Modesto y Pompón fueron creados por André Franquin en 1955. Durante cuatro años, Franquin se desdobló en las revistas Spirou y Tintin (editorial de Modesto y Pompón), para cumplir con un encargo semanal de historietas autonclusivas sobre estos dos jóvenes personajes, sofisticados, elegantes, representantes de una burguesía de clase media lozana, próspera, con todo el futuro por delante. Las historietas de Franquin, coescritas por Greg y Goscinny entre otros, son eficaces, chispeantes y divertidas. El lector puede acceder a ellas gracias al integral de Dolmen Editorial: se lo va a pasar bomba con su humor estrafalario.

Las imágenes que acompañan a este artículo han sido facilitadas por Dolmen Editorial, y se publican con su expreso consentimiento

André Franquin. La sola mención de su nombre remite a una irrepetible edad de oro del cómic europeo. Primero de su clase de la escuela de Marcinelle, dibujante superdotado, su recuerdo se asocia al Marsupilami, del que fue creador, a Spirou y Fantasio y a Gastón el gafe, su obra cumbre. Tantas genialidades acumuladas, tanta historia del cómic, difumina sin embargo la evocación de otras creaciones igualmente interesantes dentro de su prolífica carrera. Como Modesto y Pompón.

La historia detrás del conjunto de historietas protagonizadas por estos dos amigos 1 O algo más, pero en los tiempos en que se crean las relaciones sentimentales debían ser discretas. No fuera a ser que alterasen la buena moral…burguesa es digna de telenovela. En 1955 Franquin es la estrella indiscutible de la revista Spirou, buque insignia del sello Dupuis. Franquin es ese historietista capaz de entregar sus tres páginas semanales, pactadas por contrato, y además aportar dibujos de portada o de relleno para la publicación. El “niño querido” es tratado con bonhomía por Charles Dupuis, el editor que ha convertido el sello que lleva su nombre en un hogar en el que prima un fuerte sentimiento de familiaridad. Dupuis valora sobre todo la lealtad, y agasaja a sus autores con grandes palabras y con gestos paternalistas, aunque sus acciones ocultan deshonestidad: un problema con el pago de los derechos de obra, derivado en choque con el contable de Dupuis, provoca las iras de Franquin, que se siente traicionado también por la fría reacción del editor. Su reacción es visceral y airada: contacta con Le Lombard, la editorial rival, la que publica la revista Tintin. Con Le Lombard se comprometerá a presentar unos nuevos personajes que nutrirán el catálogo, ya prominente, del sello. Pero Franquin es, en esencia, un sentimental y termina haciendo las paces, en términos poco ventajosos para él, con Dupuis. El hijo pródigo regresará a casa, pero con una mochila un poco más abultada: mantiene su compromiso con Le Lombard, lo que añadirá aún más trabajo a su planificación estajanovista.

Así, el 19 de octubre de 1955, luego de haberse anunciado su fichaje por todo lo alto unos meses antes, Franquin debuta en la competencia. Publica una nueva serie, que llevará por nombre Modesto y Pompón, en el número 42 de Tintin 2 La última historieta de Modesto y Pompón publicada por Franquin en Tintin Bélgica -hay una cabecera gemela en Francia que sigue su propia numeración, correlativa y no anual- será en el número 27 de 1959 (de 15 de julio) , entre las páginas de El asunto Tornasol, de Hergé, y El enigma de la Atlántida, enésima aventura fantacientífica de Blake y Mortimer. A un agotador ritmo semanal, la revista se irá nutriendo de sus historietas autoconclusivas, centradas en un gag o chiste puntual. Franquin, sobrepasado, abrumado a veces por el peso del trabajo, se apoyará en jóvenes guionistas que le proporcionarán ideas, y gags, para cumplir con Le Lombard. Entre sus colaboradores estarán un Goscinny primerizo, que ha empezado a perfilar las aventuras de Lucky Luke (le quedan tres años aún para idear la aldea gala), y Michel Regnier, «Greg», uno de los mejores del campo, asiduo de Franquin desde entonces. Goscinny y Greg aportarán personajes y situaciones que perfilarán la esencia de Modesto y Pompón: suyos serán, respectivamente, los vecinos Peñazo, prototipo del burgués criticón que denuncia la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio, y Demorros, el funcionario de Hacienda de colmillo retorcido, cascarrabias, burócrata inflexible y autoritario, con un excesivo sentido de la propiedad.

Demorros y Modesto, condenados a entenderse… ¿O no?

Greg se impuso como guionista regular de la serie, por encima de Goscinny y otros, porque entendía mejor el humor de Franquin, y porque captó el tono de estas historietas: Modesto y Pompón de lo que trata fundamentalmente es de propiedad, en un sentido burgués de identidad social. Para entender a qué nos referimos, situémonos en el contexto de la Bélgica de 1955 pero también de la revista Tintin: el país ha olvidado ya los oscuros años de la guerra, ha dejado atrás la posguerra, y se encamina, aceleradamente, hacia unas décadas prósperas (la treintena gloriosa), que la encumbrarán como uno de los motores del desarrollo europeo. En este tiempo de bonanza prolifera la clase media: urbanita o rural, se mide por su visión de futuro, de progreso, de propiedad. Ser de clase media supone cortar lazos con el pasado, “avanzar”, y también poseer. Modesto vive en una casa unifamiliar de varias plantas con buhardilla. Tiene un jardín grande y adornos a la moda: sus paredes se engalanan con Picassos, sus lámparas son de último modelo, su coche es un Ford; no el mejor de su especie, pero sí el más vendido, el más distintivo. Ser de clase media, como Modesto, y Pompón, siempre elegante, impoluta en su aspecto, equivale a ser sofisticado. A disponer y administrar sus rentas y también su tiempo: por eso el ocio es distinción social. Leer, ir a restaurantes, a exposiciones, estar a la última en lo que se refiere a la vanguardia. Es cultivar el espíritu al igual que el patrimonio.

Y ser de vanguardia es también ser de la revista Tintin. La publicación no es sólo el semanario que va sacando las aventuras del reportero y sus amigos con regularidad semanal; es también un modelo de rectitud moral, de ejemplaridad en los valores y en las formas. Tintin es orden, mientras que Spirou es improvisación. Tintin representa lo burgués; Spirou, lo que quiere salirse de la norma (dentro del sistema). En estos dos mundos, diametralmente opuestos y sin embargo complementarios, Franquin se siente más seguro, más cómodo, en la cálida camaradería de Spirou. Pero se presta a jugar también con las reglas de Tintin, porque él mismo es burgués, ama los coches, colecciona arte… Y no obstante es cándido, algo temperamental, amigo de sus amigos: es el chico de la sonrisa radiante y acogedora, siempre puesta, y siempre dispuesto a ayudar 3 Una muestra de su entrega: Franquin se mostró siempre preocupado por la atribución de cada guionista en sus historietas sobre Modesto y Pompón. Malpagados y peor reconocidos en 1955 -posteriormente, lograrían ser también autores de pleno derecho, aunque esa es otra historia que ya contaremos-, los guionistas malvivían de su trabajo. Franquin llegó a pagar de su propio bolsillo parte del salario de sus guionistas de Modesto y Pompón . Es como ese Modesto despeinado, voluntarioso y bienintencionado.

Otros personajes recurrentes, fuente de innumerables gags, son los traviesos sobrinos de Félix, a los que cuida Modesto

A lo largo de sus años de contrato con Le Lombard, Franquin realizó 184 historietas. Todas ellas pueden leerse en el volumen integral que les ha dedicado, con su esmero habitual, Dolmen Editorial (2016); además de la completa producción modestopomponiana de Franquin, el volumen se completa con cinco textos contextualizadores, cinco ensayos que permiten comprender mejor el proceso de gestación de esta obra. Uno de ellos recoge fragmentos de una entrevista con Franquin, en la que se sincera respecto de sus dos personajes: “Son marionetas creadas inconscientemente a medida para Tintin, un poco burguesas y asépticas. Pompón es amable, Modesto es un fanfarrón simpático, pero en el aspecto psicológico no se les puede pedir demasiado” Y sigue: “Le Lombard me encontró el nombre de Modesto en el calendario, el de Pompón lo había encontrado yo, y se debe a que lleva pompones en el pelo”.

Es cierto que no hay un gran desarrollo psicológico en esta historietas, ligeras y efectivas. No le hace falta: todas se leen con atención, divierten y hasta provocan carcajadas sinceras. Es posible imaginar a Franquin elaborando sus guiones, cuando los escribía él, o dibujando sus páginas, con una sonrisa traviesa. Modesto y Pompón profesa un humor cruel y estrafalario, que debía ser muy del gusto del propio autor: en sus páginas, por ejemplo, Franquin se ríe de las deformidades de una manera en la que es imposible reprocharle mal gusto. O demuestra su querencia por las enfermedades mentales (son varias las historias en las que Modesto acaba en un sanatorio psiquiátrico) o por reírse de la autoridad (muchas de las trastadas enumeradas terminan en multa o con algún personaje entre rejas). Pompón, a pesar de ceder su nombre en la cabecera de la serie, sólo es la verdadera protagonista en una de ellas, y en las demás quede relegada a un segundo plano, casi siempre relacionada con tareas domésticas, en las que sobresale (aún así, da una imagen mucho más moderna que las amas de casa cinematográficas estadounidenses de su misma época).

Las historietas son frescas, y han evolucionado bien porque nacieron modernas. Hay elementos que las constriñen como hijas de su tiempo, como Félix, el amigo vendedor de Modesto, un recurso para el disparate que acaba adquiriendo cada vez más protagonismo como inagotable fuente de gags, o como el tío de provincias desahogado económicamente -Sinforoso- que acude a visitar a su sobrino Modesto. en compañía de su ruidoso gallo Julio. Salvo por pequeñas pinceladas, las historietas están muy enraizadas en un presente próspero y se abisman también a un futuro prometedor. Modesto tiene ramalazos de inventor, anticipa algunas mejoras técnicas que facilitarán la vida inminente, y, sobre todo, es prolongación de esos otros hijos de Franquin que, con los pies en su época, se mueven inexorablemente hacia la siguiente: Modesto tiene algo de Pacomio de Champignac y de Fantasio; Pompón posee ciertas dosis del desarmante pragmatismo de Secottine… Los dos protagonistas cuentan con esa hambre de curiosidad que caracterizaría durante toda su existencia a Franquin, y que sería capaz de transmitir a todas sus creaciones. Por eso todos sus personajes inventan, fabulan, sueñan. Quieren siempre ir varios pasos por delante.

Félix en todo su esplendor en uno de sus gags más memorables

Franquin se vio obligado a desentenderse de sus personajes por cuestiones contractuales: los derechos se los quedaría Le Lombard al cabo de cuatro años 4 Modesto y Pompón seguiría publicándose, con éxito y calidad desigual, hasta 1988. Llegarían incluso a hacer alguna incursión en la historieta “larga” . La editorial encargaría su continuidad a Dino Attanasio, que aprendió lo que significaban Modesto y Pompón trabajando codo con codo con Franquin, y a otros, pero perderían su alma, su esencia. Les faltaba esa chispa, ese ingenio, tan característico de André Franquin. El dibujante de la sonrisa eterna, amable, acogedora, que, desde su anclaje en la tierra, abrió la ventana del progreso, de la prosperidad. Sus trazos siempre contenían un mensaje, en sus viñetas no se desperdiciaba nada ni había lugar para el azar. Por eso fue único e irrepetible.

Y así lo pueden atestiguar también Modesto y Pompón, dos chicos de su tiempo, jóvenes y enérgicos como el estatus -y el tiempo- que pretendían representar.

Los coches, una pasión de Franquin…y de Modesto