pese al éxito comercial, el género también ha tenido críticas. Más allá de aquellos que lo veían como pueril, también están los que lo consideran un subgénero cínico, que señala a todos los seres humanos como egoístas y mezquinos, esclavos del capital, cercanos a la perspectiva de que el hombre es un lobo para el hombre.
De ahí, como antítesis, nace la cozy fantasy de El café de las leyendas (2022, Roca Editorial, 2023) de Travis Baldree o el manga Frieren de Kanehito Yamada y Tsukasa Abe (publicada en castellano por Norma Editorial). En el caso de la primera, una mujer orco abre una cafetería en un mundo de fantasía tras abandonar la guerra (eso es lo poco interesante que ofrece), mientras que en la segunda, una elfa recorre los lugares que visitó con el grupo de héroes del que fue parte décadas después de la pérdida de varios de sus amigos en la que es una de las mejores obras de fantasía de los últimos años.
El grimdark ha recorrido un camino extenso desde ser un eslogan para vender soldados de plástico hasta convertirse en una de las corrientes más influyentes de la literatura fantástica contemporánea. Recientemente, por ejemplo, en un regreso a los mitos de los que parte el grimdark, tuvimos La espada fulgurante de Lev Grossman, que rendía homenaje a las fuentes tradicionales del mito artúrico, a la vez que lo deconstruía.
La mayor contribución del grimdark no ha sido la introducción de la violencia, sino la demolición de la complacencia moral en la fantasía. Ha obligado a los lectores y autores a reconocer que las historias que nos contamos sobre héroes y villanos son a menudo construcciones que ocultan realidades más complejas y sombrías. La persistencia de este estilo literario sugiere que, mientras el mundo real siga enfrentando desafíos como la crisis climática, la desigualdad sistémica y el conflicto geopolítico, los lectores seguirán buscando en la ficción un reflejo honesto de sus propias ansiedades. El grimdark del futuro no sólo nos dirá que el mundo es oscuro, sino que nos desafiará a encontrar razones para seguir luchando precisamente porque lo es.
