La infancia del mundo es una distopía metafórico-simbólica ambientada en Argentina y llena de ideas interesantes, pero desarrolladas de forma irregular, con un ritmo narrativo frustrante por momentos y, especialmente, con un tono que no acaba nunca por parecer claro y meditado. Acabamos teniendo la fuerte impresión de estar ante un relato o una novelette extendida artificialmente. El resultado es, pues, una experiencia de lectura irregular, sí satisfactoria a nivel global, pero que no acaba de estar a la altura de lo que es de esperar de una promesa de las letras como Michel Nieva.

La distopía como metáfora es una propuesta que empieza a estar ya bastante gastada. Sobre todo en años recientes, cuando notables autores y autoras mainstream han optado por este marco ficcional para hacer sus respectivos análisis y propuestas sobre el futuro que nos espera, sometiendo la fórmula a un estrés y desgaste poco halagüeño de cara a la novela que viene. Precisamente, para que no empiece a oler a naftalina, cualquier propuesta debe ser capaz, si quiere resultar original, de construir un universo lo suficientemente rico y autosostenido como para poder conectar con los lectores. Esta tarea no es sencilla y, a la vista de los resultados, sólo está a la altura de unas pocas plumas.

La infancia del mundo (Anagrama, 2023), la nueva novela del argentino Michel Nieva (Buenos Aires, 1988) me ha resultado, en este sentido, una propuesta frustrantemente sugestiva. Pues aunque tiene altibajos notables en cuanto a su fuerza narrativa, también es capaz de ofrecer entre sus páginas un atisbo de brillantes momentos que permite entrever, si bien no acaba de confirmar, lo que se dice sobre la calidad de la prosa de Nieva (la prestigiosa revista Granta, sin ir más lejos, lo eligió como uno de los jóvenes escritores latinoamericanos más interesantes de nuestro presente). Nieva construye los mimbres de un universo ficcional que, diseñado desde la normalización de lo extraño y lo espantoso, sí consigue resultar creíble y entretenido. Lo logra, especialmente, en cuanto a la construcción de su personaje principal, el/la niño/niña Dengue (sí, su nombre es lo que parece). Su naturaleza mutante, mitad de origen humano y mitad de origen insecto, le aporta un aspecto repulsivo y lo convierte ya, en el contexto del 2272 en que nos movemos, no en un síntoma del horror humano (como hizo Kafka para su Gregor Samsa) sino en una normalizada y despreciada muestra de anormalidad estadística, en una minoría repulsiva para las nuevas mayorías.

Este contexto le permite a la voz narradora mostrarnos una humanidad insensibilizada, carente de empatía, capaz de despreciar y reírse de estos insectos mutantes plenamente integrados en la sociedad; se trata, en definitiva, de la actual intolerancia y xenofobia proyectada hacia otro tipo de seres. En todo caso, esta naturaleza mutante sirve también para mostrarnos un cambio climático ya plenamente avanzado e irreversible. En la cotidianidad de este fin del siglo XXIII, de hecho, siempre es verano; palabras como “nieve”, “invierno” o “frío” caen en desuso incluso en los diccionarios. La actual Pampa argentina, que conocemos templada y semiárida, se ha convertido en un Caribe Pampeano, un paraíso para la gente pudiente que quiere ir a disfrutar de su eterno clima de verano suave. Por otro lado, las megacorporaciones campan a sus anchas. No sólo: las epidemias, las crisis sanitarias, los virus y las bacterias maliciosas recorren el planeta y afectan a la población sin freno. Las virofinanzas se han erigido como la nueva perspectiva dominante de la economía; la bolsa de valores ha pasado de apostar por las empresas a hacerlo por los virus y las bacterias (y sus empresas productoras), a aventurar cuál de ellas será la causante -y hasta dónde será capaz de llegar- de la nueva crisis global. Estamos hablando de una epidemia cronificada aprovechada para el beneficio de unos pocos.

De este contexto general es de donde emerge el personaje antagonista que se opondrá a nuestro Niño Dengue en tantos aspectos: estamos hablando de otro niño, de familia bien y amante de los videojuegos, apodado Dulce. Sin embargo, su contexto se desarrolla de mala manera, casi a salto de mata, sin que apenas se profundice en sus causas y consecuencias, lo que resta credibilidad, y por tanto fuerza, a este personaje antagonista. El no entrar en las cuestiones que lo justifican y hacen posible ocasiona que nunca nos lo lleguemos a tomar en serio a Dulce -a diferencia de lo que sí sucede con el Niño Dengue- y, menos aún, alcancemos a conectar con su historia particular; algo que, a la postre y al final de la novela, hará que el clímax en el enfrentamiento entre ambos nos deje más bien fríos. De hecho, durante la lectura, precisamente por la ruptura entre el desarrollo del contexto y la historia de los dos personajes, demasiado abruptos y narrativamente mal integrados, acabamos teniendo la fuerte impresión de estar ante un relato o una novelette extendida artificialmente. Y lo hace porque, mientras el inicio y el final de la novela parecen encajar como un guante dentro de una idea y un estilo coherentes, durante la travesía en el desierto que son sus capítulos interiores se nos escapa el interés a raudales por las costuras de unos contextos innecesariamente decorados y de unos puntos de anclaje poco o nada desarrollados. De hecho muchos de estos puntos de anclaje de la lucha entre ambos personajes quedan in albis, a la espera de una aclaración que nunca llega.

Insecto steampunk. Ilustración atribuida al artista ZeeJay (Pinterest)

El mismo defecto es aplicable a la clave que relaciona a ambos personajes y que cerraría la trama: la aparición de unas extrañas piedras con algún tipo de poder o capacidad para conectar a quien las toca con la memoria de la Tierra, con el pasado remotísimo de un planeta preocupado por igual por todos los seres que lo habitan, una especie de espíritu de Pangea que la novela llama «La Gran Anarca». ¿Qué es y de dónde sale?, ¿Por qué tanto secretismo respecto a su existencia, su naturaleza y las consecuencias que conlleva? Y más aún: ¿de qué forma «La Gran Anarca» relaciona al Niño Dengue y a Dulce entre sí, y cómo esta relación va tomando forma hasta el final de la novela? Estas incógnitas se afrontan de forma abrupta y con escasa solidez narrativa.

La infancia del mundo resulta ser por tanto una distopía metafórico-simbólica llena de ideas interesantes, pero desarrolladas de forma irregular, con un ritmo narrativo frustrante por momentos y, especialmente, con un tono que no acaba nunca por parecer claro y meditado. De hecho, la voz narradora cambia también, asomándose alguna que otra vez a una voz autoral que, más que aderezar al punto de vista del más que predominante narrador omnisciente, acaba creando una confusión innecesaria respecto a la naturaleza misma de la narración. El resultado es, pues, una experiencia de lectura irregular, sí satisfactoria a nivel global, pero que no acaba de estar a la altura de lo que es de esperar de una promesa de las letras como Michel Nieva.

Pero quedémonos con lo positivo. La novela sí consigue afrontar de forma clara la crítica social tanto con la humanidad en su conjunto como con la sociedad argentina en particular. Además, pone encima de la mesa unos temas globalmente interesantes desde perspectivas, cuanto menos, originales. Nos hubiese gustado quizás una mayor claridad de ideas, pero a veces no se puede tener todo.