La estrella de la mañana, del siempre original escritor noruego Karl Ove Knausgård, plantea un apocalipsis en su versión más íntima, reflexionando, a través de multitud de personajes, sobre cómo cada uno abordaría lo más parecido a un fin del mundo. La novela tiene esa sensación extraña de ficción apocalíptica, con elementos de distopía social, y algo de suspense, porque en cada capítulo se desarrolla cierta expectativa sobre el qué sucederá. Lo realmente extraordinario de este libro es la forma sutil y tangencial con que aborda el posible fin de la sociedad o del mundo.

Portada de Anagrama

Solemos pensar en el fin del mundo en términos religiosos, con una imaginería ominosa, con una narrativa hollywoodiense. Es casi imposible imaginar un fin de mundo carente de terremotos, de tsunamis, de explosiones, de monstruos. El fin del mundo, para que sea fin, debe traer una serie de situaciones que nos demuestren de forma indudable que es el final de todo lo que conocemos, pero ¿y si no? ¿Y si el fin del mundo llega, pero lo omitimos por estar absortos en nuestros breves y coyunturales problemas, o nos sorprende ganándonos la vida, o simplemente de vacaciones con la familia?

El autor noruego Karl Ove Knausgård (Oslo, 1968) es famoso por su enorme epopeya a la intimidad Mi Lucha (Anagrama, 2009-2011), una autobiografía minuciosa e incómoda en seis tomos, que no sólo le granjeó fama como autor contemporáneo, sino que le generó toda clase de problemas con sus conocidos, quienes no pudieron evitar verse expuestos en algunos “personajes de personas reales” con todas sus intimidades, sus virtudes, sus defectos. En su más reciente novela, La estrella de la mañana (Anagrama, 2021), vira hacia una propuesta radicalmente diferente, porque plantea una trama sutilmente apocalíptica.

En una tarde noruega, surge en el cielo una nueva estrella; su brillo es tan grande que es imposible obviarla, aparece en noticieros, obliga a consultar a astrofísicos que se vuelven celebridades de cinco minutos, surgen ideas esotéricas sobre su significado, explicaciones científicas sobre el fenómeno, pero a pesar de lo extraordinario de su presencia, no es suficiente para que las personas abandonen sus vidas. Todos continúan con sus tragedias personales, sus problemas domésticos, sus rutinas; “la nueva estrella”, como la llaman los personajes de la novela, está allí, iluminando, revelando un entramado de vidas e historias que no llegan a ser extraordinarias, sino apenas interesantes, mientras una sensación de extrañeza se deja sentir más y más.

No hay héroes carismáticos, ni heroínas sensuales, ni villanos con doctorado, no hay terremotos, no hay lluvia de fuego, no hay monstruos marinos; simplemente, no se da todo eso que uno esperaría de una novela que aborda un fenómeno natural pero extraordinario. Sólo acontecen pequeños incidentes, que nadie puede unir o entrelazar, porque sería imposible la relación potencial entre una invasión de inofensivos cangrejos en una carretera, una lluvia de mariquitas en una terraza, un calor sofocante, la conducta errática de personas que padecen enfermedades o trastornos mentales y la vida de la “gente común” que convive con esas personas, y las ven sobresaltarse, presentir algo terrible, anunciar la condena, el final, el caos, para luego restarle importancia a todos esos signos, porque seguramente tienen alguna explicación lógica o racional, científica incluso, aunque dicha explicación no esté disponible en ese instante preciso.

En el libro, naturalmente, hay espacio para discusiones metafísicas, sobre la identidad o naturaleza de a quién se le denomina estrella de la mañana en la Biblia; también se habla sobre la muerte, sobre la naturaleza de la vida, sobre el concepto de familia, de religión, de sociedad. El desfile de personajes de Knausgård, narrados desde la primera persona del singular, como en un extenso diálogo interior, como una experiencia vivencial, nos permite ponernos en la piel, por ejemplo, de una pastora de iglesia en crisis, de un marido cansado de su esposa enferma, de una estudiante fracasada, un periodista juerguista, y de tantas otras personas atrapadas en sus rutinas, sus familias, sus trabajos, sus deseos más personales y escondidos. Cada personaje, de alguna manera, reflexiona sobre su vida, sobre su pasado, sobre su problema inmediato, sobre “su asunto” personal. El desarrollo de la novela no es lineal, sino que cada personaje vive su fin del mundo de una forma paralela, pudiendo o no estar relacionados entre sí, pero en general todas las tramas individuales son independientes, aunque permiten elaborar un mosaico de un evento que debería importarnos a todos.

A lo largo de la novela, los objetos comunes, como la coca cola, los cigarros, los datáfonos para cobrar con tarjetas, los noticieros, incluso Ariana Grande y YouTube, son un recordatorio permanente al lector de que lo que sucede en el libro nos podría pasar a nosotros, que bien podríamos ir a por un café o una cerveza y ver un gran astro nuevo brillando en el cielo e igual no entender lo que significa. Cada uno de los individuos van y vienen ensimismados; para ellos la estrella sólo es una curiosidad, una cuestión para tomar una fotografía y luego, si hay tiempo, ver qué dicen en los noticieros o buscarlo en Internet.

Portada de la edición noruega, 2020

Toda La estrella de la mañana tiene esa sensación extraña de una novela de ficción apocalíptica, que tiene elementos de distopía social, donde los humanos pasan tan inmersos en sus problemas triviales que han perdido su capacidad de asombro ante lo extraordinario y, más aún, que consideran el fin del mundo como algo circunstancial; también tiene algo de novela de suspenso, porque en cada capítulo se desarrolla cierta expectativa sobre el qué sucederá, adónde nos llevará el autor, qué significan esos pequeños incidentes.

Al final, lo realmente extraordinario de este libro no es tanto la parte de ficción apocalíptica que insinúa, sino la forma sutil y tangencial con que aborda un tema tan inquietante, tan temido, tan odiado, como el posible fin de la sociedad o del mundo, como la fascinante oportunidad que genera al lector de plantearse la posibilidad que el fin del mundo podría sorprenderlo en una crisis personal, lejos de casa, en medio de un problema o simplemente disfrutando un buen momento con sus seres queridos, y que cuando ese acontecimiento suceda, poco o nada se podrá hacer.

Tal vez La estrella de la mañana intente recordarnos que, en un mundo donde todo debe ser sorprendente, novedoso, instagrameable o simplemente razonable, siempre podría suceder algo tan sorprendente, tan inexplicable, que ante la vista de lo terrible e inminente, ante la ominosa presencia de algo que no se puede explicar, de repente no reaccionaremos ni heroica, ni altruista ni piadosamente, sino que simplemente procuraremos fingir que no vemos el fulgor final del mundo, compraremos unas papitas fritas y pretenderemos resolver nuestros asuntos mortales, finitos, intrascendentes y triviales, hasta que todo se vuelva silencio.

Esta imagen del 10 de mayo de 2020 muestra una nube de langostas sobre la ciudad de Ajmer, Rajasthan, India. Una plaga de langostas de desierto ha arrasado cosechas en el corazón de India, amenazando una región ya vulnerable y que sufre los efectos económicos de las cuarentenas por el coronavirus. (AP Foto/Deepak Sharma). Fuente: The San Diego Union-Tribune (edición en español)