Una temporada en Carcosa, antología a cargo del escritor Joseph S. Pulver, intenta ofrecer diversas versiones del mito del Rey Amarillo. La creación de Robert Chambers queda muy manoseada en este volumen, un compendio fallido, repetitivo, en el que brillan aquellos relatos que saben tomar lo que les conviene sin abusar de sus elementos más significativos. Funcionan, por tanto, aquellos que reelaboran Carcosa, no los que practican un seguidismo carente de imaginación.

En el catálogo de Valdemar podemos encontrar dos tipos de antologías: las de “fabricación propia” y las “compradas”. Las primeras pueden ser de encargo o conmemorativas (es decir, son los editores quienes seleccionan los cuentos de su fondo editorial); por lo general son temáticas, pivotan sobre un tema monográfico (a saber: vampirismo; momias; pulp; zombis…) o se confeccionan en base a la elección de los mejores cuentos de nombres consagrados. Por norma, su nivel es muy alto, dado el material en el que se basan. En esta categoría incluiríamos también aquellas antologías que sistematizan la obra dispersa de algún autor, como, por ejemplo, Corazones perdidos (en el caso de M. R. James) o La calavera aullante (F. Marion Crawford).

La segunda modalidad es más discutible. Excepto por la salvedad de los libros de cuentos de Thomas Ligotti, y porque es principio y fin de sí mismo, la mayoría acostumbran a ser monstruos de Frankenstein tras las cuales se oculta un nombre destacado: S. T. Joshi en Alas tenebrosas; el editor John Joseph Adams en Paisajes del Apocalipsis, o el escritor Joseph S. Pulver en Una temporada en Carcosa (edición original de 2013, y en castellano de 2015), el libro que nos disponemos a reseñar y que es la causa de esta breve puntualización. Supeditadas a un criterio ajeno, estas colecciones de cuentos son altamente irregulares. La razón es muy sencilla: se construyen a partir de textos de autores en su mayoría vivos y siempre contemporáneos, fajados en el universo del fandom o de las publicaciones especializadas británicas o estadounidenses (una realidad incomprensible, y envidiable, para el lector hispanohablante). Por lo tanto, el criterio de los antólogos choca con dos dificultades: el amiguismo o la falta de perspectiva histórica.

En nuestra reseña de Alas tenebrosas, nos preguntábamos si la selección atendía a motivos puramente lovecraftianos (y de paso ahondábamos en el concepto de lovecraftiano). Paisajes del Apocalipsis nos pareció un conjunto de tópicos irregulares en los que brillaba, con la poderosa luz de un faro, el relato de George R. R. Martin. Con todo, ambas antologías nos resultan dignas en comparación con  Una temporada en Carcosa, cuyo problema es tanto de fondo como de forma.

El libro utiliza como gancho la muy particular mitología desarrollada por Robert W. Chambers en El rey de Amarillo; mitología, por cierto, incorporada al acervo cthulhiano por los discípulos de Lovecraft (el tomo maldito que da título a la colección de cuentos es uno de los grimorios de los Mitos). Su inclusión, por méritos literarios propios, también tuvo algo de homenaje: Chambers era descendiente directo de Roger Williams, fundador de Providence, Rhode Island. La ciudad de vida y muerte del jefe de filas de los cthulhianos.

La creación de Chambers responde a motivos muy personales, debidos a una puntual coyuntura existencial: el norteamericano, diletante y disoluto, dandy y bohemio, escribió su obra más famosa (que no la única: Chambers fue un prolífico escritor de más de ochenta libros) durante su estancia en París, en la que entró en contacto con decadentistas y artistas marginales. No es descabellado imputar su gestación a los coletazos de la absenta ingerida en largas juergas. El terror filosófico de Chambers fue seguramente un terror de delirium tremens. Pero a diferencia del de Guy de Maupassant, no tuvo una connotación autodestructiva.

Repasemos el mito: en Carcosa gobierna el Rey de amarillo, un ser enmascarado vestido con jirones del color de la locura. Allí habitan Casilda y Camilla. En la lejana Carcosa brilla la constelación de las Híades, que debe su nombre a las hijas de Atlas y Etra, ninfas hermanas de las Pléyades y hoy cúmulo estelar (por proximidad, es el más cercano a la Tierra). Una Dama Pálida se aparece a los infortunados protagonistas que caen en la espiral de demencia y muerte a la que arrastran rey y ciudad. Por cierto, Chambers no inventó nada: Carcosa la tomó prestada de Bierce, quien a su vez, corrompió el nombre de la urbe medieval francesa Carcassone. Ya hemos visto cómo, además, tiró de mitología clásica para la ornamentación siniestra: las Híades hacen acto de presencia en La Ilíada homérica.

La creación de Chambers entró en los anales a raíz de la primera temporada de la serie True Detective. El guionista Nick Pizzolato lograba fascinar al público con una atmósfera onírica que funcionaba mientras duraba el hechizo de la ambigüedad: conforme la serie iba alcanzando su final se descubría que Carcosa era nada, un mcguffin para embaucar a los espectadores con un espectáculo de pura vacuidad en el que sobresalía un inconmensurable Matthew McConaghey con aires mesiánicos. Eran sus desvaríos lo que atraía a las moscas a la luz. Cole representaba el misterio, lo incomprensible, lo incognoscible. Pizzolato, buen lector de terror, comprendió que ahí residía la fuerza de la creación chamberiana.

Versión de Hastur, Rey de amarillo, del ilustrador ucraniano Dmitry Solonin

Casi ninguno de los autores invitados por Pulver, y ya no digamos el mismísimo Pulver, reconocido como escritor de ficción extraña, sea lo que sea eso (posiblemente, etiqueta de la crítica para intentar catalogar lo inexplicable), ha entendido tan bien como Pizzolato los presupuestos de El rey de Amarillo, a pesar de que el entusiasta antólogo reuniera a su escuadrón a partir de una premisa clara: “Estoy interesado –escribe en el prólogo- en los relatos basados en el canon, o los que hacen un guiño o que despegan a partir de ellos. Este es un libro sobre la locura, realidades alteradas, mentes distorsionadas y lo que hay bajo la máscara”. Y es también un libro, añadimos, escrito en su mayoría desde el fondo de la botella, el abuso de pastillas o la recurrente visita a escuelas de escritura creativa.

Muchos de los autores del volumen interpretan las consignas de Pulver como una patente de corso para saltarse las normas literarias y adentrarse en el legítimo pero peligroso páramo de la experimentación y el metalenguaje. Así, tenemos casos como “Me ve cuando no estoy mirando”, en el que su autor, Gary MacMahon se cree James Joyce (no usamos la referencia como un piropo) al permitirse saltarse las reglas de puntuación básicas. Hay relatos que no tienen coherencia lógica, y que se leen con la rapidez que provoca el deseo de pasar página y olvidarlo, como “Salvación de amarillo”, de Robin Spriggs. El propio Pulver entra en la categoría de los pretendidos artistas con su relato “No hay suficiente esperanza”.

También abundan quienes estiran el mito sin imaginación, metiendo en la batidora los aspectos fundamentales bosquejados por Chambers en El rey de Amarillo. Son los relatos reverentes, como “Mi voz está muerta”, de Joel Lane; “Más allá de la orilla del Sena” (Simon Strantzas), muy próximo al Gaston Leroux de El fantasma de la ópera, o “El rostro blanco al amanecer” (Michael Kelly). Se leen con premura, para quitárselos de en medio, con una chispa de curiosidad por dilucidar hacia dónde nos quieren llevar sus autores.

Los mejores del conjunto, francamente buenos, son aquellos que reelaboran el mito. “El Himno de las Híades”, de Richard Gavin, tiene por protagonista a un niño solitario de 10 años, diana de abusones, que se enfrenta a una espiral de locura que debe interiorizar y comprender. Gavin edifica escenas pavorosas a partir del icono del rey de amarillo. Inteligentísimo resulta ser “Brillantes huesos negros y tenues estrellas negras”, de Gemma Flies, que lleva al mito por predios antropológicos hasta internarlo en la más pura literatura lovecraftiana. Pero lovecraftiana de verdad, de la cepa originaria: hay en este cuento aterrador resonancias de La sombra sobre Innsmouth. “El pozo de los deseos”, de Cody Goodfellow, es terriblemente angustioso porque plantea al lector la tesitura de colegir si la narración alude en efecto a una conspiración o a la mente pirada de quien la refiere. “Aquellos cuyos corazones son de oro puro”, de Kristin Prevallet, traslada al siglo XXI a una Carmilla psicópata, hija del desprecio y la incomprensión, sociópata sin límites ni empatía que entronca con Carrie pero fundamentalmente con la virginal –de nuevo, Sissy Spacek- cómplice de Martin Sheen en Malas tierras (Badlands, 1973), de Terrence Mallick. “El amanecer de abril”, del perro viejo Richard A. Lupoff, convierte a Chambers en personaje, a la vez que se impone como uno de los relatos más aventureros y pulp de la antología, en la línea del mejor Seabury Quinn. La lista de meritorios se cierra con “Sweetums”, de John Lagan, la mejor fusión entre cine y literatura de las intentadas en Una temporada en Carcosa.

El telón a la obra lo echamos tras constatar en “DT” que Laird Barron es un cuentista excelente, aquejado de una paranoia que se concreta en sus dudas ante la identidad real del prójimo. Nuevamente, vuelve a aportar un texto en el que sus personajes no terminan de ser exactamente lo que dicen. Hay un doppelgänger clásico que nace de sus recelos hacia los demás. Los miedos de Barron tienen perfecta cabida en Una temporada en Carcosa, volumen que intenta de manera loable y fallida hacernos súbditos del reino de la locura.