Reeditada después de varios años fuera de stock, Las damas de Grace Adieu vuelve a demostrar la maestría narrativa de la autora de Jonathan Strange y el señor Norrell y Piranesi a través de ocho relatos y una introducción. En esta reseña entramos en cada uno de ellos para observar la capacidad de diversificación de Susanna Clarke, que sigue expandiendo su diégesis a través de una ucronía en que Inglaterra y magia cohabitan en secreto.

Lo maravilloso desde la realidad

Desde que el género maravilloso comenzara a definir sus bases y adquirir relevancia a mediados del siglo XX, la tendencia ha sido casi siempre la misma: historias de fantasía situadas en un mundo secundario donde lo sobrenatural es visto como natural. Las obras del género existen en un espacio libre de las implicaciones sociopolíticas de nuestro mundo, pero con una carga alegórica notable. Así, si un autor o autora quisieran abordar, por ejemplo, el racismo en su obra, podríamos encontrar paralelos con el esclavismo negro o la eugenesia nazi, pero nunca referencias directas, lo que permite tratar el tema desde perspectivas nuevas que ni son demasiado cercanas para incomodar a algunos lectores ni limitan la creatividad a una realidad histórica. Pueden crearse relaciones directas entre la Guerra de las Dos Rosas y el Poniente de George R. R. Martin, entre Inglaterra y algunos elementos de la Tierra Media de J. R. R. Tolkien o entre el clima y la cultura de nuestra Europa y la Terramar de Ursula K. Le Guin, pero todas ellas existen bajo el paraguas de mundos secundarios. Es aquí donde la fantasía de Susanna Clarke se desliga de muchos de sus compañeros del género.

Susanna Clarke habla de Inglaterra en Las damas de Grace Adieu (edición original de 2006). No como espacio alegórico, sino como una realidad. Al fin y al cabo, hay en Clarke una indudable raigambre en la cultura y tradiciones del Reino Unido: nacida en Nottingham (en 1959), licenciada en Oxford y ávida lectora de autores ingleses de la talla de Sir Arthur Conan Doyle, Jane Austen y Charles Dickens, Clarke crea en su obra un pastiche indudablemente inglés con sabor decimonónico. Su antología Las damas de Grace Adieu, al igual que su novela Jonathan Strange y el señor Norrell (2004), a la que ya dedicamos reseña hace muchos años atrás, se sitúa en una ucronía donde Inglaterra coexiste con una magia mayormente rechazada por la sociedad. No se trata de una Inglaterra desligada del tiempo y del espacio: Yorkshire, Nottingham, Thoresby o Shropshire aparecen de un modo u otro a lo largo de los relatos como lugares reconocibles en nuestro propio mundo. Clarke juega con la realidad histórica para construir su propia diégesis; un mundo de política, diplomacia y etiqueta, pero también de magia oculta y seres fantásticos del folclore del Reino Unido.

Si en Jonathan Strange y el señor Norrell, Clarke acudía a una historia lineal de 800 páginas, ingentes notas al pie y un mismo tono academicista, Las damas de Grace Adieu muestra la capacidad de la autora para exprimir distintas variedades tanto narrativas como lingüísticas. Al tratarse de una antología de ocho relatos (“Las damas de Grace Adieu”, “En el monte Lickerish”, “La señora Mabb”, “El duque de Wellington extravía el caballo”, “El señor Simonelli o El viudo duende”, “Tom Brightwind o Cómo se construyó el puente mágico de Thoresby”, “Antickes y Frets” y “John Uskglass y el carbonero de Cumbria”) y una introducción, Clarke se permite sorprender con cada historia; todas ellas escritas entre 1996 y 2006, en su mayoría anteriores a la publicación de Jonathan Strange y el señor Norrell, pero escritas durante su redacción.

Publicada la antología por primera vez (en castellano) en 2007 y fuera de catálogo desde hacía años, esta reedición de Salamandra resultaba necesaria para seguir dando visibilidad a una de las escritoras más brillantes e innovadoras del género maravilloso

Observaciones sobre los relatos de Las damas de Grace Adieu

Desde la misma “Introducción”, hay una voluntad experimental en Las damas de Grace Adieu. En lugar de tratarse de una introducción usual a la antología, Clarke acude a la metaficción: el escritor es un profesor universitario de su propia diégesis, James Sutherland, que ha realizado en 2006 una compilación de relatos con un objetivo puramente académico. Esta misma figura redirige a los lectores a Jonathan Strange y el señor Norrell no sólo para nutrir, indirectamente, la economía de Susanna Clarke, sino también para dar credibilidad a un universo donde la publicación de este libro supuso un gran avance en la investigación sobre la historia de la magia en Inglaterra. Del mismo modo, Sutherland (y, por extensión, Clarke) da pie a los distintos relatos como piezas capitales en el estudio de las relaciones entre la magia en todas sus vertientes y el ser humano.

A lo largo de la antología y como contraposición con su obra paralela, Clarke aborda la magia desde su vertiente femenina. “Las damas de Grace Adieu” (1996) es, quizá, el mayor exponente de este hecho. En el relato que da pie a la antología, tres mujeres conocedoras de la magia deben lidiar con problemas derivados del sexismo de la época: la señorita Parbringer no desea contraer matrimonio con el Rector local, Henry Woodhope, pero todos en el pueblo esperan verlos casados; la señorita Tobias debe proteger a sus dos pequeñas ahijadas de dos hombres que buscan casarse con ellas para heredar la fortuna de su madre adoptiva, y la señora Field ofrece apoyo en ambas situaciones mientras su marido apenas hace acto de presencia. Las tres practican la magia de manera libre en tanto los hombres de su alrededor dan por supuesto que “las damas no hacen esas cosas”. Este mismo pensamiento se individualiza en Jonathan Strange, que los lectores de Jonathan Strange y el señor Norrell disfrutarán de reencontrarse desde un prisma crítico donde sus tradiciones patriarcales se encuentren en tela de juicio. Cuando Strange descubre los poderes mágicos de las tres mujeres, es humillado por estas como hijo de una época sexista, incapaz de contar lo que ha visto por temor a perder su reputación y credibilidad como mago. Clarke construye así una crítica social compleja que se extiende a varios ámbitos y cuyo final es eminentemente positivo para con la libertad de la mujer. En el aspecto formal, sorprende que, ya en 1996, Clarke tuviera tan refinado el estilo decimonónico que después daría lugar a Jonathan Strange y el señor Norrell; su prosa es sutil, concisa y puramente ambiental: tétrica en algunas secciones y cargada de incómoda etiqueta en otras, aquellos diálogos en que todos conspiran entre líneas para sus fines egoístas.

La inteligencia femenina, especialmente en casos relacionados con la magia, aparece como una constante durante los relatos de la antología. Así es en “En el monte Lickerish” (1997), donde Clarke reconstruye la historia de Rumpelstiltskin con una protagonista más inteligente y proactiva que la original. También las circunstancias se dirigen hacia una crítica al sexismo imperante: su Miranda es una joven que sufre violencia doméstica por un marido iracundo que decide encerrarla en una torre y amenazarla con la muerte si no hila una cantidad concreta de lino mensualmente. Lo más destacable del relato, a excepción de la agencia femenina, se encuentra en el lenguaje: Miranda habla en primera persona con dialecto rústico. En la traducción española a cargo de Ana María de la Fuente Rodríguez se pierde este factor, si bien se mantiene el uso de constantes mayúsculas que acercan la narración de Miranda a la del muy posterior protagonista de Piranesi (2020). Ese estilo narrativo confiere a la obra un tono de cuento de hadas infantil y humorístico que rebaja la turbieza de la situación de Miranda tanto como la acrecienta: nos recuerda constantemente la corta edad de una chica envuelta en un caso de violencia doméstica.

“La señora Mabb” (1998), si bien no directamente relacionado con la inteligencia femenina, presenta dos casos de agencia femenina: la homónima señora Mabb, una mujer cuya magia distorsiona la realidad y atrae a hombres incautos, y Venetia Moore, que encuentra en el matrimonio con el Capitán Fox una forma de escapar de su situación de pobreza. Este amoldamiento a las tradiciones patriarcales es puesto en entredicho por la propia Venetia, quien, después de enaltecer constantemente en su imaginación al Capitán Fox, lo define como “exasperante” al retomar el contacto real con él; su casamiento se fundamenta en el amor, pero esconde tras él un razonamiento puramente interesado. Venetia es, pues, un personaje realista para con la época que habita. No es una mujer liberada ni un icono feminista, sino una joven cegada por el amor que considera a la señora Mabb una rival en su relación con el capitán. Esta última, la señora Mabb, se construye habilidosamente como un personaje ausente: un grupo de niñas que se completan las frases al hablar de la magia que rodea a la señora, las constantes distorsiones espaciales y temporales a la que se ve sometida Venetia, las contradictorias descripciones de la casa de la maga y algunas de sus palabras reproducidas textualmente por otros personajes, hacen que la mujer se aparezca en la mente del lector como un ser místico y nebuloso, pero también vanidoso y cauto. El enfrentamiento mágico de la señora Mabb con Venetia remite a los cuentos de hadas clásicos donde la humana vence a la maga no por habilidad, sino por resiliencia.

Una rara avis de esta antología se encuentra en el relato “El duque de Wellington extravía el caballo” (1999). No solo se trata de la historia más corta, con menos de diez páginas de extensión, sino que también se ubica en la misma diégesis que la Stardust (1999) de Neil Gaiman, un buen amigo de Susanna Clarke. A pesar de su extrañeza, el relato se enmarca en la tónica general del resto: una crítica hacia el hombre decimonónico potenciada, además, por el cargo de poder que ostenta el protagonista. Clarke presenta al duque de Wellington como un hombre presuntuoso y ejecutor de su propia debacle. En palabras de James Sutherland en la “Introducción”, el relato busca mostrar la torpeza de muchos hombres en los asuntos mágicos, que parecen encontrar en las mujeres una mejor fuente de sabiduría y control. Hay un innegable juego con la realidad histórica al fantasear con la idea de que el duque de Wellington pudiera, con pobres habilidades de hilandero, haber sido quien tejió su propio destino en política: convertirse en poco más que un muñeco de palos impotente. Si bien la separación del mundo mágico con el mundo humano contradice la diégesis de Jonathan Strange y el señor Norrell, este experimento literario resulta una nueva iteración de los temas capitales de la autora.

“El señor Simonelli o el viudo duende” (2000) se trata de otro experimento literario. Es un relato escrito por el señor Simonelli a modo de diario literario, adjuntado a la señora Gathercole con el objetivo de dar explicación al cortejo de las cinco hijas de la señora. Engañado por un compañero académico, Simonelli termina de rector mal pagado en una villa habitada, en secreto, por el duende John Hollyshoes, quien pretende contraer matrimonio con las hijas de la señora Gathercole para obtener descendencia. La historia se construye alrededor del refrán “las apariencias engañan”, siendo esto especialmente cierto en relación con la forma en que Simonelli percibe la inteligencia de las mujeres: las repudia hasta el punto de no haberse casado e ignora sus palabras incluso cuando estas resultan ser la solución al problema. James Sutherland aclara en la “Introducción” las intenciones de Clarke: crear a un personaje hijo de su tiempo, cargante en su academicismo y poco fiable en su narración. Simonelli parece atribuirse méritos que contradicen la historia real y es soberbio hasta el hartazgo. Resulta apasionante que Clarke haya logrado crear un relato tan entretenido y cargado de crítica social con un personaje intencionalmente irritante como voz narradora. La autora demuestra aquí una gran habilidad con la tensión narrativa y el misterio, sostenido por la atmósfera de extrañeza que rodea al “duende viudo”.

A pesar de los preciosos dibujos del ilustrador Charles Vess encabezando cada inicio de relato, se echan en falta en la edición española las imágenes a página completa de la edición inglesa

El duende como ser mágico recibe una profundización en el siguiente relato de la antología: “Tom Brightwind o Cómo se construyó el puente mágico de Thoresby” (2001). En él, el duende Tom Brightwind y David Montefiore (los protagonistas ingleses con apellido italiano parecen ser una constante en Clarke) hacen una parada en la aislada Thoresby antes de ir a visitar a una suerte de paciente de David. Si bien la homónima construcción del puente mágico es el clímax narrativo de la historia, el interés del relato radica en elementos periféricos a ello: la interesantísima cultura de los duendes (otro lugar común de Clarke, como bien demostraría con el antagonista de Jonathan Strange y el señor Norrell) expresada en unos diálogos de gran dinamismo entre David y un Tom alejado de los conceptos del bien y del mal humanos; la expansión diegético-histórica con referencias a la cultura grecolatina, y la crítica política. Respecto de esta última, a través del personaje de Winstanley, gobernador de Thoresby, Clarke construye un discurso alrededor de las restricciones de la sociedad inglesa, originadas en la avaricia e incompetencia de las altas esferas. Winstanley parece más preocupado por mantener su posición y rememorar los problemas históricos de la construcción del puente de Thoresby que en llevar a cabo la tarea. De igual manera, no parece casual que la situación socioeconómica de Thoresby mejore en el momento en que la señora Winstanley toma el relevo como gobernadora en calidad de regente, un nuevo comentario sobre la eficiencia de las mujeres en cargos de poder. A modo de detalle, los lectores de Piranesi podrán ver aquí el posible germen de la idea de aquella novela: el puente mágico de Tom sigue el modelo exacto de una de las construcciones de Giambattista Piranesi.

Tanto este relato como los dos siguientes resaltan una de las mayores habilidades de Clarke como escritora: el tono maravilloso, propio de cuentacuentos. En “Tom Brightwind o Cómo se construyó el puente mágico de Thoresby”, este tono se concentra en la escena de la construcción del puente, pero en “Antickes y Frets” (2004) y “John Uskglass y el carbonero de Cumbria” (2006), se encuentra en primer plano. El primero de ellos juega con la realidad histórica de manera semejante a “El duque de Wellington extravía el caballo”: la reina María Estuardo de Escocia, durante su encarcelamiento a manos de la reina Isabel de Inglaterra, teje bordados y ropajes mágicos para maldecirla. En el proceso, demuestra una alarmante falta de inteligencia y termina pasando sus años impotente y desesperada hasta su inevitable muerte. Sus bordados, sin embargo, se demuestran efectivos; esta es la diferencia con el duque de Wellington, una nueva iteración de la magia encontrando en la mujer mayores capacidades de aprehensión. Resulta empoderante que el bordado, un trabajo tan histórica y hegemónicamente marcado como femenino, resulte ser la vía a través de la cual las mujeres pueden expresar un poder superior a cualquier condicionamiento social.

Por interesante que resulte el tema principal de “Antickes y Frets”, su lectura no aporta gran novedad a la antología. No puede decirse lo mismo del último relato, “John Uskglass y el carbonero de Cumbria”. Publicado después de Jonathan Strange y el señor Norrell, sus lectores apreciarán el reencuentro con el Rey Cuervo, especialmente a sabiendas de que el relato se extrae de una antología ficticia de cuentos sobre esta figura mítica. En su núcleo, y como el propio Jonathan Strange afirma, el relato es una iteración especialmente bien ejecutada del tropo “figura legendaria recibe una lección de uno de sus siervos más humildes”. Emulando las parábolas bíblicas, la narración trata encuentros entre humanos y santos divinizados de manera natural, milagros a pie de calle y el uso constante del número 3. Clarke consigue, en poco más de diez páginas, contar una historia dinámica, entretenida y de clara moraleja, expandiendo en el proceso la diégesis de sus obras. Su mayor lástima es que la antología de cuentos sobre el Rey Cuervo no sea una realidad en nuestro mundo; la apabullante habilidad narradora de Clarke podría rellenar un libro entero de parábolas.

Al final, de eso va precisamente esta antología: de la apabullante habilidad narradora de Susanna Clarke. Aquellos lectores que ya hubiesen tenido contacto con la autora por sus otras dos obras disfrutarán no sólo de las virtudes de Jonathan Strange y el señor Norrell (su extenso universo, su detallismo constante, su sabor a pastiche decimonónico inglés) y Piranesi (su profunda carga filosófica, su tono atrapante, su narración distendida), sino de una Clarke que experimenta con distintos formatos y tonos, y acierta en todos ellos. En la edición perfectamente manejable a la que nos tiene acostumbrados Salamandra y decorada en su interior con detallistas dibujos del siempre remarcable Charles Vess, Las damas de Grace Adieu es una antología más que recomendable para cualquier interesado en la novela inglesa, el género maravilloso en una de sus facetas menos exploradas (la ucronía cercana a nuestra realidad) o, simplemente, en disfrutar de la maestría narrativa de una autora que parece no ser capaz de decepcionar.