Mickey7, del veterano Edward Ashton, es una novela entretenida en la que el tono ligero y algo burlón acaba convirtiendo las ideas transcendentales ocultas tras su telón en, prácticamente, una parodia filosófica, un espectáculo sin mayor trasfondo, un simple divertimento, y a Mickey7 en una marioneta al servicio de esa parodia. Es una novela que no se toma en serio a sí misma
A veces, una película o serie alcanza tal relevancia o impacto global que la obra literaria en la que se basa, en vez de verse impulsada o catapultada al mismo grado de conocimiento popular, acaba sin embargo oculta bajo su gigantesca y oscura sombra. Este es el caso de Mickey7 (Minotauro, 2025; originalmente publicada en 2022), cuya adaptación cinematográfica, líder en visualizaciones en HBO-MAX en el momento en que escribo esta reseña, está dirigida y guionizada por el oscarizado director coreano Bong Joon-ho (Parásitos) y protagonizada por el icono noventero Robert Pattinson (Crepúsculo). Muchos de los aficionados al género de la ciencia-ficción ignoran, además, que la película tiene una base literaria: es el síntoma más que evidente, por otra parte, de que la escasa fama de su autor, Edward Ashton (Rochester, estado de Nueva York, Estados Unidos, 1970), veterano escritor con varios relatos y novelas (Mickey7 es ya la tercera que publica) a sus espaldas.
Pero está claro que, sea en el formato que sea y cómo sea, una obra cualquiera no alcanza el conocimiento del público si no existe en ella algo lo suficientemente atractivo como para interesar a la gente. Y aquí tenemos factores de interés más que de sobra.
La novela
Mickey7 (de nombre Mickey Barnes) es un ser humano de un tiempo lejano e impreciso 1 La única referencia nos sitúa más de seiscientos años después de «la Diáspora», en la que la humanidad abandonó su inhabitable planeta natal tras una crisis climática y demográfica con un trabajo la mar de inusual: es el Prescindible de la nave Drakkar, una nave enviada desde el planeta Midgard (uno de esos planetas colonizados y terraformados tras la Diáspora) para seguir colonizando otros planetas en otros sistemas distintos. Como Prescindible que es, su vida parece que vale para la misión entre nada y cero; de hecho, el riesgo de las muchas labores peligrosas a las que se expone -algunas de ellas mortales de necesidad- hace que, cada vez que muera, otro nuevo Mickey se imprima y se ponga en servicio como si nada pasase, con los mismos recuerdos y valores y comportamientos que el Mickey inmediatamente anterior. Por eso, el Mickey Barnes narrador es la sexta reencarnación del original, y como tal se dirige a nosotros en todo momento. Pero algo pasa que hace que esta rutina, de repente, cambie para siempre.
Durante una misión, en la exploración del planeta Niflheim, unas criaturas nativas con aspecto de gusano parecen mostrar una actitud hostil hacia los colonos humanos. Para la exploración de la zona donde creen que viven, el jefe de la misión envía a Mickey7. Sin darse cuenta, y debido también a la intrascendencia con la que vive todas sus anteriores muertes, cae por una profunda grieta en un tonto descuido y, sin esperanza de salir con vida, tanto sus compañeros como él mismo lo dan por muerto. De aquí que, a las pocas horas de este diagnóstico, Mickey8 se imprima. Pero como en la vida pocas cosas son lo que realmente parecen a primera vista, aquí la novela también nos sorprende, y estos gusanos ayudan a Mickey7 a salir de la grieta y a volver a la cúpula bajo la cual reposa su nave. Así que, en este momento, Mickey7 y Mickey8, inadvertidamente para todos, conviven bajo el mismo techo.
Lo que en sí podría no ser un problema, y hasta podría tener sus ventajas, causa aquí una crisis. Pues el jefe militar de la misión, Marshall, y otros muchos tripulantes, son Natalistas: creen que un cuerpo sólo puede tener un alma y, por ello, más allá de su muerte cualquier “reencarnación” o “reimpresión” no es más que una abominación. Por eso, ambos Mickey ocultan su situación, abriendo la puerta a muchas preguntas relevantes: ¿es más “prescindible” una vida que la otra, y por tanto un Mickey tendría que morir antes que el otro, o no? Si lo es ¿quién muere antes y por qué? Y ahora que saben que hay otro Mickey por ahí, ¿adquiere su vida un significado/valor distinto a antes de saberlo? La muerte ¿tiene una transcendencia distinta ahora que saben que, aun siendo los dos iguales en apariencia, son distintos? ¿Cuál es el valor de la vida? ¿Y de la muerte?
La premisa es sumamente interesante y la trama tiene las aristas suficientes como para ofrecernos una gran historia, aderezada por personajes con un tremendo potencial de desarrollo. Pero todo se queda ahí, en la potencia aristotélica. En la novela, de hecho, ninguna de estas promesas se convierte en realidad.
Los personajes son más planos que las Tierras de Castilla, y jugan con los clichés de género a un nivel tan básico que asusta, con Marshall como gran icono de la masculinidad tóxica y la agente de seguridad Cat como su reverso de sumisión femenina. Tampoco Mickey7 se libra de la hecatombe, limitándose a ser un “simpaticón” clásico sin apenas profundidad y que, más allá de dos momentos puntuales, nunca parece albergar realmente el conflicto interno al que la trama alude. La historia adolece también de una excesiva simplicidad, con personajes que adoptan una actitud reactiva a una trama que avanza sin orden ni concierto hacia un final precipitado e inconexo, una muestra más que clara de que estamos ante una novela que no se toma en serio a sí misma. Sorprende que, teniendo entre manos una propuesta tan metafísica y transcendental, se adopte sin embargo por un tono ligero y cierto humorismo zafio que nos aleja eones de lo que una expectativa razonable haría esperar. Y ya se sabe lo que sucede cuando la expectativa y la realidad se distancian tantísimo entre ellas: la decepción.
Decepciona también el tratamiento de los subtemas que, como el resto, se tratan a salto de mata a partir de un uso -a veces abusivo- de la anacronía y la elipsis, de manera que el uso del tiempo acaba pareciendo más un recurso accidental para la introducción de nuevos hechos, casi siempre insustanciales, que algo voluntaria y conscientemente construido. Esta sensación de intranscendencia va alejándote cada vez más y más de la historia hasta que acabas, claro, leyendo casi más por devoción (a la lectura) que por pasión (a la historia). Y eso que los subtemas son también sumamente interesantes. Tras la Diáspora no se trata sólo el tradicional tema del apocalipsis climático sino también la dificultad de la exploración espacial, el riesgo del ir más allá de nuestro planeta. Además, claro, de la complicación de la convivencia de cualquier grupo humano en estas condiciones: hacinado en un espacio reducido y sintiendo permanentemente en su cogote la sensación de peligro y emergencia.
Mickey es aún más prescindible en la disparatada película de Bong Joon-ho. Pura serie B, con alma de serie ZEl rol de Marshall abre un pequeño ventanuco al militarismo y a la vida considerada como algo intranscendente e irrelevante, y queda subordinado por completo a los intereses geopolíticos y la ideología utilitarista, pero se gestiona tan mal que sólo se trata dignamente en las últimas decenas de páginas, cuando vuelven a escena los gusanos del inicio. Ellos, ignorados durante buena parte de la trama, acaban sosteniendo el peso del mensaje sobre la convivencia de los diferentes, de la pluralidad y del cosmopolitismo. Y las relaciones de Mickey7 con las mujeres, ridículas y estereotipadas, intentan poner el acento en cómo el amor y la identidad a través de las demás personas nos hace humanos, convirtiéndonos en personas únicas y, por extensión, en vidas dignas de ser vividas; pero tampoco aquí el tono de la novela ayuda en nada. La aparente contraposición de Cat con la prototípica Nasha acaba siendo más un ridículo escarceo que una reivindicación útil.
También, como buena novela de ciencia-ficción, echa mano con inteligencia -pero sin suficiente provecho- a conceptos como los de la antimateria o los monopolos magnéticos para explicar la posibilidad del viaje espacial a casi la velocidad de la luz. Introduce unos “gusanos” que, por su descripción, nos imaginamos cercanos a los tardígrados -ahora mismo únicos habitantes de la Luna, por cierto-. Y trata también la gravedad y la construcción de espacios con un notable rigor, pero sin gran hondura.
Pero si hay algo que es muestra clara de todo este desconcierto tan bienintencionado es la voz narrativa, todo el tiempo dirigiéndose a una tercera persona que no sabemos quién es y de la que tampoco conocemos el porqué de su existencia. ¿Se trata de un informe de misión? ¿De un diario contado a sí mismo? ¿De una novela del año chorrocientos? Ni idea. Mickey7 es un narrador-testigo con un público desconocido y un contexto comunicativo aparentemente irrelevante. Entonces, si es así, ¿qué sentido tiene todo?
De esta forma, Mickey7 se nos presenta como una novela entretenida en la que el tono ligero y algo burlón acaba convirtiendo las ideas transcendentales ocultas tras su telón en, prácticamente, una parodia filosófica, un espectáculo sin mayor trasfondo, un simple divertimento, y a Mickey7 en una marioneta al servicio de esa parodia.
Si se busca algo así, esta será una novela digna de ser leída, pero si se alberga la esperanza de algo más, de un je ne sais quoi derivado de su premisa, la decepción acecha tras la puerta. Cada uno sabrá si la abre o no. Lo que tengo claro es que, una vez sabido lo que hay tras ella, nunca volvería a entrar en esa habitación. Simplemente, no me interesa.

