Planetas morales no pertenece a las mejores obras de Philip K. Dick en cuanto a estilo. Cronológicamente ubicada en su primera etapa, es sin embargo muy interesante por su condición profética: Dick anticipó la falta de privacidad de las redes sociales y la cultura de la cancelación, que dicta protocolos de comportamiento. Aunque muy radicada en su década, y con algunas particularidades que la hacen obsoleta, es un buen ejemplo de porqué la ciencia-ficción nos dice más sobre los sistemas sociales que sobre la tecnología.

En 2023 los herederos de Roald Dahl propusieron actualizar su obra para no herir sensibilidades mediante cambios raciales en personajes, eufemismos y circunloquios. Fue un ejemplo más de la desesperada necesidad de todos de ser moralmente superiores. Porque el mundo atraviesa tiempos complejos, en especial el mundo del arte, donde la censura, las buenas costumbres, la moral, y sobre todo la sensibilidad de una sociedad hiperestimulada en el mundo occidental podría hacer peligrar el mayor bien del mundo moderno: la libertad. En las redes sociales, sobre todo, impera la cultura de los cinco minutos, donde se ha normalizado el «funar» (acusar mediáticamente) a aquellos que piensan diferente o que no se pliega a la mayoría, y así cualquier expresión da pie a denuncias de abuso sexual, violencia o cualquier delito, o hasta de malos hábitos íntimos… Al final el Gran Hermano de 1984 (Lumen, 2014) ha terminado por ser la tía o vecina, observadora y criticona… Y sin embargo, nada de esto es nuevo, y por tanto, nada de esto debe sorprendernos.

El temor de un panóptico invisible se ha planteado de mil formas en las utopías y distopías de la ciencia-ficción: ser observado, juzgado, censurado y castigado por una entidad muy superior es casi un tópico recurrente. Aparece ya en El proceso (primera edición, póstuma, de 1925; Alianza Editorial, 2013) de Franz Kafka, donde K. es conducido a un proceso judicial sin saber de qué se le acusa, ni quién lo acusa; el mundo de 1984 de Orwell es el ejemplo obligado, pero también lo es el de Fahrenheit 451 (DeBolsillo, 2019) de Bradbury. También hay restos en la obra de Sartre, cuando éste dice que “el infierno son los otros”, o en la mirada del otro social en películas tan dispares como Gatacca (Andrew Niccol, 1997), y La Bruja (Robert Eggers, 2015), donde el denominador común es la comunidad y su sojuzgamiento al individuo divergente o simplemente curioso.

A este postulado se adhirió también Philip K. Dick. El escritor siempre fue una personalidad compleja, de gran imaginación alimentada por su experiencia con drogas, su mal carácter y su paranoia. La suma de sus talentos y virtudes lo convirtieron en un visionario, tal como refleja Stanislaw Lem en su ensayo Dick, un visionario entre charlatanes” (1975), en la que lo encumbró como el cenit de la ciencia-ficción norteamericana, a pesar de la mala opinión que Dick tenía sobre el polaco producto de su esquizofrenia y la polarización global. Las historias de Dick son clásicos, incluso audiovisuales, desde su adaptación de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Blade Runner, Ridley Scott, 1982), y entre las que destacamos, por encima de otras, la ucronía de El Hombre en el Castillo (serie de Amazon, 2018), A Scanner Darkly (Richard Linklater, 2006) o Minority Report (Steven Spielberg, 2002). Sin embargo, como muchos autores del género tuvo un comienzo pulp en libritos de pocas páginas y de una calidad variada: así es como publica Planetas Morales (aparecida originalmente en 1956 como The man who japed).

En la novela seguimos la vida de Allen Purcell, director de una de las cuatro agencias de publicidad-propaganda más exitosas en un mundo global y totalitario, que fue construido sobre una moralidad puntillosa y obsesiva. Siguiendo el espíritu de la época, quien dio forma a ese mundo fue un militar que sobrevivió a una gran guerra, nuclear obviamente, y dirigió una revolución moral global, que obliga a pensar en la revolución iraní de 1978, ya que toda su moralista buena intención terminó en un estado totalitario donde todos los vecinos son vigilantes de sus iguales y cualquiera está facultado por ley para hacer una Reclamación Moral (RecMor), que en la mayoría de los casos se resuelve en tribunales presididos por las administradoras de las viviendas donde los buenos ciudadanos tienen el máximo derecho de poder arrendar, si se portan bien. Se producen así juicios por cualquier cosa; proliferan los acusadores anónimos; se construye un sistema que permite la impunidad del que acusa, y una sociedad que prohíbe el consumo de alcohol, las relaciones extramaritales, las malas palabras, las malas conductas (según las autoridades)… Todo es objeto de un juicio, y -es importante aclarar eso- quien decide lo bueno o malo, lo correcto y lo incorrecto, es una autoridad invisible, superior, casi omnipresente.

Esa omnipresencia reside en dos mecanismos, uno tan antiguo como la civilización y otro tan actual que sorprende. El primero es la misma comunidad, la sociedad moralista, la que limita, observa y censura a sus miembros, donde cada individuo se siente obligado a actuar correctamente y acusar a la menor infracción a sus conocidos; el otro es mediante aparatos, llamados “juveniles” (en la versión en español) que son artefactos robóticos -incluso androides- están infiltrados en la sociedad para tomar pruebas irrefutables con las que acusar, como lo harían nuestro historial de búsquedas y tiempo de visualización, las videocámaras de seguridad o los drones, o lo que los futuristas llaman Registro de Datos Personales, es decir nuestra huella o rastro digital en el mundo.

La omnipresencia de quien observa y juzga es total, la moralidad es próxima a una mojigatería infantil, pero claro, cabe recordar que fue escrito en un mundo polarizado, donde había gran optimismo económico en Estados Unidos, muy a pesar de las grandes tensiones a nivel global con el fin del estalinismo y sus purgas, el ascenso de Mao Zedong y sus sacrificios sociales, con un mundo parcelado entre Primer Mundo, el bloque comunista y Tercer Mundo. Por eso no es casual que quien formula ese mundo de moralidad exacerbada, sea un sudafricano, probablemente influido por el apartheid y la idea colonizadora de superioridad moral impuesta a la fuerza por el bien común. El mundo es arrasado, eso se insinúa en toda la novela. Es globalizado. Allen Purcell frecuenta Hokkaido, descrito como un gueto que evoca el Harlem o el Bronx como barrio de bajo fondo, un lugar, en todo caso, donde la gente decente no debe ir. Allí se trafica, se delinque, se viola la ley, y también se respira un poco más libre, se escapa brevemente del panóptico.

Sobre la novela

La novela es floja en cuanto a estilo, porque pertenece al primer Philip K. Dick, pero esa misma falta de estilo también corresponde al auge de la ciencia-ficción donde lo prioritario era imaginar mundos posibles más allá del presente o de este planeta. Probablemente hubiese funcionado mejor como un relato, si lo que uno busca es una historia de ciencia-ficción interesante; sin embargo, lo que realmente atrae es que, a su manera, en 1955 anticipó un fenómeno social vigente hoy en día: la cultura de la censura y el fin de la privacidad por las redes sociales. Claro, en la novela las redes sociales eran “analógicas” conformadas por los vecindarios y sus asociaciones de residentes, no como en la vida real, con nuestras comunidades virtuales, donde cada día nos mostramos ante nuestros iguales para ser juzgados y valorados, y debemos interactuar de alguna manera casi obligada; de hecho, cuanta más importancia se tiene más se expone al juicio y escarnio público, como se ve actualmente cuando artistas, políticos y celebridades son juzgados si opinan a favor o en contra de cualquier cosa, pero también cuando opinan –o no- sobre el tema de moda.

El mundo de Allen Purcell es irreal porque hay viajes espaciales, y diversos planetas son utilizados como sanatorios morales, pero es real porque es un mundo donde todos son juzgados por sus iguales, y ese juicio erosiona la reputación y confiabilidad, pudiendo arruinar carreras o vidas. También es real porque todos los juicios giran en torno a una serie de acciones, ideas u objetos, que una autoridad invisible determina como Buenos y Correctos, o como Malos o Incorrectos, lo cual hoy en día se ve prácticamente en todo: en las ideologías, las conductas de pareja, el género, la educación, y,  por supuesto, también en el arte, la literatura (tal como sucedió con el escándalo de los premios Hugo 2023[1]), el cine. En Planetas Morales no está por tanto «el mejor Philip K. Dick», al que muchos de nosotros descubrimos desde sus adaptaciones al cine y TV, pero sí encontramos un retrato lúcido de lo que sucede cuando todos nos sentimos con la autoridad, el deber y, sobre todo, la voluntad de querer juzgar a nuestros iguales desde una moralidad conveniente, pero impuesta por un sistema que busca controlar sutilmente como pensamos o como actuamos.

Al comparar el sistema de control social basado en el temor y la sospecha colectiva del todos contra todas de Planetas Morales -la teoría del empujoncito al máximo poder[2]– y la cultura de la censura actual donde todos debemos parecer buenos, decentes, agradables, sonrientes, es evidente la profunda claridad con que Dick observa su mundo y la gran preocupación por la sociedad y el futuro, lo que nos recuerda que, quitando los clichés de autos voladores o viajes espaciales, la ciencia-ficción nos dice más de los sistemas sociales que de la tecnología. Es posible que pronto veamos diversas de sus obras ya no adaptadas al cine sino a nuestra realidad cotidiana, pero de formas menos literarias o imaginativas, donde psicólogos técnicos apliquen de forma regular el test Voight-Kampff a los sucesores del Chat-GPT 4 y otras I.A. O donde, SIVAINVI se materialice, pero no como una inteligencia extraterrestre, sino como un sistema global de inteligencias artificiales que creen una gran inteligencia, viva, sobrehumana, divina, que tal vez, defina lo que es bueno y lo que no, para los humanos.

NOTAS:

[1] Algunos de los nominados más fuertes al premio Hugo, fueron considerados no-elegibles, por abordar temáticas relacionadas o alegóricas a la República Popular de China, donde se celebró el WorldCon Chengdu 2023. Supuso un flagrante caso de autocensura por parte del comité organizador .

[2] Es una teoría de comportamiento social, planteada por el economista Richard Thaler para “empujar” a las personas a tomar aquellas decisiones que cuestan esfuerzo, pero que nos pueden beneficiar a largo plazo, mediante pequeños estímulos, que pueden ser recompensas o amonestaciones, hasta normalizar el cambio deseado.