Cantares de gesta ¿bostezantes? Poemas caballerescos repletos de aventuras ¿para echarse una siesta? Libros de caballería poco instructivos ¿para atontar a las masas? Iniciamos una serie en la que desempolvaremos los viejos libros medievales, y mostraremos, candelabro en mano, que no sólo guardan jugosos secretos, muchos con oropel y maravilla, sino que también contienen elementos fantásticos de primera hora, hechos maravillosos que te harán ver con una renovada cara a estos clásicos inmortales.

La estructura del combate caballeresco en las justas de torneos, según los antiguos libros, era más o menos así: cada contendiente a una distancia media esperaba la señal para cargar de frente contra el oponente; si la justa tenía carácter deportivo, las astas afiladas eran reemplazadas por puntas romas, pues el objetivo no era asesinar al contendiente. Una vez las lanzas entrechocaban, podía ocurrir que el caballero victorioso derribara del caballo al otro, y se daba por terminado el combate. Pero cuando los duelos eran a muerte, la cosa cambiaba: el caballero vencedor podía atacar a su rival deslealmente desde su montura y matarlo, o saltar de la grupa al suelo para rematar su trabajo a tajo limpio. Más emocionante era cuando ambos contrincantes se golpeaban a la vez, y ya en el suelo, contusionados y confusos, debían desenvainar las espadas para terminar la labor hasta que uno solo quedara en pie.

Lindo ¿no? Lo cierto es que las antiguas obras, donde aparecen los caballeros, escritas principalmente en verso durante la Alta Media, y ya más estilizadas -prosificadas-finalizando la Baja Edad Media (con un pie en el Renacimiento), toman los más diversos envoltorios y formas. Como advertirá el atento lector, en aquella época no existía el best-sellerismo ni la escritura creativa; existían las artes poéticas, que se manifestaban en la épica, la lírica y el teatro, y su modo de difusión no era el mercado editorial ni el libro como objeto, sino principalmente la viva voz, las artes declamadas en las plazas públicas, a veces acompañándose por un instrumento (sí, como los rapsodas, esos primitivos trovadores que cantaban a Homero), a veces con elementos teatrales como máscaras y otros accesorios: es en este contexto histórico donde nacen las primeras obras con caballeros como protagonistas.

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Los ideales del caballero cristiano

El caballero, básicamente, más que un armatoste de acero montado a caballo, era más bien un hombre creyente, católico, que ha participado en justas, torneos y ha salido al mundo cruzando valles y mares buscando aventuras y fama. Lealtad, sinceridad, vigor y humildad, estaban entre sus principales virtudes cardinales. La invención de la devoción a la dama pudo deberse a Guillermo X de Aquitania (Tolosa, 1099- Santiago de Compostela, 1137), hombre de armas y trovador, padre de Leonor de Aquitania, famoso por llevar pintada a su amada en su escudo, pues si ella le daba un espacio en la cama, el mínimo honor era llevarla en el antebrazo.  El hombre escribió uno de los versos más estrambóticos de la Edad Media:

Haré un verso sobre absolutamente nada/: no será sobre mí no sobre otra gente, /no será de amor ni de juventud, ni de nada más, /sino que fue trovado durmiendo sobre un caballo. Así, dama, caballo, fe y honor, cimentaron el largo camino que habrían de recorrer los futuros caballeros.

¿Qué hay de las cruzadas? Fueron determinantes, pero hay una falta de rigor histórico si presuponemos que sólo las milicias de caballeros cruzados conformaron el ideal o el grueso de la caballería. Es un hecho histórico que los reinos cristianos libraron múltiples batallas en Tierra Santa, pero hubo épocas de paz en que las caballerías no decayeron: en verdad, más que la mística cristiana, la cruda verdad es que los caballeros surgieron como comités de autodefensa, algo así como milicias feudales que debían armarse rápidamente para expulsar a los invasores, bárbaros del norte principalmente, y luego a oleadas de ataques musulmanes. No es verdad que todos los sacerdotes bendijeron a los cruzados para que salieran a cortar cabezas: hubo algunos sectores en la Iglesia que veían con malos ojos que estos hombres de guerra mataran a sus enemigos, instaurando duras penitencias a los hombres de armas que se ensañasen con el enemigo en el campo de batalla.

El Cid, ilustrado por Justo Jimeno en La España Medieval

Mío Cid, Rolando y Sigfrido: los primeros caballeros trágicos

Hay una distinción radical entre el caballero histórico, el que empuñó las armas, justó, guerreó, amó y murió, y el de los libros. Existieron los caballeros de los cantares de gestas, que pudieron haberse inspirado en héroes reales, pero que en el ámbito poético adoptaban una forma de nobleza pura y virtuosa.

Una de las formas más arcaicas de la figura del caballero aparece en los cantares de gesta, heredero de los poemas heroicos de la antigüedad, en una línea que iba desde Homero hasta Virgilio, pasando por la Farsalia de Lucano; podían tener diversas estructuras métricas, y variaban según uso y lengua, pero lo fundamental era que tuviera rima interna, pues los versos estaban destinados a ser memorizados, y quien ha intentado memorizar versos bien sabe que los poemas estructurados son más fáciles de recordar que los versos libres.

En España El Cantar del Mío Cid (1200, aproximadamente) es el cantar de gesta por antonomasia. Leído y estudiado, lo cierto es que tampoco es una obra que pueda entrar al canon de lo fantástico ¿o sí? Porque nosotros sostenemos que hay un elemento fantástico importante. En el primer canto, parte 19, cuando el Cid está siendo desterrado de Castilla y ha dejado atrás a su familia, pasa la noche en el monasterio de San Pedro de Cardeña. Ahí se le aparece en sueños el arcángel San Gabriel y le dice que Dios está con él, que su honra será restaurada y que no debe temer. Aunque el poema es notablemente evasivo en cuanto a fantasía, este sueño sirve como una especie de legitimación celestial del héroe, muy común en la literatura épica, y que pone de relieve que el enfoque sobrenatural, la irrupción de un ser celestial, puede ser comprendido perfectamente desde la teología, pero que a su vez también puede ser parte de lo fantástico.

En El Cantar de Roldán (escrito, aproximadamente, entre 1060-1065) también existen elementos celestiales. Recordemos: Roldán es ese héroe entregado, que no sólo se encarga de cumplir con su deber —en el caso del poema  es defender la retaguardia de Carlomagno del ataque de musulmanes—, sino de hacer gala de su fuerza, desbordando la prudencia y entrando de lleno en lo temerario. Sí, porque aun portando el sonoro cuerno llamado olifante, no lo utiliza para alertar a la vanguardia, pues le parece indigno batirse contra el enemigo pidiendo ayuda. Roldán porta además una espada legendaria y sagrada, que habría estado adornada con reliquias como el diente de San Pedro, sangre de San Basilio, los cabellos de San Dionisio y un fragmento del manto de Santa María. Y es así que, a mandoble batiente, en compañía de su séquito de fieles guerreros, se bate contra los musulmanes hasta la muerte y extenuación, momento final y agónico, en la que, tras despedirse de sus amigos, los ángeles, así como las valquirias del folclor germano, descienden sobre él:

“A Dios ha ofrecido su guante derecho: en su mano lo ha recibido San Gabriel. Sobre el brazo reclina la cabeza; juntas las manos, ha llegado a su fin. Dios le envía su ángel Querubín y San Miguel del Peligro, y con ellos está San Gabriel. Al paraíso se remontan llevando el alma del conde (Canto CLXXVI)”.

Y ya que hemos mencionado a las valquirias, no podemos olvidar a otro héroe, no menos trágico que los dos anteriores: Sigfrido, Sigurd en nórdico antiguo. Se trata de un héroe altivo, poderoso, una suerte de Aquiles, por su invulnerabilidad, un tío al que prácticamente no le tocan las balas, o mejor dicho, el acero. Bañado con la sangre del dragón Fafnir, que originalmente era un enano codicioso que por su pecado se convirtió en esa mítica bestia, el héroe germano consiguió la invencibilidad, salvo en un pequeño punto de la espalda, pues justo en el proceso de sangría se posó ahí en su cuerpo una tímida hojita de tilo.

Cantar de Roldán

Todo esto es narrado en el Cantar de Los Nibelungos (primera aparición, convencionalmente aceptada, en torno al año 1200 d. C.), muy sucintamente en apenas un par de versos, y lo que debemos aclarar desde ya, es que este Sigfrido dista mucho de esa imagen mitológica paganizante que nos presentara Wagner, con las valquirias o las apariciones de Wotan, pues estos elementos precristianos son recogidos de otra fuente, de Islandia, específicamente de la Saga de los Volsungos (fechada, aproximadamente, en 1270), una prosificación que tiene una fecha de redacción similar al Cantar, pero que a diferencia del poema germano, se hunde más en el folclor previo a la conversión al cristianismo.

Brunhilda, represantada por el gran Arthur Rackham

El poema medieval no tiene nada de pagano, es un Sigfrido totalmente cristianizado, y tampoco destaca por tener grandes momentos de pura fantasía, es más bien una suerte de drama shakesperiano, de alta traición, de venganzas y asesinatos por la espalda. La muerte de Sigfrido es un ataque artero, por la espalda, debido a una disputa entre la esposa de Sigfrido, la bella Krimilda, y la no menos hermosa doña Brunilda, mujer de Gunther, rey de Burgundia y hermano de Krimilda. ¿Por qué Brunidla, de fuerza sobrehumana, una verdadera vikinga, le coge tanta tirria al bueno de Sigfrido? Aquí reside el elemento fantástico. Gunther busca desposar a esta poderosa dama, pero aquello requiere superar diversas pruebas físicas, tan peligrosas que un fallo podía acarrear la muerte. Entonces Sigfrido compromete su ayuda, usando para ello un manto mágico que confiere invisibilidad y aumenta la fuerza: es así que apoya a Gunther, ayudándolo a escondidas en cada prueba, quien finalmente obtiene la mano de Brunilda. La cosa no termina ahí. Más adelante, la bella Brunilda sospechando de las “fuerzas” de Gunther, en plan totalmente sadomasoquista, coge al personaje a la fuerza, y desnudándolo a la fuerza, lo amarra y lo deja colgando a un costado de la cama. Una vez más, el bueno y leal de Sigfrido entra en escena con su manto que le confiere invisibilidad, y con una serie de maniobras de fuerza, termina reduciendo y sometiendo a la bella Brunilda. El resto es una historia de traición y venganza: la reina se entera del engaño, y realizando una suerte de encerrona disfrazada de una inocente caza de jabalí, le da muerte a Sigfrido atacando su punto débil ¿Qué cómo conoce su punto débil? Pues Hagen, algo así como el lugarteniente de Gunther, se amiga con la esposa de Sigfrido y, engañándola, le sonsaca la vital información. Y así es cómo, por un lío de faldas, el más valiente héroe germano, el casi inmortal Sigfrido, fallece a traición.