Paco Sordo ganaba en 2022 el Premio Nacional del Cómic con El pacto, una sórdida historia alternativa que reverencia la época dorada de la editorial Bruguera, el sello en el que se miraron (y siguen mirándose) muchos de los autores patrios. El pacto es una versión surrealista de El invierno del dibujante, de Paco Roca.

Las imágenes que acompañan este artículo han sido cedidas por Nuevo Nueve

El pato gitano susurra maldades a su alter ego Miguel Gorriaga

Los largos meses de confinamiento por la pandemia de coronavirus fueron fecundos, en lo creativo, para el gaditano Paco Sordo. Habitual entre 2010 y 2014 de las páginas de El jueves (con una historieta sobre los efectos perniciosos de Internet) y, sobre todo, autor constante de cómics infantiles, Sordo empleó ese largo periodo de enclaustramiento para asentar y desarrollar un proyecto que llevaba tiempo macerando. Se trataba de una historia que rendía tributo a los años dorados de la editorial Bruguera, la de su infancia lectora y la del despertar de su vocación; una historia que terminó recibiendo el -irónico, a tenor del contenido- título de El pacto (Nuevo Nueve, 2021).

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En ella, un aspirante a historietista sin ningún talento, pero con un notorio desequilibrio mental, decide secuestrar a Manuel Vázquez, el “padre” de las hermanas Gilda y de Ángel Síseñor, el mayor genio (y figura) de la editorial catalana, para que dibuje sus demenciales historietas, que éste guionizará y entintará posteriormente. Entre Vázquez, el modelo a seguir (impuesto por la editorial) por las jóvenes promesas del sello, y Miguel Gorriaga, el protagonista de esta novela gráfica, se establece una relación tensa, dura, en la que no hay síndrome de Estocolmo. Por usar algún reconocible símil cinematográfico, podría decirse que la historia narrada por Sordo se parece más a El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009) que a El coleccionista de Wyler (The Collector, 1965); desde luego, en ella no hay ni un ápice de la generosidad de La tapadera (The Front, 1976) de Martin Ritt, en la que un personaje casi anónimo se convierte en encubridor de un autor represaliado. La historia de El pacto es sucia, truculenta y aprovechada.

Filosofía vital de Manuel Vázquez, según Paco Sordo

Para entendernos, y aunque toquen temas -y hasta personajes- comunes, El pacto es la versión surrealista de El invierno del dibujante de Paco Roca. Si aquella es una novela gráfica metódica en su afán semidocumental, que narra una distopía que pudo haber transformado el panorama editorial español del tardofranquismo, ésta es una historia sobre trapos sucios. Sobre mezquindades y personajes mezquinos, faltos de escrúpulos. Vázquez y el ficticio Gorriaga se parecen mucho en su fuero íntimo; ambos son dos impostores. El uno, un bon vivant casi tan preocupado en construir una leyenda sobre sí mismo como en cuidar su imagen de dibujante prodigio; el otro, alguien que aspira a ser algo que jamás llegará a ser. Miguel Gorriaga es una suerte de Annie Wilkes patrio, que actúa al impulso de las acciones dictadas por el pato gitano, su creación más destacada, sinónimo y reflejo de su esquizofrenia. El diablo, o la conciencia, asume así los rasgos de un pato mal trazado y permanentemente cabreado, la parte más recóndita y violenta de una personalidad múltiple, psicopática.

El aspecto gráfico de El pacto busca asemejarse, tanto en su forma como en sus colores, a las historietas de la Bruguera de la época en que se ambienta (1957). La tipografía, las viñetas, los encuadres… llevan el inconfundible sello de la editorial. Es un cómic que funciona a varios niveles: por un lado, lo disfrutarán quienes crecieron al albur de aquellas páginas aturulladas, apresuradas, de humor blanco y continuos juegos de palabras; por el otro, hará también las delicias de quienes todo lo contado suena a reliquia, a pieza de museo. En El pacto hay un exhaustivo trabajo de investigación, sobre todo en la reconstrucción del personaje de Vázquez; Sordo utiliza además una técnica de falso documental en la que se saca de la manga entrevistas -a Carlos Areces (prologuista del cómic), al editor de Nuevo Nueve, o al mismísimo Ibáñez- que apuntalan esta realidad alternativa, en la que Miguel Gorriaga fue el genio incomprendido y misterioso de Bruguera, un excelso dibujante de historias zozobrantes y tinta torpe. La historia se cuenta en pequeños episodios, como las historietas cortas intercambiables de las numerosas revistas del sello catalán, y que demuestran la pericia de Sordo en el formato breve.

Paco Sordo imita el estilo de las Joyas Literarias Juveniles de Bruguera en su portada

Por encima de todo, aflora un humor negro afilado, irreverente, que pulsa teclas que pueden arquear las cejas de más un ofendido profesional. Leer esta sórdida crónica negra es retrotraerse eficazmente a la España casposa, obligada a vivir encerrada en sí misma. Entre tanta miseria moral cundió talento a raudales, que supo germinar y mimetizarse entre consignas y prohibiciones. Fueron los años de Manuel Vázquez, y, por qué no, también de Miguel Gorriaga. Una misma cara y cruz, el mismo ying y yang. Todos albergamos en nuestro interior un pequeño genio, un Vázquez, o un diablo maligno, un Gorriaga. Porque de eso (se) trata: la línea que los separa es siempre tan fina como las titubeantes tintas de un mediocre aspirante a autor con ínfulas y mala baba.