Construida alrededor del concepto de «delicadeza», La pequeña forastera se trata de una obra sensible, de trazo fabulesco y orientada a un público maduro. Entre sus páginas, en ocasiones casi extraídas de un libro de ilustraciones, el autor Nagabe explora los entresijos del alma humana, los muros psicosociales entre individuos y la relación del ser humano con la sociedad y la naturaleza. Todo a través de los ojos de una inocente niña, Shiva, y del marginalizado Doctor, cuya relación sirve de base para una agridulce historia sobre las dificultades de habitar en el otro.

Nagabe: la delicadeza de la melancolía

El cómic tiene una capacidad particular para transportar al lector a territorios inexplorados. No requiere de la banda sonora o del diseño de sonido del séptimo arte ni se limita al texto literario o a la imagen pictórica. Su hibridez ha dado lugar a lo que muchos llaman el “noveno arte”, una unión donde las artes narrativas coexisten con la profunda emoción de la pintura. A este respecto, quizás el manga ofrece un mayor interés investigador: el blanco y negro reminiscente del claroscuro, la intimidad de una experiencia dibujada y guionizada por un solo autor a lo largo de varios años, la posibilidad de contener miles de páginas de una historia tan amplia como para resultar imposible de adaptar a otros medios, pero con el aliciente pictórico necesario para no requerir una adaptación.

La pequeña forastera: Siúil, a Rún (とつくにの少女, Totsukuni no shôujo) es una de esas historias. Artística, íntima e inadaptable no por longitud, sino por representar la máxima expresión de su medio. Nac en 2015 de la pluma de Nagabe, un autor respaldado en el anonimato común a muchos mangakas. En la periferia de su obra, de Nagabe tan sólo se sabe que es un hombre nacido en Tokio, en 1993, y licenciado en Artes Plásticas por la Universidad de Arte de Musashino. Debutó en 2013 con el tomo único El jefe es una onee (部長はオネエ, Buchou wa Onee), adscrito al género Boys Love, y a partir de entonces se dedicó a la publicación de historias cortas, compiladas en el volumen Historias Cortas de Nagabe. Amores insólitos (ながべ短編集-ヘンテコな愛, Nagabe Tanpenshuu Hentekona Ai), y algunos tomos únicos: Nivawa y Saitô (ニヴァウァと斎藤, Nivawa to Saitô), Las bestias de Wizdoms (ウィズダムズのけものたち, Wizdoms no kemonotachi) y Monotone Blue (モノトーン・ブル), todo ello traído a España de la mano de la editorial ECC. Nagabe trabajaba en estas historias en paralelo con su obra magna, la que aquí nos ocupa: La pequeña forastera.

Publicada desde 2015 hasta 2021 y compuesta de once volúmenes, La pequeña forastera es una obra nacida de dos sensibilidades particulares: en el nivel macro, expandir la definición de manga para aproximarlo a los libros de ilustraciones, y en el nivel micro, desarrollar una historia alrededor del concepto de la delicadeza(1). Esto último permea a todos los apartados de su obra, desde su mensaje humanitario hasta la suavidad del trazo en sus viñetas e, incluso, su inspiración primaria. Como señala el subtítulo del manga, “Siúil, a Rún, La pequeña forastera se inspira en una canción popular gaélica (2) que narra, en tono agridulce, la separación de unos amantes. Si bien el argumento del manga no replica esta historia, sí la asimila para construir el melancólico relato de encuentros y desencuentros del dúo protagonista.

Nagabe logra transmitir delicadeza a través de un trazo claroscuro, deudor del barroco y puramente fabulesco (capítulo 4)

Dos almas en constante (re)construcción

Desplazados de sus hogares en un mundo medievalista dominado por una epidemia semejante a la peste negra, la pequeña Shiva y el Doctor viven en una casa a las afueras de un pueblo, en el espacio delimitado por la monarquía reinante como “el Exterior”. En “el Exterior” moran unas bestias oscuras de formas vagamente animales capaces de transmitir la Maldición: un ser humano tocado por un Ser del Exterior es convertido, en el plazo de unas horas, en una bestia oscura sin conciencia ni recuerdos. Una excepción se evidencia en sendos protagonistas: Shiva es una niña del Interior (término que reciben los humanos sin Maldición, que normalmente viven en los confines seguros del reino) posiblemente inmune a la Maldición y el Doctor, una bestia oscura que ni padece de la falta de conciencia de los humanos malditos ni tiene el propósito de maldecir a los Seres del Interior. A pesar de estos misterios, la trama se desarrolla, en sus inicios, como un vistazo a la rutina pacífica de Shiva y el Doctor, que amenaza con truncarse ante la posibilidad de una invasión de Seres del Exterior o el mero hecho de que el Doctor toque a Shiva.

El desconocimiento de ambos personajes sobre su naturaleza es la base sobre la que se cimenta el drama humano de La pequeña forastera. La relación de Shiva y el Doctor es un constante juego de contrastes. Donde Shiva mantiene la casa ordenada e iluminada, la habitación del Doctor es un espacio apagado, caótico, repleto de objetos y papeles dispersos. Ella tiene apariencia humana; él, de bestia. Ella es una chica; él, un hombre. Blanca, negro. Baja, alto. Infantil, maduro. Despreocupada, reflexivo. Si realizamos un proceso de esencialización, Shiva y el Doctor son almas opuestas, pero la historia no habla de su rivalidad; habla de su entendimiento mutuo. Su relación refleja la realidad humana: la imposibilidad de habitar en el otro y los pequeños instantes en que se hace posible, por efímero que resulte. De ahí nacen las escenas más conmovedoras de la obra, donde el Doctor intenta reconfortar a una Shiva dolida en un abrazo que nunca llega, donde los dos agarran sendos extremos de un paraguas (un símbolo de protección que, aun roído, produce estabilidad) sólo para sentir una suerte de conexión física al otro lado, o donde Shiva expresa su necesidad de afecto aferrando los pliegues de la ropa del Doctor. La relación del dúo protagonista traspasa las barreras físicas; cuando lo material pasa a segundo plano, trascienden a un ámbito espiritual. “No hay nada que deba arrebatarle a Shiva” (capítulo 29), afirma el Doctor.

La trascendencia espiritual a la que llegan Shiva y el Doctor pasa por una serie de penurias constantes alternadas con instantes de preciosismo. Al principio, su distancia emocional se traduce en una distancia física. Anhelan el contacto de sus cuerpos (en un sentido puramente ideal, sólo con la intención de sentir seguridad) tanto como el de sus almas. Mientras lidian con la imposibilidad de lo primero, se retroalimentan en lo segundo: sus rasgos opuestos complementan las carencias del otro. El Doctor esconde sus emociones y Shiva las despliega sin ambages en una actitud marcadamente infantil; las ocasiones en que el primero las deja escapar sin control generalmente, a través de la violencia, Shiva lo tranquiliza con palabras y gestos amables, y cuando las emociones abotargan los sentidos de la niña, el Doctor calma sus inquietudes. En cierto modo, su relación simbiótica hace, como en cualquier relación humana sana, que ambos sean maestros y alumnos el uno del otro al mismo tiempo. A pesar de algunas disputas, siempre enmiendan sus errores a través de la introspección y el diálogo; saben que se necesitan en un mundo cruel que trata de separarlos.

A medida que la relación de Shiva y el Doctor se estrecha, ambos descubren que la Maldición no parece afectarlos. El contacto físico es posible. Pero, una vez saben que pueden fisicalizar su afecto (un abrazo, una palmada alentadora en la cabeza o cogerse de la mano para sentirse seguros), surge el núcleo del conflicto: el miedo a perder al otro no tanto en cuerpo como en alma. Como obra que trata la relación entre seres humanos, la identidad individual es un tema constante a lo largo de La pequeña forastera, y es precisamente la pérdida de identidad del otro aquello que representa el mayor miedo de ambos personajes; ya lo demuestra el Doctor en el primer contacto físico de Shiva con un Ser del Exterior (capítulo 5), cuya escena queda grabada en la retina del Doctor y lo sume en un estado de silenciosa reflexión hasta que confía sus inquietudes en Shiva. A lo largo de la historia, ambos personajes son enfrentados con cambios de identidad y ofrecen sus almas como sacrificios para proteger al otro. La niña, infectada al fin por la Maldición, es salvada por un Doctor que ofrece su alma a cambio, dejando atrás un receptáculo vacío sin consciencia ni recuerdos, como un Ser del Exterior. Shiva, curada, decide trasvasar su alma una vez más para recuperar al Doctor y, en la operación, también se convierte en un receptáculo vacío. Este tira y afloja por salvar la existencia del otro (reforzada con la revelación de que Shiva fue el origen del estado del Doctor, en realidad un humano llamado Alberto) simboliza lo más profundo de la naturaleza humana: nuestra necesidad de crear lazos para paliar una existencia sin propósito y el doloroso proceso de mantenerlos. El constante trasvase de almas, simbolizado tangiblemente a través de una suerte de agua vital, lleva a crear un algo imperfecto, incompleto y destinado a morir; una gurfa que se ve reducida paulatinamente a unas gotas de agua que apenas caben en la palma de una mano. Una existencia agotadora que, a pesar de todo, La pequeña forastera nos alienta a experimentar; como animales sociales, encontramos en el otro nuestra razón de vivir. Es así en el punto emocionalmente más bajo del Doctor, donde pronuncia un discurso a una Shiva que no puede escucharle:

“He vagado incesantemente por la oscuridad. Sin rumbo, sabiendo que era en vano. Y, si aun así no me rendí, fue porque todavía podía recordar vagamente mi forma humana. Ni siquiera tengo la certeza de que lo que veo, lo que oigo, mis manos y mis pies, existan de verdad. Pero, con tal de conservar mi existencia, me he dedicado a reseguir obsesivamente mi vaga silueta porque, si dejaba de hacerlo, me desvanecería al instante. Y eso me daba terror. Tú [Shiva] eres como la débil luz de una vela. Una luz diminuta y frágil que ilumina tenuemente a su alrededor y que un soplo podría apagar. Pero para mí era más que suficiente.

Si Shiva es la luz del Doctor, el Doctor es la luz de Shiva. Los seres humanos, precisamente por nuestra fragilidad y asfixiante soledad, nos necesitamos el uno al otro. La pequeña forastera nos insta a seguir adelante, a buscar esa existencia compartida incluso con el resto del mundo en contra.

Aun con sus cuerpos modificados una y otra vez hasta volverse irreconocibles, el Doctor y Shiva siguen buscando conexión (capítulo 51)

Incluso con el resto del mundo en contra

Para tratar las diatribas de la coexistencia entre individuos con la civilización, Nagabe vertebra la historia alrededor de unas circunstancias sociopolíticas y religiosas situadas en un mundo secundario de corte folclórico europeo. Acude a los cuentos de hadas clásicos, aquellas historias macabras que reflejaban alegóricamente los peligros del mundo real y cuyo propósito era preparar y aleccionar a la población más joven. El autor adapta el tono de estas cautionary tales a nuestra sensibilidad actual y, más importante, las resignifica a un espacio emocional para alegorizar problemas reales de nuestro mundo: Shiva, en su aparente imposibilidad de recibir la Maldición, es vista como un Otro y, a través de ella, los humanos del Interior dan rienda suelta a su irracionalidad arraigada en el miedo a lo desconocido (capítulo 32):

“¿Por qué tenemos que vivir atemorizados por la Maldición? Con solo rozarte, carcome tu cuerpo, tu tierra, lo carcome absolutamente todo sin que puedas protegerte. ¡Y no podemos hacer nada más que seguir atemorizados por esta Maldición sin sentido! ¡Todos excepto tú! ¿Cómo es posible que tú seas la única que tenga la desvergüenza de conservar la forma humana? ¿Por qué Dios solo te protege a ti?”

De manera equivalente, el Doctor sufre una marginalización de la sociedad. Antes de encontrar a Shiva, perdido y sin recuerdos, es rechazado en todos los hogares y considerado por todos los habitantes del reino como un monstruo, una especie de demonio. Puede observarse que la situación de Shiva y la del Doctor son críticas directas al fanatismo religioso, que cristaliza en un miedo al Otro. En el Interior, se cree en la existencia divina, en un Padre protector y una Madre malvada (3). El primero creó a los seres humanos y la segunda, a los llamados Seres del Exterior. La cosmogonía de La pequeña forastera remite a la propia naturaleza humana, a sus ciclos de creación y destrucción. En el punto en que se sitúa la historia, prima la destrucción, y por ello el rey del país del Interior secuestra a Shiva con el único propósito de sacrificarla al Padre creador y, así, devolver el mundo a la normalidad. No hay ninguna certeza; sólo la fe ciega en que la muerte de una niña implicará la salvación del resto de la población. Sin embargo, La pequeña forastera no se limita a una crítica superficial y hace del rey una figura trágica cuyas decisiones son resultado de la manipulación psicológica de su consejero real, a su vez Padre eclesiástico. La corrupción no es individualizada ni la irracionalidad, culpa del pueblo llano: subyace a toda civilización una pulsión humana expansionista, narcisista y controladora que se filtra a todos los ámbitos de la sociedad. Incluso la religión, uno de los muchos espacios seguros para la paz mental, puede convertirse (y así lo ha hecho en nuestra propia historia) en una herramienta para señalar un Otro como foco de odio.

Ante la inminencia de la muerte como sacrificio humano, Shiva se muestra como lo que es, una niña inocente y frágil, mientras el pueblo espera su ejecución para su propio beneficio (capítulo 39)

El muro de la existencia: la auténtica Maldición

Ya hemos visto la forma en que Nagabe articula La pequeña forastera como una alegoría de la naturaleza humana donde las subversiones de los cuentos de hadas europeos hacen las veces de trampolín para abarcar múltiples perspectivas. Hemos hablado de las relaciones interpersonales, de la identidad, de la alteridad y de la crítica al fanatismo religioso, pero son muchos los temas que Nagabe logra tratar en profundidad a lo largo de once volúmenes. Tantos, que ni un artículo de esta extensión ni un escritor tan verde como el que escribe estas líneas podría abarcarlos con la profundidad que merecen. Sin embargo, no escapan a los ojos de un lector atento el tratamiento de conceptos como el alzheimer, alegorizado en la conversión de la tía de Shiva en un ser de la oscuridad (4); la gestión de la pérdida de un ser querido durante la infancia, a través de una Shiva desgarrada por la degeneración mental de su tía; el desplazamiento emocional por celos del Doctor, durante la estancia de la tía en la misma casa, o los efectos sobre el ser humano del abandono del hogar y la falsa culpabilidad. Podría, incluso, hilarse todo un discurso ecologista desde una perspectiva animista, donde los Seres del Exterior y su Madre creadora representan a una naturaleza regeneradora. Al final, todos estos temas, incluido el discurso ecologista, refuerzan la temática principal de la obra: las tensiones entre la identidad individual y la unidad colectiva, ambos conceptos bajo el paraguas siempre presente de la delicadeza, esto es, una voluntad empática y humanitaria por parte de Nagabe a la hora de plantear su mensaje final. Acudamos, para ello, al último monólogo de la obra, pronunciado por Shiva y el Doctor:

“El interior y el exterior. En el pasado, eran una unidad. Por sí solos son incompletos y unidos se complementan. Pero no les está permitido unirse. Como la vida, la existencia, la luz y la sombra. Y el vacío. Y la muerte. Para que ambos puedan coexistir y conservar su propia identidad no deben invadir al otro. Debe existir un límite, un muro, una barrera. Separados encontrarán la dicha. Juntos serán desdichados. Solo les traerá sufrimiento. Al igual que nos pasó a nosotros. Puede que sea el destino al que está abocado el mundo, pero tal vez, aceptar ese infortunio sea al fin y al cabo la unidad. Puede que eso sea la Maldición.”

Ambos, Doctor y Shiva, están de acuerdo:así es como debe ser. Existe un muro inalterable entre el individuo y el colectivo, entre el ser humano y la naturaleza, entre los placeres de la vida y la inevitabilidad de la muerte, entre lo terrenal y lo divino. Y, en última instancia, entre el yo y el otro. En ocasiones, el otro somos nosotros mismos: unas veces traicionamos nuestra mente confiando en el corazón y otras, al corazón confiando en nuestra mente. Pero la constatación más tangible del muro entre el yo y el otro se encuentra en las relaciones interpersonales: ¿dónde termina un individuo y comienza el siguiente? En la imposibilidad de habitar en ningún cuerpo, mente o alma que no sea el nuestro, y como decía al principio de este artículo, Nagabe nos invita a aceptar nuestra propia identidad, a asumir que sólo somos capaces de aproximarnos a otras identidades de manera efímera. Y debemos hacerlo siempre con delicadeza. Porque cuando lo hemos perdido todo, es fácil dejarse llevar por la crisis existencial (capítulo 21), pero siempre quedarán aquellos instantes de preciosismo donde, pasajeramente, el muro se abre para permitir una conexión: el reconfortante recuerdo de una historia escuchada en el regazo de una figura materna al calor de la lumbre en un día de invierno; el abrazo sentido pero melancólico a través de una sábana por el miedo a las consecuencias de tocarse; un intento fallido de cocinar una tarta de arándanos, disfrutado a pesar del desastre por lo familiar de la compañía. Dos almas en paz consigo mismas, felices, conectadas por el entendimiento mutuo y sosteniendo ambos extremos de una corona de hojas (capítulo 53).

 

 

NOTAS:

(1) https://www.pixivision.net/en/a/2008

(2) Recomiendo, en especial, la versión del grupo Clannad

(3) Un sutil comentario sobre la influencia hegemónica del patriarcado que se refuerza, además, con la
revelación final de que esta dualidad entre Padre y Madre no es binaria: tanto el ser humano como los
Seres del Exterior surgen de ambos, y los segundos buscan a los primeros para devolver las almas a su
lugar de origen.

(4) Una nueva subversión del cuento de hadas clásico. La tía de Shiva recibe un castigo por no atender a las
normas (“no tocar a seres malditos”), pero el resultado no es una moraleja al uso, sino una base para tratar
nuevos temas sobre la naturaleza humana. De hecho, la conversión de la tía de Shiva es una instancia más
de pérdida de identidad.