Queremos invitar a nuestra Noche de Difuntos 2024 al vampiro sui generis de El almohadón de plumas, relato de Horacio Quiroga que no puede faltar en ninguna antología terrorífica que se precie. Breve, con un lenguaje preciso y atmosférico, es un cuento muy inspirado en los temas y personajes de Edgar Allan Poe, uno de los autores preferidos de Quiroga. El escritor uruguayo, al que le persiguió la fatalidad y la alargada sombra de la muerte violenta, fue uno de los mejores cuentistas habidos en cualquier lengua, y el relato que hoy reseñamos es la cúspide de su producción y de sus teorías literarias.
Muy pocos escritores vivieron tan apegados a la muerte como Horacio Quiroga (Salto, Uruguay, 1878- Buenos Aires, 1937). A los dos meses quedó huérfano de padre, un diplomático que se disparó por error delante de su familia. Dieciocho años después, presenció, por casualidad, la muerte inducida de su padrastro, paralizado y mudo por un derrame cerebral. Sin querer, mató de un tiro a un compañero que quería batirse en duelo con un contrincante que le había agraviado. Su primera esposa se envenenó ingiriendo material fotográfico, debatiéndose así en una espantosa agonía de ocho días. El propio escritor terminaría matándose, enfermo, en 1937. Tan acusada sombra de la muerte no pudo sino convertirle en uno de sus más notables cronistas.
La muerte es, de hecho, uno de los temas vehiculares de una obra que, sobre todo, brilla en la forma breve, de la que fue consumado maestro. Quiroga publicó numerosos cuentos, de espléndida arquitectura. Sus narraciones se ambientan en la selva, siguiendo la estela de su reverenciado Kipling, y también en tristes mansiones aisladas, en honor a Poe, otro de sus Dioses literarios. Fue, como Henry James, un lúcido teórico literario, y dejó para la posteridad un decálogo del perfecto cuentista dedicado a jóvenes escritores: en él alentaba a escribir con pasión y creyendo en lo que hacían, fieles a sí mismos antes que a sus lectores, y escrupulosos con la exactitud de la palabra, que debía convertirse en su Evangelio.
Entre sus numerosos cuentos, sobresale El almohadón de plumas (hemos usado la versión de Vampiros, de la editorial Atalanta), originalmente publicado en la revista argentina Caras y caretas en 1907 y reeditado diez años después en el volumen definitivo con el que pasó a la posteridad, Cuentos de amor de locura y muerte. Es un espléndido relato de vampiro sui generis, que oculta -aunque recoja el natural ciclo de consunción habitual entre sus víctimas- mucho más que la simple crónica de un fallecimiento por parte de un curioso chupasangre.
El almohadón de plumas le debe mucho a Poe. Sus protagonistas, Alicia y Jordán, representan arquetipos antitéticos presentes en la literatura del genio de Boston: ella, rubia y angelical, frágil y soñadora, se ve rápidamente subyugada por la presencia de él, alto, robusto, hermético en sus sentimientos, taciturno. A su modo, Jordán será un abnegado amante, preocupado por el trágico destino de Alicia. Los primeros meses de matrimonio serán dulces, pero luego se volverán tan gélidos como las expresiones amorosas de él, o como la mansión fría a la que se retiran a vivir.
La mansión puede entenderse, al igual que la casa Usher, como una prolongación del carácter de él, como un entorno castrador que destruye los anhelos y los sueños de ella. Alicia cae pronto enferma, postrada en cama, se interna en delirios que proyectan sombras en la alfombra y presencias invisibles que sólo ella alcanza a ver. Su enfermedad resulta incomprensible, y ninguna ciencia puede frenarla. Cuando muere y se airean sus pertenencias, se descubre que el almohadón de su cama alberga una extraña criatura parásita, de gustos aviares, que se había alimentado de su sangre. En esta breve sinopsis se dan cita muchas referencias obligadas del mejor terror literario.
El delirio de Alicia se hermana con la presunta crisis histérica de la protagonista de El papel amarillo, de Charlotte Perkins Gilman, otra mujer atormentada por la desmesurada presencia de un marido que la subyuga. Alicia recuerda a Lucy Westenra, Mina Harker, o a tantas otras víctimas propiciatorias de monstruosidades vampíricas, psíquicas o materiales. El estilo desesperado y la atronadora voz de Poe se dejan sentir en el tono del relato, el comportamiento y la fisonomía de los personajes, y también en los pequeños detalles: uno de sus poemas de 1839 –The Haunted Palace– inspirará la descripción de la funesta mansión conyugal, con aires de frío sepulcro; el tema se parecerá mucho a El retrato oval, en el que una mujer es vampirazada, también en su catafalco, por un vampiro con los rasgos de su propio esposo.
Horacio Quiroga, por Sebastian BarreiroLa presunta histeria de Alicia alimentará sus delirios y sus murmullos y se verá amplificada por los ecos emboscados en pasillos o habitaciones largo tiempo abandonados. Sus síntomas serán los de las trágicas figuras de la literatura gótica y fantasmagórica, inspiradas en las teorías médicas del momento. En el final del cuento, tan excelente como su arranque, resuenan leyendas mitológicas así como las pulsiones naturales (vivió retirado en la selva amazónica) y naturalistas (a las que se adscribió literariamente) del autor, uno de los más grandes cuentistas en cualquier lengua.
Os invito a leer El almohadón de plumas: su lectura pasa volando, su lenguaje está cargado de significado, sus estampas son imborrables y su fuerza evocativa es abrumadora. Se ha ganado, desde su publicación, un hueco en toda antología que quiera condensar, con garantías, lo imprescindible del terror literario. Es ese cuento de vampiros raro, que desarrolla su acción a plena luz del día, entre la vigilia y la duermevela, y que, además de mantenerse tan lozano como la pavorosa criatura tributada, demuestra que no hace falta ser un ajado conde transilvano, o sucesivos sucedáneos, para imponer galones en la mortificación de existencias plácidas. Con todo, lo más terrible de El almohadón de plumas es soltarnos a la cara, como una estruendosa bofetada, que somos poquita cosa, seres efímeros que podemos quebrarnos por nada.

