En La espada fulgurante Lev Grossman vuelve a forjar el mito del rey Arturo con bastante respeto, con afán de completar la historia y agrupar todas las versiones que previamente se han narrado sobre el célebre personaje; sin embargo, ese afán por ser un compendio puede que sea el que pese más en su contra. No es fácil regresar a las leyendas artúricas después de que se haya escrito tanto en ellas y sobre ellas, por eso Grossman se vuelca en lo que «vino después», mientras reflexiona sobre la condición de héroe. La narración se estanca más de lo debido ante la gran cantidad de historias secundarias.

“Somos los d-despojos de Camelot. Ya se ha librado la última batalla, todos los mejores han muerto, y nosotros somos lo que queda”.

Al final de la primera temporada de la adaptación televisiva de Los magos, el protagonista Quentin descubría que quizá él nunca había sido precisamente eso: el protagonista. Todos pensamos que estamos destinados a ser el gran héroe, el personaje principal, pero ¿y si en realidad sólo somos personajes secundarios? ¿Y si no estamos destinados a ser Frodo, Kvothe o cualquier otro gran héroe del fantástico? Una idea aparentemente nimia, pero que cambiaba todo el sentido de la adaptación de las novelas de Lev Grossman y que el autor ha continuado con La espada fulgurante (Ediciones Destino, 2025), su retelling del mito de la Bretaña del rey Arturo.

En su nueva novela, Grossman sigue la historia de Callum, un muchacho que desea formar parte de los Caballeros de la Mesa Redonda del Rey Arturo. Sin embargo, cuando llega a Camelot, el reino se encuentra en decadencia: sus paladines han perdido el rumbo (sólo quedan los más secundarios), porque su rey, al que habían jurado servir, ha muerto. Es entonces cuando Callum se percata de que quizá ha nacido en el momento erróneo; si hubiese sido mayor, podría haber luchado junto a su héroe frente a las hordas sombrías que acechaban el mundo. Es así, por azares de un destino inexorable, como pierde la oportunidad de que su nombre quede grabado en la Historia, al igual que la inscripción de la piedra del yunque que sostuvo Excalibur… ¿O tal vez todavía quede tiempo para llevar a cabo una última gesta?

En La espada fulgurante encontramos una clara dicotomía. Por un lado, tenemos al mismo Lev Grossman de Los magos, en la que deconstruyó la dark academia y la fantasía de obras como Las Crónicas de Narnia, sólo que esta vez aplicado a la fantasía épica, con momentos como el sangriento y desmitificador enfrentamiento de Callum (los ojos del lector) con otro caballero al principio de la novela, o al incluir a un caballero homosexual como Bedivere… Y, por otro lado, al deconstruir, vuelve a forjar el mito del rey Arturo con bastante respeto, con ese afán de completar la historia y agrupar todas las versiones que previamente se han narrado sobre el célebre personaje. Sin embargo, ese afán por ser un compendio puede que sea el que pese más en su contra. Da la impresión de que Grossman ama fuertemente todo el mito artúrico y ha querido sumar su obra a éste. Es como ese amigo que adora un tema y te puede hablar horas y horas sobre él con una pasión y entusiasmo encomiable en estos tiempos donde todo es efímero y banal. El autor no siempre logra transmitirlo por completo en La espada fulgurante: no es fácil regresar a las leyendas artúricas después de que se haya escrito tanto en ellas y sobre ellas.

La dama del lago, Howard David Johnson (1954). La imagen condensa tres de los elementos del mito artúrico: la predestinación divina, el mago Merlín y la dama del lago

El mito artúrico

Esta materia literaria surgió en la Edad Media y fue considerada, junto a las gestas de Carlomagno y los mitos clásicos procedentes de las antiguas Grecia y Roma, uno de los grandes ciclos de la literatura de su época, y fue profundamente influyente. Por ejemplo, en España, gran parte de la novela de caballería tomaba elementos de ésta, como puede apreciarse en Amadís de Gaula o Tirant lo Blanc. Tal fue su éxito durante la Edad Media y el Renacimiento que el propio Miguel de Cervantes la inmortalizaría mediante la deconstrucción en su obra maestra, El Quijote. “Desde entonces, la historia de Arturo se ha contado una y otra vez a lo largo de unos mil cuatrocientos años, y nunca se ha narrado dos veces de la misma manera exacta”, afirma Lev Grossman en el breve epílogo donde hace hincapié en los apuntes históricos y se incluye a sí mismo dentro de la larga lista de autores -como Mary Stewart, Bernard Cornwell o Nicola Griffith- que han creado su propio rey Arturo a partir del mito, con algunos detalles históricos pero también con anacronismos y contradicciones de las cuales él mismo es consciente. “Es algo caótico -escribe- pero yo aduciría que ese caos forma parte de la tradición artúrica”.

Un caos al que Grossman busca dar cierto orden, como utilizar el realismo en el apartado fantástico, sin sacrificar su maravilla. Por ejemplo, toma como fuente del mito la versión que considera a Arturo un heredero del fracturado Imperio Romano que invadió Bretaña (idea en la que, por ejemplo, se profundizó en la película El rey Arturo, de Antoine Fuqua, 2004). Grossman no sacrifica los elementos fantásticos del mito, como ya hicieran varias fuentes clásicas: en 1136 Godofredo de Monmouth recopilaría e inventaría genealogías y mitos que vinculaban a los primeros reyes con antepasados míticos. De Monmouth no había descubierto el sol: Eneas, superviviente de la Guerra de Troya y protagonista de La Eneida, fue la clave con la que los romanos hallaron un pasado mítico 1 Este pasado mítico es uno de los puntos básicos del cantar de gesta, otro de los géneros populares en la Europa medieval, que buscaba crear héroes comunes para toda una nación (cuantos más antepasados legendarios o divinos tuviese, mejor que enalteciera sus orígenes. Lo que es seguro es que Monmouth inventó bastante sobre Arturo, tomando matices de la historiografía medieval y aplicándolos a un pasado mítico, cuestión que también lleva a cabo Grossman cuando decide respetar los puntos fundamentales de la historia.

Del mismo modo, a lo largo de la novela, se lucha contra la propia bicefalia de la materia de Bretaña: la gran ironía sobre el mito del rey Arturo, con sus romances caballerescos y su célebre amor cortés, está en que fue forjado por los franceses. Autores como Chrétien de Troyes retomaron el mito y crearon los romances donde se incorporaron multitud de detalles que hoy asociamos con Arturo, como sir Lancelot del Lago o la búsqueda del Santo Grial, indisoluble desde entonces con la leyenda y metáfora sobre el intento de salvar nuestras almas. A partir de aquí, se ampliaría la participación de personajes como Merlín y se daría todavía más detalles sobre el reino de Camelot y personajes como Perceval, y que luego sería pulida por Robert de Boron en un afán de quedarse con lo mejor de cada versión… y así hasta llegar a La Muerte de Arturo de Sir Thomas Malory (seguramente la fuente en la que muchos autores como Lev Grossman se han basado para contar sus historias, ya que aquí tenemos una síntesis y culminación de la materia artúrica). En esta obra, Malory ve con nostalgia un pasado caballeresco que, en realidad, jamás existió más allá de las leyendas, y es esto lo que explora también Grossman en La espada fulgurante: ¿Qué ocurre cuando sentimos nostalgia por algo que jamás sucedió? Así, nos habla de la oscura realidad del propio mito: “Era una verdad por la que había que pasar de puntillas con cierta aprensión, una hebra oscura en el tapiz dorado de Camelot. Desde luego, nunca la había oído en los términos en que la había contado Morgana, como un cuento de hadas al que le habían dado la vuelta de forma que Morgana le Fay fuese la heroína y el gran rey Uther, el monstruo. Y Arturo era poco más que una nota al pie, un daño colateral nacido de una violación. Un rey que jamás debió serlo”.

Cuando los símbolos de la nostalgia se quiebran

Como los propios personajes de la historia afirman, los símbolos de la nostalgia se quiebran. “Estoy cansado de los símbolos. –De repente, Palomides sonaba muy harto. Con un hastío de muerte–. Ya me he cansado de depositar mi fe en cosas que se quiebran. Ya me he hartado”. A lo largo del tiempo, autores tan dispares como Mark Twain, J. R. R. Tolkien, T. H. White, John Steinbeck o Marion Zimmer Bradley se han servido del mito artúrico y sus símbolos para hablar de un pasado caballeresco que el propio Grossman destierra en La espada fulgurante, aunque resulta inevitable pensar que él también es un aficionado de la materia de Bretaña y se niega a pasarse de la raya y destruir por completo el mito, pese a que juegue en ciertos momentos con el grimdark de Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin. Aunque cite a Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores (1975) de los Monty Python, él está muy lejos de ser tan destructivo como el grupo cómico. Grossman nunca cae en la autoparodia, lo cual es muy de agradecer en esta época donde, a base de grimdark, algunos autores deciden ir de enfants terribles y destrozar los mitos que nos encandilan (véase, por ejemplo, Rey Arturo: La leyenda de la espada [Guy Ritchie, 2017]).

Grossman se vuelca con las consecuencias del viaje, con el “lo que vino después” de la gran aventura. Si la leyenda concluye con la muerte de Arturo a manos de Mordred y la promesa de que algún día volverá cuando el mundo lo necesite, La espada fulgurante habla de cómo se lucha cuando todo se ha perdido y sólo quedan los recuerdos del pasado y los intentos de comentar un nuevo presente a partir de esos fragmentos. Para ello, reivindica a personajes como el caballero Bedivere, gracias al cual descubrimos la versión canónica del mito de Arturo en esta novela, Dinadan (un caballero transgénero), Palomides (el caballero sarraceno, secundario a su pesar en la trágica historia de Tristán e Isolda) y también da fuerza a personajes femeninos, como hiciera Marion Zimmer Bradley en Las nieblas de Avalón. En este caso, más que centrarse en Ginebra, Grossman da líneas a Morgana (recordándonos a la malvada Jadis de la primera entrega de Narnia) y, sobre todo, a Nimue, que es quien piensa en el mañana cuando todo se ha perdido. El gran problema de la trama es cómo se estanca: la historia “avanza”, pero troceada con el uso de la analepsis para contar las historias personales de otros personajes. Cada cierto tiempo, tenemos uno o dos capítulos dedicados al pasado de un secundario; lejos de profundizar en la trama, sentimos que se detiene. Es un problema grave, que afecta al ritmo y hace que estas ochocientas páginas pesen más de lo debido.

Abarcar tanto hace que la obra jamás logre concretar realmente en el punto al que quiere dar. Por ejemplo, como en otras versiones, tenemos la incorporación de la lucha entre el paganismo britano y la llegada del buen caballero cristiano que representa al rey Arturo, pese a que haya nacido del pecado. Esta lucha entre la religión del pasado y la del presente es muy interesante, aunque no se explote tanto como podría haberlo hecho 2 A este respecto, tuvimos, por ejemplo, en el campo televisivo las dudas de Ragnar, el antihéroe de Vikings (Michael Hirst, 2013), a la hora de abandonar a Odín y abrazar al Dios de los cristianos . Véase, por ejemplo, esta intervención de Morgana sobre Jesucristo y el cristianismo: “Vosotros tenéis un solo Dios, pero nosotros tenemos un millar, y cuando Taranis vaya a la guerra, y Tutatis, con Joan y Antorcha de Heno y Jack con su Farol Fatuo, ¡ay, créeme que ese hombrecillo vuestro se lo va a hacer en los santos calzones!”.  En La espada fulgurante, pese a tratar de un héroe, jamás se logra recrear ese interesante período que supone la llegada de Cristo y la muerte de los “viejos dioses”. Toda la idea de la búsqueda, lejos de representar un conflicto interno y externo como viésemos en la maravillosa Excalibur (John Boorman, 1981), es aquí una simple excusa para dar un hilo conductor a la aventura, porque como dice uno de los personajes: “¡Ayudadme a encontrar Camelot de nuevo! ¡No es una búsqueda, es una masacre! ¡Dios nos está haciendo pedazos!”.

Lev Grossman © Beowulf Sheehan Fotografía cedida por la editorial Destino

La novela peca, además, precisamente de caer en algo que intenta desterrar: la idea del elegido. Durante buena parte de su extensión, se insinúa que quizá Callum podría ser un hijo bastardo de Arturo, para al final quedar puesto en tela de juicio: no conoció a su padre, pero eso no quiere decir que sea un héroe, quizá sólo es un desgraciado destinado a hacer grandes cosas (básicamente lo que defendía Los Últimos Jedi [Rian Johnson, 2017] con el personaje de Rey Skywalker). Desgraciadamente, como ocurriría también en la saga galáctica, en sus últimos compases, Grossman decide darle un pasado “épico” a Callum y así descarrilar completamente. El mensaje que radica finalmente es que o eres un elegido o jamás cambiarás las cosas y eso, en este mundo de personajes secundarios, es una traición al mensaje de esta y de otras obras del escritor estadounidense.

Regresando a uno de los aspectos tocados al principio de esta reseña, uno de los aspectos que más me fascinan de los mitos es cómo éstos se transforman y cambian para significar algo para aquellos que los leen o escuchan. Mucho cambió el mito de Troya desde La Ilíada hasta la visión que los griegos y romanos acabaron teniendo de la obra de Homero en sus últimos tiempos. Del mismo modo, no leemos igual este clásico en el siglo XXI: tramas como las que unen a Aquiles y Patroclo resultan todavía más ricas a interpretaciones y nuevas lecturas hoy. De la misma forma, el mito de Arturo se transforma y se reconvierte: pasamos de tener a un Merlín oscuro a un anciano venerable en Merlín el encantador (Wolfgang Reitherman, 1963) y otro más calculador en la versión televisiva protagonizada por Sam Neill en 1998. Si nos fijamos en nuestro contexto histórico, la falsa época de esplendor de un personaje tan contradictorio como Kennedy se la consideró la época de Camelot para Estados Unidos, un país que se tuvo que inventar un pasado mítico al no tenerlo. Si focalizamos nuestra atención en La espada fulgurante, quedan algunos retazos interesantes, como los ya citados sobre Dinadan y Bedivere, y cierta lectura sobre los refugiados sajones que llegan en las últimas páginas y en los que podríamos ver un reflejo de la inmigración actual: al final no es un ejército de bárbaros, sino gente que intenta sobrevivir… Sin embargo, sabe a poco.

Según la leyenda, la inscripción latina de la tumba de Arturo dice: “Hic iacet Arthurus, rex quondam rexque futurus” (“Aquí yace Arturo, rey en el pasado y rey en el futuro”). Arturo es un rey imperecedero que seguirá volviendo eternamente de la sombra, ya sea como protagonista o como secundario, de esa gran leyenda que al final, como intenta demostrar La espada fulgurante de Lev Grossman, trata, en efecto, sobre cada uno de nosotros.

“Los reinos vienen y van, así como los siglos, las tradiciones, los reyes y los escritores, pero el rey Arturo siempre regresa”- Lev Grossman