El combate de los jefes, séptima aventura (cronológica) de los galos más famosos del cómic, es, como siempre, algo más que un mero divertimento: René Goscinny y Albert Uderzo realizan una impecable crítica al colaboracionismo, tema tabú en la Francia posbélica, y lanzan todos sus dardos contra el presidente Charles De Gaulle, en modo campaña electoral. Netflix emitió una divertida -y olvidable- adaptación en cinco episodios

René Goscinny y Albert Uderzo tenían en 1964 el desafío de superar Astérix y Cleopatra, su obra maestra en ambición, consecución y recepción mediática. Tras los avatares de una tan compleja aventura foránea, guionista y dibujante quisieron situar la siguiente historieta de los irreductibles en un ámbito más doméstico. Así, la séptima peripecia de Astérix y Obélix, El combate de los jefes (última edición en castellano de Salvat, 2025), transcurrió entre las murallas y los bosques de la aldea gala. Pero un ámbito tan familiar no implica ser, necesariamente, más seguro, y los dos amigos tendrán que hacer frente a una terrible amenaza interna: el desafío lanzado por un jefe rival para convertirse en el líder supremo de las tribus galas.

La amenaza sería apenas un anecdótico contratiempo con la poción mágica; el giro de guión de Goscinny lleva a los galos a enfrentar su destino sin el concurso de Panorámix, amnésico tras un inoportuno golpe de menhir. El recurso del golpe que hace perder la memoria no era nuevo en 1964, pero Goscinny lo reinterpreta con su capacidad habitual para darle la vuelta a las situaciones y convertirlas en eficaces y frescos gags. Así, conjuga logrados chistes sobre psicología y psicoanálisis, y consigue introducir alguna que otra alusión políticamente incorrecta (en especial al volumen de la barriga de Obélix) dentro del tono blanco humorístico general.

El combate de los jefes es una delicia menor dentro del catálogo del tándem Uderzo-Goscinny, pero es un álbum moderno, como todos los de la saga realizados por ambos, que se lee maravillosamente bien y al que apenas se le perciben las arrugas. Sí, se le nota antiguo por el trazo de Uderzo, aún no estilizado pero increíblemente expresivo y superdotado en lo caricaturesco, pero en su fondo sigue hablando de cosas que nos afectan en el día a día.

Con este simple gag en apenas dos viñetas, Goscinny le ha leído la cartilla al pasado colaboracionista francés

Era común en los cómics de Astérix guionizados por Goscinny ofrecer una visión satírica de la realidad. 1964, por ejemplo, fue año de precampaña electoral en Francia. Y no una cualquiera, precisamente: Charles De Gaulle, el héroe de la Segunda Guerra Mundial, se presentaba a una reelección complicada como presidente de la República. Dos años antes había logrado ganar un plebiscito que incrementaba enormemente sus poderes presidenciales a costa de los del primer ministro; De Gaulle se convertía así en una suerte de presidente ejecutivo elegido directamente por sufragio universal, y marcaba el paso a todos sus sucesores. El presidente se creía muy seguro de sí mismo y de sus posibilidades electorales en diciembre de 1965, y apenas hizo campaña. Su tradicional arrogancia estuvo a punto de costarle algo más que una cura de humildad cuando la izquierda, reunida alrededor de la figura de François Miterrand, por entonces un joven diputado 1 Joven, pero no inexperto: desde 1946 venía ocupando diversas carteras en los gobiernos franceses. Opositor férreo a De Gaulle, terminó tachándole de “dictador” de 41 años que supo explotar en campaña su edad como símbolo de renovación, obtuvo mejores resultados de los previstos, y obligó a disputarse una segunda vuelta en la que De Gaulle terminó imponiéndose con el 55,2% de los votos. Sería la última incursión política del general: cuatro años más tarde, contestado internamente y señalado por la gestión del Mayo del 68 francés, dimitiría tras una derrota parlamentaria sobre la descentralización.

De Gaulle fue una figura central en la historia francesa. Y un personaje crucial en las bambalinas de Astérix. Vapuleado en numerosos chistes, es sin embargo en la previa a la publicación de El combate de los jefes donde se le lanza la pulla definitiva. Abraracúrcix, jefe de los galos, organiza una rueda de prensa el 15 de octubre de 1964 que se publicará, cómo no en Pilote 2El combate de los jefes aparecerá seriado, apenas siete días después de la rueda de prensa de Abraracúrcix, y su publicación se prolongará hasta el 5 de agosto de 1965, ocupando, ininterrumpidamente, los números 261 a 302 de Pilote , la revista de Astérix, en la que anuncia la nueva aventura de sus pupilos. Sentados en primera fila, Astérix, Obélix y Panorámix siguen atentos las palabras del jefe; al otro lado, numerosos periodistas no pierden palabra de las declaraciones de Abraracúrcix. El atril, el escenario, recuerdan inequívocamente al Elíseo; la circunstancia, el tono de encorsetada fanfarria, a las largas y aburridas ruedas de prensa de De Gaulle.

Página inédita de Astérix. Chiste en la revista Pilote en la que se adelanta El combate de los jefes. Fuente: Sigue al conejo blanco

Hay más dardos contra De Gaulle en El combate de los jefes, aunque son más sutiles. Por ejemplo, en su tema de fondo: su argumento principal es una historia sobre asimilación, pero también sobre colaboracionismo. Prorrománix, el jefe rival que reta a Abraracúrcix, es un firme defensor del roman way of life. En una viñeta hace el saludo romano a los invasores, y las sinapsis inmediatamente nos remiten a Hitler, Petáin 3 Héroe de la Primera Guerra Mundial, al que su colusión con el nazismo impidió ser enterrado, como Foch, el otro campeón francés de la Gran Guerra, en los Inválidos. Como muestra de que la historia también tiene sentido del humor, fue benefactor de De Gaulle, cuya carerra militar salvó tras sonoros bandazos. Lo convirtió en una suerte de biógrafo personal, una suerte de «general de pluma», cargo que De Gaulle aborreció. Antes de la Segunda Guerra Mundial ya se detestaban personalmente y la vergüenza nacional de Vichy. Y es aquí donde volvemos a De Gaulle: durante su presidencia se esmeró por engrosar el mito de la resistencia francesa, del país que se oponía firmemente, como cierta aldea gala, al invasor. Estudios posteriores y obras literarias galardonadas con el Nobel como la de Patrick Modiano, desmontarían la imagen de la Francia resistente para acercarla a la realidad de la Francia complaciente, colaboracionista o, en el mejor de los casos, casquivana. Para entenderla en toda su terrible envergadura recomendamos la lectura de la imprescindible Trilogía de la ocupación (1968-1972; Anagrama, 2007) del ya mencionado Modiano, en la que Francia se aproxima a una Corte de los Milagros servil y apocada. Una Francia de sombras alargadas, como de expresionismo cinematográfico alemán, en la que campan proxenetas, espías, contrabandistas o sujetos de dudoso cariz como los representados, muy atinadamente, en las novelas de Léo Malet sobre Néstor Burma.

Un golpe de menhir complicará las cosas a los galos, que deberán tirar de astucia para imponerse a un rival en apariencia superior y con todo de cara. No podemos cerrar esta reseña sin celebrar el maravilloso gag de Goscinny en el que Abracúrcix derrotará a Prorrománix por puro cansancio: quince años después, ese mismo chiste sería emulado (¿homenajeado?) por los extraordinarios Monty Python en La vida de Brian (1979), cuando un pobre esclavo lanzado a la arena del circo logra agotar al gladiador que lo persigue. El humor trasciende fronteras, y el mejor, como el de Astérix aun en sus álbumes menores, es imperecedero. Un arma muy poderosa que, en manos como las de Goscinny, es capaz de poner en aprietos incluso al más condecorado de entre todos los héroes de guerra.