Así se pierde la guerra del tiempo, de la poetisa Amal El-Motar y el narrador Max Gladstone, ganó Locus, Nebula y Hugo con pleno merecimiento: nos parece una de las mejores novelas de la hard science fiction contemporánea que hayamos leído en mucho tiempo. Creativamente es ambiciosa; literariamente se sostiene sin trucos y únicamente con un manejo de las claves creadoras artísticas absolutamente magistral: el lenguaje es vibrante, el ritmo se administra de una manera inteligentísima, la progresión de la trama te atrapa de principio a final, y el inicio y el cierre son absolutos e indiscutibles. Para más inri, sienta las bases de un universo que se podría expandir a partir de lo mucho que se deja en el tintero.

La originalidad de Así se pierde la guerra del tiempo (Insólita Editorial, 2021; originalmente publicada en inglés en 2019) es difícil de calibrar porque su ambición y su estilo la hacen prácticamente única. La novela aporta una perspectiva totalmente novedosa a la muy manida y utilizada premisa de los viajes en el tiempo. Lo novedoso en este caso consiste en considerar al espacio-tiempo como un sistema cartesiano tan inconcreto como maleable. Inconcreto, porque no importa dónde ni cuándo sucede la acción sino qué es lo que sucede. No estamos ante una realidad abstracta sino ante una inconcreción imprescindible para la trama. La dimensionalidad resulta ser un terreno de juego. Por él discurren todos los personajes con suma flexibilidad, situándose incluso por encima de este sistema cartesiano, pudiendo diseñarlo, construirlo, definirlo y determinarlo a su antojo.

Así llegamos a la maleabilidad. Al poder influir de tal forma sobre el espacio-tiempo, los personajes consiguen situarse incluso por encima de las condiciones físicas de la vida que nosotros conocemos, concebimos y experimentamos. Esta condición hace de ellos una potencia en el sentido más puramente aristotélico, un ser existencial capaz de transformarse en cualquier cosa que la naturaleza del universo permita crearse. Tal condición podría hacernos pensar en demiurgos, pero no… porque estos personajes, Azul y Rojo, dependen a su vez de dos entidades superiores, agregadoras de otras naturalezas similares, Jardín y la Agencia -respectivamente-, que además están en una guerra antagónica de lucha en el espacio-tiempo entre sí. Una lucha en la que lo único que importa, a efectos de la narración, es qué sucede, nada más.

Este es el punto en el cual la novela alcanza su máxima coherencia, donde el nuevo marco de los viajes en el tiempo encuentra su lógica, y donde el juego que nos propone Así se pierde la guerra del tiempo adquiere su máximo interés. Porque para que este marco contextual general se pueda mantener en pie, el texto debe ser necesariamente esquivo y ambiguo. De otra forma, esa potencia aristotélica absoluta dejaría de ser tal y el castillo tan bien construido caería estrepitosamente a plomo.

En este sentido, el estilo retador y el lenguaje de complejos equilibrismos desarrollado por Amal El-Mohtar (Canadá, 1984), poetisa, y Max Gladstone (Estados Unidos, 1984), narrador, es digno de encomio. Son una autora especializada en la ciencia-ficción y el relato y un escritor especializado en novelas de fantasía y relatos. La unión aparentemente antagónica de ambos perfiles se concreta en una complementariedad que nunca diríamos, con la simple lectura del texto, que tras él hubo dos cabezas y cuatro manos. La forma en la que El-Mohtar y Gladstone tienen de despistarnos respecto a los dos personajes principales, insinuando permanentemente naturalezas tan heterogéneas como opuestas para ambos (racional y emocional; cuerpo y alma; físico e inmaterial; orgánico e inorgánico), se lleva de tal modo a lo largo de toda la novela que consigue interesarnos, intrigarnos y cautivarnos mientras la coherencia se mantiene sólidamente en pie. Lo hacen además con un lirismo, una capacidad de crear imágenes y un manejo del ritmo y del tono absolutamente brillantes.

Esta insólita capacidad se percibe con claridad, por ejemplo, en la definición de la perspectiva a través de la estructura misma de la novela. No tenemos aquí capítulos propiamente dichos sino un entrelazamiento de textos en tercera y en primera persona, respectivamente; cada uno de ellos proveniente de una de las tres voces narradoras: la narración omnisciente, la narración de Azul y la narración de Rojo. Se hace alternando, además, dos modelos de texto: la exposición narrativa canónica y la carta que le sirve a Azul y Rojo, en bandos rivales, para comunicarse entre sí y establecer su relación.

Dicha perspectiva va madurando con el paso de las páginas. Cualquier comunicación entre rivales acérrimos es un proceso de conocimiento que, durante el camino, va pasando por distintas fases de ahondamiento hasta, incluso en este caso, llegar a lo romántico. Esta progresión queda claramente marcada en los textos, y se convierte además en la técnica fundamental con la cual tanto se hace avanzar a la trama principal como se van construyendo sus personajes -principales y secundarios-.

Tan importante es, de hecho, que la misma perspectiva desarrolla el tema principal de la novela: el reconocimiento de los contrarios se denuncia como una oposición externamente impuesta que, en cuanto derriba los muros de la polarización y entra en un proceso de conocimiento mutuo, comienza a tender puentes y a descubrir compatibilidades, similitudes e identidades inesperadas que pueden acabar no sólo en una relación romántica sino en una compatibilidad aún más intensa. ¿Cuál podría ser esa nueva relación entre los opuestos? Éste es el final sorprendente que no vamos a desvelar bajo ningún concepto, pero que sin duda sí os invitamos a descubrir.

El romanticismo que surge entre Azul y Rojo resulta ser, únicamente, una fase más -ni siquiera la más interesante- de este camino de conocimiento. Incluso el ritmo de la novela nos va marcando cada una de estas fases, describe perfectamente las transiciones entre ambas, señala los ritmos con una precisión psicológica digna de los máximos elogios, y explora los cambios en la relación de ambos personajes de forma que esta novela puede tener, al mismo tiempo, heterogéneas lecturas, perfectamente válidas y compatibles entre sí.

Podemos leer la novela, por ejemplo, como un bildungsroman: la historia de un aprendizaje progresivo de ambos personajes respecto a su mundo y sobre sí mismos, desde una polarización inicial que evoluciona hacia un mensaje final de respeto, tolerancia y compatibilidad que, tal como se nos plantea, resulta original, ambicioso y retador. También podemos leerla como una novela romántica: como la historia de un amor que surge a pesar de los impedimentos y obstáculos que rodean a ambos personajes, separados entre sí desde su mismo nacimiento por barreras que trascienden cualquier entendimiento. Si Jardín fuesen los Capuleto y la Agencia los Montesco, Azul y Rojo podrían seguir siendo también personajes perfectamente creíbles y comprensibles para los lectores. Incluso tiene una clave de lectura como novela filosófica: al deber moverse desde una potencia absoluta y, por tanto, al jugar siempre en el filo de la navaja creativo, definiendo un universo versátil y flexible a partir de un lenguaje calidoscópico y fractal, la novela se abre a numerosos temas que se apuntan con sutileza a lo largo del texto: la denuncia de la polarización como una estrategia de dominación ideológico-política, la defensa de una libertad crítica basada en el conocimiento de lo que esa polarización intenta ocultar, incluso la unión de los distintos a partir de un proceso de comprensión mutua, etcétera.

De forma que Así se pierde la guerra del tiempo nos parece una de las mejores novelas de la hard science fiction contemporánea que hayamos leído en mucho tiempo. Creativamente es ambiciosa; literariamente se sostiene sin trucos y únicamente con un manejo de las claves creadoras artísticas absolutamente magistral: el lenguaje es vibrante, el ritmo se administra de una manera inteligentísima, la progresión de la trama te atrapa de principio a final, y el inicio y el cierre son absolutos e indiscutibles. Para más inri, sienta las bases de un universo que, si se quisiera, se podría expandir a partir de todo lo que aquí se deja en el tintero (que no es precisamente poco).

No por nada, estamos ante una novela ganadora de la triple corona: Hugo, Locus y Nebula. No existe una cota más alta en el género y, sin duda, es absolutamente merecida. Eso sí, llegar hasta aquí no es sencillo ni para los creadores ni para los lectores. No estamos ante un texto fácil o asequible. Como se puede intuir, quien ose entrar, debe hacerlo con la mente curiosa y los ojos escrutadores de la exploración, que es lo que exige esta novela, y lo que supone otro peldaño más en las cotas creativas del género. Así se pierde la guerra del tiempo constituye una propuesta interesantísima que ha dado mucho que hablar y que sienta unas bases sobre las que otras propuestas podrán venir para seguir aportando algo nuevo y fresco a la ciencia-ficción.

Ha alcanzado ya la categoría automática de clásico contemporáneo. Desde luego, podría llegar a introducirla entre lo mejor que se pueda leer jamás en este género. Ahí queda eso.