El hombre sin nombre, recientemente publicada en el catálogo de La Biblioteca de Carfax (colección Démeter), afianza a Laird Barron en España como un autor que desprecia la Realidad. En su obra pululan las criaturas que se ocultan en los pliegues de lo que lo que percibimos, dispuestas a devorarnos en cuanto alcancemos la iluminación del conocimiento de la verdad que subyace tras esta Gran Mentira que nos muestran nuestros sentidos. Y que nosotros, como humanidad conformista y cobarde, hemos decidido aceptar.

Hay escritores que parecen predestinados a cultivar un género literario. Lovecraft estaba llamado, desde la ecléctica biblioteca de su abuelo, a soñar con horrores primordiales. Lord Dunsany, a cantar baladas gaélicas y hacerlas pasar por maravillas fantásticas. Los crujidos de la vieja rectoría insinuaron fantasmas a M. R. James. La larga noche polar de Alaska dictó las pesadillas de Laird Barron (Palmer, Alaska, 1970).

Cuando has vivido en condiciones extremas, y te dedicas a la literatura, tu obra tiende a plasmar vivencias. Es más que probable que los espantosos monstruos que pueblan las páginas de los libros y relatos de Barron procedan de lo más profundo de Alaska. Debieron palpitar en la inabarcable soledad de su infancia, en los trabajos de pura supervivencia que constituyen su biografía preliteraria, en la adrenalina de la Iditarod, la carrera con trineos en la que participaría en tres ocasiones. Barron debió aprender entonces a desconfiar de la humanidad. Para él sus congéneres son esos mismos monstruos que nos cuenta cada vez que le leemos.

Y ya empezamos a leerle mucho. Valdemar nos trajo algunos fragmentos de una obra que empieza a ser profusa -quizás porque Barron siente la necesidad de exorcizar fantasmas a través de la escritura-, sobre todo en el ámbito de la narrativa breve, que es en el que mejor se desenvuelve. Las bibliotecarias de Carfax han apostado también por él en su catálogo, y le han publicado en su colección Démeter, dedicada a las novelas cortas. Un hombre sin nombre (La biblioteca de Carfax, 2024) es su primer acercamiento a este mundo de horrores inenarrables, y es también una buena primera aproximación si desconoces al autor. (Nota bene para incautos: advertimos que es un autor sórdido, sin nada que perder, al que le vas a caer mal por el simple hecho de respirar. Uno de esos autores que escribe epitafios sobre la humanidad).

Nuevamente nos reencontramos con el típico personaje protagonista barroniano que parece ocultar algún secreto, o tener una hipersensibilidad clarividente para percibir las imposturas de la realidad. El universo de Barron se basa precisamente en la premisa de que la Realidad es falsa, que oculta cosas terribles. Tu vecino puede ser literalmente un monstruo que se disfraza de humano, y tu mejor amigo, el gul que devora la carroña y que se alimentará de tu cadáver. En El hombre sin nombre, Nanashi es ese personaje con un pie entre dos mundos, el de la realidad aparente y el de la realidad descubierta. No en vano, la novela se abre con una esclarecedora pesadilla (la primera de varias). O, para ser más justos con el escritor y su obra, con una pesadilla que es vigilia, expectante duermevela.

El hombre del parche atormentará tus sueños… Ah, y adora los perros. © Jessica M Fotografía cedida por cortesía de La biblioteca de Carfax

Nanashi transita entre premoniciones que le alertan de un peligro ancestral. Criado en un ambiente de violencia (“bebo, cavilo y mato”, dice de sí mismo), recogido por la Yakuza como Tom Hagen por el padrino Corleone, muestra una agresiva lealtad hacia la banda de La Grulla. A Nanashi no le persiguen los fantasmas de sus incontables muertos, pero le inquieta la colosal presencia de Mizuki, el luchador otrora admirado por su padre al que sus jefes han ordenado secuestrar y eliminar, como venganza contra el clan del Dragón, al que esa especie de sapo gigantesco, todo fibra y pura leyenda, está adscrito.

Entre Nanashi y Mizuki se establecerá una relación que trasciende la interacción víctima-verdugo. De hecho, se interpelarán y medirán ajenos a cuanto les rodean -la estupidez de su entorno, la mediocridad del paraje-, como si se hablaran telepáticamente. Para ellos sólo existirá un ahora, que nada tiene que ver con el presente temporal. Ambos son conscientes de que la realidad les constriñe. A este respecto, comentará Nanashi: “Cada vez más tengo la impresión de que esta existencia es un desperdicio insensato. Insistimos en la futilidad”. La existencia es un desperdicio insensato, fútil: he aquí el fermento ideológico de toda la obra de Laird Barron.

El autor irá mucho más allá del desprecio en El hombre sin nombre. En su universo no tienen cabida las reacciones humanas, que son una desviación, la verdadera enfermedad que oprime a la otra realidad, la oculta, la convencionalmente terrible para los banales cánones humanos, limitados y cobardes, pero que es la que deben abrazar los que tienen la mente despierta, los que antes han recorrido previamente el camino del dolor y del padecimiento. Es a ellos a quienes mantiene la mirada Mizuki, y a quienes les espeta: “Está el simple hecho de que conocimiento no equivale a iluminación. Eres una bola de algodón mojada en la sangre del cosmos”. Así pues, no esperéis recompensa por vuestras acciones o saberes. Al final no es que no haya nada: según Barron, hay menos que nada. La esperanza es esa consolación que nos hemos construido para justificarnos, mientras desde las sombras rostros de sonrisas afiladas se relamen en nuestro continuo sufrimiento.