Brujería para chicas descarriadas, nueva novela de Grady Hendrix, es el libro en el que más nítidamente refleja poder y empoderamiento. El verdadero terror está casi más en las casas de acogida para jóvenes embarazadas que proliferaron durante casi tres décadas en Estados Unidos que en las propias brujas que presenta. Las protagonistas femeninas de Hendrix, tan habituales en su obra, alcanzan su verdadero cenit, al realizarse a partir de la defensa y la concienciación de la utilización voluntaria de sus cuerpos.
El 24 de junio de 2022 el Tribunal Supremo de Estados Unidos, de mayoría conservadora, revocó la sentencia Roe contra Wade, de 1973, que marcaba la jurisprudencia constitucional en materia de protección del aborto. Al dejar en papel mojado la Roe contra Wade, el máximo tribunal estadounidense permitió que cada estado legislase en función de su orientación y moral sobre el aborto, satisfaciendo de esta manera una vieja demanda de los sectores más reaccionarios de su país. Grady Hendrix ya conocía la decisión1 De hecho, cita expresamente, en lo que se entiende como una reivindicación, la sentencia Roe Vs Wade en sus agradecimientos cuando publicó Brujería para chicas descarriadas (Minotauro, 2025), su novela más reciente.
Sacamos a colación esa resolución adversa porque es necesaria para contextualizar la nueva obra del que es el escritor (estadounidense) 2 Porque, aunque a veces nos resulte difícil, hay vida terrorífica incluso más allá de lo anglosajón. Por ejemplo, uno de los mayores fenómenos del género actual es el húngaro Attila Veres de terror más fresco del panorama actual. El terror de Hendrix suele ser, como se aprecia de manera muy clara en Brujería…, un pretexto, un camuflaje, para abordar temas sociales muy delicados. En este caso, es un simple matiz anecdótico: en la novela hay brujas, pero dan menos miedo, o resultan más inofensivas, que el propio sistema represivo descrito en sus páginas.
Brujería para chicas descarriadas pone el foco en aquellas jóvenes que, entre 1945 y 1973, fueron obligadas a parir a escondidas en “casas de acogida”, centros privados distribuidos por todo Estados Unidos -Hendrix cuenta 190 en 46 estados- y administrados por el Ejército de Salvación o la Iglesia Católica, entre otras instituciones; sociedades privadas que, en todo caso, consideraban a esas jóvenes (o muy jóvenes) embarazadas fuera del matrimonio auténticas lacras sociales a las que había que reeducar y redirigir en los más rectos valores morales (que eran los que imponían ellos, claro). La señorita Wellwood, administradora de la casa Wellwood, le resume a Fern, la protagonista, el sentir de los tiempos en su primer encuentro: “He tratado con cientos de chicas como tú. No eres la primera. Ni serás la última […]. Harás lo que se te diga porque yo sé lo que es lo mejor para ti, por experiencia propia […] Tu experiencia no estará exenta de dolor. Génesis, capítulo tres, versículo decimosexto: “Con dolor parirás los hijos”. El dolor del parto es la maldición de Eva. El dolor sirve para recordar que estás aquí porque has infringido dos de los diez mandamientos, has cometido adulterio y has deshonrado a tu madre y a tu padre, y el sufrimiento es tu castigo”.
Así pues, en los Estados Unidos de hace no mucho, y durante casi tres décadas, “lo mejor” para chicas cuyo crimen era haberse quedado embarazadas demasiado pronto y sin estar casadas, para vergüenza familiar, era obedecer a aquellos que sabían qué era lo que les más convenía. Tenían que dar a luz, que padecer el máximo dolor al que puede estar sometida una mujer, y luego verse privadas de su retoño, que sería dado en adopción a familias que pudiesen ofrecer a esos niños “algo más que amor” -como no cesa de repetir Diane, la trabajadora social de la Casa Wellwood, la cara amable del sistema perverso-. Es decir, un “futuro” 3 A este respecto, una disertación en nota al pie para no desviarnos del tema. Resulta curioso cómo funciona la hipocresía, que es igual en dictaduras que en teocracias de facto o incipientes. En España, durante el franquismo, y en varios países latinoamericanos, durante sus dictaduras, despojaron a muchas mujeres, muchas veces por la fuerza, de sus hijos biológicos, para entregarlas a familias afectas al régimen. Esos crímenes se investigan ahora en los tribunales. Sin embargo, los bondadosos padres de familia podían tener hijos fuera de su matrimonio, y eran considerados bastardos; si sucedía al revés, eran una rémora. Un mensaje perturbador, denunciado con tesón en una novela cuyas escenas más terroríficas y explícitas suceden en un paritorio, durante un parto.
Grady Hendrix vuelve, en lo que ya es una marca de estilo, a ponerse del lado de los incomprendidos, de los descarriados. Y vuelve a apostar, como en casi todas sus obras -desde luego, en todas sus novelas “mayores” se cumple esta dinámica- por un protagonismo femenino. Hendrix es el George Cukor de la novela de Terror: Cukor fue el mejor director de actrices del Hollywood clásico; ningún otro cineasta sabía crear mujeres tan sólidas como él. Los mejores personajes de Hendrix son siempre mujeres. En Brujería… apenas hay hombres, y salen muy mal parados 4 Todos ellos, si se atiende bien, son pilares del sistema. Hay otro más, de presencia alargada: el padre de la señorita Wellwood, prominente médico, omnipresente en los retratos que cuelgan en cada ángulo de la mansión para recordarles a las chicas la terrible infamia de su delito: aparece un obstetra jurásico, descrito como un ave de rapiña, unos policías represores, un padre iracundo, y hay hasta un sacerdote pedófilo que resulta ser el motivo que termina por justificar las prácticas brujeriles de cuatro chicas de la mansión Wellwood: Fern, Holly, Zinnia y Rose.
Como en otras novelas anteriores, Hendrix introduce el terror como parte de un juego: las cuatro amigas encuentran un manual de brujería, Cómo ser una bruja enrollada, en la biblioteca ambulante de la señorita Parcae, y empiezan a realizar pequeños hechizos, trucos domésticos que, sin embargo, insinúan un poder superior. Brujería para chicas descarriadas es, más que nunca en la bibliografía del autor, una novela sobre el empoderamiento. Hendrix lanza el recado, manido, de que todo poder conlleva una gran responsabilidad y un gran sacrificio, y además va más allá al proclamar que el gran poder femenino reside en el control y la decisión sobre sus cuerpos. Anulado este poder, las mujeres quedan reducidas a títeres.
Cuando Fern, Holly, Zinnia y Rose descubren las capacidades de ese poder se sienten libres, alejadas de esa prisión llamada Casa Wellwood 5 Una prisión que ejerce también de casa encantada, de pesadilla: da igual lo que se haga, pues siempre se vuelve a ella; por sus pasillos pulula el recuerdo de otras chicas, de otros fantasmas, que residieron en aquellas paredes, olvidadas, repudiadas, odiadas. Durante un tiempo levitan, casi pueden volar. Pero las cuatro son producto del sistema, y vuelven al engranaje opresivo que supone ese espejismo de vida que otros han trazado por y para ellas: los estudios, los trabajos, el matrimonio, la familia bien… Para Hendrix el empoderamiento es también tener el coraje de poder resistirse y cambiar el rumbo de las cosas. Como bien sabe, y manifiesta, es un camino arduo, lleno de dolores y sinsabores, pero que, si se termina recorriendo, tiene como meta la máxima realización personal.
Hay mucha dinamita en Brujería para chicas descarriadas. Es un libro que es anatema en los actuales Estados Unidos, cada vez más cercanos a la distopía de El cuento de la criada, que a los mundos optimistas de Asimov, y por eso necesita apelar a elementos de un terror más identificativo y “más temible” en lo convencional. Qué mejor baza para distraer la atención que hablar de brujas, mujeres temidas y odiadas, posiblemente adelantadas a su época en la mayoría de los casos, en vez que de centros de acogida asimilados al sistema que funcionan como auténticas cárceles. Hendrix cede a lo convencional, ma non troppo: sus brujas son casi una Wicca, una comuna hippie, una fraternidad de mujeres expulsadas de una sociedad que les impone un rol, un lugar y un silencio. El escritor muestra simpatías hacia ellas, aunque con la reserva que da la seguridad de que también son un elemento de control de voluntades, con su habitual sentido del humor negro -ese que le lleva a idear títulos que suenan a manuales de autoayuda (Cómo ser una bruja enrollada es un buen ejemplo) y que encierran muchas verdades feroces-. Porque la mayor verdad de la obra de Hendrix es que los auténticos monstruos son aquellos que intentan enseñarte qué es lo mejor para la gente, lo que más les conviene. Los auténticos artífices y artificios del sistema.


