En Galápagos, Kurt Vonnegut ofrece su peculiar visión de la teoría de la evolución: utiliza un prisma sombrío, muy crítico, con el que pone en tela de juicio la presunta superioridad de la especie humana, empeñada en destruirse sistemáticamente. El resultado es una novela empeñada en resaltar machaconamente esta circunstancia, poniendo bajo su mando todos sus elementos y desdibujándolos. Una obra menor de un autor fundamental para entender el siglo XX
La obra de Kurt Vonnegut (Indianapolis 1922 – Nueva York 2007) pisa permanentemente los caminos de la vida de su autor hasta hacer, de ambos, un todo inseparable. En especial, Vonnegut hizo de su experiencia bélica durante la II Guerra Mundial una clave de lectura transcendental. Lo es de forma clara en Matadero cinco (1969; Blackie Books, 2021), y de forma indirecta, por cuanto la violencia o la irracionalidad derivada de la guerra está presente en muchas de sus obras, también en aquella a la que le dedicamos esta reseña: Galápagos (originalmente publicada en inglés durante 1985, la reedita en castellano Blackie Books en 2024).
Paralelamente a esta clave permanente o general, la idea particular de esta novela está ya insinuada en el título, meditado homenaje a la segunda expedición del HMS Beagle, en el que un se embarcó un jovencísimo Charles Darwin, y de cuyas experiencias y conocimientos produciría El origen de las especies (1859), el ensayo fundamental para la comprensión y desarrollo de la teoría de la evolución. Vonnegut elige de esta teoría, en concreto, el proceso de selección natural, tergiversándolo un poco para ajustarlo a su principal objetivo ficcional: la denuncia de la irracionalidad y de la estupidez humanas. Así, aquí nos pregunta: ¿en serio es ‘evolucionado’ un ser (humano) capaz de hacer tamañas atrocidades como aquellas producidas en la guerra? A partir de esta premisa, extiende esta pregunta a todos aquellos aspectos de miseria moral, egoísmo o estupidez que podrían reforzar su argumento, usando la teoría de la evolución como marco teórico principal, el tamaño del cerebro humano como metáfora representativa para explicar de forma gráfica este argumento al lector, y a un puñado de personajes como desgraciadas víctimas propiciatorias de esta idea claramente pesimista, negativa y, por momentos, terriblemente sombría.
Galápagos vuelve a contar con portada de María Medem, una de las ilustradoras de cabecera de Blackie BooksKurt Vonnegut se sirve de una voz narrativa ubicada en un futuro remoto -nada menos que un millón de años adelante desde nuestro presente- para contarnos cómo una cadena de casuales acontecimientos ha llevado a la humanidad a la irrelevancia. En su presente, nuestra especie tiene ahora aletas, nada en las aguas, posee un cerebro más pequeño, y con ello ha perdido la capacidad de razonar y de comunicarse con códigos escritos. Pero, lejos de ver estos cambios como algo negativo, esta voz narradora reflexiona sobre lo positivo que habría sido esta reintegración en lo natural, frente a los tiempos anteriores (nuestro presente), en los que un cerebro más grande (nuestro cerebro) sólo había conseguido traer violencia, muerte y desgracia.
Antes de este punto, en el millón de años anterior, es cuando ha ocurrido la crisis. Un inconcebible hundimiento de toda la economía mundial ha sumido, de golpe y porrazo, a la humanidad entera en la ruina y, por lo que parece, la ha llevado hasta su práctica extinción. Lo sabemos porque la humanidad evolucionará solamente sobre la base genética de un pequeño grupo de personas que, por una imprecisa e inconcebible cadena de casualidades, ha quedado atrapada en una porción del archipiélago de las islas Galápagos. Si sobre esta premisa disponemos a unos personajes suficientemente inútiles como para justificar ese futuro cerebro más pequeño, ya tenemos la base de la trama preparada.
La novela gastará gran parte de sus esfuerzos narrativos en mostrarnos cuán menores son las personas a partir de las cuales descenderán los humanos futuros: sus problemas genéticos y enfermedades crónicas, miserias humanas y problemas morales, desgracias e infortunios varios, para hacernos ver cómo, desde estos mimbres, poco o nada bueno podríamos llegar a esperar. Pero lo hace sin tampoco esforzarse demasiado por intentar ser confiable en su propuesta del pacto ficcional: las casualidades son ridículas, absurdas y rebuscadas. Las situaciones tampoco son creíbles. El tono humorístico no funciona. Y, como resultado, la pretendida sátira acaba convertida en un retrato deformado de una idea tan simple como el mecanismo de un botijo.
Sobre el estilo literario también tengo mis reticencias. Si es verdad que Vonnegut nunca se caracterizó como estilista de la palabra, el lenguaje aquí es no ya breve, abrupto o tosco, sino también muy repetitivo. Las frases calcan su estructura no pocas veces. A tal punto llega de simpleza que, incluso, hace indistinguibles a las voces particulares de los distintos personajes y reduce bastante el valor de una voz narradora capaz de ¿vivir? más de un millón de años. A saber en qué habrá invertido el tiempo pero, desde luego, en mejorar su lenguaje no. De forma que aquí no tenemos un estilo escueto o económico sino, simplemente, un no-estilo, improvisado y falto de planificación.
Una sensación corroborada además por la sucesión de los hechos y la alternancia de los personajes en la novela, dispuestos a salto de mata, yendo como pollos sin cabeza de un lado para otro, al simple albur del capricho de la voz narradora, a veces testigo y a veces omnisciente. Para ser así, claro, el tiempo no puede ser lineal. Y aquí estriba uno de los mayores fracasos del libro, la gestión del aspecto temporal: para tratarse de una novela pretendidamente directa y sencilla, exige de una absurda atención para gestionar correctamente la cadena de sucesos.
Entonces, al final, ¿es Galápagos una crítica a la teoría de la evolución o su confirmación? ¿No es este cambio de la especie humana una reafirmación de que los más aptos en su adaptación al entorno sobreviven… y que la especie humana está entre las más aptas desde que, en condiciones tan adversas como las propuestas, un millón de años después ha conseguido prosperar? Ese curioso centrarse en el tamaño del cerebro como proyección freudiana de un presunto progreso humano, ¿no es confundir un aspecto civilizatorio con un aspecto biológico? Disquisiciones aparte, la novela es clara en su crítica a la especie humana y no escatima esfuerzos en insistir en este aspecto, una y otra vez, de mil formas distintas.
Precisamente es esta insistencia machacona en la idea principal de la novela, reflejada de forma reiterada en numerosos de sus distintos aspectos, lo que acaba por lastrarla de forma notable. Tanto es así que, al acabar de leer todo el texto, parece tener poco más que contar más allá de esta idea principal. Surge entonces una nueva pregunta: ¿en verdad era necesario tan largo viaje para contarnos algo que queda claro, prácticamente, desde las primeras páginas?
En resumen: Galápagos es una novela entretenida, humorística, con cierta gracia en algunas de sus partes, y con algo que contarnos. El problema es que la disposición de las ideas parece surgir de cierta desconfianza en la comprensión lectora de quien lee, pues no es entendible de otra forma tal insistencia en las pocas nociones que adoban la novela. Tal es el insistir que, en cierto sentido, los aspectos literarios, creativos y narrativos -que tendrían que trabajar en una historia capaz de representar a estas ideas- no se elaboraron tanto como las ideas mismas, dejándonos en esta novela a un Vonnegut menor.

