Peplum, de Blutch, es sin duda uno de los títulos más viscerales de la bande dessinée. Oda a la historia, en la que prima el verismo, el de Peplum es un tiempo que es todos los tiempos. La cartografía de sus páginas no es únicamente un espacio físico, sino asimismo una extensión cronológica que ejerce su densidad en cuanto espiral del mito. De un onirismo arrebatado, tenebrista, está muy pautado por unos patrones teatrales, en los que sus personajes parecen declamar. La sombra del cineasta Pier Paolo Pasolini es alargada en cada una de sus páginas.
Los años 90 iban ya tocando a su fin cuando Blutch, alias del francés Christian Hincker en lo tocante al noveno arte, decidió poner tinta sobre papel para extraer de su cabeza Peplum (Ponent Mon, 2008). Criado entre las páginas de la revista mensual Fluide Glacial -cuya parroquia, por cierto, se permite satirizar, él incluido, en su muy recomendable Blotch (2000)-, esta obra supone un punto de fuga con respecto a sus anteriores obras. La línea y tensión del dibujo, los precipicios a los que se asoma a partir de una libre aproximación al Satiricón de Petronio/Fellini, todo ello nos conmina a una deriva por los interiores de un mundo antiguo que es puerta a uno de los títulos más viscerales de la bande dessinée.
La narración nos empuja desde el inicio a los confines del dominio romano, a una tierra de ventiscas y hielo por la que una comitiva de romanos encabezada por el caballero Publio Cimbro, desterrado por Julio César, se mueve cansada sobre la nieve. El origen y los pormenores de la razón de ser de esta expedición se escamotean al lector, pero no así su objetivo: una mujer que congelada, reliquia de otro tiempo, duerme su sueño de siglos en las profundidades de una cueva. En su regreso a quién sabe qué hogar con la imagen a cuestas, la muerte no deja de hacer presa entre ellos. En última instancia, es el propio Cimbro, envenenado por la enfermedad, quien cae asesinado a manos del último esclavo vivo. Obnubilado por la figura de hielo, éste continúa en solitario la marcha. Una patrulla aparece, pregunta su nombre. Responde: «Publio Cimbro, caballero romano de alto linaje, nacido libre y letrado».
Podríamos hacernos a estas alturas del texto la siguiente pregunta: ¿qué cosa se pretende al tratar de encauzar el caudal histórico mediante los vericuetos de la imaginación? O también esta otra: ¿de qué herramientas creativas nos podemos servir a la hora de trasladar este pasado dos mil años después? Sin perder de vista las teorías presentistas, podríamos avanzar la idea, tampoco nueva por otra parte, de la novela histórica, y géneros afines, en cuanto operación con el pasado a la manera en la que la ciencia-ficción hace lo propio con el futuro. Una tercera cuestión: ¿existe salvación de las obras que confunden verosimilitud con convertir la narración en una indigesta página de Wikipedia? Blutch no parece dudar a la hora de responder a estas preguntas.
Publio Cimbro, el Cimbro que no es tal y, en tanto que primer actor, el más auténtico de los dos, es aquí un Odiseo a quien nadie espera tejiendo; ni en Ítaca, ni en Roma. A la manera de un pícaro tardo-republicano, ha aprovechado su momento, desconocemos si el primero, tal cual se le ha presentado empujado por unos motivos donde se mezclan el encaprichamiento y la busca por la vida. Cimbro mata a Cimbro y después ya veremos. Es la sonrisa congelada de la mujer de hielo la que ejerce de brújula orientada a un hipotético buen puerto de reposo en lo que no deja de ser constante y azaroso vaivén de los acontecimientos. El autor nos zarandea en su relato y nuestro romano que antes fue esclavo, ahora es caballero y que a su vez ejercerá también náufrago y vagabundo, procura progresar entre los infortunios y los golpes de buena suerte. Una ofrenda a los dioses, una oración apenas musitada, son los gestos de quienes tratan de anudar la religión con los favores divinos, pero hay en ello un pesar fatalista que se aposenta, agrio, en la sospecha de que los dioses juegan a los dados con los humanos, anteriores como son a toda ley.
Es la era donde se enmarca este Peplum un tiempo que es todos los tiempos. La cartografía de sus páginas no es únicamente un espacio físico, sino asimismo una extensión cronológica que ejerce su densidad en cuanto espiral del mito. Blutch es a Roma lo que Sergio Leone al western. César, ¡Julio!, puede declamar con brío shakesperiano ante los senadores que se arremolinan ante él en los idus de marzo del 44 a.C. y, sin embargo, la de Cimbro es una travesía que abate la frontera de los siglos. Un extrañamiento, una interzona de la República que es también escenario interior del impulso del protagonista y que nos lleva más allá de Petronio/Fellini dejándonos a las orillas del Pasolini de Medea (1969) y Edipo Rey (1967). Danza, en primer y último término, por los itinerarios de la desterritorialización de la ficción, como asistir a la desaparición de Ambrose Bierce arropado por la niebla de la historia.
Drama, pues, también, de sol mediterráneo cayendo a plomo sobre ciudades vencidas pasto de las llamas, de un onirismo arrebatado, tenebrista acaso en ocasiones, en el que se entremezclan el baile y los encuentros sexuales como imágenes de grácil y bella alegría, vecinos de la cruda violencia. Peplum se descubre tan punzante como emotivo, tan apasionado en sus movimientos como fracturado se muestra en la evolución de las viñetas, casi incitando a quien se abate sobre sus páginas aventurar los momentos dejados fuera de plano.
Es el botín de guerra y de la vida empapado en sangre, bañado en arena, una tragedia que Blutch enmarca con patrones teatrales. Los personajes, con paso actoral, recitan, interpretan su papel, se acomodan en una esquina de las tablas para mejor rumiar sus penas, y por allá aparecen los piratas como haciendo acto de presencia por un lateral del escenario. Para ello, no le tiembla el pulso al levantar un entramado expresionista, con una decisión salvaje y de trazos de negra caverna donde sus profundidades en contraste con el blanco esquelético del fondo dan pábulo a la conflagración de los cuerpos. Las caras sobrias que llegan a deformarse por el paroxismo de sus emociones hacen pensar en aquello de la máscara como depositaria de las auténticas entrañas del alma.
Hay un ardor que no cesa a lo largo de las viñetas, un grito desesperado de más allá, más allá entre los capítulos que, a modo de los cantos recitados por un aedo, componen la historia. Los polos de la condición humana, el sexo y la muerte, en insolente contubernio con el poso supersticioso de la sociedad romana, nos arrojan a la crueldad de una fortuna que transita ciega por las entretelas del mundo. Cimbro vaga, en constante encuentro y desencuentro con la mujer de hielo además de con otros amores, por los estratos de una civilización sedimentada a lo largo de una vorágine de bruma atemporal. Las aristas de las rocas afiladas por la luz del mediodía, las tripas de un barco con su arremolinamiento de bestias, mercancías y hombres y el caos intestinal de la ciudad son signos de idéntica magnitud.
Allá por la página 63, ya mediado este Peplum, encontramos un fragmento de diálogo que, con claridad de aforismo, arroja uno de los sentidos que le podemos arrancar al relato. En una sentencia entre pensada y declamada, leemos: “La nostalgia de la pureza y el fantasma del amor perfecto no son sino desesperaciones ebrias”. Y con su propio peso estalla como la quilla de un barco frente a las olas del mar, como un coro turbulento de huesos y tendones.



