La puerta de Abadon, tercera entrega de la saga The Expanse, mantiene los mimbres habituales de las dos novelas anteriores, pero también demuestra la originalidad y la creatividad suficientes como para destacar por sí misma como una excelente entrega independiente. Digna de la mejor space opera, con un formidable diseño de personajes, explora los límites -tecnológicos y morales- a los que puede llegar la humanidad.

Al ritmo de una entrega por año: ésa es la frecuencia con la que ha llegado a nuestro mercado editorial la monumental saga The Expanse que, desde El despertar del Leviatán (Nova, 2016), tiene cautivados a los lectores de ciencia-ficción españoles y a los espectadores del canal temático SyFy, con excelentes críticas tanto a nivel literario como audiovisual. En 2018 le tocó el turno a La puerta de Abadón (Nova, 2018), tercera entrega tanto de la serie como de la temporada televisiva, y una de las más premiadas, coronada con el Locus a la mejor novela de ciencia-ficción.

La novela arranca un tiempo después de la novela anterior, con la Rocinante ya restaurada y preparada para una nueva aventura. Pero la protomolécula que mueve la trama desde la primera entrega sigue haciendo de las suyas, y empuja al capitán James Holden y a su tripulación hacia nuevos e increíbles retos espaciales. En este caso, la humanidad descubre la existencia de un gigantesco anillo que es, además, una enorme puerta hacia un lugar desconocido, inhóspito y oscuro. Casi inmediatamente después de su descubrimiento, la humanidad vuelve a dividirse radicalmente en grupos de interés: la Alianza de Planetas Exteriores (A.P.E.), de un lado, más cercana al anillo, y la Tierra y Marte (junto con la ONU), aprovechándose de los posibles beneficios de A.P.E., del otro. Esta división pronto se convierte en irrelevante, por culpa de la estupidez de un descerebrado y de la venganza de una malvada.

El primero pone rumbo veloz hacia el anillo sin pensar siquiera en las consecuencias y termina convertido en una informe masa sanguinolenta de carne y huesos a consecuencia del frenazo gravitatorio. Su acción activa la alerta del anillo, que pasa a interpretar su acción como  una amenaza. La segunda, Melba Koch, prepara desde un remoto lugar su venganza contra el capitán James Holden, de la Rocinante, al que considera culpable único de la ruina total de su familia. Una sucesión calculada de acontecimientos, y de desafortunadas coincidencias, terminarán convirtiendo a la nave crucero en el objeto de una persecución por parte de varias fuerzas implicadas en el nuevo escenario de tensión planetaria.

Una vez reunidos todos los actores al otro lado del enigmático anillo, empiezan los debates sobre el a continuación, y sobre la propia existencia del nuevo sistema. ¿Se trata de una oportunidad, traída no se sabe por qué y para qué por la misma protomolécula responsable de millones de muertes de seres humanos? ¿O supone una amenaza, del mismo signo de lo ya demostrado anteriormente, sólo que a una escala monstruosamente mayor y, por tanto, con un extraordinario potencial destructor capaz de aniquilar sistemas solares enteros a su paso? Entre aquellos que poseen creencias religiosas surgen también preguntas de similar tenor. ¿Qué significa el anillo en un marco ideológico donde la voluntad de Dios es la responsable única y última de todo? ¿Es una tentación diabólica para demostrar la soberbia de la especie humana al querer ir más allá de los límites de su cuerpo biológico y su mundo concreto? O, por el contrario, ¿es una ocasión, presentada por el mismo Dios, para que su creación más preciada continúe avanzando en su nombre con la conquista del espacio y el tiempo hasta unos límites inesperados pero deseados por el Altísimo?

A partir de aquí, La puerta de Abadón fragmentará su acción en el seguimiento de dos grupos fundamentales en su relación con el anillo: el de quienes lo consideran como una coyuntura presentada (por Dios o no) para que la humanidad vaya más allá de sus fronteras actuales y supere así sus límites biológicos y tecnológicos, y el de aquellos que lo interpretan como una amenaza a destruir, un símbolo de la soberbia desmedida de la humanidad por intentar trascender sus límites y convertirse, en una nueva forma de divinidad y, así, en una profanación de Dios, en una aberración teológica y moral, en una pecaminosa demostración de maldad.

Estos dos grupos se enfrentarán sin cuartel, y en distintas fases de dominio para cada uno, a lo largo del núcleo central de la novela. Distintos personajes ocuparán sus puestos análogos en un lado y en el otro. Por ejemplo: el jefe de seguridad Toro (primer grupo) será la némesis del capitán Ashford, del segundo; la sacerdotisa Anna Volovodov, del primer grupo, encontrará su contrapunto en el párroco Cortez (segundo grupo), confesor favorito del Secretario General de la ONU… Y mientras James Holden tiene una llave interpretativa bajo su brazo respecto al anillo, otra influencia similar posee la misteriosa Clarissa Mao. La analogía y los paralelismos entre los personajes es tan fuerte que hasta podemos encontrar otras de menor entidad entre los secundarios (jefes de batallón, jefes de ingeniería, manos derechas), un elenco organizado de personajes perfectamente trazados, con lógica narratológica y pulso literario firme. La puerta de Abadón es una novela apasionante digna de la mejor space opera.

La novela introduce nuevamente, de distinta manera y en diferente grado, los elementos de las anteriores entregas. Especialmente, el militarismo inteligente de El despertar del Leviatán (Nova, 2016) y la política táctica de La guerra de Calibán (Nova, 2017). El tema central de esta entrega es, sin embargo, la moral y la ética de la humanidad ante una oportunidad técnica que supondría, de afrontarlo con inteligencia, un increíble salto adelante en su progreso. Si anteriormente la humanidad se dividía alrededor de intereses y de banderas, ahora estructura su división alrededor de una cuestión moral fundamental común a todos. Una cuestión, ésta, novelada inteligentemente y tratada con el máximo respeto para una comunidad lectora amplia y heterogénea respecto a sus credos y morales.

Como único “pero” destacable está la innecesaria insistencia de la voz narradora en alargar el perfil de los personajes creyendo, quizás, que para la construcción sólida del discurso central era imprescindible fijarlos bien a todos en el tapiz, lo que hace que tengamos que esperar más páginas de las deseables para que la trama comience a ponerse en marcha. Cuando sucede, empero, ya poseemos las claves interpretativas personales necesarias como para explotar a fondo los distintos hilos argumentales sin necesitar nueva información. Porque la novela plantea un dilema también al espectador: ¿Trama o personajes? Ésa es la cuestión.

Aun así, cuando la trama comienza a progresar con velocidad de crucero, estos problemas se difuminan gracias a un intenso argumento que se sucede con coherencia y solidez ante nuestros ojos. La puerta de Abadon teje los mimbres habituales con otro diseño, recordándonos a las anteriores entregas, pero también demostrando la originalidad y la creatividad suficientes como para destacar por sí misma como una excelente entrega independiente. Sí es verdad que distintos lectores pueden tener preferencias distintas entre ellas, pero es innegable la calidad que atesora este libro, que nos deja impaciente por proseguir la saga.