El amor es más antiguo que el hilo negro. No obstante, quizá por esa misma fuerza que simboliza y que lo impulsa, no deja de ser un motivo recurrente en la literatura, y por más que pareciera que todo se ha dicho sobre tan noble sentimiento, siempre es posible dar un nuevo escalón: el autor estadounidense de origen galés, Abraham Merritt escribió Tres líneas de francés antiguo, un cuento fenomenal que pasaremos a diseccionar.

“La belleza sólo busca lo mejor de los medios para expresarse, en cambio el amor es una mano sabia que guía para lograr que el ser llegue a ser. León Hebreo

El libro consultado para la lectura del cuento corresponde a la editorial Eneida, edición del año 2015, traducción a cargo de Ángela Escelara, bajo el título de La dama del bosque

De amor y literatura: Una vieja relación

En tiempos donde confluía la originalidad más disparatada, con los experimentos más mal ejecutados en las publicaciones pulps, Abraham Merritt (Beverly, Nueva Jersey, 1884-Indian Rocks Beach, Florida, 1943) creó una literatura que fue pionera en introducir la teoría de los mundos paralelos, los alegatos ecológicos (mismamente en La dama del bosque [1928], en la que prefigura al monstruo del pantano de Alan Moore), y las civilizaciones perdidas, veta explotada por Jules Verne y por Lovecraft, que en manos de Merritt tuvo un tratamiento más cercano a la aventura.

Dentro de su producción narrativa, nos detendremos en uno de sus cuentos mejores logrados, Tres líneas de francés antiguo (1919), un cuento sobresaliente y que podría figurar en cualquier antología universal de literatura fantástica, más aún si esta hipotética antología tuviese como eje central al amor.

Como bien dijera Dante, por Amor fue que Dios hizo al sol y a las estrellas, pero también por amor es que se han cometido las peores atrocidades. No puede ser de otra forma: el amor es una energía poderosa, en su aspecto negativo puede devenir en una serpiente malévola de tres cabezas (deseo, venganza y muerte) o, por el contrario, cuando la luz hace su trabajo, en un tridente virtuoso, con los puntales de la belleza, el orden y la unidad.

El tema amoroso en la literatura es inagotable: la guerra de Troya provocada por el rapto de Helena; la terrible muerte de Acteón tras contemplar a Diana desnuda; el Cantar de los cantares y la exaltación del amor nupcial; el trovador Jaufré Rudel muriendo y cantando por una condesa a quién sólo conoció de oídas; Dante en el infierno y el calor de Beatriz para llegar al Paraíso; la trágica muerte de Ofelia tras el desprecio de Hamlet; el cortejo de Lotario a Camila con final trágico en El curioso impertinente de Cervantes; el envenenamiento de la desdichada Emma Bovary, y el no menos desdichado y también despreciado Werther, quien por propia mano ultima sus días; Ana Ozores y sus amores ilícitos con un triángulo fatal rematado por el clérigo Fermín en La RegentaComo se ve, la lista ni siquiera es exhaustiva y podríamos llenar páginas y páginas con referencias. No obstante, en la literatura moderna, pareciera que el amor ha perdido su cáscara fantástica y se ha enraizado en una serie de creaciones ancladas en el folletín, con la novela rosa y sus dramas pequeñoburgueses con envenenamientos y puñadas por la espalda, o con el realismo, en todas sus variantes, desde las luchas de clases hasta las familias desestructuradas pintadas con tanto esmero por las manos rusas de un Dostoievski o un Tolstoi.

Trincheras (1917), óleo del pintor alemán Otto Dix (1891-1969)

El amor en la Fantasía: El gran ausente

Como bien afirmamos, hay pocos ejemplos en la literatura moderna que hermanan amor con fantasía. Podemos recordar el relato macabro de E.T.A. Hoffmann El hombre de arena, obra maestra de la literatura extraña y perturbadora, en la que un desdichado joven se enamora de un autómata creyéndola una mujer verdadera, y aquello lo conduce a la locura. El estadounidense Robert W. Chambers también incursionó en la temática: en su cuento La demoiselle d´Ys, un explorador americano ha perdido el camino, necesita encontrar el mar para regresar hasta una misteriosa isla: se encuentra con una joven francesa adiestradora de aves que lo conduce a un viejo castillo, donde encontrará lo inexplicable, y cómo no, el amor. Drácula, de Bram Stoker, en cierta forma, más que una lucha entre el bien y el mal, es también una fábula de los amores ilícitos y arrebatados del conde, y es también por amor que sus antagonistas unen sus fuerzas para derrotarlo.

No obstante, la temática amorosa en lo fantástico suele quedar en un segundo plano, más como un aditivo con el fin de generar más empatía del lector con los personajes -mero recurso narrativo-, que como eje central que vertebre a la narración. No ocurre así con Tres líneas de francés antiguo de Merritt, publicado en 1919, traducido al español por primera vez en 1973 para la colección Futuros ilimitados, donde se codearía con otros portentos como Arthur C. Clarke, Isaac Asimov o Lord Dunsany.

El argumento

El interés de Tres líneas de francés antiguo radica no sólo en su singular escritura, sino también porque prefigura la idea de los mundos simulados, tema que ya tiene a Arthur Machen como pionero con El gran dios Pan, y el experimento que narra el cuento para desterrar a la realidad de su espejismo y así poder contemplar a la “auténtica verdad”. En este cuento, se nos plantea la posibilidad de que la técnica puede alterar la conciencia de un ser humano para hacerla ingresar a otras realidades. La narración inicia con un diálogo confuso, en la que un hombre habla del aspecto doble de la guerra, la cual trae desgracia y muerte, pero también progreso científico. Estamos pues —lo sabemos más tarde—, en medio de una conversación entre científicos, quienes han elegido como tema la sugestión, para así enarbolar sus más dispares teorías. ¿La sugestión puede desencadenar visiones sobrenaturales?, ¿qué relación tiene con la guerra? Apoyándose en estas interrogantes, uno de los científicos expone el curioso caso de Peter Laveller, soldado francés que estuvo a punto de morir en las trincheras de la Gran Guerra, pero que sobrevivió gracias a una misteriosa intervención, y, ya tiempo más tarde, gozando de buena salud, volvió nuevamente hasta el lugar en que sucedieron los hechos, para morir ahí mismo. ¿Buscaba cerrar un círculo o la muerte de manera voluntaria?

Utilizando el mismo recurso del relato gótico en la que alguien transcribe un manuscrito o se escucha una “historia verídica” de la boca de otro personaje, uno de los oyentes de la historia, un tal Abraham Merritt, se compromete a completarla y a darle un nuevo sentido. Sin más, pasa a relatar los tensos momentos de este soldado francés, quien, en medio de las metrallas, los bombardeos y el fuego que escupen los obuses, intenta mantener la línea de trinchera fuera del alcance de los enemigos, describiéndose una tierra manchada de sangre por la gran cantidad de hombres caídos y apilados como moscas. El soldado, nos dice el cuento, está agotado por la falta de alimentación y sueño. De pronto, en medio de la pólvora y las nubes tóxicas, vislumbra un viejo castillo medio en ruinas, que alcanza como última esperanza para protegerse en sus ruinosos sótanos. Hasta este punto, nos encontramos ante un relato bélico y realista; sin previo aviso, se apersonan tres figuras, entre ellos un cirujano. El soldado francés les pregunta qué quieren de él, pero en el esfuerzo —abatido por las heridas— se desmaya, y en ese desvanecimiento, pasa a un mundo fantástico: de la pesadilla de la guerra llega a un lugar totalmente opuesto, descrito con abundante vegetación, flora y fauna rebosantes:

Era un mundo absolutamente normal, tal y como debía serlo. Pero recordó que en cierto momento había estado en otro mundo, remoto y muy diferente de este: un mundo lleno de miseria y dolor, de barro manchado de sangre y suciedad (…) un mundo lleno de crueldad. (página 63)

Al igual que en los relatos folclóricos en las que un guerrero fallece o agoniza para encontrarse con una aparición feérica (o una virgen en las tradiciones católicas), el soldado se encuentra con una mujer bella que responde al nombre de Tocquelain. Ella afirma que desconoce qué es Francia. La señorita lo presenta ante su madre y lo convida a un banquete. Él insiste en su lamentable estado, todo sucio de barro por culpa de las trincheras, pero ella y su madre le recalcan que no es así, que aquella visión lamentable que tiene de sí mismo es una ilusión de su mente. 

En medio del banquete una visión lo espanta; puede ver la guerra, en forma de escenas fundidas y superpuestas con la cena familiar; las trincheras son reales, los hombres se están muriendo, reflexiona horrorizado el soldado. Él sólo se ha quedado medio dormido y atrapado entre la vigilia y el sueño ¡Necesita despertar rápido o van a morir todos sus compañeros! Grita desesperado. La joven y la madre lo apaciguan y le dicen que el mundo en el que están ya no existe, que están ahí para descansar, que es un lugar en el que van a morar los muertos. El soldado francés les dice que entonces volverá a su mundo, pero antes pide que le entreguen algo, cualquier cosa, para intentar demostrar a los hombres de las trincheras que tras la muerte no hay infierno ni una oscuridad eterna: que existe un mundo confortable, que ese mundo es la salvación. Entonces la madre le entrega una flor y la joven una carta escrita por su puño y letra. La imagen de las trincheras y del mundo idílico se desvanecen, para dar paso a una sesión en la que un grupo de científicos ha experimentado con él en plan de trance hipnótico.

Tríptico central del panel La guerra (1929-1932), de Otto Dix. La visión que ofrece Dix es fantasmagórica

La flor del paraíso

¿Qué pasa con el soldado y su intento de intentar demostrar que más allá de este mundo hay otro, más armonioso y coherente que el nuestro? Hay que leerlo hasta el final, para comprobarlo en la propia experiencia.

Cerramos este artículo recordando un escrito de Borges titulado La flor de Coleridge, una historia de la literatura basada en la asombrosa, pero no del todo imposible, idea de que ésta podría estar siendo elaborada por un mismo espíritu que va acercándose a disimiles autores, de diferentes épocas y espacios geográficos. Ese espíritu no es otro que un mismo tema que va adoptando distintas máscaras. El tema que propone Borges es el del viaje imposible, común en otros casos, como por ejemplo, en el que Wells narra en La máquina del tiempoelaborando la idea de un hombre que trae del futuro una flor paradójica, porque aún no existe en el presente

¿Y si durmieras?

¿y si en sueños, soñaras?

¿y si en el sueño fueras al cielo,

y allí cogieras una extraña y hermosa flor?

y si, al despertar…

tuvieras esa flor en la mano?

S. T. Colerdige,